Capítulo 15
—Vaya, por fin te veo la cara —reclama Caroline Taylor cuando contesta una videollamada de su hermana Rachel.
Aunque las hermanas Taylor hablan a diario, normalmente lo hacen a través de ese grupo de mensajería que tienen juntas. Pero hay semanas que las llamadas escasean, como es el caso de esos días en que no han podido coincidir.
—¿Y Katherine? —pregunta la mayor.
Caroline pone los ojos en blanco y de inmediato una cara de fingido enfado.
—Me dijo que hoy tenía una junta en el Mallois. Si no te valgo yo…
—No digas tonterías —la corta Rachel. No está para sandeces—. Cuando eres tú la que no contesta, pregunto por ti.
Caroline se sienta. Estaba aún tumbada en la cama mientras Indira, a su lado, estaba contestando varios correos, pero al escuchar el tono de su hermana mayor, sabe que algo pasa.
Por lo general, Rachel es una mujer animada que, aunque, cuando se enfada es de hacerse temer, siempre sonríe.
Caroline a menudo piensa que es por la tranquilidad con la que decidió llevar su vida, un bar pequeño en una ciudad tranquila, sin el estrés de vivir en La Gran Manzana luchando a diario para mantener a flote un imperio.
Por eso su gesto ceñudo y la manera en la que habla hacen que una alarma avise a la dueña de los cruceros de que Rachel no está bien.
—¿Tengo que preocuparme? —dispara Caroline e Indira gira el cuello de inmediato.
Rachel suelta todo el aire que tiene retenido y se pinza el puente de la nariz. Hoy los ojos verdes como un prado están más oscuros de lo habitual, menos brillantes, más apagados.
—No, es solo… —la mujer se detiene, no sabe por dónde empezar—. Dakota y yo nos hemos acercado, pero ahora lleva dos días desapareciendo y no sé cómo debo interpretarlo.
Caroline asiente y un escalofrío le recorre el pecho.
Recuerda cuando ella le dio un ultimátum a Indira y esta desapareció por dos semanas, dejándola completamente rota y vacía.
No le desea ese sentimiento a nadie y menos a su hermana Rachel, que lleva muchos años sin pareja, priorizando a su hija y de repente cae de cabeza ante una chica bastante menor que ella, introvertida y que, al parecer, ahora se mantiene lejos de ella.
—Pero ¿sigue viviendo en tu casa?
—Sí, sigue aquí, pero se levanta pronto y se marcha. Pasa el día fuera y vuelve cuando estamos preparando el bar para la apertura —explica Rachel con la mirada perdida—. Luego se mete tras la barra, cumple con su trabajo y, al finalizar, se marcha a su habitación.
A Caroline le dan ganas de volar a Ítaca y zarandear a esa chica, sin embargo, decide indagar más. No es que no confié en su hermana, pero está tan desentrenada en esto de las relaciones que quizá hay algo que se le está escapando.
—¿Qué tal si me cuentas lo que ha ocurrido con ella en estos últimos días? —pregunta Caroline e Indira cierra la tapa del portátil para prestar atención a la conversación por si puede aportar algo—. Tal vez podemos sacar alguna conclusión.
Rachel mira a su hermana pequeña unos segundos y se maravilla —como siempre— de la madurez que ha adquirido con los años.
—No hay mucho que contar, ya os había dicho algunas cosas. La chica me gusta y bueno… —a Rachel el calor se le expande por el cuello—. Nos hemos acostado y quedamos en hablarlo, pero ese día se complicó y después ha empezado a desaparecer.
A Caroline no le espanta la información; ella e Indira también se llevan una buena cantidad de años entre ellas y la relación va fenomenal.
Claro que, en su caso, ambas son empresarias curtidas y experimentadas; Dakota sigue siendo una chica iniciando su treintena que atravesó el país con una amiga que hacía años que no veía porque no sabía qué hacer con su vida.
Eso sí que le preocupa un poco, pero a la vez está segura de que Rachel lo tiene controlado, al menos en ese aspecto.
Lo que le molesta es esa actitud de no dar la cara ante su hermana.
