7. Capítulo 7
Jamie
N o soy nadie.
Al menos así es como me siento al caminar por el campus de St. Michael’s. Los estudiantes pasan a mi lado a empujones sin dedicarme ni una mirada mientras yo observo con odio el mapa de mi móvil, intentando adivinar dónde demonios está la oficina de admisiones. Tarea número uno del día, al menos.
Tarea número dos: evitar que mi padre se dé cuenta de a qué fondo fiduciario le he metido mano.
Tarea número tres: evitar que descubra dónde estoy una vez que lo haga.
Me voy a trasladar.
Anoche, mientras estaba atrapado en mi cutre habitación de hotel viendo reposiciones de The Baseball Bachelor, finalmente exploté. No he venido aquí para ver cómo un idiota que juega para los Carolina Catfish elige entre tres mujeres que parecen exactamente iguales.
He venido aquí para tomar las riendas de mi vida. He venido aquí por Ella. Por Tiff, aunque ella no quiera que esté.
Me niego a ser un padre ausente o a esconderme tras las excusas que siempre inventan para mí.
Ahora soy padre, y tengo que empezar a actuar como tal.
Por eso anoche le di al botón.
Inicié el traslado a St. Michael’s, y ahora esta reunión lo hará oficial.
¿Es una temeridad? Puede ser.
¿Podría salirme todo el tiro por la culata? Casi con total seguridad, pero tengo que intentarlo.
Otro estudiante me empuja al pasar y, cuando otro más pasa a mi lado, me aclaro la garganta.
—Disculpa —le digo, pero la chica no se detiene. Lleva los Airpods en las orejas e intenta ver algo en su móvil, así que no tiene ni idea de que estoy aquí.
Es curioso, si estuviera en Southern Collegiate, la gente se desviviría por ayudarme.
Aquí, nadie quiere nada de mí. Nadie menciona mi apellido antes que mi nombre.
No hay miradas persistentes de chicas intentando llamar mi atención.
A todos los efectos, soy invisible, y aunque eso dificulta encontrar la oficina de admisiones, resulta jodidamente liberador.
Puede que me quede sin blanca y sin amigos, pero prefiero eso a la presión constante de intentar estar a la altura de alguien que no soy y que sé que nunca seré.
Vuelvo a mirar el mapa y sigo el sendero cuando la cara de mi madre llena la pantalla.
Me está llamando.
Es su quinto intento esta semana y considero dejar que salte el buzón de voz, pero no puedo. El remordimiento por ignorarla llega con más fuerza cuando me está mirando directamente.
Me pongo un auricular y acepto la llamada, manteniendo el teléfono frente a mí para poder usar el mapa.
—¿Dime?
—¿Jamie? —Su voz no suena aliviada. No. Suena tensa y molesta—. ¿Dónde estás? Tu padre ha estado intentando localizarte las últimas dos semanas. Has desactivado la aplicación de ubicación y no has gastado ni un céntimo con tu tarjeta de crédito.
Sí, no me digas, Sherlock. Usar cualquier cuenta bancaria con el nombre de mi padre sería la forma más rápida de que me rastreara.
—¿Estás en Francia? Pensamos que podrías haberte escapado de la ciudad e irte de vacaciones con Thatcher, pero él sigue en la facultad y afirma no tener ni idea de dónde estás.
Gracias, Asher. Siempre supe que podía contar contigo.
Es evidente por su tono que no se cree a Asher. No puedo culparla. El chaval ha metido la pata tantas veces que, incluso cuando dice la verdad, suena a mentira.
Me detengo cerca de un roble imponente y sonrío al ver el cartel de «Servicios al Estudiante» sobre el edificio que tengo enfrente. Exactamente donde tengo que estar.
¿Ves? ¿Quién coño necesita ayuda cuando puedes encontrar las cosas por ti mismo?
Apoyado contra el roble, pienso en qué debería decirle a mi madre. Ya he tramitado el traslado. He pagado la matrícula de los próximos dos años —algo que claramente aún no han visto— y, a todos los efectos, ya me he trasladado.
Ya no pueden hacer nada para detenerlo, así que decido decirle la verdad.
—Estoy en St. Michael’s. Llevo aquí las últimas dos semanas.
—¿En St. Michael’s? ¿Qué demonios haces allí? ¿Intentas volver con Hunniford?
¿Honey?
Vaya. Incluso después de todo esto, siguen intentando forzar el asunto entre mi ex y yo.
—No —suelto con desgana—. No es por eso por lo que estoy aquí. —Lo digo casi como una provocación.
¿Sabrá que Tiff está aquí?
Estoy bastante seguro de que mi padre lo sabe por la demanda que ha estado usando contra ella para conseguir lo que quiere, pero ¿se lo ha dicho a mi madre?
—Jamie. No tengo tiempo para esto. ¿Qué estás haciendo?
Parece que no lo ha hecho, y no quiero quitarle ese gusto.
—Solo pasando el rato. —No es mentira, ya que eso es literalmente todo lo que he estado haciendo.
Hay un momento de silencio. —Esto ha durado ya bastante, ¿no crees? Tu padre está dispuesto a olvidar esta… rebelión si vuelves a casa ahora. Tus clases en Southern Collegiate empiezan en una semana. Si quieres, podemos echar a Hunniford de las prácticas. Era tu plaza...
—No voy a volver.
Las palabras salen más fuertes de lo que esperaba, cargadas de convicción. Es la primera vez que las digo en voz alta —a ellos, a mí mismo— y me siento como si hubiera dado un paso más en mi supuesta racha de libertad.
