Capítulo 3
—Están tardando mucho —dice Rachel Taylor caminando en círculos frente a su coche.
—Tranquila —le dice Camila, cogiéndola de la mano—. El avión ha aterrizado hace media hora; estarán esperando las maletas.
Ha llegado, por fin, el día en que Ashley Taylor vuelve a casa y su madre no ha pegado ojo en toda la noche ni ha podido controlar los nervios durante el día. Para su suerte, Camila está con ella e intenta calmarla —no lo está consiguiendo del todo— y su compañía siempre le hace bien.
—Teníamos que esperarlas dentro; aquí fuera no me entero de nada —contesta la mayor de las Taylor apretando los labios.
Camila la detiene y le coge la cara para que la mire.
—Nuestra hija te conoce demasiado y sabía que dentro del aeropuerto ibas a perder la cabeza —habla Camila, refiriéndose a Ashley como siempre, como esa hija que no tuvo en su vientre, pero que ayudó a criar desde muy pequeña y con la que mantiene una relación muy cercana—. Aquí al menos te da el aire.
Rachel asiente, sabe que su exmujer tiene razón. Se recuesta del coche y hunde las manos en los bolsillos de su chaqueta sin despegar la mirada de la zona de salida .
—Por cierto —dice Rachel, recordando un dato importante—. No te acerques demasiado a la chica que viene con Ashley.
Camila frunce el ceño, confusa por la petición de Rachel.
—¿Te acuerdas de aquella chica de la que Ashley no se separó en su primer año en Los Ángeles? Una un poco rara a la que no le gustaba que la gente se acercara a ella —explica Rachel, consciente de que ha utilizado una palabra poco apropiada para describir a la amiga de su hija.
—Dakota —confirma Camila—. Una chica introvertida —le corrige porque nunca le ha gustado que a las personas se les señale con términos que las definen de forma incorrecta.
Rachel está a punto de decir que introvertida es poco para una chica como Dakota cuando se da cuenta de que dos jóvenes arrastran un par de maletas en dirección a ellas.
Ashley no puede negar que es una Taylor; es como ver a la doble de su tía Caroline.
Injustamente bella, decidida y con un aire tan seductor que su madre está segura de que en LA rompió muchos corazones.
A su lado, alguien completamente opuesto, pero igual de bella, aunque Rachel nota algo magnético; Dakota es alta, esconde su cuerpo bajo una sudadera ancha, pero enfunda su cuerpo en unos pantalones negros que logran un conjunto interesante.
La chica lleva unas gafas de pasta y el cabello suelto, desordenado, como si solo se hubiera pasado los dedos para echarlo a un lado y que no le molestase en la cara.
Sin quererlo o incluso sin saberlo, Dakota Foster es una chica preciosa con un halo de misterio alrededor de ella digno de una estrella de rock a la que no le interesa nada más que cerrar los ojos y cantarle a su público sin imaginarse que caen rendidos a sus pies.
—¡Mamá! —grita Ashley y suelta la maleta para abalanzarse sobre Camila y Rachel a la vez—. Os he echado mucho de menos.
Camila sonríe, alegre, y estruja a su hija. Rachel llora porque desde que Ashley decidió marcharse de Ítaca, su corazón no latía con el mismo ritmo y tenerla ahora entre sus brazos hace que se sienta la mujer más feliz del mundo y que no necesite nada más.
—Por fin en casa, cariño —susurra Rachel y aprieta más a su hija.
Camila se separa un poco y da dos pasos en dirección a Dakota, que observa la escena con una mezcla extraña en sus ojos y quieta como otro de los postes de luz que iluminan el estacionamiento del aeropuerto de Ítaca.
—Hola, Dakota, ¿qué tal el vuelo? —pregunta con un tono de voz suave.
Dakota la mira a los ojos y siente en ellos una calma inexplicable.
No suele pasarle con nadie, de hecho, suele sentirse bastante incómoda con las personas en general hasta que logra tener cierto grado de confianza, pero a Camila solo le ha bastado respetar su espacio personal e interesarse un poco por ella para que Dakota se sienta tranquila.
—Largo —dice Dakota con un amago de sonrisa antes de bajar la mirada al suelo.
—En nada llegaremos a casa y podréis descansar —dice Camila y se siente satisfecha cuando la chica vuelve a mirarla—. ¿Qué te parece si vas metiendo tus cosas en el coche?
Dakota asiente y coge su maleta cuando escucha la voz de Ashley.
—Ya has conocido a una, te falta la otra —dice la chica y señala a la dueña del bar—. Ella es Rachel Taylor, mi madre .
Dakota no se mueve; de hecho, no es capaz de mirarla a la cara como ha hecho con Camila hace un momento.
Ni siquiera habla y eso a Rachel le causa interés porque hace unos segundos ha presenciado el intercambio entre la amiga de su hija y su exmujer y le ha parecido de lo más normal.
Ahora a ella no ha sido capaz de saludarla y eso la intriga.
