The heaven (Hermanas Taylor 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

—Gracias por todo, Camila —dice Dakota ya con un pie fuera de casa de la mujer y, de manera impulsiva, se abraza a ella, demostrándole así la confianza que le tiene.

Camila recibe ese abrazo con ternura. No se impresiona; poco a poco Dakota ha empezado a ceder con ella y ya habían estrechado esa cercanía en la que estaban trabajando.

Siente alegría sobre todo porque Rachel merece tener a alguien que la quiera a su lado, alguien con quien despertar cada mañana.

Aunque la enigmática bajista tiene mucho que resolver, Camila está segura de que juntas —Dakota y Rachel— encontrarán la manera de salir adelante.

—Esta es tu casa, Dakota —le recuerda la profesora con tono cariñoso—, aquí puedes venir cuando quieras, pero no dejes de hablar con ella. No se merece tu silencio.

Dakota asiente, y no puede evitar sentir un deje de desasosiego al pensar el daño que pudo causarle a Rachel por no actuar de forma madura y sentarse a hablar con ella. Se reprende, pero nada hace con fustigarse, así que termina de despedirse de Camila y se encamina hacia casa de Rachel Taylor.

Después de caminar durante un rato, gira en una de las esquinas y divisa el bar.

El nerviosismo de Dakota se multiplica. Se frota las manos como si las tuviera heladas, pero lo que busca es que la ansiedad escape por alguna parte.

Hace varias respiraciones y accede a la propiedad por la escalera lateral que da al apartamento.

Abre la puerta y, cuando da unos pasos, observa a Rachel sentada a la mesa de la cocina con una taza de café en las manos.

Tiene la mirada perdida en el pozo negro de su bebida, pero no tarda en subir los ojos y encontrarse con un verde casi idéntico al de ella.

Ambas caen en un trance; es como si por unos segundos algún ser las hubiera abducido, llevándolas a otra dimensión en la que están solo ellas dos.

Dakota es quien las trae de vuelta a la tierra, apartando la mirada y caminando con decisión hacia la planta en la que están las habitaciones.

—Hola —susurra la bajista cuando pasa cerca de Rachel y sigue de largo.

La mayor de las Taylor tiene una combinación de sentimientos intensos; tristeza, confusión, desolación y quizá un poco de rabia.

Por más que lo intenta, no logra comprender esa actitud que ahora le parece incluso mezquina por parte de una mujer que no hace más que huir de ella después de atreverse a enamorarla.

Sí, atrevimiento, porque Dakota con sus miradas furtivas, sus sonrisas tímidas dedicadas solo a Rachel y sus besos cálidos, se fue metiendo en la piel de la dueña del bar para luego desaparecer casi por completo.

Se sobresalta cuando, dos minutos más tarde, Dakota baja las escaleras con destreza y con decisión se sienta frente a Rachel mirándola a los ojos. En realidad, la bajista solo quería asegurarse de que Ashley no estaba en casa.

—Estoy enamorada de ti —suelta y Rachel Taylor por poco se ahoga. La mayor de las dos abre la boca, pero Dakota levanta una mano—. Por favor, escúchame. Necesito que no me interrumpas porque para mí es muy difícil decir todo esto.

Rachel teme que los latidos acelerados de su corazón se escuchen fuera de su pecho porque ese órgano vital la golpea con tal velocidad que está segura de que, si no se calma, sufrirá un infarto.

No sabe qué va detrás de esa confesión porque, conociendo a Dakota, es posible que le diga tal cosa y luego se levante y se marche para siempre.

—La primera vez que me sentí atraída por ti fue cuando escuché tu voz varios años atrás —revela Dakota y sonríe nostálgica—.

En esa época Ashley y yo éramos inseparables.

Tú la llamaste, estabas con tus hermanas.

Ashley puso el altavoz mientras se maquillaba y aunque todas hablabais a la vez, tu voz me fascinó.

No sé, es difícil de explicar, pero me daba calma, calidez.

Varias horas después, ese mismo día, mandasteis una foto de las Taylor con tu padre y tu hija me la enseñó.

Nunca te había visto, pero te reconocí, fue como si mi corazón supiera quién de esas tres mujeres era Rachel Taylor.

La dueña de The heaven tiene la garganta seca. Hay una Dakota frente a ella más decidida, pero también más soñadora, y eso le encanta porque oír que Katherine y Caroline, su ardiente hermana menor, pasaron desapercibidas ante la bajista, le suma muchos puntos a su autoestima.

—Era ese tipo de atracción que no ves venir, pero que puedes manejar porque, al fin y al cabo, tú estabas aquí y yo en Los Ángeles.

Luego vino la banda, la gira, las desgracias…

—Dakota hace una pausa; hay otras desgracias que ocurrieron antes, pero que no las quiere recordar—, pero nunca olvidé el buen año que pasé al lado de tu hija y, por supuesto, tampoco a ti.

Aún me pregunto si encontrarme con Ashley en su última noche en aquel bar y que me invitara a venir a Ítaca fue mera casualidad o algo del destino.

El destino —repite Dakota y niega con la cabeza, haciendo una mueca con los labios—, nunca he creído en él, ¿sabes?