—Ni ahora, ni nunca.
Ella contiene el aliento bruscamente. —Jamie. —Ahí está ese tono. El mismo tono suave y desesperado que usaba cuando me coaccionaba para que viera las cosas a su manera—. Por favor, vuelve a casa. Esto es una vergüenza para el nombre de la familia.
Aprieto los dientes.
¿El nombre de la familia? Tiene narices que lo diga ella. Después de lo que le hicieron a Tiff. De lo que me hicieron a mí.
—El nombre de la familia —la interrumpo— sobrevivirá sin mí.
—No quería tener que decir esto, pero esta rabieta ya no es solo por ti, Jamie —hay un atisbo de desesperación en su voz—. Tu padre... no lo está llevando bien. Hace días que no duerme. Por favor, Jamie. Vuelve a casa. Podemos solucionar esto.
Que no lo está llevando bien. ¿Cómo demonios pensaba que se lo tomó una madre adolescente cuando él le entregó los malditos papeles judiciales?
—¿Qué hay que solucionar? No pienso trabajar en su infierno de empresa. No voy a volver para fingir que soy el heredero perfecto de los Nicks.
—Cuida ese lenguaje —me regaña automáticamente y luego suspira—. Es complicado, Jamie. Él se preocupa por tu futuro. Por la vida que hemos planeado para ti.
—La vida que vosotros habéis planeado para mí —la corrijo—. No es la que yo quiero.
—¿Y qué es lo que quieres, Jamie? ¿Tirar por la borda tu educación? ¿Tu herencia? ¿Todo por lo que hemos trabajado? ¿Para qué?
—Todavía no lo has adivinado, ¿verdad? —pregunto, asombrado.
Ella guarda silencio un segundo y juraría que casi la oigo llegar a la conclusión correcta.
—Oh, estás bromeando, ¿verdad? ¿Estás montando esta rabieta por una chica a la que apenas conoces y su hija?
La forma despectiva en que se refiere a Tiff y a Ella hace que me hierva la sangre, pero al menos lo ha atado todo. —Son mi familia —digo, recalcando cada palabra con firmeza—. Mi familia de verdad .
—¡ Nosotros somos tu familia! —insiste ella, con el dolor filtrándose a través de su tono controlado—. Siempre hemos sido tu familia.
—Pues actúa como tal —replico—. Apóyame. Respeta mis decisiones. Déjame vivir mi vida. Me quedo aquí con mi hija. Eso no es negociable. Si tú y mi padre no queréis tener relación conmigo por eso, salís perdiendo vosotros.
Eso la hace detenerse y la oigo soltar un suspiro de incredulidad.
—Apenas las conoces —dice en voz baja—. Son unas desconocidas para ti.
—Pronto dejarán de serlo —digo—, pero si eso es todo, me tengo que ir. Tengo asuntos que gestionar.
—Jamie, espera...
Cuelgo antes de que pueda terminar, sin sentir ni una pizca de culpa. Ya no me importa. Pueden decir o hacer lo que les dé la gana; no cambiará mi decisión.
Estoy aquí y no me voy a ir hasta que Tiff me diga que no me quiere.
Me meto el móvil en el bolsillo y me dirijo directamente a servicios al estudiante. Justo cuando voy a coger el pomo de la puerta, oigo un sollozo ahogado.
La curiosidad me puede y me asomo, sorprendido por lo que veo.
Honey está sentada en un banco a un lado de la entrada. No me ha visto. Está demasiado ocupada mirando algo en su móvil. Su pelo oscuro le cae sobre la cara y sus hombros se agitan tan levemente que la mayoría de la gente no notaría que está disgustada.
Yo sí me doy cuenta.
Lo he visto antes, más veces de las que quiero admitir. Está reprimiendo las lágrimas, haciendo todo lo posible por mantener la compostura. Por eso está aquí, sola en una de las partes más tranquilas del campus. No quiere que nadie la vea así.
Me hormiguean los dedos y me invade la necesidad de consolarla de la misma forma que hacía cuando éramos niños. Siempre le cogía la mano para que supiera que no estaba sola. Que nuestros padres eran terribles y que superaríamos esto juntos.
Excepto que yo rompí esa promesa.
Perdí el privilegio de consolar a una de mis mejores amigas cuando la engañé con Tiff. Lo peor de todo es que sabía exactamente lo que estaba haciendo. Ya no quería formar parte del legado Sanderson/Nicks, así que hice que ese futuro fuera imposible de alcanzar para ninguno de los dos.
No me arrepiento. Honey nunca fue mía, y nunca me correspondió a mí consolarla.
Por mucho que me cueste admitirlo, ella siempre debió estar con un chico como Zach. Él lucharía por ella y demostraría que es digno de estar a su lado.
Hablando de él, ¿dónde está?
¿No debería estar aquí consolándola?
Tal vez él sea la razón por la que está disgustada. No, está demasiado obsesionado con ella como para hacerle daño alguna vez.
Seguro que viene de camino para ayudarla. A ese hombre le encanta arreglar desaguisados. Él crió a mi hija mientras yo fracasaba en el equipo juvenil y hacía trampas durante el instituto. Tiene todo el derecho del mundo a darme una paliza en cuanto me vea y, conociéndolo, probablemente lo hará.
Así que, con reticencia, me aparto de Honey y de sus lágrimas —otra persona a la que he fallado, otra relación que he destruido— y entro en el edificio, con la esperanza de estar haciendo por fin algo bien en mi vida.