Capítulo 19
A Rachel los párpados le pesan. Ha pasado una noche infernal después de escuchar todo lo que vivió Dakota cuando apenas era una adolescente.
En cuanto empezaba a dormirse, en su cabeza se repetía todo lo que el monstruo de Kevin le hizo a su hermana y la angustia empezaba a asfixiar a Rachel de tal forma que incluso tenía que abrir la boca para que el aire le entrara mejor.
La bajista parecía muy relajada, tenía la respiración calmada y la dueña del bar está segura de que no se despertó ni una sola vez en toda la noche.
Ahora está allí mirando al techo, esperando que se haga un poco más tarde para salir de la cama.
Le duele el cuerpo por la rigidez de estar tan tensa y su mente le pide una taza de café de las más grandes.
Dakota parece adivinar que está despierta porque esos labios que ha tenido pegados durante horas al cuello de Rachel, empiezan a moverse al igual que una de sus manos.
La bajista la acaricia con lentitud hasta detener los dedos en el elástico del pantalón de pijama de la mayor de las Taylor.
—Hola —le susurra Dakota al oído y mete la mano para acariciar la piel de sus piernas.
Rachel no se mueve. Aunque la noche anterior, antes de escuchar la historia de terror, deseaba con locura hacer el amor con Dakota, ahora no puede ni siquiera pensar en ello.
Su mente le juega malas pasadas y no se siente con fuerzas —ni ganas— de ir más allá esa mañana.
Dakota la mira a los ojos y ve en ellos el reflejo de una mezcla de sentimientos que precisamente no tienen nada que ver con lo sexual, así que deja de acariciarle las piernas y posa una mano sobre el pecho de la dueña del bar.
—Estoy bien, Rachel —le repite Dakota y le da un beso casto en los labios—. Sé que no te esperabas esa confesión, pero yo quería que tú lo supieras; algo así no se oculta si quieres ir en serio con otra persona, y yo quiero ir en serio contigo.
Rachel sonríe, pero sigue sin estar preparada para intimar con Dakota en ese momento. No es que el pasado de la chica le haya arrancado las ganas de golpe, es que siente que, antes de seguir en esa dirección, ella tiene la responsabilidad de decir algo.
—¿Qué te parece si bajamos y te preparo el desayuno? —pregunta Dakota y Rachel suelta una carcajada—. Oye, puedo hacer las mejores tostadas de Ítaca.
Rachel eleva ambas cejas con una mueca burlona en los labios. A Dakota no se le da del todo mal la cocina, pero asume que no es su fuerte.
—Después puedes decirme todo lo que tengas aquí guardado —sigue la bajista y le acaricia la cabeza a Rachel.
La propietaria de The heaven acepta. Le besa los labios y ambas mujeres salen de la cama.
—Voy al baño de fuera y a ponerme un pantalón —dice Dakota mientras disimula mordiéndose el labio. Rachel está preciosa por las mañanas.
—Nos vemos abajo —contesta la mayor de las dos.
Dakota sale en silencio de la habitación y revisa que el pasillo esté despejado.
A su memoria viene el recuerdo de la primera vez que se lió con una compañera en un centro de acogida y, como era la única que tenía una habitación privada, Dakota entraba durante la madrugada y salía muy temprano, antes de que todos se levantaran, hasta que una mañana la pillaron.
Afortunadamente, no pasó a mayores, pero esos encuentros nocturnos tuvieron que llegar a su fin.
Cuando Rachel Taylor aparece en la cocina, Dakota tiene sobre la encimera varios huevos, una bolsa de pan, mantequilla y un paquete de tocino. Con el ceño fruncido, toquetea la tostadora como si fuera una maquinaria compleja de la NASA.
—¿Te ayudo? —pregunta Rachel, que coge la taza con café que Dakota le ha dejado sobre la mesa.
—Yo me encargo —contesta Dakota sin levantar la vista del aparato—. ¡Ja! —suelta de repente. Ha dado con el botón que enciende la tostadora.
Rachel sonríe y se lleva la taza a los labios. El café es medicina para ella y cierra los ojos cuando el líquido le pasa por la garganta. Los abre de golpe al escuchar un huevo estrellarse contra el suelo.
—Errores de principiante —dice Dakota, agachada recogiendo el desastre.
—Buenos días —se escucha a Ashley mientras da pasos hacia donde están las dos mujeres.
Su progenitora la observa y hace una mueca. Ashley está vestida y lista para salir.
—¿No desayunas? —pregunta su madre después de darle un beso en la mejilla.
—He quedado —contesta y sonríe.
—¿Cuándo vas a develarnos el misterio? —pregunta Dakota mientras intenta que el tocino no se le queme.
Ashley se ríe y niega.
—Aún es demasiado pronto —contesta con tono enigmático y se despide con la mano, apurando el paso para salir de casa. No quiere que la sigan interrogando .
—¿Tú sabes algo? —pregunta Rachel a Dakota entornando los ojos.
