Capítulo 10
—Ashley no está.
A Rachel por poco le da un infarto cuando se gira hacia la voz de Dakota y se la encuentra en la puerta de la cocina.
La bajista tiene expresión desconcertada ante la afirmación de un hecho que parece haber descubierto al levantarse y que la ha dejado descolocada al alterar su rutina.
Rachel la mira unos segundos, acelerada por el susto y porque la imagen de la chica con su pelo alborotado y los pies descalzos es como un chute de adrenalina para un corazón descontrolado cada vez que la tiene delante.
—Ha quedado para desayunar con unos compañeros del colegio —le aclara Rachel—. Siéntate, el desayuno ya está listo —añade señalando la mesa, donde acaba de dejar unas tostadas con mantequilla y ahora está sacando los huevos revueltos de la sartén.
Dakota pasa por su lado con cuidado de no rozarla.
Cada vez que recuerda ese encontronazo que tuvieron dentro de la barra del bar, se le erizan los pelos de la nuca y siente una corriente por la espalda que le paraliza los pulmones.
Ocupa la silla más alejada y cruza una pierna sobre otra, dejando en el aire uno de sus pies descalzos, que actúa como un imán para los ojos de Rachel.
—Tengo algo para ti —dice Rachel dejando el plato sobre la mesa .
Atónita, Dakota la ve salir de la cocina y se queda mirando la puerta mientras repite la frase en su cabeza por si no ha escuchado bien.
Se pone nerviosa. A Dakota no le gustan los regalos porque la hacen sentir incómoda si ella no tiene nada que ofrecer, pero no le da tiempo a seguir pensando en ello cuando la dueña del The heaven vuelve a la cocina con una bolsa.
—Toma —dice Rachel, sintiendo una bola de nervios en la boca del estómago.
Extiende el brazo hacia Dakota y esta observa la bolsa como si dentro hubiera una bomba.
—Cógelo, Dakota, es una tontería —insiste Rachel con un tono cariñoso que la hace estremecerse.
Dakota coge la bolsa y saca un paquete de dentro.
Lo observa, inexpresiva, aunque por dentro se siente tan emocionada que las manos comienzan a temblarle.
Deshace el lazo con cuidado, no porque le guste el color o tema romperlo, es porque se lo ha regalado Rachel y quiere conservarlo.
Al romper el papel, se encuentra con unas zapatillas de estar por casa muy mullidas, son de color claro con el dibujo de una guitarra en la parte delantera.
Rachel siente que el corazón se le sale por la boca y piensa que se ha pasado, que quizá para Dakota un regalo sea una invasión de su espacio personal y ella no lo ha tenido en cuenta.
—Si no te gustan, se pueden devolver, o si no te van bien…
—Son perfectas —Dakota se levanta y desaparece por la puerta con las zapatillas en la mano.
Rachel se queda con la boca abierta unos segundos, pasmada, y en menos de un minuto, Dakota vuelve sin la bolsa y el envoltorio, con las zapatillas puestas y una sonrisa tímida que deshace a Rachel .
—¿Te van bien?
Dakota mueve los pies como una niña y asiente.
—Pues venga, come antes de que se enfríe.
Rachel se da la vuelta dejando ir una sonrisa inmensa mientras recoge lo que ha ensuciado para empezar a hacer la comida del mediodía.
—¿Te ayudo? —pregunta Dakota al cabo de un rato, asustando a Rachel otra vez.
Se gira y la ve a su lado, vaciando las sobras de su plato en la basura antes de empezar a fregarlo.
—¿Con la comida? —pregunta Rachel mientras abre un paquete de pasta.
Dakota solo asiente con un movimiento de cabeza y se sube las gafas con el dedo cuando termina. Rachel no necesita ayuda, pero quiere pasar tiempo con ella.
—Claro, puedes ir cortando las verduras para la salsa si quieres.
Le señala la tabla donde lo tiene todo preparado junto al cuchillo y Dakota lo coge sin saber por dónde comenzar.
—¿Cómo de grandes?
—¿Los trozos? —pregunta Rachel descolocada.
Dakota se aparta un mechón de pelo que le invade la cara de repente y la mira solo un momento porque es incapaz de mantener sus ojos verdes sobre los de Rachel sin que le tiemble el corazón.
