Capítulo 13
—Creo que a la gente le gustaría una fiesta especial por el Día de Acción de Gracias, Navidad o para el Día de la Independencia —explica Ashley bajando las escaleras con Dakota tras ella para ir a la cocina.
Llevan un rato hablando sobre nuevas propuestas para el bar.
Ashley pretende convertir el The heaven en un sitio de referencia en el condado de Tompkins donde gente joven o más mayor pueda disfrutar de una copa, un concierto o una simple noche de celebración por un día especial.
Las ideas son muy buenas, Dakota ya conocía el potencial de su amiga, pero ahora que lo está viviendo en sus carnes, cree que la cantante conseguirá su objetivo.
Entran a la cocina y Ashley coge un par de tazas para servir el café.
Para ella es un gesto normal, pero a Dakota la empieza a poner nerviosa; está acostumbrada a encontrarse a Rachel Taylor haciendo el desayuno y ese simple hecho la desvía de esa rutina marcada que tiene cada mañana.
Se remueve inquieta en la silla y cavila cómo preguntarle a Ashley por su madre sin que se le note el desasosiego que ha sentido al bajar y no verla entre los fogones.
—¿Tu madre no está?
Dakota lo ha intentado, pero lo ha soltado tal como lo ha pensado porque ni ella misma entiende por qué algo tan tonto le ha generado un pico de ansiedad como si a Rachel la hubieran abducido y jamás va a volver a verla.
—Seguro ha ido a comprar —contesta Ashley y encoge los hombros sin ser consciente de la incertidumbre de la bajista.
Charlan un rato más, Dakota intenta concentrarse con la tablet y al menos logra abstraerse por una hora porque le han llegado varios correos y ella, diligente y rápida, los contesta todos, da información adicional sobre el bar y envía la propuesta genérica que ha creado para invitar a los grupos novatos a estrenarse en The heaven.
Mordisquea una tostada de mantequilla de cacahuete y mermelada que ha preparado Ashley y, tras acabarla, toma la decisión de salir de casa a dar un paseo.
La verdad es que tiene mucho que pensar y su cabeza siempre cuadrada no ha querido colaborar.
Los pensamientos se le agolpan, las dudas la carcomen y la culpa por enamorarse de la madre de la única persona con la que se ha sentido a gusto la atraviesan como un hierro caliente.
—Voy a conocer los senderos —dice Dakota ya vestida, deteniéndose en la habitación de Ashley.
La chica sube la mirada que tenía pegada en la pantalla del móvil y le guiña un ojo.
—Diviértete.
Dakota sonríe y sale de la casa. El frío ese día parece comportarse, así que revisa su móvil y busca un parque que tenía guardado desde hace días.
Es un camino para senderistas que está lleno de cascadas y además muy bien señalizado porque ella no conoce la zona y teme perderse en su primera excursión.
Las horas pasan y la bajista está maravillada, vuelve a afirmar que ese lugar parece calzar con ella y está bastante segura de que allí podría vivir una vida más placentera que en cualquier ciudad como Los Ángeles o Nueva York.
—¿Me dices la hora, por favor? —le pregunta una chica a Dakota que va ataviada con botas de montaña, bastones y una mochila grande.
—Las cuatro y media —contesta y ella misma se asombra de lo tarde que se le ha hecho.
Sabe que tiene que volver si quiere llegar a tiempo para terminar de ayudar en el bar y luego abrirlo.
—Siento llegar tarde —suelta Dakota, entrando como un vendaval al The heaven y quitándose la chaqueta en el camino.
A Rachel el corazón casi se le sale por la boca.
Lleva horas esperando que Dakota aparezca y por su cabeza han pasado mil cosas.
Casi todas inverosímiles según su hija y la única razón por la que no llamó a la bajista fue porque Ashley le pidió que le diera espacio.
Dakota se estaba haciendo con la zona y eso era bueno para ella.
—No te preocupes, estamos casi acabando —contesta Ashley ante el mutismo de su madre—. ¿Puedes terminar de guardar el hielo? Tengo que hacer una llamada y aprovecho para ducharme antes de que abramos.