—Ella es Dakota, mamá —interviene Ashley, que conoce bien a su amiga y sabe que se ha puesto muy nerviosa—. Te he hablado mucho de ella, pero ya os conoceréis mejor. Vámonos a casa porque estoy muerta del cansancio.
Las cuatro mujeres suben al coche y Rachel sale del estacionamiento para poner rumbo a su hogar.
Mientras Ashley les va contando mil cosas a sus madres, Dakota tiene la mirada puesta en la ventanilla porque, a pesar de ser de noche, las luces van alumbrando el camino y ella puede observar algunas colinas y un paisaje muy diferente al de Los Ángeles.
De inmediato nota que le gusta, siente una tranquilidad reconfortante y de alguna manera piensa que puede haber llegado a su lugar, tendrá que descubrirlo, pero es un pálpito el que la lleva a pensar eso.
La mayor de las Taylor escucha a su hija con atención, pero le cuesta evitar quitar los ojos del espejo retrovisor de vez en cuando para observar a la misteriosa Dakota Foster.
—Al final llegamos a tiempo, pero confieso que tuve miedo de perder el vuelo —dice Ashley, contando que ella y Dakota se quedaron dormidas y tuvieron que correr para lograr subirse al avión.
Dakota sube la mirada y, sin razón alguna, dirige sus ojos hacia el espejo retrovisor que tiene al frente. Las dos miradas verdes se conectan —la suya y la de Rachel— y un hilo rojo se ata entre ellas de manera invisible. Ninguna de las dos entiende qué ha ocurrido en ese segundo .
—Mierda —Rachel da un volantazo y el interior del coche se sacude.
Ese momento entre las dos mujeres ha hecho que a Rachel el pulso le temblara y perdiera, por un instante, el control del coche.
No ha sido nada grave; las ruedas derechas del vehículo apenas han rozado la línea blanca de la carretera, pero ella ha sentido miedo porque no existe ningún motivo para que ese corrientazo le haya atravesado el cuerpo.
—¿Estás bien? —pregunta Camila mirando extrañada a su exmujer.
—Sí, sí, creo que era un animal en la carretera —miente Rachel, saliendo de la situación.
Camila la observa por unos segundos y decide no cuestionar esa respuesta que a ella le parece una mentira mal elaborada.
—¿Tenéis hambre? —pregunta Rachel sin desviar la mirada de la carretera.
—No —contesta Ashley y Dakota menea la cabeza—. Nos llevamos bocadillos y comimos durante el vuelo.
Minutos después, Rachel disminuye la velocidad justo cuando está pasando por Stewart Park y Dakota abre mucho los ojos cuando ve uno de los puentes de madera y el agua que refleja la luna que ese día está tan llena como su corazón en ese momento.
—Ya hemos llegado —anuncia Rachel apagando el motor y Ashley sonríe.
Bajan del coche y entran directas a la escalera que da acceso al apartamento que está sobre el The heaven.
Atraviesan la cocina y vuelven a subir una planta más hasta llegar a un pasillo en el que hay varias puertas.
Ashley avanza hasta su habitación para dejar las maletas y Dakota camina casi pegada a ella .
—Tu dormitorio será este —dice Rachel de repente, abriendo una de las puertas y quedándose allí, franqueándola.
Dakota se frena en seco y se queda sin moverse.
Rachel, que no sabe muy bien cómo actuar con la chica, le hace una seña con la mano para que entre, pero Dakota sigue quieta.
La mayor de las Taylor no entiende nada hasta que nota como la joven mujer la mira un momento y desvía la mirada.
Rachel adivina que, para que Dakota pueda acceder a su habitación, tendrá que rozarla y supone que eso le incomoda.
—Perdona —se disculpa y se hace a un lado.
Dakota aprieta el tirador de su maleta con fuerza y la arrastra hasta que entra. Rachel la sigue, con una distancia prudencial.
—Te hemos dejado toallas limpias y las sábanas son nuevas —dice la mayor de las dos, pensando que Dakota, además, puede tener fobia a los gérmenes.
Dakota sigue tan tiesa como un árbol. No abre la boca, no mira a Rachel, solo tiene clavada la mirada en una pared. La dueña del bar se da por vencida y se gira para salir de allí.
—Tenemos que hablar sobre el pago de la habitación —una voz suave con un ligero acento típico del que ha vivido en varias ciudades detiene los pasos de Rachel.
—¿Cómo dices?
—El pago por la habitación —dice Dakota nuevamente y se concentra en mirar a Ashley, que acaba de entrar por la puerta.
Rachel se gira y mira a su hija sin saber qué decir. Ashley se encoge de hombros; no le sorprende la pregunta de su amiga, sabe que es una chica muy correcta y el no poder pagar el sitio en el que está la pondrá nerviosa .
—No te preocupes por eso, mañana lo hablamos con más calma.
El habitual mutismo de Dakota ya no sorprende a Rachel, que se da la vuelta y sale con su hija cerrando la puerta.
—Ten paciencia —le pide Ashley—. Cuando la conozcas bien, te darás cuenta de que debajo de ese hermetismo, lo que hay es una chica maravillosa.
Y Rachel Taylor lo descubrirá.