—Sí. No sé cocinar, aunque siempre he querido aprender —contesta como si le diera vergüenza.
Rachel tiene la sensación de que la cocina es cada vez más pequeña, y eso que es uno de los espacios más grandes de su casa.
—¿Quieres que te enseñe? —pregunta acercándose a Dakota.
La bajista asiente y no se mueve cuando Rachel cubre la mano con la que ella sostiene el cuchillo con la suya.
Lo hace muy despacio, como queriendo corroborar las palabras de Dakota la otra noche, cuando le dijo que no le importaba que la hubiera tocado.
Dakota no se mueve, tampoco respira y sus labios se entreabren.
—Más o menos así —susurra Rachel, deslizando el cuchillo sobre un puerro con una suavidad que marea a Dakota—. Todos de este tamaño para que se hagan bien cuando los echemos en la olla.
—Vale —responde Dakota con la mirada fija en esa mano de Rachel que le gustaría tener en otras zonas de su cuerpo.
La dueña del bar se aparta y el momento de tensión se rompe, haciendo que el aire llegue a los pulmones de ambas. Rachel intenta no acercarse más a Dakota, consciente de que no será capaz de controlarse si vuelve a pasar.
El resto del día transcurre para Rachel y Dakota dentro de la normalidad habitual. Después de hacer la comida, cada una se ha dedicado a sus cosas y, tras comer con Ashley cuando ha llegado, han descansado un poco y, a la hora de siempre, han abierto el bar.
La noche ha sido tranquila, sin conciertos, pero con más clientela de la habitual entre semana gracias a las labores en redes sociales de Ashley.
Ahora ya han cerrado y las tres están terminando de limpiar.
Rachel está satisfecha. Aunque la llegada de Ashley ha sido repentina y la de Dakota inesperada, a ella le ha venido muy bien la incorporación de ambas porque la están liberando de una carga de trabajo que la hacía terminar mucho más cansada de lo que lo hace ahora .
El bostezo repentino y exagerado de Ashley hace reír a Dakota, que la observa sorprendida apoyándose en la escoba.
—Parece que no te sienta bien madrugar —comenta divertida y Rachel las observa mientras coloca las sillas encima de las mesas.
—Estoy cansadísima —admite Ashley, que vuelve a bostezar con fuerza y parpadea buscando algo que hacer.
—Sube a descansar, anda —dice su madre—. Esto ya casi está y podemos acabarlo entre Dakota y yo.
—¿No os importa? —pregunta Ashley mirando a su amiga.
Dakota niega con expresión divertida y Ashley se despide de ambas agradeciendo que la liberen para poder dormir.
A Rachel y a Dakota no les lleva más de media hora terminar lo que falta y, solo cuando acaban, es cuando realmente son conscientes de que vuelven a estar solas.
Dakota está de pie al final de la barra y Rachel dentro, a punto de bajar las luces, pero parece que ninguna tiene ganas de subir a descansar todavía, porque la bajista no se acerca a la puerta y los dedos de la dueña del bar no se mueven.
—¿Te apetece una cerveza? —pregunta Rachel tratando de no mostrar su nerviosismo.
—Sí —responde Dakota de inmediato.
Eso alivia a la dueña del bar, que abre una nevera, saca dos cervezas y, tras abrirlas, se acerca hasta la bajista.
Dakota se sienta sobre otra de las neveras con la botella en la mano y Rachel se sitúa frente a ella con la espalda apoyada en la pared, justo debajo de una estantería llena de botellas.
—Ashley dice que tú también tocas la guitarra —rompe el silencio Dakota, haciendo que el corazón de Rachel se acelere de manera inevitable.
—Antes sí —contesta y le sonríe sin apartar la mirada de sus ojos—, pero hace mucho tiempo que no lo hago. Ahora solo toco para mí, para relajarme.
—¿Tocarías para mí? —la pregunta de Dakota coge a Rachel desprevenida, no se la esperaba, pero la mirada fija de la bajista le deja muy claro que habla en serio.
—¿Quieres que toque para ti? —Rachel da un trago, sintiendo la boca completamente seca.
—Sí —afirma Dakota sin dejar de mirarla.
