The heaven (Hermanas Taylor 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

—¡Eh, Foster, abre la puerta!

Los golpes que el señor Archer da en la puerta de la caravana que Dakota tiene alquilada en uno de los muchos parques de Los Ángeles, hacen que todo el habitáculo retumbe y ella se sobresalte.

—¡Vamos, sé que estás ahí dentro! —insiste golpeando la puerta de nuevo.

Dakota deja el bajo que estaba tocando, el único elemento con el que consigue evadirse de todo, y se levanta de la cama para abrir la puerta.

El señor Archer es un hombre bajo de barriga prominente al que le brilla la calva con el reflejo de la farola que hay en frente.

Dakota lo mira sin moverse, con esa expresión pétrea y desconfiada que suele caracterizarla mientras sujeta la puerta con firmeza.

—Me debes dos semanas de alquiler —dice el señor Archer bajando el tono, aunque su mirada sigue siendo tan furibunda como los golpes que daba en la puerta.

—No tengo el dinero todavía —responde Dakota sin buscar excusas.

—Eso mismo dijiste hace una semana y esto no es una casa de caridad, bonita. Si no tienes dinero, te largas. Te quiero fuera antes de las seis.

El señor Archer se da la vuelta y se marcha por el pequeño camino empedrado que separa a unas caravanas de otras. Dakota no discute ni suplica, sabe que, en el fondo, está siendo compasivo no exigiendo lo que le debe.

No hace ningún drama, a sus treinta y dos años, no es la primera vez que se queda sin trabajo y acaba pasando unas semanas durmiendo en su coche una temporada hasta que logra estabilizarse de nuevo.

Coloca una mochila y la maleta que siempre le acompañan sobre la cama, las llena con sus cosas y mete el bajo en su funda.

Aprovecha para darse una ducha caliente porque no sabe en qué estación de servicio podrá darse la siguiente —si es que el agua sale caliente— y tras meter las cosas en su Cavaliere de color dorado, abandona el parque de caravanas donde ha vivido los últimos seis meses.

Dakota es una superviviente, lo ha sido prácticamente toda su vida. A su madre no la recuerda porque su padre la echó de casa cuando ella era muy pequeña, harto de verla borracha a diario, y él murió cuando ella tenía quince años, lo que la dejó en centros de acogida hasta la mayoría de edad.

Sabe a dónde ir, conoce varios lugares seguros donde pasar la noche dentro de su coche, pero decide que, ya que le espera una temporada dura, esa tarde va a permitirse el lujo de gastarse parte de los pocos dólares que le quedan en un par de cervezas bien frías.

Se dirige hacia el centro de la ciudad, a un bar del que ha oído hablar mucho por su ambiente tranquilo y la presencia continua de bandas locales tocando cada noche.

Dakota ha querido visitarlo desde que está en Los Ángeles, pero no se podía permitir gastar ni un centavo de más hasta tener algún trabajo estable. Ahora eso ya no le importa.

Aparca el coche a un par de manzanas y se dirige a pie hacia el bar con las manos hundidas en los bolsillos de su sudadera y la mirada clavada en el suelo tratando de evitar el contacto visual con nadie.

Dakota llega a la puerta del bar y levanta la mirada hacia el cartel de madera mientras se ajusta sus gafas de pasta con un dedo.

Cruza la puerta y se queda en la entrada un instante observando el interior.

Le gusta el ambiente tranquilo y supone que, por ser todavía temprano, hay poca gente, lo cual le parece aún mejor porque las masificaciones le molestan.

Se dirige hacia la barra para pedirse la primera de esas cervezas que tanto ansía cuando escucha su nombre y se queda petrificada en el sitio.

—¿Dakota?

Dakota levanta la vista por encima del camarero que ya se acercaba para servirla y, tras él, se queda gratamente sorprendida al reconocer a Ashley Taylor.

Su sonrisa se expande con lentitud por su rostro, denotando la alegría que siente y Ashley, mucho más expresiva que Dakota, sale de dentro de la barra y prácticamente galopa hacia ella hasta que la estruja entre sus brazos.

Al principio, Dakota no se mueve, pero tras un instante, le devuelve el abrazo mientras piensa que su día acaba de mejorar muchísimo.

—Sé que no te gustan los abrazos —le dice Ashley sin soltarla. Dakota se ríe y estrecha con fuerza a su amiga—, pero ¿cuánto hace que no nos vemos? ¿Cuatro años? ¿Cinco?

—Algo así —responde Dakota cuando la suelta.

Ashley la observa sin poder creer que se hayan vuelto a encontrar.

—¿Estás de paso? —pregunta Ashley tras volver detrás de la barra y plantarle una cerveza delante y un plato de patatas.

—Más o menos —responde Dakota sin querer entrar en detalles.

Se lleva la mano al bolsillo para sacar dinero, pero Ashley la detiene .

—A esta invito yo. ¿Por qué no me esperas? En una hora seré completamente libre, podemos tomar algo y ponernos al día.

A Dakota el plan le parece perfecto. Se iba a tomar las cervezas sola de todos modos, y hacerlo con Ashley le parece mucho mejor.

—Te espero ahí —Dakota señala la mesa más alejada de la barra, también la más solitaria y menos iluminada, y Ashley sonríe porque no se la imagina en otro sitio.

La hora se le pasa rápido, se limita a comer patatas y beber cerveza mientras piensa en lo casual que le parece haberse encontrado con Ashley Taylor en ese bar, pero si echa la mirada hacia atrás, todo entre ellas ha sido casual siempre.

Se conocieron hace cinco años en una audición en la que Ashley se presentó como vocalista y Dakota como bajista.

