The False Start (The Four Quarters Collection 3) 12. Capítulo 12 #2
36%

12. Capítulo 12 #2

La película comienza y Ella hace comentarios constantes a pesar de los intentos de Tiff de mandarla callar. A mí no me importa. Cada palabra y reacción es un vistazo a la mente de mi hija. Quiero catalogar cada preferencia, cada pequeña manía, para compensar todos los años que me he perdido.

—Esta es mi parte favorita —susurra Ella en voz alta mientras la princesa Blanca conjura de la nada un hogar reluciente para el Sr. Nibbles—. Lo está haciendo todo precioso con su magia.

No estoy mirando la película. La estoy mirando a ella. Los ojos brillantes y radiantes de Ella miran el televisor con asombro, y es la imagen más hermosa que he visto en mi vida. Me pilla mirando y sonríe, todo dientes de leche y hoyuelos.

—¿Te gusta? —pregunta, inclinando todo su cuerpo hacia mí a la espera de mi respuesta.

—Es increíble —le digo con sinceridad—. Gracias por compartirla conmigo.

Ella resplandece, satisfecha, y vuelve a mirar a la pantalla, apoyándose inconscientemente en mi brazo otra vez.

Por encima de su cabeza, mis ojos se encuentran con los de Tiff y su expresión se suaviza.

En ese momento, algo pasa entre nosotros.

No hacen falta palabras. No es necesario.

Es una tregua. Me ha traído aquí y me ha dejado vivir este momento con mi hija porque confía en mí, y no voy a darle ninguna razón para que se arrepienta.

Me dedica un brevísimo asentimiento antes de volver a prestar atención a la película.

Para cuando la princesa Blanca y la princesa Isla derrotan al malvado monstruo de nieve, los párpados de Ella pesan a pesar de sus valientes esfuerzos por mantenerse despierta. Aparecen los créditos y Tiff se levanta y se estira.

—Muy bien, hora de dormir para las princesas —anuncia.

—No tengo sueño —protesta Ella, incluso soltando un sonoro bostezo.

—Ya, ya. Cuéntaselo a esos ojos somnolientos. —Tiff le tiende la mano—. Vamos, a la bañera.

—¿Puede ayudar Jamie? —pregunta Ella, mirándome con esos ojazos de bambi que tienen un efecto devastador.

Tiff duda, mirándonos a ambos. —La hora del baño suele ser cosa nuestra, cielo.

A Ella se le cae la cara y yo intervengo rápidamente. —No pasa nada. ¿Quizá podría ayudar luego con lo del cuento? Si a tu madre le parece bien.

Tiff se lo piensa y luego asiente despacio. —Supongo que eso estaría bien. Tardaremos unos veinte minutos.

—No me importa esperar.

Ella se anima enseguida. —Tienes que hacer las voces —me informa seriamente—. Mami siempre hace las voces, pero a veces tiene mucho sueño y no le salen bien.

—Haré lo que pueda —prometo, con el corazón acelerado ante la idea de que se me confíe incluso esta pequeña parte de su rutina.

Mientras suben las escaleras, aprovecho la oportunidad para explorar el salón más de cerca.

Hay fotos en los estantes integrados: Ella de recién nacida, en brazos de Tiff.

El primer cumpleaños de Ella, con la cara manchada de tarta.

Ella sobre los hombros de Zach en lo que parece un partido de fútbol.

Fiestas, hitos, momentos cotidianos; una representación visual de todo lo que me he perdido.

Me duele el pecho cuando cojo un marco con una foto de Ella con un tutú de ballet, sonriendo a la cámara. No debe de tener más de dos años, con el pelo recogido en pequeñas coletas y sus ojos —los ojos de Tiff— brillando de alegría.

¿Cuántas «primeras veces» me he perdido? Su primera sonrisa, sus primeros pasos, sus primeras palabras... Dejo la foto con cuidado, con la garganta cerrada por el arrepentimiento.

—¿Jamie?

Me giro y me encuentro a Tiff observándome desde la escalera, con expresión cautelosa. —Ya está lista para el cuento, si todavía quieres.

—Claro —digo, quizá con demasiado entusiasmo.

Me hace un gesto para que la siga por las escaleras hasta la segunda planta. O al menos, a un lado de la segunda planta. La casa tiene dos escaleras, ya que Zach vive a cuerpo de rey. Este lado de la planta es tan moderno como la planta baja, con tres puertas a lo largo del pasillo.

