The heaven (Hermanas Taylor 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

—¿Conduces tú o yo? —pregunta Rachel frente al coche que alquilaron en el aeropuerto de Boston.

Después de dos semanas, por fin lo pudo disponer todo y ella y Dakota se han podido marchar un par de días aprovechando que el bar cierra por descanso semanal y otro en el que Ashley le aseguró a su madre que se podía hacer cargo ella sola sin problema.

Rachel no estaba muy convencida y prefería que mantuviera el bar cerrado, pero Dakota le hizo un gesto por detrás de Ashley que le indicó que debía confiar en ella, así que aceptó y ayer a primera hora, Ashley las llevó al aeropuerto para coger el avión que las ha llevado a Boston, a visitar esa casa de la que Dakota salió traumatizada hace tantos años.

Han pasado la noche en un hotel del centro y, a primera hora porque Dakota está muy inquieta, han salido de la cama para zanjar el asunto cuanto antes.

—Tú —responde Dakota con las manos hundidas en los bolsillos.

Rachel ya intuía la respuesta. Dakota, aunque intenta aparentar normalidad, está muy nerviosa. No ha parado de moverse en toda la noche y, durante el vuelo de ayer, la dueña del bar tenía que ponerle la mano sobre la pierna en varias ocasiones para que dejara de moverla, intentando calmarla .

Ponen el navegador y Rachel conduce durante casi cuarenta minutos en silencio mientras Dakota mira por la ventana, completamente ausente.

—Hemos llegado, cariño —dice Rachel, aparcada en la acera de enfrente de la casa que pertenece a la bajista.

Dakota gira la cabeza y enfoca la vista hacia su antigua casa.

Rachel la ve contener el aliento y tensarse en el asiento.

Comprende de inmediato que Dakota no está lista para volver a entrar ahí, pero decide ser cautelosa y dejar que la bajista haga lo que necesite.

Tras unos segundos, Dakota abre la puerta y se baja del coche.

Rachel la sigue y se detiene a su lado en la acera de enfrente.

—No puedo entrar —susurra Dakota con la mirada fija en la verja de la entrada.

La casa de Dakota es un reflejo del barrio obrero que la rodea, sencilla y funcional. Su estructura es de dos pisos, con una fachada de madera pintada en un tono que alguna vez fue vibrante, pero que ahora está apagado y desgastado por el tiempo y el sol implacable.

El jardín delantero es pequeño, con una extensión de césped perfectamente recortado que carece de macetas, flores o cualquier detalle decorativo, en sintonía con la aversión que su padre sentía por la jardinería.

Una simple verja de metal delimita el espacio, oxidada en algunos puntos, pero aún robusta, como una frontera discreta que mantiene a raya el mundo exterior con el horror que se vivió allí dentro.

Las ventanas tienen cortinas opacas que apenas dejan entrever el interior, otorgándole a la casa un aire de privacidad que bordea lo hermético. No hay adornos en el porche, ni luces colgantes, ni señales de personalización, solo austeridad.

A su alrededor, el barrio parece un mosaico de casas similares: edificios modestos donde la vida cotidiana transcurre entre rutinas.

Sin embargo, la casa de Dakota se distingue por la sensación de contención y control que emana, como si incluso la espantosa historia que esconde estuviera cuidadosamente agazapada detrás de sus paredes.

—No has de hacerlo —dice Rachel colocándole una mano por detrás de la espalda—. No tienes que hacer nada que no te apetezca, Dakota, podemos irnos cuando quieras, yo me encargaré de gestionar la venta de la casa —asegura la mayor.

—Solo un minuto más —susurra Dakota, quieta como una estatua.

—Claro.

En ese momento, la puerta de la casa de al lado se abre y por ella sale una mujer mayor casi en tromba. Corre hasta la verja y abre la portezuela de su jardín, colocándose en la acera con la mano haciendo de visera sobre sus ojos pequeños y achinados.

—¿Dakota?

Dakota vuelve a contener la respiración al escucharla y Rachel teme que la mujer solo le traiga malos recuerdos, pero la ve sonreír ligeramente cuando la vecina cruza la calle y se acerca.

—Madre mía, cómo has crecido —dice con una amplia sonrisa que Dakota le devuelve algo turbada.

