Capítulo 11
En casa de Rachel Taylor todas las mañanas son iguales —o casi— porque la mayor de todas se levanta temprano, baja las escaleras con un ojo abierto y el otro cerrado para ir directa a coger su taza y llenarla de café.
Cuando Ashley no había vuelto a Ítaca, Rachel se quedaba un rato en la cocina disfrutando del paisaje a través de la ventana y luego hacía lo que el cuerpo le pedía.
Ahora, sin embargo, se ha instaurado una rutina que para muchos puede ser pesada, pero que a ella le encanta.
Después de que el líquido oscuro accede a su torrente sanguíneo, la dueña de The heaven empieza a preparar el desayuno para su hija y Dakota, que parecen siempre despertar con un hambre voraz.
Luego deja la comida lista y se pone a recoger la casa, hace la compra o queda con Camila hasta que llega la tarde y es el momento de dejar el bar a punto para la hora de su apertura.
Hoy no es diferente —o un poco sí, porque después del beso de anoche, la mayor de las Taylor parece que levita en la cocina—.
Ahí está Rachel preparando una torre de tortitas mientras Ashley revisa su móvil y Dakota está pegada a la tablet moviendo el calendario de los próximos meses.
Después de un desayuno que parecía más un banquete, Ashley se levanta, recoge los platos y saca una botella de agua de la nevera.
—Voy al centro a recoger los carteles que hemos mandado a imprimir y luego a comprar la caja de vasos que falta. Me quedo a comer fuera —zanja y se acerca a su madre para darle un beso.
A diferencia del día anterior, a Dakota parece no importarle que su amiga se ausente.
De hecho, no siente incomodidad al quedarse sin ella porque Ashley ha anunciado que sale de casa y Dakota no tiene que encontrarse con la desagradable sorpresa de que la cantante no esté y ese hecho altere su cuidada rutina.
—Nos vemos luego —dice Ashley, que coge las llaves del coche de Rachel y desaparece tras la puerta, dejando a las dos mujeres solas.
Rachel tiene muchas ganas de acercarse a la bajista, enredar los dedos en su cabello y besarla con todas las ganas que acumuló durante la madrugada, pero para ella toda la situación es tan confusa que no sabe cómo actuar.
De hecho, esa mañana no sabía qué esperar de Dakota, si no aparecería por la cocina o si ni siquiera la miraría a la cara.
Su sorpresa ha sido mayúscula porque cuando se ha sentado a la mesa, la ha saludado con un susurro y le ha dedicado una sonrisa tímida.
Mueve la cabeza, negando su propia incertidumbre, y decide empezar a preparar la comida para despejarse.
Además, al mediodía le da pereza cocinar y, si deja todo listo pronto, a la hora de comer solo será servir y calentar.
La mujer saca todo de la nevera; se ha decidido a preparar una carne en salsa que también puede servir para que Ashley se haga un bocadillo por la noche.
Después de diez minutos, el silencio la asfixia. Dakota sigue trabajando tan concentrada que ni se mueve; solo se limita a tocar la pantalla de la tablet y apuntar cosas en una libreta. Rachel decide una jugada, para algunos, algo normal, pero para ella un movimiento arriesgado.
—¿Quieres que te enseñe a preparar carne en salsa? —pregunta la mayor de las Taylor sin dejar de separar los vegetales que va a usar—. Es la favorita de Ashley.
Dakota no dice nada y, por un momento, Rachel piensa que ha metido la pata, pero la mujer bloquea la tablet y se levanta de su asiento para ponerse al lado de la dueña del bar.
—¿Qué quieres que haga? —pregunta la bajista ajustándose las gafas como siempre.
Rachel no quiere ser soez, pero por su cabeza pasan cientos de cosas que quiere que Dakota haga. Se aclara la garganta, nerviosa.
—Corta estos vegetales como te enseñé ayer —le explica—. Después te enseñaré algún truco para que la salsa quede más melosa.
Dakota está de acuerdo, se acerca a la pica para lavarse las manos y coge el cuchillo para empezar con la faena.
