The False Start (The Four Quarters Collection 3) 9. Capítulo 9
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9. Capítulo 9

Jamie

E l banner de notificación se desliza por mi pantalla justo cuando estoy cruzando el campus hacia el edificio Summers.

Asher: Tío. Tu padre acaba de recibir el aviso de la transferencia. Estaba en el campo de golf con él cuando le ha llegado.

Se me cae el alma a los pies.

Asher: Tendrías que haberle visto la cara. Se ha puesto morado. He pensado de verdad que le iba a dar un parraque en el hoyo nueve.

Asher: Ha tirado el móvil a la trampa de arena. Ha tenido que pescarlo mientras todo el mundo fingía no mirar.

Asher: Sinceramente, ha sido bastante entretenido. Pero también aterrador. Como ver un volcán dándose cuenta de que está a punto de entrar en erupción.

Freno el paso, leyendo los mensajes dos veces.

Una parte de mí quiere sentirse culpable; la parte que pasó dieciocho años intentando ser el hijo que ellos querían.

La otra parte, la que se ha ido despertando poco a poco desde que encontré aquellos documentos a los dieciséis años, no siente más que alivio.

Llega otro mensaje, pero este no es de Asher.

Padre: Has tomado tu decisión. No esperes que yo limpie el desastre cuando esta pequeña rebelión tuya implosione.

Padre: Y mantente alejado de esas chicas. Este es tu último aviso antes de que las cosas se pongan realmente feas.

Aprieto la mandíbula mientras lo leo de nuevo. Esas chicas. Como si Tiff y Ella fueran accesorios en algún juego. Las trata como si fueran obstáculos que eliminar en lugar de personas a las que yo...

La verdad me golpea antes de que pueda terminar el pensamiento.

Personas que me importan. Personas a las que quiero conocer. Personas que merecen algo mejor de lo que mi familia las hizo pasar.

Borro el mensaje sin responder y me guardo el móvil en el bolsillo.

Se acabó jugar según sus reglas. Se acabó dejar que él dicte mi vida. Lo he dejado todo por esto; por la oportunidad de ser alguien diferente.

Alguien digno de la chica que me espera al otro lado del campus.

El corazón me martillea contra las costillas, una energía nerviosa de la que no puedo librarme. Es el momento. Mi única oportunidad para explicarlo todo. Para hacerle entender que no soy el enemigo, aunque mi apellido diga lo contrario.

Los estudiantes pasan en grupos, riendo y hablando, completamente ajenos al hecho de que mi mundo entero está a punto de abrirse o de hacerse añicos por completo.

Y entonces la veo.

Por un momento, me quedo allí parado, observando a Tiff desde la distancia.

Es hermosa de la forma más sencilla: sin maquillaje, con el pelo recogido en una coleta desordenada, con vaqueros y una sudadera descolorida que probablemente ha visto tiempos mejores.

Está sentada en un banco, mirando un libro de texto, con el ceño fruncido por la concentración, totalmente ajena a mi presencia.

Esta es mi oportunidad para explicarlo todo. Para hacerle entender por qué mis padres van a por Ella. Para darle una razón para confiar en mí, aunque sea un poco.

Me acerco despacio, sin querer asustarla. Levanta la vista cuando estoy a unos metros, y su expresión se vuelve precavida al instante.

—Hola —digo suavemente mientras me acerco.

Ella levanta la vista, cerrando el libro de texto pero manteniendo el dedo entre las páginas para marcar el lugar. —Has llegado a tiempo. Me sorprende.

—Puedo ser puntual cuando importa. —Me quedo allí parado con torpeza, sin saber si debería sentarme. —Gracias por escribirme.

Señala el espacio a su lado. —Siéntate. Quiero hablar contigo.

Me acomodo en el banco, con cuidado de dejar espacio entre nosotros. Su expresión es cautelosa, pero me ha pedido que venga, lo cual tiene que significar algo.

