14. Capítulo 14 #2
Honey Sanderson.
Bueno, sabía que este pequeño reencuentro iba a ocurrir en algún momento; supongo que pensaba que tendría un poco más de tiempo para pensar en qué iba a decir.
—¿Jamie? —Su voz suena tan estrangulada y tensa como el moño que lleva. Va a juego con su camisa blanca de cuello y su falda negra, pero es tan poco propio de Honey que no tiene sentido.
¿Por qué camina por el campus con un aspecto que parece que va a una reunión con su padre?
—¿Qué demonios haces aquí? —dice cuando logra recuperar algo de compostura.
Le lanzo una sonrisa, fingiendo confianza. —Vaya, ¿después de dos años así es como vas a saludar a tu ex-prometido? —Me froto la mandíbula, riendo con nerviosismo—. Quiero decir, sé que fui un capullo, pero pensé que al menos recibiría un hola.
Ella aprieta los labios mientras se cruza de brazos. —Responde a la puta pregunta, Nicks.
Vaya, esta es una Honey diferente a la que dejé atrás. La Honey que conocí en el instituto no le hablaría así a nadie. Y menos a mí. Eso era lo peor de ella. Nunca sabía cuándo protegerse ni comprendía su verdadero valor.
Gracias a Dios, Zach la salvó. Se merecía algo mejor que yo.
Se queda mirándome, y ahí es cuando sé que no me dejará ir hasta que le dé una respuesta.
—Desayunando —digo, señalando el sándwich en mi mano—. ¿Y tú?
Cierra los ojos y suelta un suspiro. —Mira.
Sé que para ti es difícil no ser un capullo, pero te agradecería mucho que lo intentaras al menos durante cinco segundos.
¿Por qué estás en Hope? —Su voz suena cansada.
No está enfadada. Simplemente ha terminado conmigo—.
Por favor, no me digas que estás aquí para molestar a Tiff, porque ella no se lo merece.
Es feliz y Ella también. No te necesita a ti ni a tu melodramática familia causando problemas.
—No he venido a molestar a nadie. —Cambio el peso del cuerpo, de repente consciente de lo patético que debo de parecerle—. Estoy aquí por Ella. Mi hija, por si lo habías olvidado.
—Oh, créeme, que mi novio sea padre de una niña mientras todavía sale conmigo es algo difícil de olvidar.
—Ya. —Me rasco la nuca, sin saber hacia dónde mirar—. Me lo he ganado.
—Oh, te mereces mucho más que eso. —Me estudia durante un segundo, fijándose en mi aspecto desaliñado y, sin duda, en mi pelo revuelto—. Tienes un aspecto de mierda.
—Y me siento peor, pero no estoy aquí para cumplir las órdenes de mi padre. Estoy aquí por Ella, y no tengo intención de irme.
—¡¿Te quedas?!
Me encojo de hombros. —Sí. Me he trasladado oficialmente a St. Michael’s. He empezado las clases esta semana. Me sorprende que sea la primera vez que te veo.
—¿Tu padre te ha dejado...?
—Mi padre me ha cortado el grifo —la interrumpo—. Lo ha congelado todo. Así que sí, estoy aquí por mi cuenta. Con lo que me queda, al menos. Por suerte, Asher es más listo de lo que parece, así que estaré bien por un tiempo.
Me mira como si fuera un extraño, pero yo me siento igual respecto a ella. Es diferente ahora. Puedo sentirlo. Tiene ese aire de Zach Evans. Hablando de eso...
—¿No te dijo Zach que estaba aquí? —pregunto, observando su cara con atención.
Si Zach no se lo ha dicho, entonces tal vez mis sospechas sean correctas.
Quizás lo hayan dejado. Eso explicaría por qué el tío está más tenso que una cuerda de violín en este momento, saltando a la mínima con todo el mundo, con aspecto de estar a un mal día de derrumbarse.
Honey frunce el ceño pero lo enmascara rápidamente. —No. No me lo dijo.
—¿No? —insisto, porque puede que esté cambiando mi forma de ser, pero me vendría bien algún cotilleo en el que no sea el protagonista.
—Zach y yo no estamos juntos —dice ella en voz baja, apartando la mirada.
Y ahí está el detalle. La confirmación. Zach Evans, el chico de oro que tenía todo lo que yo no tenía —incluida la chica con la que se suponía que iba a casarme—, se las ha arreglado de algún modo para perder el balón.
Menudo idiota.
Honey es lo mejor que le ha pasado nunca.
—¿Lo sabe el Chico de la Beca? —No puedo evitar el tono cortante en mi voz.
—Sí. Hace unos meses que no estamos juntos.
—¿Y estás bien así? —suelto, pero ya no puedo retractarme.
—Sí —dice, pero le tiembla la voz. Se queda callada un momento, y yo conozco a Honey mejor de lo que a cualquiera de los dos nos gustaría admitir.
Esto es como aquellas veces en las que se ponía ansiosa en una de las cenas de nuestros padres, cuando la presión de ser perfecta, de representar el papel, se volvía insoportable.
La única forma de ayudarla a superarlo era coger su mano bajo la mesa y apretarla dos veces para hacerle saber que estábamos juntos en esto.
Solo que todo era mentira. Yo nunca estuve en ello.
Honey está destrozada. Lo veo en la forma en que evita mirarme a los ojos, en cómo aprieta los nudillos contra la correa de su bolso, en el ligero temblor de sus hombros.
Zach también lo está. No es que me importe él, pero ella sí me importa. A pesar de todo. A pesar de lo mucho que nos jodí la vida a ambos.
—Honey, ¿qué está pasando? ¿Por qué estás...?
—Tengo que irme. —Consulta su reloj, con el pánico cruzándole el rostro—. Llego tarde a mi pasantía.
—¿En el bufete de nuestros padres?
Ella asiente, rodeándome ya.
—¿Por qué? Nunca has querido ser abogada. ¿Qué haces allí?
Duda, negándose a mirarme a los ojos. Entonces algo encaja. —Espera, ¿estás haciendo esto por Tiff? ¿Eres tú la razón por la que mi padre retiró su demanda contra ella?
Su cara se descompone por un segundo antes de recomponerse. —No puedo... —Sacude la cabeza—. No puedo llegar tarde, Jamie.
—Honey, si hay algo que deba saber sobre lo que está tramando mi padre...
—De verdad, tengo que irme. —La voz se le quiebra ligeramente.
—Honey...
Pero ya está corriendo, prácticamente esprintando a través del campus con su atuendo demasiado formal, dejándome allí con un sándwich mediocre y la sensación de hundimiento de que, sea lo que sea lo que mi padre esté planeando, es peor de lo que pensaba.
Y Honey —la hermosa y rota Honey— está atrapada justo en medio.
La veo desaparecer en su coche, y es entonces cuando empieza a invadirme la preocupación. Yo dejé ese bufete, mi padre me ha repudiado oficialmente, pero Honey... ella sigue atrapada allí. Sigue con la gente que nos ha manipulado abiertamente a ambos.
Quiero ayudarla. Necesito ayudarla, pero ¿es eso posible cuando estoy intentando descubrir todo lo que pasa entre Tiff y yo?
Mi teléfono vibra, sacándome de mis pensamientos.
Es la agente inmobiliaria, confirmando que sigo en pie para nuestra cita de las diez.
Cierto. La visita al apartamento.
Aun así, mientras me dirijo al piso, no puedo sacarme de la cabeza la mirada rota en la cara de Honey. Puede que yo esté pasando por una mala racha, pero parece que ella también. Supongo que ninguno de los dos tiene el control sobre su vida, y eso está empezando a notarse de verdad.