Capítulo 4
Rachel separa la mesa de la cocina con cuidado de no hacer mucho ruido.
Siempre la ha tenido pegada a la pared porque para ella, Ashley y Camila, era suficiente con tres de los lados, pero ahora debe contar con cuatro con la llegada de Dakota y quiere evitar a toda costa que la amiga de su hija se sienta incómoda.
Deja las sillas preparadas y empieza a colocar sobre la mesa la jarra de zumo, el café, las tostadas, la fruta troceada, los huevos y el bacon.
Con los brazos en jarras, observa ceñuda todo el manjar, todavía dudando si será suficiente cuando las dos chicas entran por la puerta.
—¿Has invitado a todo el pueblo a desayunar? —pregunta Ashley sonriendo, besando a su madre en la mejilla antes de dejarse caer en la silla situada a la izquierda, la que ocupaba siempre.
—No sabía qué os iba a apetecer, y anoche no cenasteis nada, así que ahora tendréis hambre —responde su madre.
Los ojos de Rachel se clavan en Dakota, que se ha quedado de pie junto a la nevera.
De nuevo su melena le llama la atención, más desordenada que ayer por el sueño, con un par de mechones que se derraman por encima de sus gafas mientras lo va observando todo con cierta inquietud.
Al igual que su hija, Dakota también va en pijama, pero no es uno conjuntado como el de Ashley.
Dakota viste una camiseta negra de manga corta, un pantalón fino de cuadros grises de dos tonos y va descalza.
Eso último llama mucho la atención de Rachel, primero porque los pies de Dakota le parecen bonitos y eso la desconcierta, y segundo porque, aunque en la casa hay buena temperatura, el suelo está muy frío, pero decide no comentar nada para no incomodarla.
—Siéntate donde prefieras, Dakota —dice Rachel señalando la mesa.
Como ya intuía la anfitriona, Dakota escoge el espacio que ha quedado entre la mesa y la pared y ella decide sentarse a su izquierda, en el sitio que ocupa Camila cuando come con ella, porque está segura de que, si se sienta donde siempre y queda frente a Dakota, la pondrá nerviosa.
Ashley es la que se encarga de llenar el silencio sin parar de hablarle a su madre de la casualidad de su reencuentro con Dakota y de los detalles del viaje.
Rachel tiene un millón de preguntas en la punta de la lengua porque la amiga de su hija le despierta cada vez más curiosidad, pero se las guarda.
—¿Me pasas una tostada, Dakota? —pide Ashley.
Dakota, que las tiene al lado, acerca la mano y se tropieza con la de Rachel, que justo iba a coger una en ese momento.
Sus dedos se rozan solo una fracción de segundo, pero suficiente para que ella sienta el calor y la suavidad de su piel y eso le provoque un hormigueo por la mano que la deje pasmada.
—Lo siento —se disculpa Rachel de inmediato y es ella misma la que le entrega una tostada a su hija.
Dakota levanta la mirada y sus ojos verdes se mezclan con los de Rachel como si ambas siempre hubieran formado parte del mismo prado. Quiere decirle que no pasa nada, que solo ha sido un roce y no le importa, pero su corazón late tan deprisa que Dakota no entiende lo que pasa y solo asiente.
—La verdad es que tenía mucha hambre —reconoce Ashley sin enterarse de nada.
Rachel desvía la atención de Dakota y le sonríe a su hija.
—¿Quieres que te prepare algo más?
—No, estoy bien —dice levantando las manos antes de servirse más café.
—¿Y tú, Dakota? ¿Te has quedado con hambre? —le pregunta Rachel.
Dakota vuelve a mirarla y esta vez le sonríe mientras menea la cabeza lentamente; aun así, su melena desordenada se mueve y Rachel queda hipnotizada.
—No, gracias, estoy llena —responde y baja la mirada.
—¿Bajamos a ver cómo ha quedado el bar? Me muero de ganas de verlo —propone Ashley.
—Claro, id a vestiros mientras yo recojo esto y bajamos —dice su madre.
Cuando entran y Rachel enciende las luces, su hija camina fascinada de un lado para otro. Dakota la va siguiendo, aunque ella lo que realmente mira es el escenario que, aunque es pequeño, está bien equipado y le parece perfecto para un bar de ese tamaño.
—No ha quedado mal, ¿no? —pregunta Rachel detrás de ellas.
—Ha quedado genial, mamá, ya me estoy imaginando a los grupos tocando aquí y todo este espacio lleno de gente volviéndose loca —dice emocionada.
Dakota sonríe ante el entusiasmo de su amiga y Rachel la mira mientras se pregunta si en algún momento la amiga de su hija se sentirá igual de relajada con ella como parece estarlo con Ashley o incluso con Camila.
—Bueno, ahora deberíamos hablar de lo que vamos a hacer —dice Rachel señalando una de las mesas, donde las tres toman asiento.
Madre e hija frente a frente, y Dakota al lado de Ashley—.
Hasta ahora siempre lo hemos llevado entre dos personas, pero si ahora vamos a ser tres, nos tenemos que esforzar para que esto sea rentable.