—¿Dónde está Ella hoy? —pregunto, con la esperanza de empezar con algo neutral.

Su postura se tensa de inmediato. —No es asunto tuyo.

Eso no ha sido nada neutral, idiota.

—Cierto. Lo siento. —Me paso una mano por el pelo, sintiendo cómo la frustración crece en mi pecho. —No pretendía molestarte.

Aprieta los labios mientras me lanza una mirada fulminante.

¿Estoy sudando? Ciertamente me siento como si lo estuviera.

Joder, esto es peor que hablar con Honey. Tengo que serenarme.

—Tiff —empiezo, aclarándome la garganta—. Sé que no tienes motivos para confiar en mí. Lo entiendo. Fui un capullo hace cuatro años, y mi familia no ha sido más que una pesadilla para ti desde entonces.

Ella no dice nada, pero su silencio parece una confirmación.

—Pero hay algo que tienes que saber —continúo—. Sobre mis padres. Sobre por qué están tan empeñados en deshacerse de Ella.

Eso capta su atención. Gira la cabeza bruscamente hacia mí, entrecerrando los ojos. —¿De qué estás hablando?

Respiro hondo, recomponiéndome. Las palabras pesan en mi lengua, densas y desconocidas, esperando ser pronunciadas por primera vez. —Ella es un problema para ellos porque no es una Nicks.

Tiff deja escapar un suspiro de fastidio. —Bueno, desde luego no la hice yo sola. —Sacude la cabeza con irritación y mira hacia otro lado—. ¿Crees que no sé ya que no la reconocen?

Niego con la cabeza, molesto por estar metiendo la pata de esta manera. —No. Tienes razón. No me refería a eso. Me refería a que la prueba de ADN...

—Demuestra que es tuya. —La voz de Tiff es temblorosa; sus ojos están oscuros e implacables. Lo noto. Está lista para hundirme si lo necesita y, joder, es hasta sexy. No es que deba estar pensando en eso ahora mismo—. Es cien por cien hija tuya.

—Tienes razón. —Sostengo su mirada directamente—. Es mía , pero yo no soy de ellos. Al menos no biológicamente.

Su expresión cambia del desconcierto a la incredulidad. —¿Qué?

Cierro los ojos, tomando aire como si eso fuera a hacerlo más fácil. Entonces lo suelto. —Soy adoptado, Tiff.

Silencio. La palabra queda suspendida entre nosotros mientras dejo que las repercusiones calen.

Es curioso, esperaba sentir vergüenza y bochorno al admitirlo.

Nunca se lo he contado a nadie más, pero no siento vergüenza.

Casi siento alivio de que por fin alguien esté dispuesto a escucharme.

—Se suponía que nunca debía saberlo. Quemaron el rastro de documentos y enterraron cada pizca de prueba que necesitaba para confirmarlo.

Me mira fijamente y, por primera vez hoy, veo algo que no es dureza. Pena, o tal vez estoy proyectando. Probablemente solo sea confusión.

—Pe... pero eso no tiene sentido.

—Lo tiene cuando te das cuenta de que mi abuelo es un pirado que le dio un ultimátum a mi padre.

Ten un hijo antes de los treinta y quédate con el imperio.

—Mi voz no tiene emoción, pero mis nudillos están blancos sobre mis rodillas—.

Mi padre es estéril. Seguían queriendo el dinero, así que me compraron un apellido.

—Te compraron —suelta Tiff antes de tomar aire como si eso fuera a retirar lo dicho. Desvía la mirada hacia sus propias manos, y añade en voz baja—: Haces que parezca una transacción.

—Lo fue —digo, odiando lo amargo que sueno.

¿Tuve una mala infancia? No. Me criaron con todo lo que podía pedir, pero siempre sentí que faltaba algo.

Como si tal vez hubiera algo más en mi vida que simplemente casarme con Honey y hacerme cargo del bufete de abogados.

