The Deep End SAMANTHA
10%

SAMANTHA

La bola de discoteca de The Deep End giraba sobre nuestras cabezas, y contemplé cómo las luces de colores bailaban sobre el apuesto rostro de Trevor. Apuré el último sorbo de mi martini y lo dejé a mi lado.

Trevor posó su mano cálida sobre mi muslo y me dedicó una de sus sonrisas devastadoras.

—¿Quieres otro?

Asombrada de lo atento que era conmigo, me estremecí de placer al sentir su contacto y puse mi mano sobre la suya. Me incliné hacia su oído para que pudiera oírme por encima de la música.

—Me encantaría.

Necesitaba una copa para afrontar lo que había planeado para esa noche. Iba a ser una noche importante, y aunque estaba nerviosa, también estaba emocionada.

Le sonreí agradecida, y la sonrisa que me devolvió al levantarse me dijo exactamente lo que sentía por mí.

Hubo un tiempo en que tuve dudas, pero en las últimas semanas había aceptado que le importaba.

Confiaba en lo que sentía. Trevor me hacía sentir comprendida y valorada, algo que no había experimentado desde que tuve que dejar el ballet hacía dos años, después de romperme dos tendones jugando al baloncesto. Vaya forma de perder mi carrera.

Había pasado la mayor parte de mi vida bailando de forma profesional.

Mis profesores no permitían distracciones.

Ahora, a los veinticuatro años, con el ballet fuera del centro de mi vida, quería experimentar el amor y el sexo como parecían haberlo hecho todos los demás mientras yo me lo perdía.

Pero no sabía muy bien qué hacer cuando un chico me prestaba atención.

Angelina se sentó a mi lado, copa en mano.

—No me puedo creer que Jane se haya perdido su propia fiesta de cumpleaños.

—Se está divirtiendo —dije con una sonrisa.

—Eso espero —rió Angelina.

Le echó un vistazo a Trevor y se inclinó hacia mí.

—Entonces... ¿tú y Trevor ya habéis... ya sabes...?

Una sonrisa cómplice se dibujó en su rostro mientras daba un sorbo a su Cosmopolitan.

Me reí y decidí devolverle la pregunta.

—¿Ya te has llevado a Jake a la cama?

Se sonrojó y dejó de tomarme el pelo. Miró con anhelo al chico que le gustaba, que estaba hablando con unos tíos junto a la barra.

—¿Tan obvio es que quiero hacerlo?

Me encogí de hombros.

—Es un buen chico. Dulce, y guapo también. ¿Quién no querría?

Angelina negó lentamente con la cabeza.

—No, no creo que eso vaya a pasar.

Me dedicó una sonrisa melancólica.

—Ha venido contigo esta noche, ¿no? —pregunté.

Otra pequeña sonrisa triste. Se encogió de hombros.

—Solo somos amigos.

Observé a Trevor mientras pedía nuestras copas.

Había sido tímida y cautelosa con él desde el principio, y quizá eso era lo que le había resultado intrigante de mí.

No me acosté con él en la primera cita, ni en la segunda...

Deseaba su increíble cuerpo desde el momento en que nos conocimos, pero no sabía cómo expresarlo.

Y quería asegurarme de que esto estaba bien antes de lanzarme de cabeza.

—¿Sonaría estúpido si dijera que quiero sentir algo, al menos, por el chico al que finalmente me entregue? —le pregunté a Angelina.

Ella sonrió y negó con la cabeza.

—En absoluto.

Durante cuatro meses, Trevor pareció intuir que yo no estaba lista para acostarme con él, como si me calara por completo.

A veces tenía la sensación de que estaba cansado de esperar, pero ambos sabíamos que esto era algo especial.

Sabía que no iba a dejarme. Creo que ambos queríamos ver adónde nos llevaba esto, y pasábamos mucho tiempo juntos, sin más, hablando y disfrutando de nuestra compañía.

Quizás ninguno de los dos creía que nos estuviéramos enamorando porque nunca lo habíamos vivido antes.

Al menos, Trevor dijo que él tampoco. Había tenido mucho sexo, pero eso no le había ayudado a encontrar a la mujer adecuada.

Quizás por eso había sido tan paciente conmigo. Quizás había estado esperando algo más.

Cada vez que nos besábamos parecíamos acercarnos más y más a llegar hasta el final, y entonces él se detenía con esa mirada culpable, como si supiera que yo no estaba lista. Como si hubiera una línea tácita que no cruzaría. Y yo empezaba a frustrarme.

La fiesta era la oportunidad perfecta. Sabía que estaría distraído, y lo sorprendería.

—Quiero estar a solas contigo —murmuré cuando volvió con mi copa.

—Es temprano. ¿Estás segura?

Más que nunca.

Nos despedimos con cualquier excusa y nos dirigimos a la playa. Caminó conmigo por la arena, tomándome de la mano, siempre tan caballero.

