The False Start (The Four Quarters Collection 3) 10. Capítulo 10 #2
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10. Capítulo 10 #2

—¿Ah, sí? Porque desde donde estoy yo, suena muchísimo a acoso. Volaste por todo el puto país. Te cambiaste de universidad y ahora te paseas por el campus como si no le hubieras mandado a la mierda toda su vida al acostarte con ella. —Su risa es áspera—. Así que, si no es acoso, ¿cómo lo llamarías?

—Intentar arreglar las cosas.

—Cuatro. Años. Demasiado. Tarde.

Las palabras impactan más fuerte que un puño. Afiladas. Precisas. El tipo de golpe para el que no te preparas, porque no te habías dado cuenta de que te lo merecías hasta que conectó.

—No lo sabía, Evans. Lo de que Tiff se quedó embarazada. Lo de la demanda. Nada de eso.

—Pura puta mierda.

—No lo es. —La voz se me quiebra, y joder, odio lo débil que suena. Solía ser un maestro en mantener la calma, pero últimamente, no consigo ni siquiera soltar una mentira coherente—. Solo me enteré hace seis meses, cuando encontré los archivos en el despacho de mi padre.

Algo cambia en sus ojos. No lo suficiente como para importar, apenas un parpadeo, pero lo pillo. ¿Duda? ¿Reconocimiento? ¿Compasión? No importa. Se va tan rápido como ha venido, engullido por esa fortaleza de asco que ha estado perfeccionando desde el instituto.

—¿Y se supone que debo creerme que el gran Jamie Nicks no tenía ni idea de que su familia estaba intentando borrar legalmente a su propia hija?

Mi móvil vibra una vez más.

Las 15:58.

Joder. No voy a llegar.

—Los abogados de mi familia recibieron los documentos de la custodia.

Lo gestionaron sin decírmelo. —Las palabras me dejan un sabor amargo en la boca.

Suenan patéticas. Débiles. Pero es todo lo que tengo, excusas y un montón de vergüenza envuelta en un acento pijo—.

Cuando le pregunté, me dijo que era solo una cazafortunas intentando sacar dinero a la familia.

La mandíbula de Zach se contrae, rechinando como si fuera lo único que le impide explotar. Me mira fijamente, buscando en mi cara cualquier señal de que estoy diciendo gilipolleces. No la encontrará. He dicho suficientes mentiras en mi vida como para saber cuándo por fin estoy anclado en la verdad.

—Pero había visto su foto contigo y Tiff. La recordaba. La chica que me miró como si yo fuera solo un tío tonto en una fiesta en lugar del heredero de la fortuna de la familia Nicks.

Me gustó. Mucho.

Si no se hubiera ido antes del amanecer, le habría pedido su número.

No sé qué habría hecho con él, ya que Honey y yo todavía éramos técnicamente algo en aquel entonces.

Habría encontrado una manera de usarlo. O tal vez no.

Quizás eso es lo que hace que todo esto sea tan jodido.

Ni siquiera tuve la oportunidad de intentarlo.

Zach niega con la cabeza. —Estás mintiendo.

—No lo estoy. Créeme cuando te digo que nunca renunciaría voluntariamente a mi hija.

Hay silencio. No del que invita a la paz, sino del que hierve a fuego lento, se pudre y espera a explotar. No me cree. Todavía no, pero tampoco me interrumpe, así que sigo.

—¿Sabes cuál es la parte más jodida de todo esto? Ni siquiera sabía su nombre hasta que llegué aquí. Ella. —La garganta se me cierra alrededor de las sílabas—. Es precioso.

Aprieta los puños a los costados. —No te vas a acercar a ella.

Miro el reloj de nuevo. Las 16:01.

Ya la he cagado.

—Creo que eso le toca decidirlo a Tiff —digo, sacando mi móvil y sosteniéndolo para que pueda ver el mensaje—. Quiere quedar conmigo. Hoy. Ahora mismo, de hecho. Llego tarde.