—Soy Rachel, una amiga de Dakota —se presenta la dueña del bar, temiendo que a la mujer le dé por intentar abrazar a la bajista.

—Yo soy Mary Jane. He vivido aquí siempre con mi marido. Vi crecer a Dakota y... Bueno, da igual, le he estado cuidando la casa. Qué alegría que hayas vuelto —dice emocionada .

—No voy a quedarme —contesta Dakota, tan abrupta que la sonrisa de Mary Jane se borra.

—Disculpe —interviene Rachel—, es que no le trae buenos recuerdos estar aquí —explica cogiendo la mano de Dakota, gesto que no pasa inadvertido para la vecina, aunque no dice nada al respecto.

—Claro que no, lo entiendo —dice Mary Jane apretando los labios—. Yo sigo disponible para cualquier cosa mientras siga respirando —añade y sonríe.

—Quizá contacte con usted —responde Rachel devolviéndole la sonrisa—. Yo me ocuparé de gestionar la venta de la casa. Ha sido un placer conocerla.

Rachel se hace a un lado cuando Dakota enfoca a Mary Jane. Se miran un instante, hasta que la bajista se acerca y le da un abrazo corto.

—Siento haberte hecho venir para esto —dice cuando suben al coche.

—No pasa nada, Dakota. Hemos hecho lo que necesitabas hacer, y yo te apoyaré en todo lo que haga falta. Así que tranquila. ¿Quieres dormir en Boston como habíamos planeado o prefieres volver a Ítaca?

Dakota la mira y aprieta los labios, torciéndolos hacia un lado mientras piensa. Rachel se gira hacia ella y la coge por el mentón.

—Oye —dice con voz melosa—, no tienes que hacer nada que no quieras, y mucho menos por mí. Olvida que hemos reservado un hotel y dime lo que quieres.

—No quiero estar en Boston —admite Dakota.

—Pues entonces volvemos a casa. Mira a ver si puedes cambiar el vuelo, yo voy a llamar a Caroline, sé que Indira tiene una sucursal aquí y tal vez tenga contactos. A lo mejor puede ayudarnos con la venta de tu casa .

Rachel pone el coche en marcha y lo conduce a unas cuantas calles de la casa de Dakota para alejarla de esa visión antes de volver a detenerse y llamar a su hermana.

Caroline no tarda en responder y, tras saludarse, Rachel le cuenta por encima el asunto de la casa de Dakota para saber qué opina.

—Claro, se lo comento a Indira después, seguro que puede hacer algo —dice Caroline—. ¿Qué vais a hacer ahora?

—Volver a Ítaca, solo hemos venido para ver cómo estaba la casa —miente Rachel, que no puede hablarle de la incomodidad de Dakota sin explicarle los hechos terroríficos que sucedieron en esa casa.

—El vuelo de Boston a Ítaca hace escala en Nueva York, ¿me equivoco? —pregunta Caroline.

—No, no te equivocas —confirma su hermana.

—¿Y por qué no aprovecháis y os quedáis un par de días aquí? Puedo ir a recogeros al aeropuerto a la hora que me digas. Así conocemos a Dakota.

Rachel carraspea nerviosa. Sus hermanas ya están al corriente del inicio de la relación entre ambas, pero no se había planteado que se conocieran tan rápido.

—Venga, no seas sosa. Tú conociste a Indira antes de que comenzase a salir con ella —dice Caroline.

Rachel suelta una pequeña carcajada.

—Las circunstancias eran otras, pero vale, déjame preguntarle a Dakota.

Rachel se aparta el teléfono de la oreja y lo aplasta contra su hombro, aunque no tiene tiempo de abrir la boca cuando su chica le contesta.

—Por mí no hay problema —dice y sonríe como una niña traviesa .

—¿Has escuchado la conversación? —pregunta Rachel divertida.

—Yo no tengo la culpa de que se oiga, ni de que tengas el sonido tan alto, quizá estés perdiendo audición, a tu edad…

El empujón de Rachel hace que a Dakota se le caiga su teléfono en medio de una carcajada.

—Vale, cogemos el siguiente vuelo. Te aviso cuando sepa la hora —le confirma a su hermana.