13. Capítulo 13
Tiff
S onrío al monitor del bebé, observando a Jamie sostener a Ella mientras ambos duermen.
Ella está acurrucada contra su pecho, con sus pequeños dedos aún agarrando la tela de su camiseta mientras la cabeza de Jamie descansa contra el cabecero, con la boca ligeramente abierta.
Parecen... estar donde deben. Como si este hubiera sido siempre su lugar, y maldita sea, duele porque nunca pensé que verlos así me dolería y me curaría al mismo tiempo.
He sido yo quien la ha acunado para que se durmiera durante sus pesadillas.
La que descubrió cómo seguir adelante después de que mi padre me cerrara la puerta en la cara.
La que ha estado asustada, abrumada y agotada, luchando en una batalla legal con personas que ni siquiera son parientes de mi hija... y de repente, todo eso se detiene.
Y ahora él está aquí y, sencillamente... encaja.
Esto debería sentar bien, pero ¿por qué no puedo sacudirme las náuseas que me suben por la garganta?
Tal vez sea porque he pasado años convenciéndome de que él no podía ser este hombre —que no querría serlo— y ahora que está aquí, presentándose de verdad, siento como si el suelo pudiera abrirse bajo mis pies.
Solo ha pasado un día. No te adelantes.
Cualquiera puede ocuparse de Ella durante medio día, pero las rabietas, las noches sin dormir, la paciencia infinita que hace falta... esa parte aún no la ha visto, y cuando lo haga... ¿se quedará? ¿O decidirá que nunca valió la pena perderlo todo por nosotros?
Suspiro, recostándome en la silla de la mesa de la cocina. Ninguno de estos pensamientos me va a ayudar a aprobar el graduado escolar pronto, y preocuparse por algo que aún no ha sucedido no tiene sentido. Así que dejo que disfruten de este momento porque se lo merecen.
Dejando el monitor del bebé a un lado, me obligo a concentrarme en el último capítulo de mi libro.
Estoy a mitad de camino de despejar la x cuando oigo unos pasos suaves detrás de mí, solo para encontrar a Jamie de pie en el umbral de la cocina.
Tiene el pelo alborotado y los ojos un poco soñolientos pero aún brillantes.
—Se ha quedado frita —dice, con la voz ronca por el sueño—. Apenas ha llegado al final del cuento.
Asiento, jugueteando con mi bolígrafo para tener algo que hacer además de mirarlo.
Juro que no importa cuántas veces esté cerca, siempre me resultará difícil mirarlo sin sonrojarme.
Es tan atractivo sin ni siquiera intentarlo.
—Hace eso cuando está cómoda. Es como si su cuerpecito finalmente se relajara.
Jamie sonríe suavemente. —Lo es todo —dice con asombro.
—Lo es.
—Lo digo en serio —dice él—. Está... tan llena de vida. Curiosa, testaruda y divertida. Tiene esa chispita. Se puede sentir.
—También tiene mantequilla de cacahuete en el pelo la mitad del tiempo y se niega a llevar calcetines que combinen —digo.
—Eso también —dice con una risa baja—. Pero hablo en serio, Tiff. Es increíble, y todo es gracias a ti.
Tomo aire, cogida desprevenida.
—No te limitaste a mantenerla alimentada y a salvo —dice él—. Le diste alegría y seguridad. La has ayudado a florecer en esta preciosa niña que no tiene ni idea de lo que significa no ser deseada o amada. Es perfecta, y yo... no sé cómo lo has hecho, pero me ha dejado alucinado.
Se me cierra la garganta. Dejo el bolígrafo, de repente insegura de qué hacer con las manos. —Solo hice lo que cualquiera haría.
—No. —Se inclina un poco hacia delante, con voz suave—. No te rendiste. Ni por un segundo. Construiste una vida hermosa para ti y tu hija por pura fuerza de voluntad.
—Yo no iría tan lejos.
—No te quites mérito. Eres una buena madre, Tiff. Una jodidamente buena. —Trago saliva con dificultad, parpadeando hacia las páginas de mi libro—. Y estoy tan agradecido de que Ella te haya tenido todo este tiempo.
—Gracias —digo finalmente, con la voz apenas superior a un susurro—. Pero no puedo llevarme todo el mérito. Sin Zach, sus padres y mi prima, Madison, no estaríamos aquí.
Jamie entra más en la habitación, apoyándose en la encimera, con la boca torcida en una mueca. —Sí, bueno... Es casi imposible competir con el Chico de la Beca. —Me mira y luego aparta la vista—. Solo espero que no sea demasiado tarde para hacerlo mejor.
Trago saliva, dejando que las palabras se asienten por un segundo.
El silencio se extiende entre nosotros hasta que lo único que oigo es el suave zumbido de la nevera. No sé qué decir a eso. Zach ha sido más que un primo para mí. Ha sido un hermano, y no puedo minimizar su impacto en mi vida sin destrozar a Jamie.
Jamie mira la mesa, luego se acerca y se desliza en el asiento frente a mí. —¿En qué estás trabajando?
Dudando, digo: —Estudiando para el graduado escolar. —Siento que las mejillas se me encienden, sabiendo lo patético que debe de sonar. Todos los que me rodean están terminando sus carreras universitarias, pero yo sigo rezagada.
Él arquea un poco las cejas, pero no hay juicio, solo una curiosidad tranquila. —¿En serio?