La expresión de Zach parpadea, algo agudo e incierto se desliza en sus ojos mientras lee el mensaje en mi pantalla con el nombre de ella en la parte superior.

Sus rasgos se contraen como si estuviera tratando de averiguar si he hackeado su móvil o la he chantajeado para que respondiera.

Un clásico de Evans: asumir que soy el villano en cada historia.

Para ser justos, tendría razón la mayoría de las veces, pero esta vez se equivoca.

—¿Tiff sabe que estás aquí?

—Le di una carta —digo—. La leyó y quedamos ayer.

El fuego en sus ojos se atenúa, y los entrecierra para ver si estoy mintiendo. Claramente, Tiff no se lo dijo, y se está dando cuenta en tiempo real de que no está tan al tanto como pensaba.

—¿Por qué coño no me ha dicho nada de esto?

Me encojo de hombros, haciendo lo posible por parecer informal mientras mi corazón me martillea en el pecho. —¿Quizás porque sabía que reaccionarías exactamente así?

Me fulmina con la mirada antes de volver a bajarla hacia mi teléfono. —Enséñame ese mensaje.

Le doy el móvil. Que lo lea. Joder, a estas alturas estoy encantado de que revise mis mensajes y los lea todos y cada uno. Ya no tengo nada que ocultar.

Tiff: He leído tu carta. Tenemos que hablar. Mañana a las 12 estaré en el campus de St. Michael, junto al edificio Summers. Espero verte allí. Tiff.

Sin previo aviso, se hace a un lado y adelanta la barbilla. —Vamos.

Parpadeo, pillado por sorpresa. —¿Qué?

—¿Crees que voy a dejar que te reúnas con ella a solas ? Ni de coña. —Se da la vuelta y empieza a caminar, con los músculos tensos, cada paso gritando «no me tientes»—. Voy contigo.

Me quedo ahí parado medio segundo, atónito. —No creo que eso sea lo que Tiff tenía en mente…

—Me importa una mierda lo que pienses —espeta, dándose la vuelta—. ¿Quieres hablar con Tiff? Bien, pero lo harás conmigo delante, o no lo harás.

No es así como me imaginaba este momento.

Ni de lejos. Me imaginaba tartamudeos nerviosos, quizá un abrazo de Ella si tenía suerte.

Lágrimas si no la tenía. No un paseo de la vergüenza con un chaperón y mi antiguo rival taladrándome la nuca con la mirada, pero no estoy en posición de discutir.

No cuando esta podría ser la única oportunidad que tenga.

—Vale —murmuro, poniéndome a su lado, prácticamente trotando para igualar su ritmo.

Estamos a mitad de la explanada, caminando en silencio cuando murmuro, más para mí mismo: —Parece que vamos ante un pelotón de fusilamiento.

Zach no me mira. —Quizá sí.

—Guay, guay. ¿Camino yo delante para que tengas un tiro limpio?

Ninguna respuesta.

Vale, pues.

Hasta aquí llegó el humor para romper la tensión.

Dejo escapar un suspiro seco y mantengo la boca cerrada, mirando al frente mientras la culpa se enrosca con más fuerza en mis entrañas.

No le culpo. Ni por el silencio, ni por la sospecha, ni siquiera por la amenaza en su tono. Me lo he ganado. Todo.

El móvil vuelve a vibrar. No necesito mirar para saber quién es, pero como me gusta el dolor, lo compruebo.

Padre : Acabas de desatar un infierno para esa chica. Espero que estés contento.

Guardo el móvil en el bolsillo sin responder. Que me corte el grifo. Que le grite a sus encimeras de granito sobre el legado y la traición. La única traición que veo es la suya.

Además, esto es más importante que una cuenta bancaria, y por primera vez en mucho tiempo, sé exactamente hacia dónde estoy caminando.