Capítulo 5
Como cada mañana, Rachel Taylor sale de la cama y se dirige al baño que tiene dentro de su habitación para lavarse los dientes y salir de su dormitorio como si estuviera en llamas.
Su adicción a una buena taza de café puede con cualquier cosa, incluso con las ganas de quedarse debajo de ese edredón tan calentito leyendo un rato el libro que empezó hace dos meses.
Camina con sigilo, es muy temprano y, ahora que vive acompañada, no quiere hacer ningún ruido.
Hay un escalón que siempre ha crujido y Rachel lo sortea para bajar a la cocina, directa a beber su pócima favorita.
Cuando pone un pie en el salón, se queda quieta porque no se esperaba encontrarla sentada a la mesa de su cocina.
Allí está Dakota, con su pijama, su habitual melena desordenada y los pies descalzos.
Rachel hace una nota mental para preguntar en algún momento a su hija el motivo por el que a la bajista le encanta ir sin zapatillas sobre el suelo casi congelado.
A ella no le molesta en absoluto, porque Rachel tiene gustos particulares y no puede evitar sentirse atraída por unos pies bonitos.
—Buenos días —saluda la dueña del bar. No quiere que Dakota piense que es una loca que se queda petrificada mirándola sin pestañear.
Dakota gira el cuello y muestra una sonrisa tímida.
—Hola —dice la chica, que se ajusta las gafas de pasta y vuelve a clavar su mirada en el móvil que reposa en la mesa .
A Rachel ese pequeño gesto la desconcierta porque, tal como pasó el día anterior mientras la amiga de su hija tocaba el bajo, los vellos se le erizan tan rápido que tiene que pasarse las manos por los brazos para calmarse.
Decide centrarse en prepararse un café cuando se da cuenta de que Dakota tiene una libreta en la que toma algunas notas mientras lucha con la pantalla de su teléfono móvil, agrandando un documento que parece leer.
—He contactado con tres grupos, estoy esperando que contesten —habla de repente Dakota y Rachel da un respingo.
No se esperaba escucharla—. Tengo un contacto que me enviará los datos de un mánager que lleva un par de grupos que están comenzando; creo que es una buena oportunidad para ellos, así pueden darse a conocer por esta zona.
Rachel se gira, pero Dakota sigue de espaldas y es cuando entiende que la chica está allí trabajando, cumpliendo esa parte del trato que sellaron el día anterior.
Sin pensarlo, la dueña del bar se acerca al mueble que tiene en el salón y abre el último cajón para sacar una tablet que Camila se empeñó en regalarle y ella ha usado apenas dos veces.
—Creo que con esto podrás trabajar más cómoda —señala Rachel, ofreciéndole la tablet.
Dakota mira el aparato como si, en vez de un dispositivo electrónico, fuera una bomba atada a un temporizador. Sube los ojos y durante una milésima de segundo, enfoca a Rachel, pero los aparta con rapidez. Coge la tablet y la coloca al lado de su teléfono.
—No debe tener batería, hace mucho que no la utilizo —le explica la mayor de las Taylor, turbada por la corriente en los ojos de la mujer.
—Gracias —le contesta Dakota y vuelve a escribir en su libreta .
Rachel se mueve de forma errática; todo lo que le está ocurriendo desde hace dos días la tiene alterada.
Son demasiadas emociones mezcladas: la vuelta de su hija, el proyecto nuevo en el bar y Dakota.
La mayor de las Taylor no quiere asumir que hay algo en esa chica de mirada esquiva que le resulta muy intrigante y necesita creer que es simple curiosidad y no otra cosa, porque Rachel tiene cincuenta años, no puede ir por la vida perdiendo la cabeza por una jovencita —para ella lo es porque son dieciocho años de diferencia— de pies descalzos.
Mueve el cuello de un lado a otro para destensarlo y decide que tiene que actuar con naturalidad, así que toma asiento en la mesa y deja su taza de café sobre la madera.
Antes de que pueda abrir la boca, nota cómo Dakota aprieta más el bolígrafo que tiene en la mano y, de un momento a otro, se levanta y recoge sus cosas.
—Voy a la ducha —suelta la bajista, se da media vuelta y sale de la cocina con ese andar misterioso y pausado.
—Parece que hoy viene mucha gente —dice Ashley frente a la barra del bar mientras espera que su madre le sirva varias cervezas que han pedido en una de las mesas.
—Se nota que has vuelto —contesta su madre sacando las jarras de la nevera.
Ashley sonríe porque, aunque vivió una buena época en Los Ángeles, estar de vuelta en Ítaca y además trabajar para el bar de su madre es algo que la hace sentir muy bien.