Antes de que Caroline suelte algún comentario que no va a ayudar a Rachel, Indira le pone la mano en el muslo a la rubia. La dueña de los cruceros se estremece y la mira con ese gesto tan suyo lleno de cariño hacia su novia.
—¿Has intentado preguntarle qué le pasa? —pregunta Indira—. Cuando llega al bar, pasáis varias horas juntas.
A Rachel no le molesta que la novia de su hermana se involucre en la conversación. Se ha adaptado muy bien a la presencia continua de Jodie e Indira en la familia.
—No, cuando estamos en el bar se mantiene alejada de mí. Solo me habla lo justo, si necesita algún vaso que está a mi lado o si tiene un problema con la caja —se lamenta—. ¿Y si he hecho algo mal?
—Creo que tenemos edad para saber esas cosas —contesta Indira con suavidad—. Estoy segura de que sabrías si has metido la pata o dicho algo que la pudiera ofender.
Rachel piensa con rapidez y concluye que Indira tiene razón. Aun así, sabe que Dakota es difícil de leer y, después de la conversación que sostuvo con Camila, no sabe si la joven mujer arrastra algún trauma que la haga reaccionar de esa manera.
—He respetado su espacio y me he mantenido casi a la espera de que sea ella quien dé pasos en la dirección que quiere —responde la dueña de The heaven—.
Tuvimos una conversación que no salió muy bien, pero luego vino a buscarme.
Nos gustamos, aunque no sé qué pasa por su mente y, mientras no me lo diga, seguiré perdida.
Indira le regala una sonrisa solidaria a su cuñada.
Ella misma se ha visto frustrada alguna vez cuando Caroline se encierra en sí misma y no necesariamente por un problema entre ellas, sino porque se le ocurre una nueva idea para su negocio y pasa días con la mente tan revolucionada que incluso se le olvida comer.
Indira ha logrado entender cómo funciona su novia y ya no enloquece cuando la encuentra frente a una pizarra observando unos gráficos durante horas; solo se limita a cuidarla y estar a su lado.
La mayor de las empresarias no se queja; vale la pena cada cosa que hace con tal de tener a su lado a Caroline y está segura de que Dakota tiene algún parecido con ella, por lo que Rachel tendrá que armarse de paciencia.
—Está bien que le des espacio y tiempo, pero también que encuentres el momento para que habléis y puedas entender cómo funciona su mente —Indira entrelaza sus dedos con los de Caroline y la mira con cariño antes de devolver la vista a la pantalla del móvil—.
Te aseguro que merece la pena estar ahí en cuanto logres entenderla.
—¿Y si lo que pasa es que se arrepiente de lo que pasó? —pregunta Rachel con nerviosismo.
—Entonces darás un paso al lado y seguirás con tu vida —zanja Indira—. Sea una respuesta u otra, Dakota tiene que decirte lo que piensa sobre vosotras y entonces sabrás qué hacer.
A pesar de la respuesta, Rachel se siente mejor.
Sabe que Indira tiene razón y que no puede seguir con esa incertidumbre que le tiene los nervios al límite.
Tampoco su plan es presionar a la bajista, pero la conversación es necesaria.
Se despide de su hermana e Indira agradeciendo sus palabras y prometiéndoles que las llamará en cuanto la conversación con Dakota se lleve a cabo.
—Hoy tienes nueva compañera —anuncia Ashley entrando a la barra del The heaven.
Rachel la mira atónita. Su hija siempre está fuera de la barra haciendo de camarera y el hecho de que ahora ocupe el lugar de Dakota no hace más que confirmarle que la bajista no la quiere cerca.
El enfado la golpea y gira la vista para mirar la zona de las mesas y observarla con la bandeja en la mano.
—¿A qué se debe el cambio? —pregunta Rachel y se agacha a coger un paquete de latas de refrescos.
Ashley, ajena a la situación, bota los hombros.
—Me lo ha pedido ella, quiere probar estar ahí fuera.
Rachel no dice nada. Los clientes empiezan a llegar y con ellos las peticiones de bebidas.
Es una noche tranquila, típica entre semana, donde la gente va a tomarse alguna copa y se marcha a casa pronto.