Sentí un deseo húmedo y palpitante entre los muslos, todo para él, y ya no estaba de humor para que fuera tan caballero conmigo cuando me moría por él. ¿Acaso no podía verlo? ¿No podía sentirlo?

Sabía que no habría vuelta atrás una vez que lo hiciéramos, y de alguna manera, esa noche, la idea no me asustaba.

Nos besamos en la oscuridad, con los pies hundiéndose en la arena húmeda, mientras una fresca brisa marina nos envolvía.

Allí era donde quería que me hiciera el amor. Y por fin reuní el valor para decírselo.

Dejó escapar un profundo suspiro, pasándose una mano por el cabello castaño oscuro, bien cortado.

—¿Aquí y ahora? No sé si eso es…

—¿Qué pasa? —Le agarré la mano—. Es perfecto.

Miró a su alrededor, indeciso, mientras el viento arreciaba, trayendo consigo el aroma salado del mar.

—No quiero que pases frío —dijo.

Puede que estuviera temblando, pero era solo porque lo deseaba. Sabía que no pasaría frío por mucho tiempo.

—No sé si este es el lugar adecuado, Samantha.

Se me cayó el alma a los pies. Quizás había malinterpretado los últimos meses. Quizás él no me deseaba después de todo.

Me volví para mirarlo, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Por qué no me deseas? Eres tan amable conmigo… pero a veces me pregunto si… si…

Frunció el ceño, severo.

—Samantha, ¿cómo puedes pensar que no te deseo?

Sorbí la nariz.

—No tengo ninguna prueba de que lo hagas. Siempre te vas. Me dejas anhelante y deseosa… y sola cada vez que nos vemos. ¿Hay algo en mí… que no te gusta? Si lo hay…

Me tomó de la muñeca y me llevó la mano hasta su pecho. Estaba cálido, y sentí su corazón latiendo a través de la camisa azul.

En lugar de responder, se inclinó y me besó, un beso lento, prolongado y profundo que me hizo dejar de llorar. Presionó los labios contra los míos una y otra vez, y cuando le respondí de nuevo, su lengua se deslizó entre mis labios.

Sentí sus manos moverse bajo mi vestido, una palma aferrándose a la pierna, subiendo hasta la nalga.

Gemí mientras me besaba, ambas manos ahora cálidas y exigentes mientras acariciaban mi cuerpo.

Cuando una mano se deslizó entre mis muslos, cubriendo mi monte y luego acariciando mi carne suave, me deshice.

No pude evitarlo. Bajé la mano hacia su entrepierna, sintiendo el bulto duro.

—¿Todavía quieres decirme que no te deseo? —preguntó con voz ronca.

Lo miré, frotando la mano sobre la dureza en sus pantalones, sintiéndolo a través del grueso algodón. Él gimió.

Lo miré con los ojos entornados.

—No lo sé.

—¿Necesitas más pruebas?

Me lamí los labios y asentí, enroscando un mechón de mi pelo rubio en el dedo.

—Eso estaría bien.

Se arrodilló en la arena frente a mí.

—Necesito que te quites la ropa antes de que me vuelvas loco.

Me desvistió en segundos, quitándome el pequeño vestido de seda rosa. Me quité los tacones de una patada, y él se agachó para besarme los muslos. Mientras estaba tumbada debajo de él, me quitó las bragas y las arrojó a la arena.

Me besó las rodillas una a una, y luego se colocó entre mis muslos, sujetando uno en cada mano.

—He deseado probarte —murmuró.

Contuve la respiración, sin saber qué sentiría, pero Trevor no se dejaría disuadir por mi débil protesta.

Jadeé cuando su lengua me lamió y recorrió donde su mano me había tocado antes, acariciándome con suavidad, luego succionando levemente, hasta que aflojó cuando grité.

Le agarré la cabeza, enredando los dedos en su cabello mientras me retorcía de placer.

Un dedo se hundió profunda y fácilmente dentro de mí, justo como esperaba que lo hiciera su miembro.

Deseaba que cuando me penetrara fuera así de fácil, como había sido en mis fantasías.

Había pasado tantas noches despierta pensando en Trevor.

Si había alguien en quien confiara para este momento, era él.

—Oooh, Trevor…

Le agarré la mano, pensando que me volvería loca, pero él continuó.

Hundió el dedo una y otra vez, estimulando las paredes de mi interior resbaladizo, haciéndome más húmeda, preparándome para él. Mis caderas se elevaban al ritmo.

—Ya no puedo más, Samantha —gimió.

Se inclinó sobre mí, apoyándose en las palmas de las manos. Me tensé ante lo que estaba a punto de suceder, más por emoción que por nervios.

—Relájate —murmuró.

Separé más las piernas e intenté relajarme. Lo deseaba dentro de mí con tanta intensidad que no me costó nada.

Su dureza presionó contra mi entrada, y meció las caderas para hundirse en mí apenas un poco, con un movimiento circular.

—Por favor —dije, sintiendo la presión crecer dentro de mí.

