11. Capítulo 11 #2
—Siento llegar tarde. Mi profesor me ha retenido y luego me he chocado con Zach y, bueno, imagino que puedes figurarte cómo ha ido eso.
No puedo evitar la pequeña sonrisa que asoma a mis labios. —Bueno, tienes la cara intacta, así que ya ha ido mejor de lo que esperaba.
Jamie suelta una risa, rascándose la nuca.
—Sí, debe de haber decidido que no valía la pena magullarse los nudillos por mí.
O quizá ha pensado que un asesinato en público hundiría sus posibilidades en el draft.
—Me mira de reojo, con los labios temblando—.
Por suerte para mí. No es que tenga un gran historial de valer el esfuerzo.
Esa autocrítica me pilla por sorpresa. El Jamie que recuerdo, aunque sea de una noche que, he de admitir, fue algo confusa, y de las historias de Honey, no era precisamente conocido por su humildad.
Señalo las gradas con el pulgar. —Probablemente deberíamos coger sitio. Parece que van a necesitar el campo pronto.
—Sí. —Asiente con rapidez—. Sentarse suena bien.
Abro yo el paso y siento sus ojos en mi espalda durante toda la subida por las escaleras hasta que elijo un sitio cerca del borde. Se sienta a mi lado, dejando un pequeño espacio entre nosotros.
Abajo, en el césped, Zach ya le está enseñando a Ella cómo colocar los pies, y Reese le está lanzando pases en espiral fáciles a una fila de niños que lo miran con adoración.
Y, de repente, me siento… fatal. Ellos están en el meollo del asunto con Ella, y yo tengo a Jamie en el banquillo a mi lado cuando él es su padre.
Se da cuenta de adónde estoy mirando. —Puedo bajar —se ofrece, con la voz baja y un poco vacilante—. Ayudar a recoger balones. Animar a los niños, o puedo quedarme aquí arriba. Lo que le ponga las cosas más fáciles a ella.
El nudo que tengo en el pecho se afloja un poco. —Aquí estás bien.
Su boca se inclina en una pequeña y agradecida casi sonrisa. —Vale.
Nos sentamos juntos mientras observamos a Ella, que se está riendo a carcajadas de algo que ha dicho Zach.
A Jamie le tiembla la pierna tan rápido que puedo sentir la vibración a través de las gradas.
No le digo nada. Me parece un poco cruel, ya que es la primera vez que observa abiertamente a su hija.
—Siento que debería estar ahí abajo —dice al cabo de un momento, con los ojos fijos en ella—. Ganándomelo.
Apoyo suavemente la mano en su rodilla y él gira bruscamente la cabeza en mi dirección, claramente sorprendido. Mantengo el rostro neutral, ignorando el cosquilleo que me sube por el brazo, y digo: —Te lo estás ganando. Haciendo lo que te he pedido.
Su cuerpo se relaja y su mandíbula se destensa. —Cierto.
Vuelve a centrar su atención en el campo, y yo lo observo sutilmente observarla a ella: sin inmutarse, sin mirar el móvil, solo un hombre que absorbe cada segundo.
—Cuando terminen los ejercicios… —digo, más para mí misma—. Cuando paren a beber agua, deberías bajar.
Él exhala, pero mantiene su atención firmemente en Ella. —Estaré listo.
Durante unos minutos, nos sentamos en un silencio cómodo y observamos el juego en el campo. Ella lanza un balón hacia Reese. Le da en la pierna y él finge caerse, pataleando con un drama exagerado. Ella estalla en carcajadas, e incluso Zach esboza una sonrisa antes de lanzarle otro balón.
—Se parece a ti —dice él.
Suelto una risa seca. —Ni de lejos. Es un calco tuyo. —Su mirada me quema en la piel, pero me niego a girarme. Es más fácil mirar el partido que enfrentarme a él—. Tenéis la misma cara. Las mismas mejillas. La misma sonrisa.
—¿Tú crees? —pregunta en voz baja.
Asiento, metiéndome un mechón de pelo detrás de la oreja. —Honey lo dice todo el tiempo, y supongo que ahora lo veo.
Toma una respiración brusca y se reclina en las gradas. —Apuesto a que Honey odia eso.
—No tanto como te piensas —digo, haciéndole esa pequeña concesión—. No está resentida. Al menos, no contigo.
Su boca se abre ligeramente como si quisiera decir algo, pero se lo piensa mejor. Quizá porque sabe que no merece ningún tipo de compasión por parte de Honey. Quizá porque ninguna conversación trivial puede cambiar el hecho de que no sabemos nada el uno del otro, excepto lo que han dicho los demás.
Es curioso. Cuando lo conocí esa noche, Zach aún no se había trasladado a South Point Prep, yo no tenía ni idea de quién era Honey y, sin embargo, todo esto sucedió.
Estábamos conectados antes incluso de que nadie lo supiera, y nuestras amistades también tienen que estarlo.
Es casi como si el destino hubiera estado jugando un juego cruel y retorcido con nuestras vidas.
—Ahora que te veo, me doy cuenta de que mis genes nunca tuvieron la más mínima oportunidad —añado al cabo de un momento, con un tono más ligero mientras intento disipar la pesadez que se instala entre nosotros—. Salió toda una Nicks. Terca y estúpidamente guapa.
Le tiembla la nuez. —Qué va. Esa última parte la sacó de ti.
Y así, sin más, mi corazón da un pequeño y traicionero respingo tras las costillas.
—Y no es una Nicks —añade.
Hay tanto veneno en la forma en que dice «Nicks» que prácticamente siento cómo quema el aire entre nosotros, y de repente lo veo. El peso de haber sido acogido, moldeado como un producto y utilizado como un peón en un legado que en realidad nunca le perteneció.
—Es mía —repite—, no de ellos. No de ese apellido que nunca pedí. Me da igual lo que ponga en los papeles, es mía.
—Jamie… —empiezo, pero él niega con la cabeza.
—Es lo mejor que he hecho en este mundo —dice, todavía centrado en nuestra hija, que ríe—, y no he tenido nada que ver. Puede que se parezca a mí, pero tiene tu corazón y tu fuerza, y es demasiado perfecta para que se la considere una Nicks.
—Tienes razón.
—Gracias por aceptar que la conociera.
—Estuve a punto de no hacerlo. —La honestidad se me escapa antes de que pueda detenerla—. Todavía no sé si es una buena idea.
—No lo es —dice sin dudar. Sigue centrado en Ella—. No para mí, al menos. Mi padre me ha retirado su apoyo. Me lo ha congelado todo. Tarjetas. Fondo fiduciario. Incluso el puto coche que alquilé se lo ha llevado la grúa esta mañana.
Parpadeo, completamente descolocada. —¿Porque estás aquí?
—Porque la elegí a ella.
Su voz es tranquila y mesurada, pero el peso de esa afirmación pende pesado entre nosotros. Ha renunciado a todo por una simple oportunidad. Eso es todo. No le he prometido nada y, aun así, está dispuesto a mandarlo todo a la mierda por si acaso le dejo verla.