The False Start (The Four Quarters Collection 3) 12. Capítulo 12
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12. Capítulo 12

Jamie

— ¿Está rica la pizza, Jamie?

La voz de Ella me saca de mis pensamientos mientras me quedo mirando la porción de pizza de queso apenas tocada en mi plato, a pesar de llevar quince minutos en esta mesa. El silencio que nos rodea es tan denso que es prácticamente un invitado más a la cena.

—Está buenísima —consigo decir, dando un bocado tardío para demostrarlo—. La mejor pizza que he probado en Hope.

Todavía no puedo creer que esté sentado aquí, cenando en la nada humilde casa de Zach porque mi hija preguntó si podía venir después de su entrenamiento de fútbol.

—Es la única pizza que has probado en Hope —murmura Zach, cogiendo su tercera porción. Sigue cabreado, lo cual no es sorprendente. Un intento servil de enseñarle a mi hija a chutar un balón no será suficiente para ganármelo, y no debería serlo. Ella se merece más que eso.

—Te sorprendería la de pizza que como en el hotel —comento, levantando el trozo—. Pero sigue siendo la mejor. —Entonces doy otro bocado.

Zach entrecierra los ojos, nada impresionado por esa respuesta.

De nuevo, no me sorprende. Últimamente no impresiono ni lo más mínimo.

Zach, por otro lado, es más impresionante de lo que me gustaría admitir.

Se labró su propio futuro y ahora vive a lo grande con su contrato de derechos de imagen y sus patrocinios.

Mientras tanto, yo estoy a unos meses de fregar platos para pagar el alquiler.

Aun así, en toda esta felicidad fabricada por el hombre, hay algo que brilla por su ausencia.

Honey.

Ella no está aquí; ni físicamente, ni de ninguna otra forma, por lo que parece. No hay fotos de ella y nadie la ha mencionado desde que llegamos.

¿Habrá pasado algo entre ellos?

Seguro que no. El tío lleva tatuado un panal en el antebrazo.

Aunque podría estar saliendo con el tipo con el que la vi en la cafetería la semana pasada.

La idea casi me hace sonreír como el capullo sádico que soy, pero luego recuerdo al otro tipo que estaba allí con ellos: Reese.

El mismo que estaba entrenando a Ella hoy.

No sé qué es él para Tiff, pero reconozco a un gilipollas ansioso que busca su atención en cuanto lo veo.

Yo soy uno de esos.

Bueno, al menos eso es algo que el «chico de la beca» y yo tenemos en común: ambos tenemos problemas con las mujeres.

—¿Más zumo, Ella? —pregunta Tiff, alargando ya la mano hacia el cartón.

—¡Sí, por favor! —canta Ella, la única en la mesa felizmente ajena a la tensión. No ha dejado de hablar desde que llegamos a casa, poniéndome al día con información vital como qué color de cera sabe peor (el naranja) y cuántas volteretas seguidas puede dar (tres y media, al parecer).

Observo a Tiff con Ella, la naturalidad con la que le limpia la salsa de la barbilla a su hija, cómo le corta automáticamente la corteza de la segunda porción sin que nadie se lo pida.

Es un baile muy ensayado, uno del que nunca he formado parte.

La idea me golpea con fuerza, sabiendo que no he estado allí para ninguna de las dos.

—Así que —Zach rompe el silencio con una voz artificialmente casual—, ¿cuándo sale tu vuelo de vuelta a Southern Collegiate, Nicks?

Tiff le lanza una mirada de advertencia.

—Ya te lo he dicho. No voy a volver —digo, sosteniéndole la mirada directamente—. Me he trasladado a St. Michael's. Estoy aquí para quedarme.

La mano de Zach golpea la mesa y sus cejas casi alcanzan el nacimiento del pelo. —Me estás vacilando.

—¡Zach! —sisea Tiff, señalando con la cabeza a Ella, que se anima de inmediato.

—Esa es una palabra fea, tío Zach —anuncia solemnemente—. Tienes que poner un dólar en el bote.

Zach suspira, echando mano a la cartera sin rechistar. —Perdona, princesa. —Se vuelve hacia mí—. Pensé que lo habías dicho antes para provocarme.

—No, hablo muy en serio —continúo, viendo cómo extrae un billete de un dólar nuevo de su cartera y se lo entrega a Ella, que sale disparada para depositarlo en lo que supongo que es un bote de las palabrotas—. Me he matriculado este semestre. He empezado las clases esta semana.

—Y el dinero de tu papi lo ha hecho posible, estoy seguro. —La amargura en su voz es inconfundible.

Doy un sorbo de agua, eligiendo mis palabras con cuidado. —Mi padre me cortó el grifo, pero conseguí que se pagaran algunas cosas antes de que bloqueara mis fondos fiduciarios. También tengo una pequeña cuenta de ahorros del instituto de la que él no sabe nada.

—¿Y qué vas a hacer cuando se acabe el dinero? —pregunta Zach con calma.

—Conseguiré un trabajo como todo el mundo —digo con confianza, aunque por dentro estoy cagado de miedo. Jamie Nicks consiguiendo un trabajo que su padre no le haya buscado... pfff. Estoy jodido y lo sé.

Zach se echa hacia atrás, con un brazo apoyado despreocupadamente en la silla como si esto fuera una charla amistosa y no una ejecución verbal a fuego lento. —Deberías ser entrenador de fútbol. Se te da mucho mejor enseñar a niños de cuatro años de lo que nunca se te dio calentar el banquillo.