Alcé las caderas.

Hundió la punta dentro de mí; su respiración se volvió un siseo entrecortado.

Tragué saliva al sentir cómo mis músculos se estiraban para acogerlo.

Estaba lista.

—Más.

Se hundió un poco más, luego se retiró lentamente por completo. Gemí de frustración, ansiosa por sentirlo duro y profundo dentro de mí.

—Tranquila, cariño. No quiero correrme demasiado pronto, y estoy al borde.

Se apartó. Me incorporé un poco y lo observé con la cabeza entre las manos, completamente frustrado.

—Voy a hacer el ridículo —murmuró.

Me agarró los muslos, como si estuviera listo para sumergirse entre ellos de nuevo.

—Quizás debería ocuparme de ti primero...

—No puedo esperar más, Trevor —dije con suavidad.

Lo atraje hacia mí con delicadeza.

—Te necesito.

Se lamió los labios, y deseé que estuviera hambriento de mí. Acabé de nuevo tumbada de espaldas en la arena, con Trevor sobre mí. Esta vez, sin más preámbulos, se hundió en mí, penetrándome duro y profundo de una sola estocada.

Me aferré a sus hombros y grité, sin importarme el ligero escozor, aunque cerré los ojos con fuerza. El placer compensaba con creces la leve molestia.

Tragó saliva con dificultad y, como si él mismo sintiera dolor, jadeó hondo y se retiró de mí. Casi grité ante la pérdida. Había esperado tanto tiempo para sentir esto.

—Trevor —le supliqué, murmurando incoherencias, y entonces no pude pensar en nada más que en sentirlo tan adentro mientras se hundía de nuevo.

Hizo una pausa para dejarme acostumbrarme a su grosor, a su longitud.

—No quiero hacerte daño —dijo con voz ronca.

—Me lo harás si no te mueves —respondí.

Me volví salvaje; mis caderas se alzaban hacia las suyas.

Justo cuando pensé que estaba completamente dentro, me penetró aún más hondo. Tras unas cuantas embestidas largas, entrando y saliendo por completo cada vez, empezó con movimientos rápidos y cortos.

—Por esto no te tomé antes —jadeó—. Sabía que no podría controlarme.

—Entonces no te controles —gemí.

Eso lo volvió más salvaje. Mis pechos rebotaban al ritmo de sus embestidas. Cerré los ojos y lo dejé poseerme, entregada por completo a la experiencia. Entonces aflojó el ritmo y me dio dos deliciosas embestidas largas y lánguidas antes de hundirse profundo de nuevo, embistiéndome con fuerza.

Siguió y siguió; la presión crecía hasta que no pude soportarlo más.

Era tan intenso que no me di cuenta de que estaba en pleno orgasmo. Llegó salvaje y rápido, y sentí a Trevor estallar en medio de todo aquello, justo conmigo. Su espalda se tensó, con una expresión de casi dolor en el rostro mientras gritaba al correrse, mi nombre en sus labios.

Sus embestidas se ralentizaron hasta volverse largas y lánguidas de nuevo. Mis músculos estaban tan tensos tras el orgasmo que casi me dolió cuando se retiró lentamente de mí.

Nos quedamos allí tumbados un momento, oyendo las olas romper en la playa mientras recuperábamos el aliento.

Se inclinó y debió de notar las lágrimas que resbalaban por mis mejillas.

—Maldita sea, te hice daño.

Sorbí por la nariz y negué con la cabeza.

Me abrazó para darme calor, con los labios apretados contra mi pelo mientras me acariciaba la cabeza.

—¿Te arrepientes de haberlo hecho aquí, así?

Volví a negar con la cabeza, y lo decía en serio. Miré hacia el cielo, con unas cuantas estrellas sobre nosotros. Había sido perfecto. ¿Cómo iba a olvidar esta noche?

No íbamos a conformarnos con una sola vez, después de todo el tiempo que habíamos esperado.

Me llevó a casa. Cuando llegamos a mi apartamento, nos duchamos y me hizo el amor de nuevo en mi cama, con calma, lento y dulce, demostrándome lo tierno que podía ser como amante.

Una hora más tarde yacíamos exhaustos y entrelazados, y aquello se sentía más auténtico que nada en mi vida.

Le acaricié la mandíbula recién afeitada con un dedo y me acomodé satisfecha contra él.

—No puedo creer que esperáramos tanto —murmuré.

—Quería asegurarme de que estuvieras lista —dijo Trevor.

—Lo estaba. Estuve lista desde el principio y no lo sabía.

Me deslizó la mano por el costado y luego me besó tan dulcemente que me derretí.

—Valió la pena la espera, ¿eh?

Rodé sobre él y me incliné para besarlo. Sus brazos me rodearon y me atrajo tan cerca que pensé que iba a fundirme con él.

Justo antes de que mis labios se encontraran con los suyos, murmuré con una sonrisa:

—Tenemos mucho tiempo perdido que recuperar.