The False Start (The Four Quarters Collection 3) 15. Capítulo 15
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15. Capítulo 15

Tiff

— Estás siendo ridícula —dice Madison por teléfono con un tono lo bastante afilado como para atravesar las excusas de mierda que le he estado dando durante los últimos diez minutos.

Me acomodo la bolsa de ballet de Ella más arriba en el hombro y busco la mano de mi hija, asegurándome de mantener la voz baja para que ella no me oiga—. No estoy siendo ridícula. Estoy siendo precavida.

—Estás siendo una cobarde —me corrige Madison—. Ha pasado una semana, Tiff. Una semana entera desde que lo besaste y no le has dirigido ni una sola palabra al hombre.

—Si queremos que las cosas funcionen, necesitamos límites.

—Vale —alarga la palabra—. Pero los límites son algo muy distinto a desaparecer y no dar señales de vida, que es lo que estás haciendo tú.

—No estoy...

—Es el padre de tu hija. No puedes fingir simplemente que ese beso no ocurrió.

Miro hacia abajo a Ella, que tararea alegremente su canción favorita de Iced Out mientras va dando saltitos hacia la academia de baile. Madison tiene razón. Sé que tiene razón, pero eso no hace que esto sea más fácil.

—No sé qué decirle —admito en voz baja.

Esa es la peor parte de todo. Mientras yo he estado evitando a Jamie como si me fuera la vida en ello, él me ha dejado hacerlo. No me ha enviado mensajes desesperados ni se ha presentado sin avisar. No ha sido más que respetuoso, lo que significa que la pelota está totalmente en mi tejado.

—¿Qué tal un «hola»? Empieza por ahí. Ve avanzando hasta llegar a frases completas. —La voz de Madison se suaviza un poco—. Tiff, se ha portado bien. No ha presionado, pero no puedes seguir escondiéndote para siempre. Tienes que hablar con él.

—¡Mami, necesito ponerme las zapatillas! —Ella me tira de la mano, saltando sobre las puntas de los pies.

—Un segundo, cariño. —Me giro para alejarme un poco de ella—. Madison, tengo que colgar. El ballet empieza pronto.

—Prométeme que hablarás con él. Hoy mismo.

Ella corre hacia el centro social. —Te prometo que lo pensaré.

—Tiffany Marie Bright, eso no es...

—Adiós, Madison. —Corto la llamada antes de que pueda hacerme sentir más culpable y ayudo a Ella a cruzar la puerta.

Somos las primeras al entrar en la zona de recepción, así que guío a Ella hacia un banco y la ayudo con sus zapatillas de ballet antes de mirar la hora.

—Hemos llegado unos diez minutos antes, cielo.

—No pasa nada. ¿Puedo entrar a practicar?

Y por practicar, se refiere a dar saltitos por la sala hasta quedarse sin aliento. Miro a través del ventanal y veo que la profesora ya está allí. Cuando me ve, me hace un gesto para que haga pasar a Ella.

—Anda, entra, cariño. Estaré aquí fuera mirando como siempre.

—Te quiero, mami —dice mientras entra en la sala dando brincos.

—Yo también te quiero —le respondo.

Entran más niñas por la puerta mientras busco mi sitio habitual en el banco que hay junto a la esquina de la ventana del estudio.

Un par de madres están sentadas cerca, hablando y riendo, pero me quedo mirando a la pareja que hay al otro extremo de la ventana.

El padre señala y sonríe a la niña que está dentro de la sala.

Siento una punzada de culpa en el pecho al verlo saludar a su hija con adoración, como si ella fuera lo único que importa en el mundo.

Solo he visto esa mirada en otra persona.

Jamie.

Cada vez que ve a Ella, su rostro se suaviza, su sonrisa se ensancha y sus ojos se llenan de asombro.

La quiere. Aunque apenas ha pasado tiempo con ella, es obvio que la quiere más de lo que admitirá jamás.

De repente, no solo me invade la culpa, sino también la rabia y un poco de resentimiento.

Mi padre nunca me miró así. De hecho, solo me miraba después de haberse bebido al menos una botella de whisky para él solo.

Ahí era cuando salían sus verdaderos sentimientos.

Él nunca estuvo ahí para mí, pero fue porque no quiso.

Jamie quiere estar, y en el mejor de los casos, estoy siendo egoísta al ignorar sus mensajes. En el peor, le estoy transmitiendo activamente el mismo dolor a mi hija.

Ella no se merece eso, y me niego a dejar que mi orgullo se interponga en su relación. Tengo que ser la madre de Ella y ponerla a ella primero.

Soltando un suspiro, saco el móvil y tomo la decisión antes de poder echarme atrás.

Mi pulgar se cierne sobre el nombre de Jamie, pero entonces dudo de nuevo: ¿qué se supone que tengo que decir?

Oye, perdona por haberte besado y luego fingir que no existías durante una semana. ¿Quieres que nos veamos?

Suena ridículo y estúpido para la gravedad de la situación, pero cuanto más lo deje pasar, peor se pondrán las cosas.

Uf, tengo que dejar de darle vueltas, así que simplemente escribo un mensaje.

Tiff: Es con poco margen, pero Ella tiene clase de ballet hoy a las cuatro en el centro social del campus. Puedes venir a verla si quieres.

Le doy a enviar antes de perder el valor, e inmediatamente me arrepiento de todo.

Soy una idiota. Le doy cinco minutos para llegar antes de que ella empiece siquiera.

Pensará que lo hago a propósito, y le estoy abocando al fracaso.