—Hagamos un trato —Rachel se yergue y Dakota contiene el aliento cuando comienza a dar pequeños pasos hacia ella—. Yo tocaré para ti si tú me prometes que algún día tocarás solo para mí.
Rachel se detiene justo delante de las rodillas de Dakota, que se alegra de estar sentada porque empiezan a temblarle. Asiente con un movimiento lento mientras observa los labios de su jefa, humedecidos por la bebida.
—Lo haré —dice Dakota y sonríe.
El silencio las envuelve enrareciendo el ambiente y, aunque ninguna se siente incómoda, Dakota no soporta esa tensión ni se cree capaz de seguir respirando si Rachel la sigue mirando con esa expresión entre pensativa y aturdida que parece trastornarla.
—¿En qué piensas?
A Dakota casi no le sale la voz cuando pregunta. Rachel carraspea y vuelve a humedecerse los labios para contestar, temiendo que se le peguen cuando los junte para hablar.
—En que me quiero acercar más a ti, Dakota —susurra Rachel.
Dakota baja la mirada hasta sus rodillas, lo único que se interpone entre su jefa y ella.
Y las separa muy despacio, dejando sitio para que Rachel se acerque.
La dueña del The heaven tiene la sensación de que se va a desmayar cuando da un paso y se coloca entre las piernas de la bajista.
Deja su cerveza sobre la nevera y levanta la mirada hasta posarla sobre la de ella.
La tiene tan cerca que puede notar su aliento cosquilleándole sobre los labios y empieza a inclinarse hacia delante para buscar su boca.
Rachel lo hace muy despacio, asegurándose de que Dakota puede detenerla si no quiere ese beso que ella piensa darle, pero la bajista lo desea tanto o más que ella, y Rachel se da cuenta cuando ve que los labios empiezan a temblarle cuando abre la boca para recibirla.
El primer roce hace que Rachel quiera gemir con fuerza, pero se controla y profundiza el beso con lentitud, saboreando primero los labios de Dakota para después mover la lengua cuando la bajista busca la suya con la timidez de quien da su primer beso.
Rachel querría dejar libres sus manos por el cuerpo de Dakota, explorar cada rincón con esa ansia que le devora las entrañas y que le arde entre las piernas, pero, aunque Dakota parece cómoda con el beso, la nota tensa y muy nerviosa, y lo último que quiere es que un momento que para ella está siendo perfecto, sea un mal recuerdo para su empleada.
Se separa despacio y sonríe cuando de la boca de Dakota escapa un suave gemido de desconsuelo ante la falta de esos labios que siente que encajan con los suyos como si ambas formaran parte del mismo rompecabezas.
Rachel deja salir en un suspiro todo el aire contenido en los pulmones para tratar de serenarse.
—¿Estás bien? —le pregunta a Dakota, apartándose un poco para dejarle espacio.
Dakota la mira y tarda en darle una respuesta.
Su mente, castigada por pensamientos que a veces ella misma no comprende, la golpea al recordarle que, por mucho que le guste, la mujer que tiene delante es la madre de su mejor amiga, de la única que tiene, y Dakota no se puede permitir perderla ni fallarle.
Suspira angustiada, porque se da cuenta de que lo que siente es incontrolable y no está segura de saber cómo manejar la situación.
—Dakota —insiste Rachel poniéndole una mano en la mejilla.
Dakota sonríe, atontada por el contacto.
—Estoy bien.
A Rachel su respuesta le parece sincera, pero es muy consciente de que Dakota mantiene una lucha interna y ella no quiere forzar las cosas. Necesita que la bajista se relaje y que confíe en ella, y piensa darle todo el tiempo y el espacio que necesite para eso.
—Vale —le sonríe Rachel y le aparta el pelo de la cara—. ¿Te parece si lo dejamos aquí por hoy?
Le sonríe, y Dakota nota que el corazón le da un vuelco.
—Sí.
—Bien —dice Rachel y se aparta para permitirle bajar de la nevera.
Las dos suben juntas a la casa y Rachel espera en el pasillo hasta que Dakota se encierra en su habitación. Entonces ella entra en la suya, cierra la puerta con cuidado de no hacer ruido y pega la espalda a la madera.
—Madre mía… —exhala tiesa como una tabla.