The heaven (Hermanas Taylor 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

Rachel lleva cinco minutos —o quizá más— con la mirada perdida en la ventana que da hacia el sendero que hizo que ella se enamorara de la zona donde está su casa.

Ha pasado la noche en un duermevela interesante porque, después del acercamiento con Dakota, la mayor de las Taylor lo tiene claro; se ha colado de la enigmática bajista.

Pestañea porque oye un ruido en la puerta principal y sabe que Camila ha llegado. Han quedado esta mañana para desayunar y Rachel le ha pedido que entre con su llave y así evitar despertar a las chicas con el sonido del timbre.

—¿Qué tal el concierto? —pregunta Camila tras saludar a Rachel y sentarse a la mesa.

La noche anterior no pudo asistir porque coincidía con una cena de profesores jubilados de Ítaca que ella misma organizaba. Al final no disfrutó del evento porque donde quería estar era en The heaven viendo a su hija cantar.

—Mejor de lo esperado —dice Rachel y sus palabras no reflejan la emoción que siente—. Asistió mucha gente y se hizo el doble de caja que en un viernes normal.

Camila sonríe encantada. No solo porque el concierto le ha generado un buen dinero al bar, sino porque ve que poco a poco el objetivo de Ashley se va cumpliendo.

La sonrisa no le dura mucho porque nota en Rachel algo que no termina de encajarle.

Tiene el rostro apagado y se mueve errática por la cocina con una taza de café que parece estar fría, y eso sí que es alarmante, porque la mayor de las Taylor siente tal debilidad por ese líquido oscuro que, en cuanto se lo sirve, es capaz de quemarse la boca con tal de disfrutarlo lo antes posible.

—¿Ha ocurrido algo? —pregunta Camila.

Rachel parece que escucha con algo de retraso porque es al cabo de unos segundos que contesta.

—¿Cómo dices?

—¿Que sí ha pasado algo, Rachel? —repite y se levanta de la silla—. Te noto diferente, ¿no te encuentras bien?

Rachel tiene el fugaz pensamiento de mentirle a su exmujer y salir del paso diciéndole que solo es cansancio.

No sería raro, Rachel siempre ha tenido una buena clientela en el bar, pero lo de anoche fue excepcional.

Cavila su respuesta y decide que nadie mejor que Camila para hablar del tema que la está asfixiando; al fin y al cabo, la historia entre ellas tiene similitudes.

Suelta un suspiro que suena más a quejido y, tras entregarle un café con leche a Camila, la mira a la cara.

—Creo… —se pasa la mano por la frente—, creo que me gusta Dakota.

Camila eleva las cejas. No tanto por el hecho de que Rachel pueda sentirse atraída por la bajista.

Si se pone a pensarlo, incluso tiene sentido: ambas adoran la música, les gusta la tranquilidad —aunque en su juventud Rachel fuera un tornado— y Dakota es muy atractiva.

El tema está en que Camila sabe que a Rachel le pueden preocupar muchas cosas, pasando por la edad de Dakota hasta la amistad que mantiene con Ashley.

Quizá sea solo una confusión de la dueña del bar.

—¿Has pensado que en vez de atracción puede ser admiración? O incluso que ella te recuerde a ti misma cuando eras más joven —dice Camila, lanzando varias opciones que parecen plausibles.

Rachel niega. Camina unos pasos y se sienta en una de las sillas para apretarse la frente con una de sus manos.

—Anoche en el bar tropezamos. Había mucho jaleo después de que ellas tocaran y por poco la tiro al suelo —hace una pausa y es imposible no sonreír al recordar ese momento—. La tuve pegada a mí, Camila, y su olor, sus ojos, todo en ella me hizo temblar.

Camila se toma unos segundos para analizar las palabras de la madre de Ashley y ese sentimiento no le es desconocido.

Ella lo experimentó hace bastantes años con la misma Rachel cuando empezó a engancharse a ella de solo verla llevar a su hija al colegio donde Camila era maestra.

Empezó a ir a The heaven y cada vez que saludaba a una muy joven Rachel, ella se quedaba impregnada de su sonrisa, de sus ojos verdes y sus manos alargadas.

Aunque en su caso, Camila lo tenía claro y tras poco tiempo, Rachel también lo tuvo, pero en la actualidad la historia es otra: Dakota es una mujer difícil de leer, cerrada y con un escudo tan potente que Camila no sabe cómo Rachel podrá atravesarlo.

—Puede que sea algo pasajero, Rach —dice Camila con suavidad, cogiéndole las manos—.

Hace tiempo que dejaste de tener citas y ahora llega esa chica que te genera tanta curiosidad que ha acabado atrayéndote.

Date algo de tiempo, a menos qué… —Camila se calla y, tras morderse el labio, vuelve a hablar— sientas algo que ya no puedas controlar.

A Rachel se le acelera el corazón casi tanto como la noche anterior cuando vio la mirada cargada de lujuria de Dakota.