No se dará cuenta de que mi ansiedad me hace sentir como si me estuviera ahogando, y de que me preocupa qué haré cuando vuelva a verlo.

Los tres puntos aparecen casi al instante.

Jamie: Voy de camino. Gracias.

Sencillo. Directo. Sin presiones, sin reproches, sin intentar convertirlo en algo más de lo que es. Solo... gratitud.

Cielo santo, ¿por qué eso me hace sentir peor?

Porque mientras yo he estado aquí angustiada por cada momento en el que volviera a estar cerca de Jamie, él ha estado esperando pacientemente junto al teléfono, con la esperanza de que le dejara volver a entrar en su vida.

No se trata de mí. Se trata de Ella.

Vuelvo a meter el móvil en el bolso y apoyo la barbilla en mi mano temblorosa para observarla.

Estoy nerviosa.

¿Cómo no voy a estarlo? Viene. De verdad viene, y todo empieza a parecer real, lo cual me asusta muchísimo.

Cuando empieza la clase, Ella se coloca en la fila de atrás, con el rostro serio por la concentración mientras intenta la primera posición.

Se tambalea, recupera el equilibrio y lo intenta de nuevo.

De algún modo, empiezo a relajarme al verla.

Lo está haciendo muy bien y estoy muy orgullosa de ella.

Pasan quince minutos. Luego veinte. Reviso el móvil un par de veces, pero no hay nada.

Ha dicho que vendría, pero ¿va a aparecer? Ignoro la ansiedad que me recorre el estómago y sigo mirando a Ella.

Lo está haciendo tan bien que apenas me doy cuenta cuando alguien se acerca y se detiene a mi lado.

—Lo hace bien. ¿Lleva mucho tiempo en clases?

Su voz me hace dar un respingo y miro a un lado; veo a Jamie de pie a un par de pasos. Lleva unos vaqueros oscuros y una sudadera gastada de Southern Collegiate con las manos metidas en los bolsillos, con aspecto nervioso y esperanzado a la vez.

El alivio me invade al ver su sonrisa torcida.

—Jamie —susurro, dándome cuenta de lo ridículamente anhelante que sueno—. Estás aquí.

—Me has invitado. —Sus ojos se desplazan hacia el ventanal del estudio y todo su rostro se suaviza cuando localiza a Ella—. No me perdería esto por nada.

—Claro. Sí. —Señalo el espacio a mi lado, de repente muy consciente de cada centímetro que nos separa—. Puedes sentarte.

Se sienta, y no me pasa desapercibido que deja una distancia respetuosa entre nosotros. Estamos lo bastante cerca como para hablar, pero no tanto como para que pueda susurrarme cosas dulces al oído; no es que yo quisiera eso.

—Lleva unos seis meses en clase. Zach se las regaló por su cumpleaños.

—Genial —dice Jamie con la boca un poco tensa.

Sé que debería dejar de mencionar a Zach cada vez que veo a Jamie, pero es difícil cuando ha sido una presencia tan importante en su vida.

Afortunadamente, la clase de Ella sirve como una buena distracción para la tensión que hay entre nosotros. Ella salta y da vueltas con distintos grados de éxito, y cuando ve a Jamie a través del cristal, saluda con tanto entusiasmo que casi derriba a la niña que tiene al lado.

Jamie le devuelve el saludo, con la rodilla rebotando ligeramente, y cuando vuelve a juntar las manos, empieza a crujirse los nudillos.

—Es increíble —murmura.

—Lo es. —Jugueteo con la correa de mi bolso. Me alegra que esté aquí, pero al mismo tiempo, me siento ansiosa sabiendo que todavía no hemos hablado de todo.

—Jamie, yo...

—No tienes que dar explicaciones —dice él rápidamente, sin dejar de mirar a Ella—. Lo entiendo. Fui demasiado rápido. Crucé una línea. Hiciste bien en apartarte porque yo estoy seguro de que no lo habría hecho. He aprendido la lección. No hace falta que me sigas castigando con el silencio.

Se me entrecorta la respiración.

Sabía lo que iba a decir incluso antes de que me salieran las palabras. ¿Significa eso que lo ha tenido tan presente como yo?

—No es eso... —Me detengo, intentando encontrar las palabras adecuadas—.

No te estaba castigando con el silencio.

Siento haber tardado tanto en responderte —continúo, con las palabras saliendo a borbotones ahora que he empezado—.

No ha sido justo. No has hecho más que ser respetuoso y yo te lo he pagado desapareciendo como si fuéramos extraños en lugar de...

—Hago un gesto vago entre nosotros—. Lo que sea que seamos.

—Padres —ofrece él en voz baja—. Amigos, tal vez. Si me dejas.

—¿Es eso lo que quieres? ¿Ser amigos?

Se queda callado un buen rato, mirando a Ella intentar una pirueta a través de la ventana.

—Quiero lo que sea que te haga sentir cómoda —dice finalmente—.

Aunque sea solo vernos en las clases de ballet y en las fiestas de cumpleaños.

Lo que dije iba en serio, Tiff. Estoy aquí por Ella.

Todo lo demás... —se interrumpe— ...ya se arreglará.

¿Cómo puede estar tan seguro? ¿Por qué de repente noto que todo va tan rápido cuando me he estado preparando para esto?

A través del cristal, Ella da otra vuelta y esta vez no se tambalea. Se le ilumina la cara de orgullo y nos mira inmediatamente. Los dos le levantamos el pulgar con entusiasmo.