Así como Dakota ha empezado a contactar con varias bandas musicales para invitarlas a tocar en The heaven, la hija de Rachel ha creado varias cuentas en diferentes redes sociales y ha comenzado a publicar para que el local sea más conocido.
Y en su primera noche trabajando allí se da cuenta de que ha tenido éxito porque, a pesar de que al bar nunca le han faltado clientes, se nota la diferencia, hay varios grupos de gente más joven que la habitual.
—Cuando empiecen a venir los grupos, esto será una locura —contesta Ashley con emoción y echa la mirada a Dakota, que también está detrás de la barra atendiendo a una pareja.
Rachel acaba con la comanda y se toma un minuto para pasear la mirada por el local.
Está satisfecha, hay mucha gente, tiene a su hija y a una nueva ayudante.
Cuando ha empezado a entrar la gente después de abrir el bar, Rachel no se sentía segura del todo; no entendía cómo a una persona tan introvertida y tranquila como Dakota Foster, se le podía dar bien servir copas.
Normalmente, este tipo de trabajos los llevan a cabo gente con nervio como ella o su propia hija, pero tuvo que darse con un zapato en la boca porque la bajista se mueve con agilidad, sirve las cervezas con rapidez o hace combinados con la soltura de quien lleva muchos años haciéndolo.
Es correcta, sirve, cobra y da las gracias, no como Ashley, que sonríe a todo el mundo y se toma su tiempo hablando con los clientes, pero a Rachel le encanta su diligencia.
—¿Cómo vais? —la voz de Camila hace que Rachel aparte la mirada de Dakota, y lo agradece porque estaba a punto de parecer una obsesa.
—No te esperaba hoy —sonríe Rachel a su exmujer—. Bien, ya ves que esto está a reventar.
—No me quería perder la primera noche de Ashley en el bar —dice Camila y se gira a ver a su hija—. Y también quería asegurarme de que no sufrieras un infarto al saber que has perdido el mando de tu negocio.
Rachel hace un mohín con los labios. Camila no se equivoca, la dueña de The heaven lleva dirigiendo sola el local muchos años.
Las cosas se han hecho siempre a su manera, pero de una forma u otra sabía que llegaría el momento en el que ella tendría que dejar a alguien al mando o —tal como ha pasado— que Ashley volviera a asumir el control de todo.
—Anda, ven a tomarte algo conmigo que parece que las chicas lo tienen todo muy controlado —le pide Camila. Dakota se ha apoderado de la barra y Ashley se mueve con facilidad entre las mesas.
—Siéntate en aquella de allí y ahora salgo —contesta Rachel, pasando un trapo por la barra y recogiendo dos vasos.
En vez de ir directa a esa mesa, Camila se acerca a Dakota para saludarla. La bajista le sonríe cuando repara en ella y, cuando termina de servir un refresco a un chaval que la mira, embelesado, le dedica toda su atención.
—Hola, Dakota —la saluda Camila con dulzura—. ¿Qué tal la primera noche?
—Mejor de lo esperado. Ha venido mucha gente.
La mujer mayor asiente. Sabe que a Dakota le gusta mantener las distancias y ella prefiere respetarlas y acercarse a la bajista poco a poco, sin agobiarla.
—¿Puedes ponerme dos cervezas?
—Claro. Le diré a Ashley que te las lleve.
Rachel parece que quiere sacarle brillo a la barra hasta convertirla en un espejo, porque no deja de frotar la madera mientras observa el intercambio entre Dakota y Camila.
Parece que se llevan muy bien y a ella le recorre un sentimiento que no sabe identificar.
Dakota siempre parece querer huir de ella; en cambio, del resto, no.
—No le caigo bien —determina Rachel, sentándose en la mesa junto a Camila.
La mujer frunce el ceño sin entender el comentario.
—¿A quién te refieres ?
—A Dakota —dice Rachel gesticulando con las manos—. Contigo habla, te mira y sonríe.
Camila aprieta los labios y eleva las cejas en un tono burlón.
—¿Estás celosa?
—No digas tonterías —espeta Rachel—. Nunca te he celado en la vida, y lo sabes.
Camila ensancha una sonrisa y coge de la mano a su exmujer.
—No me refería a mí —explica y le guiña un ojo.
Rachel se queda muy quieta porque, al parecer, su silla se ha empezado a mover con fuerza o quizá es su propio cuerpo que ha empezado a temblar al escuchar esas palabras. No, de ninguna manera siente celos. Rachel Taylor está segura de que lo que le pasa es solo simple curiosidad. Qué ingenua.