Nunca hice preguntas; simplemente apoyaba todo lo que mi padre quería porque eso era lo que pensaba que haría un buen hijo.

Fue solo después de encontrar el único papel que quedaba —mi certificado de nacimiento real— cuando me di cuenta de la verdad.

Ahí fue cuando todo empezó a cobrar sentido.

El sentimiento de estar solo estando rodeado de gente, la razón por la que estar en esta familia no me resultaba natural...

todo estaba allí, en ese trocito de papel.

—Hubo un contrato. Mi madre adoptiva fingió un embarazo.

—Suelto una risa seca—. Se pasó un año en Italia y volvió conmigo, su heredero.

Lo único que necesitaban para asegurarse de que podrían comprar el bufete de mi padre.

—Me río, pero es una risa baja y fea porque esto no tiene ninguna gracia. Ridículo, sí, pero no tiene gracia.

Sus dedos juguetean con la esquina de su libro de texto y dobla el borde, enrollándolo suavemente. —¿Y por eso no querían que supieras lo de Ella?

—Sí. —Me giro para mirarla de frente ahora—. La prueba de ADN demuestra que es mía, lo que a su vez demuestra que yo no soy de ellos. Nunca ha sido por la custodia. Ha sido por el control, y la necesidad desesperada de evitar que cualquiera de nuestros parientes o mi abuelo descubra la verdad.

Tiff abre la boca como si fuera a decir algo, pero no sale nada. En su lugar, cierra el libro de texto de un golpe y lo aprieta contra su pecho. —¿Te das cuenta de lo loco que suena todo esto, verdad?

—Sí. —Me inclino hacia delante, apoyando los codos en las rodillas—. Sé exactamente cómo suena. Melodramático e increíble; joder, si me hubieras contado algo de esto la noche antes de conocerte, me habría reído en tu cara.

—¿Antes de conocerme?

—Sí. Estaba... estaba en un mal momento aquella noche.

Acababa de encontrar mi certificado de nacimiento real, que confirmaba que mis padres me habían estado mintiendo toda mi vida, y ya nada tenía sentido.

Nada, excepto tú. —Ella inspira bruscamente, pero si he aprendido algo en estos últimos meses, es que esta podría ser la única vez que realmente pueda decir algo, así que no me detengo—.

Conocerte fue lo primero en mucho tiempo que sentí real.

Mi mundo dejó de dar vueltas el tiempo justo para dejarme respirar.

Sus ojos se agrandan un poco y traga saliva, pero no dice nada.

El silencio se alarga y, cuando me doy cuenta de que no va a decir nada, me paso una mano por el pelo y dejo que salga mi siguiente confesión. —Fuiste la primera chica con la que engañé a Honey.

Tiff suelta un bufido y el labio se le curva muy ligeramente. Probablemente acabo de cargarme todo el progreso que había hecho, pero estoy cansado de esconderme detrás de alguien que no soy. Soy un puto desastre, pero quiero ser mejor por ella.

—Te habías ido cuando me desperté —continúo—, y me volví amargado.

Enfadado, incluso. Conocerte y estar contigo me hizo darme cuenta de lo superficial que era todo.

Todo era una mentira, y me dejó de importar la vida de niño de oro que se suponía que debía cargar.

Le hice daño a Honey porque era más fácil incendiar la vida que mi familia planeó que admitir que ya estaba arruinada.

—Hago una mueca, con el estómago revuelto—.

Joder, le hice mucho daño, y no me hizo sentir mejor.

Miro al suelo, a mis manos, a cualquier sitio menos a su cara. —Salté de cama en cama, buscando a alguien, a quien fuera, que pudiera hacerme sentir aunque fuera la mitad de lo que sentí contigo. Nadie estuvo ni de lejos a la altura.

