The False Start (The Four Quarters Collection 3) 2. Capítulo 2
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2. Capítulo 2

Tiff

M ierda. Mierda. Mierda.

Esto no puede estar pasando, ¿verdad?

Doy un portazo y me apoyo de espaldas contra la puerta por si intenta entrar.

Está aquí.

Jamie Nicks.

El hombre al que he visto una sola vez en mi vida. El padre de lo mejor que me ha pasado nunca está en el umbral de mi puerta con flores, como si esperara para llevarme al baile de fin de curso en lugar de aparecer cuatro años tarde.

El corazón me late tan deprisa que parece que se me vaya a salir del pecho.

¿Qué demonios hace aquí?

Gimiendo, me deslizo hasta el suelo y me abrazo las rodillas contra el pecho mientras el sudor me eriza la nuca.

¿Cómo demonios nos ha encontrado?

Me mudé a otro estado en cuanto se confirmó que su familia retiraba la demanda. Cambié de número de teléfono y de correo electrónico una vez que todos acordamos comunicarnos a través de mi abogado. Se suponía que eso era todo.

Se suponía que nunca más volvería a saber de ellos.

Toc. Toc. Toc.

Casi doy un respingo al oírle moverse en el porche.

¿Por qué no se ha ido todavía? ¿Cerrarle la puerta en las narices no le deja suficientemente claro lo que pasa aquí?

Aprieto la frente contra las rodillas, intentando respirar para superar la oleada de pánico que me marea y me recorre el cuerpo.

—Vete —susurro, sintiéndome tan pequeña como la última vez que lo vi. Estaba calentando banquillo en los partidos del último año de mi primo Zach.

La misma sensación de pavor se filtra en mi interior. El día en que me di cuenta de que le importaba tan poco que me dio el nombre de otra persona justo antes de que perdiera la virginidad con él.

Oigo el suspiro de Jamie a través de la puerta, lo que confirma que no es una pesadilla retorcida que mi cerebro se ha inventado. Está aquí en carne y hueso.

Pero ¿por qué? ¿Por qué ahora?

—¿Quién era, mami? —pregunta mi preciosa Ella, su voz me devuelve a la realidad. Va vestida con su disfraz de la princesa Blanca, el tercer día que se lo pone, y parece tan inocente teniendo en cuenta lo que acaba de pasar.

La ha visto y, en esos breves y fugaces segundos de contacto visual, he sentido como si alguien me hubiera metido la mano en el pecho y me hubiera arrancado un trozo del alma.

Se ha encontrado cara a cara con su padre, y tiene su cara. Su sonrisa. Su maldita barbilla.

Y ahora él lo sabe.

La conexión que he pasado años temiendo, rezando por poder evitar, se ha producido, y no hay vuelta atrás.

¿Va a usar esto en mi contra? ¿Utilizarla contra mí como si fuera una pistola cargada? Ella no se merece ser un peón en el juego enfermo al que sea que estén jugando Jamie y su familia.

—¿Mami?

Me llevo el dedo a los labios, compruebo que la puerta está cerrada con llave y me levanto rápidamente, haciéndola entrar en el cuarto de juegos que Zach se pasó un fin de semana entero perfeccionando.

Paredes de color azul pálido con copos de nieve plateados con la temática de la película favorita de Ella, Iced Out.

«Es digno de una princesa», había dicho al terminar, y Ella había chillado de felicidad.

Ahora, es el único lugar en el que me siento segura.

No puede entrar. Hay cámaras de seguridad fuera. La puerta tiene un sensor.

Zach las instaló después de que Honey rompiera con él y descubriera que la amiga de ella le había robado la llave y se había acostado en su cama.

No es que eso importe ahora mismo. Ahora mismo, tengo que encontrar la forma de quitarme al padre de mi hija del porche antes de que mi primo llegue a casa y se le vaya la maldita olla.

Cierro la puerta del cuarto de juegos con los dedos temblorosos, cojo el móvil y marco el 112.

Mi pulgar se cierne sobre el botón verde de llamada, por si acaso.

Si sigue ahí fuera, se acabó ser amable.

Los llamaré si tengo que hacerlo. Silenciosa como un susurro, me acerco de puntillas a la ventana, aparto la cortina lo justo para ver a través del hueco y me preparo para lo que sea que me espere al otro lado.

Nada.

Se ha ido.

Gracias a Dios, pero ¿por cuánto tiempo?

Me tiemblan los dedos al dejar caer la cortina.

Un portazo no va a ser suficiente para que Jamie me deje en paz. Honey me dijo que va a la Universidad Southern Collegiate, así que ha cruzado el país solo para atormentarme en mi puerta.

No se va a ir.

No. Viene a por ella .

Lo siento en los huesos.

—Mami —la voz de Ella suena lejana, y me doy cuenta de que estoy hiperventilando, aspirando un aire que no me llega a los pulmones. Puntos negros bailan en los bordes de mi visión mientras la cara preocupada de Ella se vuelve borrosa ante mí.

Siento como si tuviera el pecho atrapado en un torniquete. La habitación se encoge y siento que las paredes se me echan encima. No puedo pensar con claridad. Lo único que quiero es encontrar un agujero en el que meterme y desaparecer. Despertarme y descubrir que todo ha sido una pesadilla.

—Mami —llama de nuevo, con su carita contraída por la preocupación.

Quiero abrazarla. Prometerle que todo está bien, pero me paraliza la certeza de que todo podría venirse abajo en cualquier momento.