—¡Zach! —dice Tiff con severidad, pero no me ofendo. Tiene razón.

—Sí —murmuro, con una sonrisa amarga curvando mis labios—. Solo jugaba porque mi padre creía que un Nicks debía estar en un campo con su nombre grabado en cada ladrillo y en cada puerta del baño.

Zach resopla. —Parece una dinámica familiar de lo más cálida.

—Cálidísima —respondo con sarcasmo—. Los abrazos eran para los pobres. Nosotros nos especializábamos en el legado y en los problemas de control alimentados con champán.

Ella regresa saltando a la mesa y se sube a su silla. —¿Podemos ver la película ya? Iced Out nos está esperando!

Tiff mira el reloj. —Se acerca tu hora de dormir, cielo. Quizá deberíamos dejar la película para otra noche.

—¡Pero lo prometiste! —Ella asoma el labio inferior—. ¡Jamie aún no la ha visto! ¡Tiene que conocer a la princesa Blanca!

Tiff me mira a mí y luego a Zach, claramente indecisa. —Es verdad que lo prometí —dice finalmente.

—Yo en realidad me voy ya —anuncia Zach, levantándose bruscamente—. Tengo una reunión en veinte minutos.

—¿Estás seguro? —pregunta Tiff, pero noto que no está decepcionada—. Pensé que el entrenador había cancelado por la preparación del partido de fuera.

—Otra reunión —dice Zach vagamente, recogiendo ya su plato—. Temas de derechos de imagen. Un aburrimiento. —Se gira hacia Ella—. Lo siento, princesa. ¡Guárdame palomitas para la próxima!

—Vale. —Está demasiado emocionada por la película para estar decepcionada, y ya se menea en su asiento—. Mami, ¿podemos comer palomitas nosotros también?

—Sí, pero un cuenco pequeño.

Mientras Tiff se levanta para hacer las palomitas, Zach pasa por detrás de mí y se detiene el tiempo justo para hablar en una voz que solo yo puedo oír.

—Si haces daño a cualquiera de las dos, acabaré contigo. ¿Entendido?

Asiento una vez, sin molestarme en levantar la vista. Es una advertencia justa. Una que yo daría si estuviera en su lugar.

—Bien. —Me aprieta el hombro con la fuerza suficiente para dejar clara su postura y luego sigue adelante, dándole un beso a Ella en la cabeza—. Pórtate bien con tu madre, princesa.

—¡Siempre lo hago! —dice ella, llena de la confianza de alguien que nunca ha pasado ni un segundo castigado. A diferencia de mí, que he vivido allí toda mi puñetera vida.

Zach se marcha sin decir nada más y la atmósfera cambia de inmediato; la tensión se disipa de la habitación.

Tiff regresa con un pequeño cuenco de palomitas salpicadas con virutas de colores y Ella aplaude encantada. —El salón está por ahí —me dice ella, señalando con la cabeza hacia un arco—. Ponte cómodo. Ahora vamos.

El salón es tan ridículamente moderno como el resto de la casa. Hay un sofá rinconera enorme frente a un televisor igualmente enorme, y las paredes están decoradas con las camisetas enmarcadas de Zach.

Este tío se cree el rey del mambo, ¿verdad?

Me acomodo en un extremo del sofá y, sin querer, golpeo las zapatillas de unicornio que hay junto a la mesa de centro.

Me agacho, intentando colocarlas bien cuando Ella entra corriendo.

Con el cuenco de palomitas sujeto con ambas manos, se dirige directa hacia mí.

Antes de que pueda reaccionar, se ha subido al sofá y se ha instalado justo a mi lado, plantándome el cuenco en el regazo.

—Sujeta esto —me ordena y luego se acurruca como si hubiéramos hecho esto cien veces antes.

Me quedo petrificado, aterrorizado de hacer algo mal, de moverme demasiado rápido, de arruinar el momento de alguna manera.

Tiff aparece en el umbral y su expresión se suaviza al vernos. Algo cruza su rostro demasiado rápido para que pueda identificarlo.

—¡Mami, corre! ¡Tenemos que enseñarle a Jamie el baile del Sr. Nibbles antes de la peli!

—Yo lo preparo todo. Tú puedes bailar. —Tiff se acerca al televisor y navega por los servicios de streaming sabiendo exactamente a dónde tiene que ir, mientras Ella baila, haciendo su mejor imitación de un zorro ártico.

Cuando el conocido logo de Iced Out llena la pantalla, Ella vuelve a sentarse a mi lado, saltando de emoción.

—Esta es la mejor película del mundo —me informa solemnemente—.

La princesa Blanca tiene poderes de hielo y está solitaria, pero luego conoce a la princesa Isla y se hacen mejores amigas y hay una tormenta de nieve mágica y un zorro que habla que se llama Nibbles y...

—Ella —interviene Tiff suavemente—, deja que Jamie la vea y lo compruebe por sí mismo, ¿vale?

—Vale. —Se mete una palomita en la boca, todavía vibrando de emoción.

Tiff se sienta al otro lado de Ella y una sensación cálida se instala en lo más profundo de mi pecho, llenando un hueco que no sabía que existía.

Aquí es donde debería estar.

Es mi único pensamiento mientras estoy sentado con mi hija acurrucada a mi lado.

Es curioso, he estado en lugares y he hecho cosas con las que la mayoría de la gente solo sueña, pero nada de eso se compara con esto: estar aquí con ellas es, con diferencia, el mejor lugar en el que he estado jamás.