Nos detenemos en una decorada con un copo de nieve brillante y el nombre de Ella en letras moradas y azules.

—Unas cuantas reglas básicas —dice Tiff en voz baja, poniéndome una mano en el brazo para detenerme antes de entrar.

Su toque me envía un escalofrío por la espalda que intento ignorar desesperadamente.

Solo porque Tiff esté más guapa ahora de lo que recordaba, no significa que quiera tener nada que ver conmigo aparte de lo de Ella.

—Solo un cuento, aunque te pida más. Nada de voces que den miedo y puedan darle pesadillas, y si hace preguntas difíciles, que las hará seguro, me las pasas a mí, ¿vale?

—Entendido. Un cuento, nada de voces que den miedo y las cosas difíciles para ti.

Me escruta la cara y luego asiente, satisfecha. —Vale. Vamos.

Cuando se abre la puerta, tardo un segundo en asimilar lo que veo. Esta habitación es perfecta para Ella. Con las paredes pintadas de azul y copos de nieve plateados por todas partes, parece la princesita que es, ya arropada y con un zorro de peluche desgastado apretado contra el pecho.

—¡Jamie! —exclama, incorporándose de inmediato y señalando el lado de la cama junto a ella—. Aquí es donde se sienta el cuentacuentos.

—Vale.

Trago saliva, entrando un poco más en la habitación antes de posarme con cuidado en el borde de la cama. Soy muy consciente de que Tiff sigue observándome y de verdad que no quiero cagarla.

—¿Qué libro toca hoy, cielo? —pregunta Tiff.

—¡La princesa caballero! —Ella señala un libro muy usado que hay en su mesita de noche—. Es mi favorito esta semana.

Cojo el libro, examinando la portada que muestra a una niña con armadura montando un dragón. —Parece emocionante.

—Trata de una princesa que se salva a sí misma —explica Ella seriamente—. Porque a veces los príncipes están demasiado ocupados y las princesas tienen que ser valientes ellas solas.

Las princesas tienen que ser valientes ellas solas.

Mi mirada se desvía hacia Tiff. Sí, es una puñetera princesa que se salvó a sí misma. Llego con cuatro años de retraso para salvarla, pero espero que me deje quedarme a su lado.

—Bueno, veamos cómo de valiente es esta princesa —digo, abriendo la primera página mientras me acomodo hacia el fondo de la cama y apoyo la espalda en el cabecero.

Cuando empiezo a leer, me sale natural. Nunca antes había puesto voces ni entretenido a niños, pero oír sus risitas cada vez que pongo una voz atronadora para el rey hace que quiera seguir.

Consigo una nueva risita de Ella con cada voz diferente que uso y, por el rabillo del ojo, veo que los labios de Tiff se curvan en una sonrisa.

Sí, es tan malditamente hermosa que duele.

—Me gustan tus voces, Jamie —dice Ella, acurrucándose a mi lado.

—Bueno, estaré encantado de hacértelas siempre que quieras —le digo, ignorando cómo me da un vuelco el corazón ante la idea de que esto se convierta en algo habitual.

—¿Todas las noches? —pregunta esperanzada.

Miro a Tiff, que niega casi imperceptiblemente con la cabeza. Cierto. Límites. Pasos pequeños.

—Siempre que tu madre diga que está bien —rectifico con cuidado.

Esto parece satisfacer a Ella y continúo leyendo, plenamente consciente de lo precioso que es este momento y de lo agradecido que estoy de que Tiff me haya dejado vivirlo.

—Colorín colorado... —susurro cuando llego a la última página del libro.

—Bonito cuento —refunfuña Ella, hundiéndose más en su almohada.

Estudio la ilustración de la princesa con todos sus amigos mágicos al final, feliz de que mi hija esté siendo criada por una mujer tan fuerte ella misma.

Cuando cierro el libro, Ella está profundamente dormida contra mi costado con la mano aferrada a mi camiseta. Lo dejo a un lado con cuidado, tomándome mi tiempo porque no quiero molestarla.

Sus dedos aprietan mi camiseta un poco más cuando nota que me muevo, así que vuelvo a acomodarme en mi sitio, observando el suave subir y bajar de su pecho.

Esto. Esto es lo que me ha faltado toda la vida sin siquiera saberlo. Este sentido de pertenencia, de tener un propósito, de un amor tan feroz que me aterra.

Con miedo a moverme, me quedo ahí, y lo último que recuerdo es sentir su respiración acompasada contra mi pecho y el dulce aroma de su champú infantil.