The heaven (Hermanas Taylor 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

Una semana después

Rachel Taylor lleva media hora con el corazón latiéndole en todo el cuerpo y los vellos de la nuca de punta.

Esa tarde, mientras ella repone las neveras del bar con bebidas e intenta dejarlo todo listo como siempre, su hija y Dakota ensayan para el concierto que darán esa noche.

Tal como lo han organizado, ellas serán las encargadas de abrir esa serie de eventos que han programado y han decidido practicar el repertorio de canciones con el que pretenden deleitar al público.

Ashley rasga la guitarra mientras canta con la boca pegada al micrófono y Dakota mantiene los ojos cerrados tocando el bajo con una destreza digna de admirar.

A la dueña del bar le encanta escuchar a su hija cantar.

Desde muy pequeña, Ashley se interesó en la música y Rachel cree que es porque, mientras estuvo en su vientre, siempre tocó para ella y cuando apenas tenía dos años, lloraba si su madre no le dejaba manosear su guitarra.

Pero lo que realmente tiene en ese estado de conmoción a la mayor de las Taylor es la imagen que proyecta Dakota Foster.

Rachel puede decir que las dos veces que la ha visto sobre ese escenario han sido las únicas en las que la chica ha emanado tranquilidad y confianza, como si estar ahí con su instrumento en la mano la transportara al único mundo en el que ella quiere habitar.

—Ha estado bien —confirma Ashley bajando del escenario y Rachel tiene que moverse porque llevaba un buen rato con la mente en otro lugar mientras escuchaba las notas del bajo de Dakota.

—¿Qué os pongo? —pregunta Rachel mientras abre una de las neveras.

—Refrescos —pide Ashley y se gira para pedirle confirmación a Dakota, que mueve la cabeza de forma afirmativa mientras se sienta en el taburete—. Cuando acabemos el concierto será el momento de las cervezas.

Dakota se desconecta de lo que hablan madre e hija y saca la tablet para centrarse en un calendario que ha creado para poder organizar a los grupos que ha ido contactando y cerrando acuerdos.

Está satisfecha del trabajo que ha hecho; en apenas unos días, ha podido encontrar bandas dispuestas a tocar en The heaven y lo mejor es que son nuevas que buscan más darse a conocer que una remuneración económica.

Así que Dakota les ha prometido que tendrán el bar lleno de espectadores y harán toda la publicidad necesaria para que Ítaca empiece a saber de ellos.

No en vano, Dakota Foster ha pasado tanto tiempo dentro del mundillo musical y conoce los entresijos de la industria.

Pese a que ella prefiere ser la artista, se encuentra gratamente cómoda con la tarea que está desempeñando.

—La próxima semana vendrá a tocar DLP, una banda de Dryden —habla de repente Dakota, captando la atención de las otras dos mujeres—. Luego serán Jay encontrar a esos grupos no ha tenido que ser tarea fácil.

Dakota, por fin, sube la mirada y enfoca a Rachel. Electricidad pura corre entre los ojos verdes de las dos. La bajista sonríe, Rachel se moja.

—Es mi trabajo —dice Dakota y se levanta del taburete. Echa un vistazo al bar confirmando que está todo preparado y coge su tablet—. Ashley, he subido la agenda en la nube. Voy a ducharme y descansar un poco para esta noche.

Sin decir nada más, sale del bar y Ashley, ajena a todo, sigue tomando su refresco y revisando las redes sociales en el móvil. Rachel ve una oportunidad —algo rastrera quizá— de saber más sobre la hermética bajista y su hija parece ser una fuente de conocimiento sobre Dakota.

—Me cuesta entender a esa chica —dice Rachel de forma casual mientras coge un trapo y empieza a pasarlo por la barra.

Ashley hace una mueca con los labios y bloquea el móvil para darle toda la atención a su madre.

—Me parece alguien con muchas cualidades —sigue Rachel—. Es ordenada y buena en las tareas que hace. Ya ves lo que ha logrado con los grupos musicales en pocos días.

—Siempre ha sido así desde que la conozco —explica Ashley, que recuerda el día que la vio por primera vez—, y aunque conmigo es más abierta, sé que le cuesta mucho establecer relaciones con otras personas. No se siente cómoda con la gente que invade su espacio personal.

—¿Le ocurrió algo? —lanza Rachel la pregunta que le pica en los labios.

