10. Capítulo 10
Jamie
S algo del aula magna con la cabeza hecha un lío y el alma medio destrozada. Mi nueva profesora me ha retenido quince minutos más de lo necesario. Dice que es porque me he incorporado tarde a la clase, así que tengo que ponerme al día. Yo creo que es más probable que me odie.
Sabe que no puedo seguir el ritmo y, lo que es más importante, que no voy a poder aprobar por la cara con el mínimo esfuerzo y el máximo encanto.
Aunque, seamos sinceros, nunca he tenido mucho encanto.
Nunca lo he necesitado, pero ahora, sin nadie a quien pagar para que me tome los apuntes ni los contactos de mi familia, voy a tener que trabajar de verdad.
La idea me resulta tan ajena que casi me da vértigo.
—Y para aquellos que os acabáis de incorporar este semestre —dijo, con un tono más seco que el papel de lija—, os sugiero que redobléis vuestros esfuerzos de estudio para poneros al día. No me repito. No creo en las segundas oportunidades.
Sí. Me cuadra.
Miro el reloj. Las 15:47.
Mierda.
Me quedan trece minutos para cruzar el campus hasta el parque y llegar a la reunión más importante de mi vida. Es mi primera oportunidad real con Tiff, y estoy a punto de cagarla porque la profesora Williams cree que su clase es lo único que importa.
El móvil vuelve a vibrar en mi bolsillo. La quinta vez en una hora. Lo saco mientras corro por la explanada, esquivando por los pelos a un paseador de perros, a un chaval en monopatín y a un grupo de estudiantes tumbados en el césped.
Siento que cada obstáculo intenta bloquear a propósito mi camino hacia mi destino, recordándome que quizá no sea suficiente aquí.
Padre : Tus cuentas han sido congeladas. Tus tarjetas dejarán de funcionar al final del día de hoy. Esta es tu última oportunidad para entrar en razón.
Genial. Putamente genial. Otra vibración.
Asher : Tío, tienes que llamarme lo antes posible.
Vuelvo a meterme el móvil en el bolsillo, acelerando el paso. Sabía que esto iba a pasar, y lo esperaba desde que le di a enviar a la solicitud de traslado y mi madre me llamó, pero la realidad sigue golpeando como un puñetazo a traición.
Estoy sin blanca. O al menos lo estaré muy pronto.
El dinero que he conseguido esconder me durará unos seis meses, menos si me quedo en un hotel más tiempo, pero nada de eso importa ahora. Lo que importa es llegar a ese parque, a tiempo, y con pinta de tener las cosas bajo control por una vez en mi lamentable vida.
La cara de Zach Evans se burla de mí desde cada maldito rincón. Está en pósteres, pancartas, incluso en una puta figura de cartón en el escaparate de la librería del campus por la que paso corriendo, y en cada una de las fotos, me sonríe, mofándose del lío en el que me he metido.
« Mira quién está ahora mendigando atención, pichacorta ».
Es lo único que oigo cuando veo su foto, y me sorprende no habérmelo encontrado todavía.
No es que odie al tío. En realidad, no. Claro, fui un gilipollas monumental con él en el instituto, y con Honey, ya puestos, pero me odiaba más a mí mismo.
Descubrir que era adoptado no fue lo que más me mató.
Fue la forma en que lo ocultaron. La forma en que se suponía que nunca debía saberlo, y que mi padre simplemente esperaba que me recuperara sin más.
¿Me arrepiento de cómo me comporté en el instituto?
¿Acaso no nos arrepentimos todos? Pero el arrepentimiento no cambia nada.
No cambia el hecho de que engañé a la única persona a la que de verdad parecía gustarle.
No cambia el hecho de que Zach Evans probablemente me quería muerto antes de que dejara embarazada a su prima.
Quién sabe qué coño querrá hacerme ahora que he vuelto a entrar voluntariamente en su vida.
Otro mensaje vibra en mi bolsillo. No necesito mirar para saber que es o mi padre amenazando con desheredarme o Asher intentando hacerme entrar en razón. Ninguno de los dos va a funcionar. No cuando estoy tan cerca.
Atravieso el césped, tomando un atajo por el edificio de humanidades, cuando una figura gigantesca se interpone directamente en mi camino, bloqueando la luz del sol como un eclipse humano.
—¿Nicks? ¡¿Qué coño…?!
Zach Evans se queda helado a tres metros de mí, con cara de haber visto un fantasma o, peor…, a mí. El tiempo se detiene cuando nuestras miradas se cruzan. Aprieta la mandíbula con tanta fuerza que casi puedo oír sus dientes rechinar desde aquí mientras cierra las manos en puños a los costados.
Por una fracción de segundo, considero echar a correr, pero ya he terminado con eso. Estoy harto de esconderme detrás de mi apellido y de dejar que otros sientan el dolor y las consecuencias de mis actos. Voy a dar la cara por una vez.
—Evans —digo, con la desafortunada necesidad de carraspear al final—. Cuánto tiempo.
—¿Qué coño haces aquí? —Da un paso adelante.
Le dedico una sonrisa tensa. —Vaya, Chico Becado, tu vocabulario se ha reducido drásticamente desde que llegaste a la universidad. Supongo que es lo que pasa cuando vas a un sitio como St. Michael’s.