La bajista hace malabares para servir los platos y cuando ya los tiene listos, los pone sobre la mesa.
—No, y no me pongas en esa situación —le advierte Dakota—. Si quieres saber algo de Ashley, debes preguntárselo a ella.
Rachel bufa y frunce el ceño.
—Vaya, pensé que tenía alguna ventaja.
—En eso no —zanja Dakota y le da un beso fugaz.
El desayuno es un auténtico desastre. Las tostadas quemadas, el tocino pasado y los huevos algo secos, pero para Dakota es un triunfo y Rachel se lo come como si fuera un platillo elaborado en un restaurante de varias estrellas Michelin.
—Te ha quedado muy bueno —dice Rachel cuando Dakota ha recogido los platos y sirve la segunda taza de café.
La bajista ríe con fuerza.
—Prometo mejorar —sabe que al menos ha sido comestible, pero decir que está bueno es demasiado generoso.
Rachel recibe su taza y, en vez de llevársela a los labios, la deja sobre la mesa. Espera que Dakota vuelva a sentarse y le coge ambas manos por encima de la madera.
—De verdad que siento mucho lo que te pasó, Dakota. No puedo ni imaginar lo que sentiste, pero te prometo que haré todo lo que esté en mi mano para protegerte; puedes confiar en mí.
—Y lo hago —confirma la bajista—. Por eso te lo conté.
De eso hace muchos años y, aunque me han quedado manías y algunas secuelas, de ese dolor ya no queda nada.
Hay cosas que, inevitablemente, me llevan a recordar esa situación, pero por lo general, puedo manejarlo.
Lo que pasó con ese tipo aquella noche en el bar fue producto también de la tensión que sentía porque no sabía encajar lo nuestro; estaba despistada y me cogió por sorpresa.
No quiero que me veas como una mujer desvalida que necesita que la cuiden, porque no lo soy.
Yo quiero que juntas nos cuidemos, nos apoyemos y podamos confiar la una de la otra. ¿De acuerdo?
Rachel asiente y sonríe porque eso es lo que ella necesita también.
—Ven a Boston conmigo —le pide sorpresivamente la bajista.
—¿A Boston? —pregunta Rachel, desconcertada.
—La casa de mi familia la heredé, pero después de todo aquello no pude volver a entrar —explica—.
Los vecinos eran muy amigos de mi padre y ellos han estado cuidando de la propiedad todos estos años, pero llevo tiempo pensando que quiero venderla.
Es grande y, aunque el barrio no es el mejor, con el tiempo se ha revalorizado y con el dinero puedo zanjar algunas deudas e invertir en algo mío; tengo algunas ideas.
Rachel ni se lo piensa.
—Vale. Buscamos algunos días entre semana que el bar está más tranquilo y vamos.
—Solo necesito un par de días —contesta Dakota y se acerca para besarla.
Rachel se deja llevar por los labios de la mujer y hace algo que no recuerda haber hecho jamás desde que se convirtió en madre. Empieza a desnudarla ahí en medio de la cocina y, cuando se da cuenta, está tumbada sobre la mesa con las piernas abiertas y Dakota pegada a sus pliegues más íntimos .
Después de varios orgasmos, una buena ducha y una siesta que se les ha ido de las manos, las dos bajan a preparar el bar. No abren hasta dentro de unas horas, pero quieren dejarlo todo listo con tiempo.
—Hay que aumentar las unidades en los pedidos —dice Dakota saliendo del almacén—. Ya no quedan apenas refrescos.
—Pero si llegaron hace tres días —se asombra Rachel.
—Ahora viene mucha más gente y estás pidiendo lo mismo que cuando estabas aquí sin nosotras.
Rachel lo apunta en una libreta mientras se da cuenta de que tiene que hacer inventario y revisar donde tiene que aumentar productos. El bolígrafo se le cae al suelo cuando siente el cuerpo caliente de Dakota a su espalda y los labios de la bajista pegados a su cuello.
—Me encanta tu piel —susurra Dakota y Rachel se eriza.
La dueña de The heaven se da la vuelta y la besa. Es un beso prolongado, húmedo, que las deja sin aliento, pero la que también se queda sin respiración es Ashley Taylor, que está de pie en la entrada del bar viendo cómo su madre y su amiga se comen la boca como si fueran un par de adolescentes.
—Joder —susurra Ashley y sale con cuidado de no ser detectada.
Camina apretando el paso con la boca y los ojos muy abiertos. Ha vuelto antes de lo que había dicho porque a su cita le surgió una urgencia y tuvo que irse, así que Ashley volvió a casa con la intención de descansar un poco, pero vio la puerta del bar entreabierta y decidió asomarse. Error.
Llega a casa de su otra madre y toca el timbre con premura. Al minuto, Camila aparece en la puerta y observa a su hija con la sorpresa pintada en la cara.
—¿Qué ocurre? —pregunta la mujer de piel oscura.
—Mi madre y Dakota se estaban besando.