Ashley niega con la cabeza.

—No lo sé. La poca información que tengo sobre ella es que sus padres murieron cuando ella apenas era una adolescente y desde allí su vida ha sido muy inestable.

Estuvo en casas de acogida hasta que cumplió la mayoría de edad.

Al principio le hice muchas preguntas y ella se sintió tan incómoda que lo dejé estar y enterramos el tema.

Un año después de conocernos fue cuando consiguió tocar con una banda con algo de fama en Los Ángeles que buscaba con desesperación sustituir al bajista que los había abandonado.

Se fue de gira al poco tiempo y perdimos el contacto hasta que nos reencontramos aquella noche en el bar en el que yo trabajaba.

Rachel supone que el suceso de sus padres pudo haber marcado tanto a la chica que quizá la haya convertido en la persona introvertida que es hoy, pero ella siente que hay algo más, algo que no puede descifrar y que espera que su hija le pueda aclarar.

—¿Y por qué no sigue en esa banda?

—Según lo que me explicó, el mánager hizo una gestión pésima.

El hombre tenía problemas de juego y prácticamente se fundió el dinero que ganó la banda.

Dakota no lo sabía, claro, y ella decidió comprarse una autocaravana para poder viajar por el país cuando estuvieran de descanso.

También se compró varios bajos; en fin, gastó todo el dinero que sabía que habían generado con los conciertos.

El error que cometió es que hizo todas esas compras a través de créditos, antes de que el mánager les pagara y cuando desapareció, supo que estaba en problemas.

—¿El mánager desapareció? —pregunta Rachel con las cejas levantadas.

—Sí —confirma Ashley y da un trago a lo que queda de su refresco—.

No solo había gastado las ganancias de la banda, sino que pidió financiación a algunos bancos y dejó con una deuda enorme a los integrantes.

El grupo se disolvió y a Dakota se lo quitaron todo.

Por fortuna se pudo demostrar que los créditos no eran de su responsabilidad, pero tuvo que pagar por lo que había comprado.

Después estuvo unos años intentando seguir con la música; tocaba en bares de aquí y de allá, mandaba pistas a diferentes managers, pero no hubo suerte, así que desistió y empezó a trabajar en bares para sobrevivir.

A Rachel se le encoge el corazón. Ella misma ha pasado por varias situaciones difíciles, pero el apoyo constante de sus padres hizo que ella no tuviera que sufrir más de la cuenta.

De hecho, siendo madre soltera y viviendo lejos de su ciudad natal, Rachel no tuvo que pasar por ninguna calamidad y cuando Camila entró a sus vidas, todo mejoró mucho más.

Siente pena porque una chica tan joven y talentosa como Dakota haya vivido una vida llena de altibajos.

La dueña del bar se siente incómoda por haber rascado en esa información; es como si hubiera leído parte de un diario personal y descubierto cosas que no debía.

Suelta un suspiro a la vez que el trapo con el que limpiaba la barra.

—Voy a subir también a descansar —dice Rachel con la voz hueca y su hija asiente—. ¿Vienes?

—Voy a preparar unas fotos para seguir dándole publicidad al concierto de esta noche.

Rachel sale de la barra, le da un beso en la cabeza a su hija y sube a su apartamento.

Cuando llega a la planta superior, sigue con esa misma sensación de intrusismo y no sabe cómo hacer para quitársela de dentro.

En ese momento Dakota sale del baño y, por la posición en la que está Rachel en la escalera, la bajista no puede verla.

Rachel Taylor se convierte en su acosadora personal —o al menos así se siente examinándola a escondidas— y la observa con detenimiento.

Dakota tiene el cabello húmedo, desordenado como siempre; viste un pantalón de pijama, pero esta vez más ajustado que el que siempre lleva, como si le quedara algo pequeño, y la mayor de las Taylor, de manera inconsciente, se humedece los labios cuando Dakota se gira hacia la habitación.

Antes de desaparecer tras la puerta, los ojos rebeldes de Rachel se posan en los pies, otra vez descalzos de la chica, y el sonido de la madera cerrándose es el pistoletazo para que ella camine apresurada y se encierre en su dormitorio.

Tiene un problema, uno gordo; la chica de treinta y dos años, sin saberlo, está causando un inmenso desastre en la cabeza de Rachel Taylor, pero también en su entrepierna.

—Joder —suspira y se deja caer en la cama.