No las cogieron a ninguna, pero el desparpajo de una Ashley muy nerviosa la hizo hablar con la chica que esperaba a su lado, Dakota Foster, a pesar de que todo en su lenguaje corporal indicaba que era introvertida y no deseaba conversación, pero a Ashley le dio igual y el resultado fue que terminaron cenando juntas en un puesto de burritos y bebiendo cervezas en el parque.

En resumen, se hicieron muy amigas y durante un año iban juntas a todas partes, hacían audiciones y tocaban en todos los bolos que podían, hasta que a Dakota le ofrecieron tocar con una banda como bajista.

Se fue de Los Ángeles para hacer la gira y acabaron perdiendo el contacto.

Aquello no terminó muy bien para Dakota, a los dos años la banda se disolvió y ella acabó dando tumbos por Denver antes de decidir volver a Los Ángeles hace seis meses.

—¿Cuándo has vuelto? —la pregunta de Ashley la devuelve al presente.

Su amiga se acaba de sentar frente a ella, con un par de cervezas y otra bolsa de patatas .

—Hace unos meses —contesta Dakota.

—¿Y por qué no me has buscado?

Dakota parpadea desconcertada y se sube las gafas.

—Sinceramente, pensé que ya habrías vuelto a Ítaca con tu madre. ¿Por qué sigues aquí? —indaga Dakota con curiosidad.

Ashley sonríe con amplitud y se inclina hacia delante, apoyando los brazos en la mesa.

—La verdad es que este ha sido mi último turno de trabajo en el bar. En un par de días vuelvo a Ítaca —confiesa sin dejar de sonreír—, tendrías que haber escuchado a mi madre cuando se lo dije, hasta tartamudeó de la alegría.

Dakota le devuelve la sonrisa y da un trago a su cerveza.

—Entonces nos reencontramos para despedirnos —dice alzando la botella—, espero que te vaya muy bien en tu regreso a casa.

Ashley brinda con ella sabiendo que Dakota le habla de corazón, pero nota algo en su mirada que no sabe si debe preocuparle, porque lo cierto es que Dakota siempre ha sido tan hermética que le resultaba imposible leer sus estados de ánimo.

—¿Y tú qué haces? ¿Dónde vives ahora? —se interesa Ashley, que quiere saberlo todo de ella.

Dakota, que ya va por la tercera cerveza y la falta de costumbre ha hecho que el alcohol afecte su siempre efectivo autocontrol, suelta una pequeña risotada nerviosa y mira hacia la calle.

—Pues, desde hace un par de horas, vivo en mi coche —lo dice sin dejar de sonreír, segura de que a Ashley también le hará gracia, pero su amiga se queda boquiabierta.

—¿Hablas en serio ?

Dakota empieza a rascar la etiqueta de su cerveza con nerviosismo cuando ve la expresión de Ashley. Empieza a estar incómoda con la conversación y no sabe cómo desviarla.

—Es solo un pequeño bache, estoy bien —responde seca, tratando de que Ashley se dé por satisfecha.

—Vente conmigo a Ítaca —Ashley lo dice sin pensarlo, pero cuando la idea resuena en su cabeza, no le parece mala.

Dakota la observa sin moverse, con esa expresión indescifrable que Ashley no sabe interpretar, así que decide que lo mejor es respaldar su idea con datos que Dakota pueda comprender para hacer una mejor valoración.

—Mi madre ha hecho una pequeña sala de conciertos dentro del bar, bueno, un escenario —se corrige nerviosa ante la mirada penetrante de Dakota—.

La idea se la di yo con la expectativa de poder cantar allí cuando volviera, pero el objetivo es contratar grupos que vayan a tocar y atraer a una clientela más joven para darle más vida al local.

La camarera que ayudaba a mi madre ha dejado el trabajo porque se va a estudiar fuera y ante mi vuelta, mi madre ya no ha buscado a nadie más porque piensa que las dos solas nos apañaremos, pero si lo de los conciertos sale como espero, será imposible.

Hay que hacer publicidad, buscar grupos que puedan y quieran tocar allí, cerrar contratos —Ashley hace una pausa para respirar porque siente que se asfixia—, por no hablar de que las noches de concierto el trabajo en la barra se triplicará, tú ya sabes cómo funciona.

Dakota lo sabe, ser camarera es lo que le ha dado de comer casi siempre.

—Te lo agradezco, pero no puedo presentarme en casa de tu madre…

—Claro que puedes —Ashley la interrumpe, dispuesta a que acepte porque no piensa marcharse y dejar a su amiga durmiendo en un coche cuando sabe cuánto vale.

En su opinión, Dakota solo ha tenido mala suerte en la vida—.

Y no te presentarás allí sin más. Ahora llamaré a mi madre y le diré que voy con una amiga que necesita quedarse un tiempo.

Te aseguro que no me va a decir que no. Además, nadie te va a regalar nada, trabajarás.

Venga, Dakota, ¿qué puedes perder por intentarlo? —pregunta Ashley.

Dakota mira su tercera cerveza y hace bailar el líquido del interior mientras piensa, aunque no tarda mucho en decidir. Ella no tiene nada en Los Ángeles, ni a nadie. En cambio, en Ítaca tendrá a Ashley, probablemente la única persona en la que ha conseguido confiar desde que murió su padre.

—Está bien, puedo vender el coche y sacar un billete de avión con lo que me den.

—¡Genial! —aplaude Ashley—, y nada de dormir en tu coche esta noche, te quedas en mi apartamento. Mañana gestionaremos la venta de tu coche y pasado estaremos en Ítaca empezando una nueva vida.

Ashley levanta su cerveza casi vacía y brinda con Dakota, que la observa agradecida.