—Sí —murmuro—. No terminé el instituto. Después de que mi padre me echara de casa en mitad de primero de bachillerato, no tuve tiempo de seguir el ritmo y graduarme con los demás. Llevo tiempo trabajando en esto poco a poco, pero va lento.
Jamie se inclina hacia delante, apoyando los codos en la mesa. —¿Puedo ayudar?
Resoplo. —¿Quieres ayudarme a estudiar?
—Sí —dice—. Vamos. Me encantaría.
—No necesito lástima.
—Esto no es lástima —dice, mirándome a los ojos—. Solo me estoy ofreciendo. Puede que se me dé fatal lanzar un balón, pero me gradué el primero de mi promoción mientras echaba mi vida por tierra. Puedo ayudar. Déjame.
Lo miro fijamente un momento. Se le ve serio. Sincero. Quizá incluso un poco emocionado.
—¿De verdad quieres ayudarme con las matemáticas? —pregunto con escepticismo.
Él sonríe. —¿Sabes cuánto hace que no despejo una x? Lo echo de menos. Echo de menos ser útil.
Algo se me aprieta en el pecho al oír eso.
—Vale —digo, empujando el libro hacia él—. Pero como empieces a fardar de tus notas de selectividad, te echo de aquí.
—No prometo nada —murmura, escaneando ya la página.
Pasamos la hora siguiente encorvados sobre la mesa, él guiándome a través de fórmulas y enseñándome atajos que no había visto antes.
Se le da exasperantemente bien explicar las cosas, desglosando problemas que nunca he sido capaz de resolver de una forma que me dan ganas de llorar y abrazarlo al mismo tiempo.
No me mete prisa. No me hace sentir estúpida.
Solo espera y deja que llegue allí por mi cuenta, asintiendo cuando finalmente lo consigo.
Finalmente, resuelvo un problema en el que llevaba semanas atascada y él sonríe con orgullo.
—¿Ves? —dice—. Lo tienes dominado.
Niego con la cabeza, sonriendo a mi pesar. —Vale, tutor. No te flipes.
Él se reclina en la silla y se estira, luego me mira con algo más tierno en su expresión. —Lo estás consiguiendo, Tiff. Todo. Por tu cuenta.
—Gracias —murmuro suavemente.
Sus ojos se desvían hacia la mesa de la cocina donde mis libros están desparramados, deteniéndose en un folleto de colores parcialmente escondido bajo mi cuaderno de trabajo. Antes de que pueda impedírselo, lo coge.
—¿Clases de salsa? —pregunta, arqueando las cejas mientras examina el folleto.
El calor me inunda las mejillas mientras se lo arrebato, metiéndolo debajo del libro de texto. —No es nada. Solo algo que Zach dejó por ahí.
—¿Zach quiere ir a clases de salsa? —Lo piensa un segundo antes de sonreír para sus adentros—. Supongo que le vendría bien algo de ayuda con su terrible juego de pies, pero se prevé que sea la primera elección del draft, así que ¿para qué molestarse ahora?
—No. Es para mí —admito avergonzada.
—¿Para ti? —La diversión en su voz solo empeora mi vergüenza.
—Dice que necesito «salir más» —explico, haciendo comillas en el aire con los dedos—. Hacer cosas que no sean solo trabajar, estudiar y cuidar de Ella. Ser un ser humano real de vez en cuando.
La expresión de Jamie cambia, sus ojos se oscurecen y su sonrisa desaparece. —No le falta razón.
—Tú también no —gimo, escondiendo la cara entre las manos.
—¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo solo para ti? —pregunta suavemente—. ¿Algo divertido?
Lo miro entre los dedos. —No tengo tiempo para divertirme.
—Todo el mundo tiene tiempo para divertirse —rebate él, volviendo a sacar el folleto—. Incluso las madres solteras con exámenes de graduado escolar que estudiar.
—Claro —digo con sarcasmo—. Iré a bailar con algún desconocido mientras mi hija duerme en casa.
—O —dice Jamie, con voz casual aunque sus ojos digan lo contrario—, podría llevarte yo.
Parpadeo, segura de haber oído mal. —¿Qué?
—A las clases de salsa —aclara él, dando golpecitos al folleto—. Yo podría llevarte. No se me da mal, y espero ser un poco mejor compañía que un desconocido.
La imagen de Jamie en clases de baile, probablemente con el ceño fruncido todo el tiempo, me hace sonreír a mi pesar. —¿Tú? ¿Bailando salsa?
Se encoge de hombros, con un rastro de rubor en las mejillas. —Honey y yo fuimos a clases cuando estábamos en el instituto. Nuestras madres querían que bailáramos salsa en nuestra boda. —Niega con la cabeza, soltando un bufido de fastidio.
—Yo... —Las palabras me fallan. La idea de bailar con Jamie con su mano en mi cintura, moviéndonos juntos... —No puedo. Está Ella, y...
—Lo entiendo. Siempre podría quedarme yo de canguro —ofrece rápidamente—. Ya sabes, si prefieres ir con otro... quizá Reese te llevaría. No he visto mucho sus habilidades de baile, pero hoy ha estado bastante bien en el campo.
—¿Reese? —Su mención me pilla desprevenida.
—Sí, ya sabes, el tipo que te mira como si no existiera nadie más —dice Jamie, con un tono de repente tenso—. Parece buen tío. Le interesas. Probablemente sea más respetable que te vean con él que conmigo.
—Jamie...
—Quiero decir, lo entendería —continúa él, sin mirarme a los ojos—. Si prefieres ir con él. Probablemente sea mejor compañía. No viene con todas mis... complicaciones.