Le es imposible apartar la vista de Dakota; la mujer se mueve errática por la sala con evidente incomodidad, pero es ella quien ha decidido estar ahí y Rachel no puede hacer nada.
—Seis cervezas, por favor —se escucha decir a la bajista y Ashley se mueve para sacar las botellas de la nevera.
—¿La cuatro quiere algo más? —pregunta Ashley mientras pone las bebidas en la bandeja. Nota la mirada penetrante en uno de los chicos hacia la barra.
Dakota se gira para ubicar la mesa y le devuelve la vista a su amiga.
—No me han pedido nada, ahora les preguntaré —concluye.
Una vez que deja las cervezas a los clientes, se dirige a la mesa cuatro y se planta frente a ellos.
—¿Queréis algo más? —pregunta Dakota y algo en la sonrisa de uno de ellos le pone la piel de gallina.
—Tu número —dice el hombre. Es joven y atractivo, pero su mirada afilada le causa rechazo.
Dakota aparta la mirada y, cuando está dispuesta a marcharse, la voz del cliente la detiene.
—Venga, va, no seas estrecha —dice y se levanta de su asiento.
Dakota no lo había notado, pero las últimas palabras le han patinado en la lengua. Ahora está segura de que el hombre lleva alguna copa de más y eso, sumado con la cercanía de su cuerpo, la deja completamente paralizada.
—Estoy seguro de que te gustará, además —matiza pegando sus labios a la oreja de Dakota—, tienes pinta de necesitar estar con un hombre como yo.
Toda esa frase evoca en Dakota un recuerdo tan vívido que siente un mazazo en el pecho que la transporta directa hacia el infierno.
Es incapaz de moverse o de decir algo; se ha puesto tan pálida que parece que en cualquier momento se va a desvanecer.
El hombre frunce el ceño y se mueve para mirarla a la cara; es tal la expresión de la bajista que hasta él mismo siente miedo.
—Oye, ¿estás bien? —pregunta el hombre.
Dakota sigue callada, pero al segundo, nota como una mano cálida la coge del brazo y la hace caminar.
Ella sabe que es Rachel, su olor fresco es inconfundible para ella, se le ha metido en las venas desde el primer día que la tuvo cerca.
Se deja arrastrar por la madre de su amiga hasta que se da cuenta de que está en medio del salón del apartamento.
—Dakota, cariño, dime si te ha hecho algo —pregunta Rachel por tercera vez. Desde que notó su expresión aterrada desde la barra, salió para ayudarla, dispuesta a protegerla de lo que fuera, pero la bajista no ha salido del trance en el que parece haber caído.
Finalmente, Dakota la mira.
—Solo necesito descansar —se limita a contestar y Rachel, aunque quiere saber más, acepta la respuesta. Está segura de que no ha pasado nada más que algunas palabras y eso lo confirmará cuando baje de nuevo al bar y saque de su establecimiento a ese imbécil.
La dueña del bar la lleva hasta la habitación y Dakota se quita las zapatillas y se mete en la cama, dejando la mirada clavada al techo.
—¿Seguro que estás bien? —Rachel no se siente bien dejándola sola.
—Sí, no te preocupes.
—Si necesitas algo, llámame. Estaré atenta al teléfono.
Dakota asiente y, después de escuchar el sonido de la puerta al cerrarse, es cuando se permite llorar.
Se tapa la boca y las lágrimas le empapan la cara manchando sus gafas.
Ha pasado mucho tiempo, pero sigue sintiendo ese dolor que la atraviesa cuando escucha lo que ese hombre le dijo hace minutos en el bar.
Las manos le tiemblan, el estómago se le revuelve y tiene que controlar una arcada que amenaza con salir.
Le cuesta mucho encontrar serenidad, pero poco a poco, haciendo ejercicios de respiración y poniendo en su mente frases positivas —tal como sus años en terapia le han enseñado— su cuerpo va saliendo de esa tensión insoportable y va relajándose hasta que por fin se queda dormida sin saber que una planta más abajo, hay una mujer con el corazón en un puño, pensando que es capaz de lo que sea con tal de protegerla de cualquier cosa que le haga daño.