The heaven (Hermanas Taylor 3)
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Capítulo 1
—¿No crees que ya es suficiente? —suelta Camila Wilson viendo el carro de supermercado lleno hasta arriba.
—No quiero que le haga falta nada —contesta Rachel Taylor, nerviosa, revisando una lista de la compra arrugada que tiene en la mano.
—Rach —la llama Camila cogiéndole el brazo de forma cariñosa. Rachel suspira.
Hace casi tres semanas que Rachel Taylor recibió la llamada de su hija Ashley; después de ocho años, la niña volvía a casa.
Cuando la chica apenas tenía diecisiete, entró a la universidad para estudiar una carrera de tres años, lo hizo para complacer a su abuelo porque a ella lo que le gustaba era la música.
Así que en cuanto terminó de estudiar, viajó durante un año por varios países y finalmente se estableció en Los Ángeles para perseguir sus sueños.
No lo logró, estuvo todo ese tiempo trabajando en bares, tocando en antros cutres y casi malviviendo.
¿Lo positivo? Se dio cuenta de que lo que realmente le gustaba era crear experiencias a través de conciertos y eventos musicales, así que en algún momento convenció a su madre de ampliar el bar que lleva regentando casi toda su vida, sin decirle que tenía pensado volver.
Y un día, sin más, decidió que su etapa en la inmensa LA había finalizado.
Y ahí está Rachel, atacada de los nervios, queriendo tener todo perfecto porque desea que su hija se sienta cómoda y ¿por qué negarlo?
Que no tenga ganas de marcharse de nuevo.
—Si hace falta algo más, vendremos otra vez. No te preocupes —continúa Camila y coge el carro para caminar hacia las cajas registradoras.
—Tienes razón —dice Rachel caminando a su lado—. ¿Has traído las mantas?
Camila pone los ojos en blanco.
—Sí, las almohadas nuevas también. La lista que hiciste ya está tachada.
—Vale —sonríe Rachel y, sin poder evitarlo, estira el brazo para coger un paquete de chocolatinas que ha visto. Las favoritas de Ashley.
—¡Dios! Pensé que no acabaríamos nunca —bufa Camila mientras mete los últimos paquetes de pasta en la alacena—. Tendréis comida para tres meses al menos.
Rachel suelta una carcajada y niega con la cabeza.
—No seas exagerada, además, sabes lo que detesto ir al supermercado. Prefiero comprar mucho e ir poco —zanja la mayor de las hermanas Taylor.
Camila esta vez le da la razón porque conoce muy bien esa animadversión de Rachel por ir a comprar lo que sea. Su infierno particular bien se podría escenificar en un centro comercial.
—¿Qué haces? —pregunta Camila con los ojos desorbitados después de sentarse en el sofá con una taza de café en las manos.
—Subir esto —Rachel señala varios paquetes que hay en el suelo—. Tengo que arreglar su habitación.
Camila deja su taza en la mesilla que tiene al lado y se cruza de brazos .
—Para un poco, ¿quieres? Entiendo que estés nerviosa, pero todavía quedan un par de días.
Esta noche tienes que abrir el bar y estarás demasiado agotada como para aguantar el estar detrás de la barra tantas horas.
Ven, tómate un café conmigo y luego seguimos.
Mañana a primera hora volveré y acabaremos con lo que haga falta.
Rachel suelta el aire de manera entrecortada. No recuerda la última vez que estuvo tan inquieta, o quizá sí, cuando Ashley le anunció que se mudaba de Ítaca y a su madre el corazón se le astilló.
—Gracias por estar aquí —dice Rachel mirando a Camila con cariño.
—Siempre —le contesta la otra mujer con una sonrisa que Rachel lleva años admirando.
Rachel Taylor era prácticamente una cría cuando decidió, para disgusto de sus padres, irse de gira con un grupo con el que llevaba un par de años tocando.
Como primogénita, se esperaba que llevara los negocios de la familia, pero ella tuvo muy claro desde que tuvo conciencia que lo suyo no era dirigir empresas.
Christie, su madre, siempre la alentó para que cumpliera sus sueños y Warren, que adoraba a su mujer, apoyaba todo lo que ella decía.
Con dieciocho años, Rachel viajaba por todo los Estados Unidos como telonera de varios grupos famosos.
Todo era perfecto, estaba haciendo lo que más le gustaba y además acompañada de Jake, su novio, el vocalista de la banda.
La fantasía duró poco: Rachel descubrió que estaba embarazada, Jake no quiso tenerlo y ella se quedó sola, sin banda y con un bombo.
Tenía vergüenza de contárselo a sus padres, así que se ocultó en casa de su suegra, una mujer que la acogió con cariño después de que el sinvergüenza de su hijo desapareciera.
Cuando estaba de unos cuatro meses con Ashley en su vientre, Christie Taylor apareció en su puerta porque sabía que algo ocurría y su instinto de madre no falló.
—Estás preciosa, serás una gran madre —fue lo único que le dijo Christie cuando la vio y después la estrechó entre sus brazos.
Rachel volvió a su Nueva York natal. Sus padres la acompañaron durante todo el embarazo y nunca le faltó de nada mientras vivió en la gran mansión familiar.
Pero cuando Ashley tenía dos años, Rachel ya se sentía demasiado asfixiada; quería criar a su hija en una ciudad más pequeña y retomar su vida.