Pero últimamente me estoy replanteando mis creencias porque no sé si aceptar que venir a esta ciudad fue ob ra de él o de mi desesperación.

Los ojos verdes de Dakota observan a Rachel, que permanece callada, obedeciendo la petición inicial de la bajista. La más joven estira la mano y deja una caricia fugaz en el brazo de Rachel antes de continuar.

—Luego llegamos, te vi y enloquecí. Así de sencillo. Imagina entonces lo que sentí cuando probé tus labios y después tu piel. Tú también eres músico y sabes lo que se siente al cerrar los ojos y empezar a rascar la cuerda de una guitarra en medio de un escenario.

Claro que Rachel lo sabe; de solo pensarlo se le eriza la piel. Esa emoción es imposible de definir con palabras.

—Esa sensación no se compara con pasar una noche con Rachel Taylor, estar contigo es mucho mejor —zanja y a Rachel se le escapa un gemido que casi es un sollozo—.

Y eso me deja en este punto, estoy muy perdida porque Ashley es la única persona que ha estado a mi lado sin pedirme y esperar nada a cambio.

A pesar de estar años sin hablar, se le iluminó la mirada al verme otra vez, me abrazó, se interesó por mi vida y cuando supo que no tenía ni donde dormir, no dudó en tráeme a su casa.

No puedo fallarle, Rachel, y por muy enamorada que esté, no voy a permitirme traicionar su amistad.

El silencio inunda el apartamento. Dakota ha dejado de hablar y su gesto desencajado le dice a Rachel que no está llevando nada bien haberse enamorado de la madre de su única amiga. La dueña del bar espera un par de minutos, pero la bajista parece que se ha cosido los labios.

—¿Puedo decir algo? —pregunta Rachel en voz baja.

—Claro, perdona. Es que estoy muy nerviosa.

—Mi historia no es tan bonita como la tuya —dice Rachel y sonríe de medio lado—.

A mí me costó asimilar todo esto. Cuando te vi, cuando hablamos por primera vez y cómo poco a poco fuiste abriéndote conmigo, sobre todo porque hay una gran diferencia de edad entre nosotras, pero hay cosas de las que una no puede escapar.

Es más sencillo de lo que me había imaginado: te quiero y ya está.

Los ojos de Dakota se encharcan, pero se contiene para no llorar. Ahora es su turno de escuchar.

—Por Ashley no te preocupes, mi hija no verá nada malo en esto —sigue hablando y señala el espacio entre las dos—. Cuando comencé con Camila, tenía más o menos tu edad y ella era más mayor, Ashley jamás dijo nada, de hecho, estaba muy cómoda. Para mí, ella no es un problema.

—¿Y entonces cuál es? —inquiere Dakota.

—Que desaparezcas, que no hables conmigo pese a habernos besado, a haber hecho el amor —Rachel endurece la voz más de lo que ha pretendido—.

No me siento cómoda al lado de alguien que no confía en mí y huye a la primera oportunidad o cuando se presenta el mínimo problema.

Créeme, Dakota, me gustas tanto que no me importaría ir tan despacio como tú quieras e incluso hacer ciertas cosas a tu manera, pero no estoy dispuesta a que te escondas de mí y no tengas la deferencia de darme la cara cuando sabes que tenemos una conversación pendiente.

El oído izquierdo de Dakota emite un sonido agudo.

Le ocurre a veces cuando atraviesa por una situación que le genera ansiedad.

Sabe que Rachel tiene razón, actuó de una manera desproporcionada y, aunque es consciente de que le cuesta hablar de ciertos temas, también se considera lo suficientemente fuerte para enfrentar estas cosas.

El estrés le pudo y no supo cómo manejarlo.

—Lo siento, de verdad. Sé que tuve que buscarte, pero es la primera vez que tengo que lidiar con algo así —Dakota se pasa las manos por la cara—. No quería hacerte daño y te prometo que te contaré todo lo que …

El sonido de la cerradura dando la vuelta y la puerta abriéndose hace que las dos giren el cuello al mismo tiempo.

Ashley y su llegada inoportuna han cortado de cuajo esa conversación tan importante entre las dos mujeres.

Dakota no quiere que Rachel piense que se escudará en esa interrupción, así que le coge la mano por un segundo y se acerca un poco a ella.

—Te prometo que esta noche lo hablaremos —susurra.

Rachel asiente y se levanta para recibir a su hija. Ashley sonríe y esa mirada pícara no pasa desapercibida para la dueña del bar, sobre todo porque debajo de ese jersey de cuello alto, sobresale una marca rojiza que su madre identifica de inmediato.

—Vaya, ya sé por qué pasas tanto tiempo fuera de casa —dice Rachel con tono burlón mientras le baja con un dedo el cuello de la prenda de ropa.

Ashley suelta una carcajada y de un manotazo flojo, le aparta la mano a su madre.

—Ahora lo sabéis, pero aún no diré quién es.

—Qué misterio —aporta Dakota, acercándose a ella y pasándole un brazo por los hombros—. A mí sí que me lo contarás, ¿no?

Ashley niega y ambas chicas suben por la escalera a la planta de arriba mientras Rachel se pierde en la figura alargada que abraza a su hija.