No quiere pensar en el punto en el que está esa atracción extraña que siente por la bajista y prefiere agarrarse con fuerza al clavo ardiendo que le ha dejado su exmujer sobre la mesa; quizá sea una confusión, quizá sea algo pasajero.

—Buenos días —se escucha como un trueno y ambas mujeres se giran para observar a Ashley bajar las escaleras, seguida de Dakota. Ambas bostezando con cara adormilada.

No, no es una confusión y Rachel puede confirmarlo porque al ver esa melena alborotada y ese gesto casual en Dakota al ajustarse las gafas, el vientre de la dueña del The heaven se revela y le lanza varios latigazos directos a su centro.

Rachel se remueve intentando calmar sus pulsaciones a la vez que agradece esa interrupción; no quería seguir ahondando en lo que le hace sentir la mujer que ahora tiene casi frente a ella.

—Siento no haber ido a veros anoche —se levanta Camila para abrazar a su hija. Se ha disculpado al menos veinticinco veces.

—No te preocupes, mamá —contesta Ashley y se aferra a sus brazos—. La semana que viene y la otra y la otra —ambas se ríen—, puedes venir a vernos. ¿Qué tal la cena? ¿Alguien interesante?

Camila le da un beso en la mejilla a Ashley y se separa de ella.

Su hija lleva años dándole la vara para que busque compañía.

Según ella, Rachel, además de tener el bar, tiene a sus hermanas con las que mantiene una relación muy estrecha.

En cambio, Camila, pasa las horas en su casa y su único vínculo en Ítaca, además de algunas amistades, es Rachel y ahora ella misma.

—Los mismos de siempre —dice Camila, tranquila, y se acerca a Dakota, que ha permanecido en segundo plano después de susurrar un saludo escueto—. Me cuentan que tocasteis de maravilla anoche.

Dakota le sonríe. Una sonrisa abierta, real .

—¿Estaba Trisha Lohan? —la voz de Rachel interrumpe la interacción. A la dueña del bar le encanta molestar a Camila porque sabe que, por mucho que lo niegue, se siente atraída por esa mujer.

Camila ladea una sonrisa, pero no le contesta y prefiere preparar el desayuno para todas.

—Cariño, ¿los huevos los quieres revueltos o fritos? —pregunta Camila a su hija, que ya se ha sentado a la mesa.

—Revueltos.

—¿Y tú, Dakota?

—Igual —dice la bajista—, ¿necesitas que te ayude?

Camila asiente, no necesita a una ayudante para hacer el desayuno para cuatro personas, pero de alguna manera, esa chica parece que se siente cómoda con ella y Camila está encantada de que la deje atravesar sus muros blindados.

Hablan mientras el olor del tocino inunda la casa y Rachel no puede evitar una punzada de lo que pueden ser celos.

No de esos voraces y cavernícolas, sino los que te arrugan el corazón porque la mujer que te gusta parece estar más cómoda con otra persona que con ella.

Desayunan sosteniendo una conversación animada. Ashley, siempre extrovertida, cuenta que se ha reencontrado con amigos que hacía mucho que no veía y que estos estaban maravillados con el cambio del bar.

—La semana que viene volverán y traerán a más gente; más vale que estemos preparadas —explica Ashley llevándose una tostada a la boca—. Por cierto, hice una lista de cosas que hay que comprar para esta noche.

Camila le tiende una servilleta a su hija, parece que tiene al lado a esa niña de diez años que devoraba la comida y se manchaba la cara por el camino.

—Puedo llevaros si queréis —se ofrece la jubilada mujer .

—Yo te acompaño —suelta Dakota de repente y Rachel no puede evitar pensar una vez más que no puede existir alguien más comprometido con el trabajo que ella.

—Entonces, cuando acabemos aquí, podremos ir al centro —zanja Camila y sigue desayunando, ajena a la mirada de Rachel clavada en los pies descalzos de Dakota.

Cuando Ashley y su madre se quedan a solas, Rachel no tarda en hacerle una pregunta que lleva días quemándole los labios.

—¿Por qué Dakota va siempre descalza?

Ashley se encoge de hombros.

—Creo que es porque no tiene zapatillas para estar en casa —suelta y su madre tuerce el gesto—.

Cuando aceptó venir conmigo a Ítaca, vendió muchas cosas que tenía y gastó todo el dinero en el billete de avión que, por comprarlo de un día para otro, salió bastante caro.

Antes de que lo preguntes —dice la cantante adivinando las dudas de Rachel—, no le he ofrecido unas porque Dakota odia la caridad.

Ya sabes cómo es y prefiero respetar su espacio.

Rachel mueve la cabeza y, a pesar de lo que le dice su hija, ella no puede evitar querer no solo regalarle unas zapatillas que cubran del frío esos pies que a ella le enloquecen, sino protegerla y ofrecerle todo lo que necesita para que se sienta cómoda a su lado. Sí, Rachel Taylor está en problemas.