Dakota le asegura a su amiga que ella se encargará de lo que falte y Ashley sube al apartamento.
Rachel sigue como un junco tras la barra porque lleva todo el día pensando en hablar con Dakota de lo que pasa entre ellas y parece que su hija le ha leído la mente porque desaparecer en ese momento es darle pie a que la conversación se lleve a cabo.
Decide empezar a hablarle a la chica de algún tema banal y luego abordar el que más les interesa a las dos. Aunque no está muy segura de que sea lo correcto, Rachel quiere seguir el consejo de Camila y definir el punto en el que ambas están.
—¿Estás bien? —comienza Rachel de forma distraída .
Dakota la mira, como siempre, con ojos profundos pero fugaces porque desvía la mirada a la nevera en la que mete la segunda bolsa de hielo.
—Sí, ¿por qué?
—Has desaparecido todo el día.
—He perdido la noción del tiempo, lo siento —contesta Dakota, sintiendo que esa escapada le ha costado llegar tarde a su trabajo.
—Tranquila, solo quería saber si estabas bien —contesta Rachel y, casi de carrerilla, suelta la bomba—. Creo que deberíamos hablar de lo que pasa entre nosotras. Nos hemos acercado más o, bueno —se corrige— nos hemos besado dos veces.
Dakota se siente inestable; el suelo se mueve o es su cuerpo el que se balancea al escuchar esas palabras. Sabe que tienen que hablar, pero ella lleva bastante mal no estar preparada para ese tipo de conversaciones.
—No sé, creo que estaría bien decir lo que sentimos, si estamos cómodas con lo que ha pasado.
Rachel empieza a ponerse nerviosa porque Dakota ni se mueve ni dice una palabra.
—A mí me ha gustado y quiero seguir descubriendo lo que pasa entre tú y yo —continúa Rachel con lo que parece un monólogo.
La dueña del bar deja un par de minutos de tregua para que la bajista hable, pero parece no tener la intención de hacerlo.
—¿No tienes nada que decir? —pregunta Rachel con seriedad.
El cerebro de Dakota ha hecho tal cortocircuito que ha perdido la capacidad de razonar.
Quiere hablar, de verdad que sí, pero no encuentra la manera, sobre todo después de escuchar a Rachel diciendo que sus besos le han gustado.
Baja la mirada y lo único que logra hacer Dakota es menear la cabeza de un lado a otro, negando.
Rachel hace una mueca con los labios.
—Vale.
La mayor de las dos sale de detrás de la barra y sube a su apartamento.
Tiene la mente en blanco y su frustración al saber que acaba de hacer el ridículo solo la hace querer coger un vuelo a Nueva York y acurrucarse con sus dos hermanas.
Eso no pasa porque The heaven tiene que abrir sus puertas y ella, aunque no está al nivel de Caroline y Katherine, también es empresaria y por un bache emocional no va a perjudicar su negocio.
—Dos jarras de cerveza, un Old Fashioned y dos refrescos de naranja —pide Ashley en la barra, dejando vasos vacíos y rellenando varias cestas con cacahuetes.
Rachel afirma y empieza a servir las bebidas.
Llevan unas horas con el bar lleno y, aunque es más tranquilo que los fines de semana, también hay bastante movimiento.
Lo agradece porque apenas ha tenido tiempo de que su cerebro la torture recordándole la conversación —o monólogo— que tuvo con Dakota.
Lo que peor lleva es cruzarse con ella tras la barra, Rachel hace contorsionismo para intentar no tocarla y, por la mirada melancólica de Dakota, está segura de que sabe que no quiere acercarse a ella.
La noche trascurre con rapidez. The heaven no es un bar que abra hasta la madrugada, así que cuando llega la hora de cerrar, las tres mujeres se coordinan y, antes de darse cuenta, ya lo tienen todo listo.
—Subo ya —anuncia Rachel, dejando el trapo que parece siempre llevar con ella sobre la barra—. Que paséis buena noche .
A Ashley no le parece raro; su madre es más mayor y además lleva muchísimos años encargándose del bar, por lo que es normal que, en cuanto acabe la jornada, la mayoría de las veces, quiera irse a descansar.