—Puedo buscar trabajo en otro sitio —dice Dakota de repente, incómoda, y Rachel se da cuenta de lo brusca que ha sonado.
—No vas a buscar nada en ningún sitio, Dakota, vas a trabajar aquí —aclara con rapidez para alivio de Ashley—.
No me he explicado bien. Con el tema este de los grupos, aquí van a hacer falta tres personas.
A lo que me refiero es a que necesitamos coordinarnos para que estos grupos empiecen a tocar cuanto antes y que vayan atrayendo más público.
Yo no sé cómo se hace esto, la idea fue de Ashley.
Dakota se relaja y mira a su amiga, que sonríe con un brillo de emoción en la mirada.
—Por eso no te preocupes, mamá. Dakota y yo tenemos experiencia en esto.
—Yo puedo encargarme de buscar a las bandas, conozco a mucha gente en este mundillo y no me resultará difícil encontrar a grupos locales, podemos empezar por ahí —dice Dakota sorprendiendo a Rachel—, y después buscar otros de fuera.
Sé cómo contactar con los managers si es que los tienen y negociar los precios —añade y se encoge de hombros, echándose hacia atrás con timidez cuando Rachel la mira sin pestañear.
—Y paralelamente podemos empezar con la publicidad —añade Ashley—, abriremos cuentas en redes sociales para promocionar el bar y los conciertos, ya verás cómo funciona, mamá. Además, mientras Dakota cierra acuerdos con los primeros grupos, nosotras podemos tocar algunas noches.
Rachel no sabe qué decir. Ve a su hija tan entusiasmada que le da miedo que sus expectativas sean demasiado altas, pero decide confiar en ella.
—Pues entonces creo que ya sabemos lo que tenemos que hacer cada una, además de servir copas cuando abramos —concluye la dueña del bar.
—Perfecto —sonríe su hija—. ¿Necesitas que hagamos algo aquí antes de ponernos con la parte que nos toca?
—Hay que llenar las neveras, anoche estaba muy cansada cuando acabé y no lo hice. Enséñale a Dakota dónde está todo, yo voy a acompañar a Camila al médico —dice mirando la hora.
—¿Le pasa algo? —se asusta Ashley.
—Nada, una revisión rutinaria, pero ya sabes que me gusta ir con ella. Nos vemos después.
Rachel se da la vuelta y camina hacia una puerta que hay detrás de la barra que da acceso directo a la escalera que sube a su casa. Dakota la mira hasta que desaparece mientras intenta adivinar por qué cuando la madre de su amiga la mira, a ella le cosquillea el pecho.
Durante la siguiente hora y media, las dos amigas llenan las neveras, dejan preparada la barra y Ashley le muestra dónde está colocada cada cosa, tanto dentro del bar como en el almacén.
—Voy a subir a ducharme —dice Ashley cuando da por concluido el trabajo en el bar.
—Yo me quedo aquí un rato si no te importa —dice Dakota señalando el escenario.
Ashley sonríe mientras mira el bajo que hay apoyado junto a una batería .
—Claro —le da un apretón afectuoso en el hombro y se marcha por la misma puerta en que lo ha hecho antes su madre.
Cuando se queda a solas, Dakota va directamente hacia el escenario, gradúa las luces hasta dejarlas en un tono muy bajo que no le moleste y coge el instrumento para afinarlo.
Rachel aparca y se baja del coche dispuesta a subir para empezar a preparar la comida, pero cuando abre la puerta, una melodía hechizante que proviene de su bar, le eriza el vello de la nuca.
Como si fuera una serpiente a la que han encantado con una flauta, Rachel abre la puerta que da acceso al bar y entra muy despacio.
Su corazón deja de latir y la garganta se le seca cuando lo encuentra todo a oscuras salvo el escenario, donde las luces ambarinas iluminan suavemente a Dakota, sentada en el borde de la tarima mientras toca el bajo, concentrada, con su melena desordenada derramada sobre su hombro derecho y los ojos cerrados.
Rachel siente que el corazón se le encoge, o se le agranda, para después latir desbocado mientras intenta procesar toda esa confusión que empieza a sentir hacia Dakota.
La amiga de su hija es demasiado introvertida, demasiado joven y también impredecible.
Muchos demasiados para Rachel y, aun así, a ella le llama la atención poderosamente, algo que sabe que no debería estar pasando.
—Hacía mucho tiempo que nadie conseguía erizarme la piel con su música —dice con un tono de voz suave, incapaz de callarse.
Dakota deja de tocar cuando esa voz comienza a retumbarle en los oídos.
Nota un calor sofocante extenderse por su cuerpo y el cosquilleo le aletea por el pecho antes incluso de levantar la mirada y conectarla con la de Rachel.
La encuentra bajo el quicio de la puerta, apoyada sobre su hombro izquierdo con los brazos cruzados sobre el pecho mientras le sonríe.
Dakota no sabe cuánto tiempo lleva ahí, escuchándola, y tampoco le importa porque se da cuenta de que le gustaría tocar para ella cada día de su desordenada vida.
Su única respuesta es sonreírle y Rachel se da cuenta de que tiene un problema muy serio cuando el vientre le vibra.