Sus dientes rechinan mientras aprieta los puños a los costados.
Hay que admitir que, en el instituto, Zach y yo estábamos mucho más igualados en tamaño y estatura.
¿Ahora? Bueno, hasta yo puedo reconocer que Evans claramente ha estado comiendo muchas proteínas.
El tío está cachas y, por mucho que no debiera decir nada para provocarle, no puedo evitarlo.
Es el tipo de relación que tenemos.
—Voy a preguntártelo una vez más. ¿Qué coño estás haciendo aquí? —Su voz es tensa y su cara está roja.
Tomo la decisión ejecutiva de dar un paso atrás, porque si bien no diría que mi cara es perfecta, me gusta bastante cómo se ve ahora, tras la rinoplastia, cortesía de uno de nuestros encantadores encontronazos del instituto.
Miro el reloj. Las 15:52. Mierda.
—Mira, Evans, me encantaría ponerme al día, pero llego tarde a algo importante.
—El único sitio al que vas a llegar corriendo es de vuelta a donde coño hayas venido.
Abro los brazos, señalando el campus que nos rodea. —Solo estoy aquí para recibir una educación. Igual que tú.
Sus ojos se entrecierran, y la sospecha se refleja en sus facciones. —Te has trasladado. A St. Michael’s.
No es una pregunta, pero respondo de todos modos. —Empecé esta semana.
—¿Por qué? —La única palabra carga con el peso de años de hostilidad.
Por un instante, considero mentir. Inventarme alguna gilipollez sobre los programas de fútbol o la excelencia académica.
Ya sabes, para tomarle un poco el pelo. Hacerle pensar que mi lamentable culo ha podido de alguna manera comprar su regreso a su equipo.
Pero ¿por qué iba a hacer eso ahora? Él me odia, y ese pequeño hecho no va a ayudarme a ganarme el favor de Tiff.
Ella es la única persona que me importa en este momento porque es quien tiene a mi hija en sus manos.
Así que, en cambio, opto por la verdad, pensando que eso podría abrir las líneas de comunicación.
—Estoy bastante seguro de que puedes adivinar por qué estoy aquí.
Gruñe. Vale, quizás debería haber empezado con una disculpa y una cesta de frutas. He oído que le gustan las fresas.
—Aléjate de ella, JODER.
Oh, hemos vuelto a ese Zach. El que usa la palabra «joder» en cada frase como si fuera un signo de puntuación.
—¿De quién? —digo, mi boca moviéndose antes de que mi cerebro lo apruebe—. ¿De tu novia? ¿O de tu prima?
La sonrisita se dibuja en mi cara sin permiso, mi configuración por defecto cuando me siento acorralado. Decir algo de mierda, actuar como si no me importara, fingir que la culpa no me ha estado carcomiendo durante años.
Zach da un paso amenazador hacia delante, sus músculos se tensan como si estuviera a punto de estamparme contra la pared más cercana, pero entonces se detiene. Su mandíbula se contrae y niega con la cabeza, conteniéndose.
—No tienes ni idea de las ganas que tengo de redecorarte la cara ahora mismo —dice, con la voz inquietantemente tranquila—. Pero a diferencia de ti, yo sí tengo algo que perder.
Señala vagamente una pancarta cercana con su cara pegada por todas partes, con el logo de alguna bebida deportiva flotando junto a su sonrisa perfecta. Ah, ¿y he olvidado mencionar que está sin camiseta? Sí, siempre sin camiseta.
—Contratos NIL. Patrocinios. Un futuro. —Entrecierra los ojos—. Cosas que no voy a tirar por la borda por la satisfacción de hacerte saltar los putos dientes.
Y odio lo que me escuece eso. No la amenaza.
El hecho de que no la vaya a cumplir, porque quizá quiero que me pegue.
Quizá lo necesito . Porque tal vez si lo hiciera, podría fingir que somos iguales.
Solo dos tíos intentando sobrevivir a la ruina en la que nacimos, y que de alguna manera, yo sería redimible.
Pero no somos iguales.
Él es mejor hombre. Siempre lo ha sido.
Él es el héroe de esta historia. Yo solo soy la lamentable excusa de villano.
Cuidó de una niña, de mi niña, cuando no tenía dinero ni recursos para hacerlo. Protegió a Tiff de mi padre.
Yo tenía el dinero y las opciones y no hice absolutamente nada.
No, Zach Evans es todo lo que yo debería haber sido.
Las 15:56. Joder. Voy a llegar tarde.
—Tienes una cara de cojones para aparecer por aquí. —Su voz es baja pero amenazante—. Acosando a mi prima después de lo que le hiciste pasar a nuestra familia.
Nuestra familia.
Me golpea más fuerte de lo que esperaba; esta verdad silenciosa que he estado esquivando durante meses. Zach. Honey. Tiff. Ella. Son una familia. Uno por uno, les he fallado a todos. ¿Y mi padre? No solo encendió la cerilla, se aseguró de que yo me quemara entre los escombros.
Me froto la nuca. —No la estoy acosando. —Sí que lo hago, pero ¿es acoso si ella sabe que estoy aquí y le di un sobre rosa brillante con el nombre de mi hotel y mi número de teléfono dentro? Eso es solo… sinceridad agresiva. Como mucho, romanticismo ligeramente desquiciado.