Tenía claro que no podría seguir dando conciertos; sus prioridades habían cambiado, pero quería tener algo suyo y tirar hacia adelante con su hija.
—Quiero irme a Ítaca —dijo una noche en una cena con su familia. Su padre se atragantó, a Katherine se le cayeron los cubiertos y su madre, como siempre, la miró con dulzura—. He visto allí una casa, creo que es perfecta para las dos.
El dinero no era problema, pero Rachel insistió en labrarse un camino alejada de la fortuna de los Taylor.
Comenzó con ayuda de sus padres; sola hubiera sido imposible.
Su madre se aseguró de dejarle claro que, además de su fideicomiso, las acciones que le correspondían estaban allí para ella y Rachel no tocó jamás ese dinero para darse un capricho, solo para que a Ashley no le faltara nada.
Después de establecerse en la nueva ciudad, empezó a trabajar en una cafetería, hacía todas las horas que podía mientras su hija estaba en el colegio.
Y un día, unos años después, su oportunidad llegó; Elijah Harris llevaba toda su vida regentando un bar antiguo en uno de los pueblos cercanos a Ítaca hasta que llegó el momento de su jubilación.
El hombre fue radical; vendía el bar y la casa para irse con su mujer a buscar el sol de Florida.
Rachel hizo la inversión y trabajó muy duro para que The heaven fuera hoy uno de los bares más populares de toda la zona.
Pocos meses después de la apertura, a la vida de Rachel y Ashley, llegó Camila Wilson, una mujer catorce años mayor que la dueña del bar a la que conoció por ser profesora de su hija en el colegio.
Esa sonrisa capaz de detener la rotación de la tierra hizo que la mayor de las Taylor se replanteara su existencia.
Rachel jamás había estado con una mujer; de hecho, creía tener bastante clara su sexualidad.
En sus años en Ítaca había salido con varios hombres y, aunque nunca quiso ir más allá con ellos por no meter a alguien en su casa con su hija, tuvo relaciones satisfactorias.
Camila borró todo eso de un plumazo, Rachel se enamoró como nunca y, durante diez años, compartieron una vida estupenda.
Camila es una segunda madre para Ashley y, aunque su relación no funcionara al final, el respeto y el cariño que se tenían era superior a cualquier ruptura.
—A veces me pregunto qué hubiera pasado si hubiéramos luchado más por lo nuestro —dice Rachel de repente con un toque de melancolía en sus palabras.
Camila sonríe y la coge de la mano.
—Creo que nos hubiéramos hecho daño y esto que tenemos ahora —señala a las dos—, no existiría. Vivimos buenos años juntas, Rach.
Rachel apoya su cabeza en el hombro de su expareja y suspira.
—Estoy de acuerdo —dice finalmente—. Aunque creo que me echaste algún maleficio porque yo no he vuelto a estar con nadie mientras tú no has parado de seducir jovencitas.
Camila Wilson suelta una carcajada estridente mientras niega con la cabeza.
—Ya sabes que mis años dorados pasaron —le dice—. Admito que mi debilidad son las mujeres más jóvenes que yo, pero ya no tengo fuerza para llevarles el ritmo.
—Eres joven todavía, Camila, y sigues siendo una mujer hermosa —la elogia Rachel. No miente, Camila Wilson con su piel oscura, su porte fuerte y su melena rizada; a sus sesenta y cuatro años, sigue arrebatando miradas.
—Tú que me ves con ojos de amor —le contesta la mujer mayor.
—Yo y varias en este pueblo —contesta Rachel—. No creas que no he visto a Trisha Lohan coquetearte.
Camila sonríe porque, aunque esté un poco mayor, es cierto que todavía presume de pretendientas.
—Solo le he aceptado una cena y ahora no deja de aparecer por casa con un libro o unas flores.
—Deberías volver a salir con ella —le aconseja Rachel y le sonríe—. Pasas mucho tiempo sola en esa casa y es agradable tener compañía.
—Mira quién habla —exclama Camila bufando—. La que se niega a aceptar una cita de cualquiera y lleva años sin querer nada con nadie.
—Yo tengo el bar y, ahora, a nuestra niña que regresa —a Rachel se le iluminan los ojos, verdes, diferentes a los de sus hermanas.
—No olvides que la niña tiene casi treinta años —le recuerda Camila, que teme que Rachel agobie a Ashley.
—Lo sé, lo recuerdo cada vez que veo a mi hermana Caroline, es como ver el rostro de mi hija en ella —Rachel hace una mueca con los labios—. Son idénticas.
Y no miente. Ashley Taylor tiene un parecido colosal con Caroline. La misma mirada, la energía y la inteligencia porque, a pesar de que la hija de Rachel no es un genio como su tía, la chica es muy inteligente y sin pretenderlo se le dan muy bien los negocios.
Rachel se pone de pie de un salto y se acerca a los paquetes que había dejado olvidados en el suelo para darse una tregua —obligada— en el sofá.
Camila la observa y recuerda vívidamente la primera vez que la vio detrás de la barra del The heaven.
Esa piel pálida, el cabello de un castaño mezclado con rubio y los ojos tan verdes como los senderos de Ítaca.
Sigue siendo una mujer preciosa y, aunque ya no la quiere en ese sentido, Camila adora a su exmujer porque, aparte de darle los mejores años de su vida, también le dio a Ashley.
—Te ayudo, cabezota —decide Camila e interrumpe sus pensamientos para ayudar a la madre más nerviosa del universo.