Puede que Zach pueda pagarnos un abogado de lujo, pero no es nada comparado con que el puto bufete de Sanderson y Nicks venga a por ti.

¿Y si se la llevan? ¿Y si pierdo lo único que le da sentido a mi vida?

La idea de que me arranquen a Ella, de que viva en la fría y estéril mansión de los Nicks con gente que ni siquiera quiso saber su nombre, es insoportable.

Huiría con ella y le prendería fuego al mundo antes de permitir que eso ocurra.

—Mami.

En cuanto su manita toca la mía, tomo a Ella en brazos y la aprieto como si pudiera desvanecerse si la soltara.

Se retuerce, confundida porque su madre, normalmente ecuánime, de repente se comporta de forma tan desquiciada.

Hundo la cara en su pelo rubio, la inspiro y rezo para que sea suficiente para mantenerme centrada.

—Mami, aprietas mucho —protesta, empujando mi hombro.

—Perdona, cariño —susurro, aflojando el abrazo, pero sin soltarla. Todavía no—. Es que te quiero mucho.

—Yo también te quiero —dice rápidamente. Suena tan sencillo cuando lo dice. Para ella, lo es. Su amor es puro, no está contaminado por el lío tóxico en el que nos metí cuando decidí perder la virginidad en una estúpida fiesta del instituto.

—¿Tiff? ¿Ella? —Zach prueba el pomo de la puerta del cuarto de juegos, y su voz me devuelve bruscamente a la realidad—. La puerta está cerrada. ¿Estáis bien ahí dentro?

Golpea la puerta con tanta violencia que juraría que la va a echar abajo si no hago algo pronto.

Suelto a Ella, corro hacia la puerta, la abro y me encuentro a mi primo muy preocupado al otro lado.

—¿Tiff? ¿Estás bien?

Lo veo en sus ojos. Sabe que ha pasado algo, y no puedo creer que vaya a mentirle a mi mejor amigo. Me ha ayudado desde que aparecí en la puerta de sus padres, agarrándome la barriga y llorando, y así se lo voy a pagar.

—Estamos bien —digo con un hilo de voz, esperando que suene convincente, porque no estoy nada bien.

—¡Tío Z! —chilla Ella, corriendo hacia Zach mientras él empuja la puerta para abrirla más. Él la abraza y luego la sienta en su cadera.

—Hola, osita Ella —le da un beso en la frente y ella se apoya en él—. ¿Cómo estás?

—Bien —dice—. Pero mami…

La interrumpo antes de que pueda terminar la frase.

—¿Qué haces en casa? ¿No tenías entrenamiento?

—Sí.

Tanto él como Ella me observan atentamente, y cuando sus ojos se clavan en mis manos con una pregunta tácita, es cuando me doy cuenta de que me están temblando.

Qué bien disimulas y actúas como si no pasara nada.

—Pero has llegado pronto —me suelto el pelo del moño despeinado para darles a mis manos algo que hacer y que no llamen tanto la atención.

—El entrenamiento ha terminado hace treinta minutos.

—¿En serio?

¿Cómo? Jamie llamó a la puerta poco después de que Zach se fuera. ¿Qué ha pasado con todo ese tiempo? ¿Estuve sentada ahí, revolcándome en mi propia miseria?

Deja a Ella en el suelo, y ella vuelve corriendo a jugar con sus muñecas.

—Sí —dice arrastrando las palabras, rascándose la nuca—. He llegado a casa antes de lo habitual porque hoy no me he quedado esperando delante de la residencia de Honey.

Honey. La ex de Zach, pero sigue siendo el amor de su vida.

—He mirado la aplicación de localización y he visto que Honey no estaba allí.

He pensado que, como ya perdí hasta el último gramo de dignidad que me quedaba cuando rajé del equipo de hockey en mi última rueda de prensa, probablemente debería esperar al menos una semana antes de que me pueda acusar de acoso. Es un avance, ¿no?

Su tono es ligero, y finge, intentando parecer indiferente. Por desgracia, a Zach no se le da bien mostrar indiferencia cuando se trata de Honey. Está afectado. Profunda y constantemente afectado; probablemente, para siempre.

—Un avance —repito, mirando el panal de miel tatuado en su antebrazo—. Eso está bien —digo con desgana. ¿Quién soy yo para juzgar que se haya hecho un tatuaje de ruptura como parte de su avance si yo le estoy mintiendo por la cara?

—¿Seguro que estás bien? —pregunta Zach, acercándose a mí—. Pareces un poco nerviosa.

Trago saliva y lo miro. ¿Debería decírselo? Sé a ciencia cierta que luchará cualquier batalla que le pida, pero ¿quiero involucrarlo en esta?

Ni de coña. Estamos hablando de Zach Evans. Perseguirá a Jamie y le partirá la cara… otra vez. Puede que sea el quarterback estrella de esta universidad, pero Zach sabe pegar un buen puñetazo cuando quiere.

—Estoy bien —miento, sonando tan convincente como si Zach me dijera que ha superado lo de Honey. Me junto las manos temblorosas, esperando que no se dé cuenta.

—¿Estás segura? —No se lo cree ni por un segundo. Zach y yo nos criamos más como hermanos. Eso es lo que ocurre cuando vuestras madres son hermanas que crecieron en el mismo pueblo. Me lee como un libro abierto, y eso no me gusta.