Hago una pausa, dándome cuenta de todo lo que le acabo de soltar de golpe. —Sé que te estoy soltando todo esto a la vez. Pero prefiero que lo sepas todo ahora —lo peor— que que te enteres más tarde de que todavía estaba ocultando mierdas. He terminado con las mentiras.

Eso la pilla por sorpresa. Sus hombros se relajan y sacude la cabeza.

—¿Me estás diciendo que yo fui la primera? —Su voz es queda, pero tiene un toque de dureza—. ¿Y esperas que me alegre por eso?

—No. —Me muevo en el asiento—. No espero que te alegres por nada de esto. Espero que me odies. Yo me odiaba. Todavía lo hago. Hice que todo saltara por los aires e hice daño a personas que no se lo merecían solo para intentar llenar un vacío en mi pecho que no desaparece.

Sus ojos recorren mi rostro, buscando la mentira, y sea lo que sea lo que ve allí, hace que su mandíbula se tense. —Mierda, Jamie... —murmura.

Me arriesgo y le cuento más de mi verdad. —Eres lo único que he sentido real en mi vida. Aquella noche, rompiste algo dentro de mí y he estado buscándolo desde entonces. Nunca lo encontré porque creo que eres tú. Creo que tú eres la familia que me ha faltado.

Se queda en silencio un momento y sé que he ido demasiado lejos, pero no me arrepiento.

Tiff traga saliva, con sus ojos fijos en los míos.

—No sé qué decir.

Baja la mirada durante medio segundo, y luego vuelve a mirarme.

—No pretendía molestarte. Solo necesitaba que entendieras de dónde vengo. Voy a luchar por esto.

Ella no habla. Solo me observa.

—Voy a luchar por ti y por Ella. —Me detengo, buscando las palabras adecuadas—. Sé lo que es sentirse perdido y no tener a nadie que luche por ti. No voy a dejar que vuelvas a luchar sola nunca más.

Se le entrecorta la respiración y siento que el aire cambia entre nosotros.

Ahora es denso y está cargado. Su mirada baja a mi boca por una fracción de segundo.

Luego exhala despacio. No sé cómo sucede, pero hay un momento en que empieza a inclinarse hacia mí, lo suficientemente cerca como para que su aliento roce mi boca.

No me muevo; solo la observo y finjo que el corazón no se me va a salir del pecho.

¿Va a besarme?

Entonces se aparta. Sus muros vuelven a levantarse y se aclara la garganta.

—Te dejaré conocerla.

Tardo un segundo en procesar sus palabras porque mi cabeza todavía está dando vueltas por haber estado a punto de besarla de nuevo.

—¿Q-qué?

—¿Quieres una oportunidad? —Me mira, con ojos afilados pero no huraños—. Entonces puedes venir al fútbol infantil mañana. Jugabas al fútbol con Zach, ¿verdad?

Consigo esbozar una sonrisa torcida, intentando recuperar el aliento. —Creo que ambos sabemos que yo calentaba el banquillo.

—Lo que sea. —Se levanta, colgándose la bolsa al hombro—. Serás mejor que yo. Eso es lo importante. Pásate por allí. No hagas el ridículo y veremos si vales la pena.

La sencillez de la oferta —esta frágil rama de olivo— casi me tumba. —Allí estaré —prometo—. No te arrepentirás.

Aprieta el agarre de su bolsa. —No hagas promesas que no puedas cumplir, Jamie. He tenido bastantes de esas para que me duren toda la vida.

Asiento, sintiendo el peso de su advertencia en mi pecho. —Nada de promesas. Solo hechos a partir de ahora.

—Hechos —repite ella—. A partir de mañana. A las cuatro. No llegues tarde.

La veo alejarse, con paso decidido y los hombros rectos. Solo cuando desaparece por el campus me permito exhalar, con una mezcla de esperanza y terror arremolinándose en mi pecho.

Una oportunidad. Eso es todo lo que tengo y, esta vez, voy a hacer que cuente.