En cambio, para Dakota es otro cambio en su rutina; una cerveza al cerrar, una conversación corta y una despedida fugaz es a lo que se ha acostumbrado.
Ahora está en medio de la pista, conocedora de que su mutismo, que a veces le trae muchos problemas, ha causado esa reacción en Rachel Taylor.
—Yo he quedado con un amigo —suelta Ashley de repente, bloqueando el móvil y buscando su chaqueta.
Dakota la mira y se alegra por su amiga. Intuye que está conociendo a alguien, se le nota en la mirada.
—Que te diviertas —le dice la bajista y también sube para meterse directamente en la ducha.
La pierna derecha le tiembla sin control.
Dakota lleva cinco minutos frente a la puerta de Rachel Taylor, pero no se atreve a llamar.
Se reacomoda las gafas, se pasa los dedos por el cabello húmedo y suspira angustiada.
Hace rato que ha tomado la decisión de hablar con Rachel, pero su repentina despedida la dejó sin plan.
Envalentonada se ha presentado en su habitación, pero hasta ahí ha llegado su fuerza; ahora es un manojo de nervios.
Cierra los ojos, pone la mano en el pomo y entra. Ella es todo o nada.
Rachel, que estaba en la cama intentando leer un libro, sube la mirada y se encuentra con la mujer.
Los oídos empiezan a pitarle cuando Dakota camina hacia ella y el corazón se le agranda cuando la bajista le quita el libro de las manos, lo pone en la mesilla de noche y con cuidado se tumba sobre Rachel.
—No se me da muy bien hablar —susurra Dakota y acorta las distancias entre sus bocas después de quitarse las gafas .
Rachel cierra sus brazos alrededor de ella, la presiona más sobre su cuerpo y la besa con ganas. Sí, tienen que hablar, pero no será Rachel la que frene ese momento tan esperado para tener una conversación que a la bajista tanto le cuesta.
Dakota Foster, la introvertida y misteriosa Dakota, en la cama es más un guepardo hambriento que una mujer reservada. Sus manos se mueven despacio, pero con seguridad, y poco a poco va deshaciéndose de la ropa de Rachel a la vez que deja rastros de saliva por su cuerpo.
—¿Me dejas desnudarte? —pide Rachel en un murmullo. Está muy excitada, ¿hace cuánto tiempo no se acuesta con una mujer? Ha perdido la cuenta.
—Tú puedes hacerme lo que quieras.
Para Rachel, Dakota es un misterio porque es como estar con dos mujeres a la vez, una que se mantiene hermética y prudente, y otra más abierta, más sensual y poderosa.
—Si te hago daño, dímelo —ese comentario sale de Dakota, que sus ojos han pasado de verde prado a negro noche mientras acaricia con fervor la cara interna de los muslos de Rachel y se acerca a sus labios vaginales.
Rachel se arquea y suelta un gemido controlado. Los dedos largos y finos de la bajista son tal como ella los imaginó. Delicados pero complacientes y para una mujer como ella, alejada de los lindes sexuales por no sabe cuánto tiempo, es muy difícil mantener el control del orgasmo.
—No te contengas —le pide Dakota y coge una mano de Rachel para llevarla a su propia vagina.
La humedad y el calor de la entrepierna de Dakota es lo que le faltaba a Rachel para caer por un precipicio. Mientras se corre, penetra a la bajista y siente como empieza a mover las caderas buscando profundizar el contacto .
—¡Dios! —suelta Rachel sin aliento—. Hacía mucho que…
Dakota no le permite hablar y mete su lengua en la boca de Rachel. La besa unos segundos y luego se tumba boca arriba. Con un movimiento, insta a la dueña del bar a subirse sobre ella y le coge la cara con ambas manos.
—Fóllame despacio y cuando esté a punto de correrme, hazlo fuerte —pide Dakota y le deja un mordisco suave en la barbilla.
Rachel sabe que va a enloquecer. Si ya estaba enganchada a la bajista, después de esa noche su cordura ha echado a volar.