Como es normal en ella, dedica toda la concentración a su tarea, corta de forma prolija la cebolla, los pimientos y el tomate para luego separarlos en una bandeja que Rachel le ha colocado al frente.
Rachel está secándose las manos cuando su corazón deja de latir, Dakota, de repente, ha dejado lo que está haciendo y la coge por la cintura para girarla y le da un beso tan sentido como necesitado.
—Qué bien sabe tu boca —Rachel no puede evitar ese comentario que ha salido sin pensarlo, pero se alegra de que le haya gustado a Dakota, porque la bajista mete más la lengua y suelta un gemido bajito pero placentero a sus oídos.
Rachel tiene la espalda pegada al mueble de la cocina mientras Dakota ejerce una presión en ella que le parece deliciosa.
El ambiente se calienta demasiado rápido y la dueña del bar no se opone cuando la bajista empieza a acariciarle los muslos y sube despacio por sus costillas hasta llegar a su cuello.
A Rachel le asombra la soltura de Dakota, siempre tan tímida y ahora tan lanzada.
—Mierda —suelta Rachel el improperio porque el timbre de su casa ha sonado y ha sido como un pistoletazo que le ha indicado a Dakota que tiene que cortar el beso.
La bajista camina hacia la puerta y la abre. Aunque tiene la cabeza como una noria por la situación, sonríe cuando observa que quien ha llegado es Camila. Esa mujer le cae muy bien, Dakota siente una especie de protección constante cuando ella está cerca y eso le da calma.
—Cariño, ¿cómo estás? —pregunta la visitante con su acostumbrada voz suave.
—Bien —responde la chica, que le vuelve a sonreír y la invita a pasar echándose a un lado.
Rachel entrecierra los ojos cuando la figura morena de Camila llega hasta la cocina y, ajena a todo, le da un beso en la mejilla a modo de saludo.
—Voy a mi habitación —anuncia Dakota y recoge sus cosas para subir las escaleras.
Camila observa a la bajista salir de la cocina y cuando se gira para preguntarle a Rachel cómo está, la mayor de las Taylor se le adelanta.
—Me gusta, me gusta mucho —dice dándose toques en la frente con la mano—. ¡Mierda!
Camila es consciente de a lo que se refiere, pero conoce muy bien a su exmujer. Sabe que tiene que dejarla soltarlo todo y luego será el momento de que ella pueda intervenir.
—Acabamos de besarnos —sigue Rachel, turbada—, y no es la primera vez, pero hoy no lo vi venir, ella… —Rachel se aprieta el puente de la nariz—, se acercó a mí y me besó.
—¿Qué es lo que te preocupa? —pregunta la profesora con calma .
Rachel bufa y niega.
—Puedo hacerte una lista de cosas que no me dejan dormir, pero, en resumen, a lo que temo es a no saber lo que ella quiere o siente —explica la dueña de The heaven y se sienta—. Ya la has visto, es hermética e impredecible. No quiero hacer las cosas mal, pero con ella es difícil saberlo.
—¿En qué punto estáis? Porque si os habéis besado varias veces y ya me habías dicho que te atraía…
—¡No lo sé! —suelta Rachel y se lleva las manos a la cabeza de manera algo dramática.
Camila puede entender lo que siente su exmujer; esa incertidumbre de no saber qué sucede puede llevarte a la locura, pero para ella —una eterna romántica empedernida— la situación es tan sencilla como que ambas mujeres se sienten a hablar de lo que pasa y, si la cosa va por buen camino, que Rachel despliegue todas esas armas que bien conoce la profesora para deslumbrar a la joven bajista.
—Habla con ella, Rach —dice y levanta una mano cuando la otra va a interrumpirla—. Sé que Dakota no es mujer fácil, pero creo que habéis dado varios pasos y el que ella haya tomado hoy la iniciativa de acercarse a ti, me dice que también le gustas.
Rachel inhala todo el aire que le cabe en los pulmones y lo suelta despacio. Camila tiene razón, pero a ella le da pánico no saber cómo llevar esa conversación y que termine haciendo mal las cosas.
—Si meto la pata, tendrás que ayudarme —decide Rachel asustada, como si tuviera veinte años.