The Deep End ANNABEL
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ANNABEL

—¿Vas a estar bien sola, Annabel? —preguntó mi hermana Kaia por teléfono.

Eché un vistazo al dormitorio de mi nueva casa. La pintura se desprendía de las paredes, el suelo de madera había conocido tiempos mejores y el andamio parecía a punto de desplomarse en cualquier momento. Estaba claro que tenía mucho trabajo por delante.

—Voy a estar perfectamente —respondí, dejándome caer en la cama, exhausta tras un largo día fregando y limpiando.

—Pensé que esta noche tenías una fiesta de cumpleaños —dijo Kaia.

—Decidí quedarme aquí. Tengo demasiado trabajo.

—No es propio de ti encerrarte en una granja en medio de la nada —dijo ella.

—Ya, bueno, eso era antes de descubrir que Grayson se tiraba a otras dos mientras yo me quedaba sola en casa todas las noches durante los últimos dos años —dije con sequedad.

¿Cómo no me había dado cuenta? No era de extrañar que mi marido no me hubiera tocado en tanto tiempo que había olvidado lo que era sentir las manos de un hombre. Y había pensado que yo era el problema. Pensé que simplemente ya no le atraía.

—No te culpes por lo que él hizo. Y tampoco te castigues —me regañó mi hermana.

—No lo hago.

No me estaba castigando. Estaba feliz y deseando disfrutar de un poco de paz y tranquilidad.

Planeaba pasármelo en grande llevando mi negocio de joyería online desde casa y pasando el rato con el único macho que necesitaba en mi vida: mi perro Oscar.

Mientras tanto, convertiría mi casa en algo de lo que sentirme orgullosa.

Nada de hombres, nada de relaciones.

Al colgar con mi hermana, oí jaleo fuera de la casa. Bajé corriendo las escaleras, pensando que Oscar se había metido en algún lío y había tirado algo.

Se me abrieron los ojos de par en par al contemplar la escena frente a mí. Oscar estaba allí, desde luego, pero el único lío en el que se había metido era Nick, el manitas que había contratado para ayudar a arreglar la casa en las últimas dos semanas.

Nick estaba subido a una escalera pintando el exterior de la casa.

En el aire cálido y quieto de la noche, se había quitado la camiseta, dejando al descubierto un pecho tenso y bronceado y los abdominales más perfectos que había visto en mi vida.

Debe de ser por todo ese trabajo manual.

Abrí la boca para hablar y me di cuenta de que se me había secado. Me lamí los labios. —Estás…

Se giró, me dedicó una sonrisa tímida y bajó de la escalera.

—Sí. Todavía trabajando.

Tragué saliva cuando se plantó frente a mí, alto y masculino e… irresistible. Cada vez que lo veía, tenía que recordarme a mí misma que ya no me interesaban los hombres.

Pero Nick… ni yo era inmune a la forma impresionante en que había trabajado las últimas semanas, haciendo un trabajo honesto e impecable cada día.

Tampoco era inmune a cómo le quedaba el trasero en esos vaqueros desgastados.

Su espesa mata de pelo castaño oscuro y sus ojos color avellana verdoso podían derretir a cualquier mujer.

Me aclaré la garganta. A cualquier mujer menos a mí, claro.

A veces pensaba que estaba interesado en mí, y a veces pensaba que estaba malinterpretando esa mirada que me lanzaba cada vez que pasaba por su lado.

—Es tarde. Pensé que te habías ido por hoy —dije.

Se limpió las manos en los vaqueros y se agachó para enjuagar los pinceles en un cubo de agua. Le dio unas palmaditas a Oscar en la cabeza y señaló con la barbilla hacia el lateral de la casa.

—He vuelto para terminar esta sección.

Nick me miró desde donde estaba arrodillado.

Me sentí un poco cohibida con mi camiseta de tirantes y mis pantalones cortos diminutos mientras su mirada recorría mi escote y luego bajaba hasta mis largas piernas desnudas, devorándome con los ojos.

Esta vez supe que no lo estaba malinterpretando.

Sin duda me había repasado de arriba abajo, y por la expresión de su cara, le había gustado lo que había visto.

Luché contra el impulso de cruzarme de brazos para taparme el pecho.

Me aclaré la garganta y alcé la vista hacia el cielo estrellado.

—¿Quieres una limonada? No ha refrescado mucho esta noche.

Sonrió, dejando ver una dentadura perfecta y blanca como perlas.

—Sería genial.

Lo pillé mirándome cuando entré. No me habría sentido segura con ningún otro tío rondando a estas horas, pero con Nick sabía que no había nada que temer.

Serví dos vasos de limonada y los saqué fuera.

Sus ojos color avellana verdoso se encontraron con los míos, y su mano rozó la mía al coger el vaso. Me dedicó una sonrisa arrebatadora.

—Gracias. No tenías por qué molestarte.

Dio unos cuantos tragos.

—De nada.

—Siento tener que irme tan pronto, pero tengo que marcharme.

—¿Una cita caliente?

Supuse que no le faltaban mujeres.

Me dedicó una mirada triste y anhelante que decía: Ojalá.

—No tengo mucho tiempo para eso. Tengo tres trabajos —murmuró con la cabeza gacha.

Di un sorbo a la limonada.

—¿Tienes esposa e hijos que mantener?

¿Estaba coqueteando con él? Su vida personal no era asunto mío, y no era propio de mí entrometerme.

—Qué va. Acabo de mudarme a un sitio nuevo a un kilómetro y medio carretera abajo. Intento pagarlo. Es una casa para reformar, como la tuya.

Asentí.

Sonrió.

—Hablando de eso, se me ha acabado la pintura. Volveré luego.

Me sorprendió la tristeza que me dio verlo marchar. No estaba sola… incluso Oscar lo observó con ojos tristes mientras Nick subía a su camioneta y enfilaba el largo camino de tierra hacia la carretera principal.

Pero Nick no parecía capaz de mantenerse alejado; regresó poco después y siguió pintando la casa casi sin descanso. Me pregunté de dónde sacaba tanta energía.

Antes de irme a la cama, decidí armarme de valor para invitarlo a entrar a tomar algo. ¿Qué demonios? No había quedado con nadie desde que me había mudado hacía un mes.

Miró el reloj antes de que pudiera decir nada.

—Maldita sea. Me encantaría, pero tendría que haberme ido hace rato. Una vez que empiezo algo, me cuesta parar antes de terminar.

Me dedicó una sonrisa tímida y se limpió la frente con el dorso de la mano.

—Será mejor que me vaya. Llego tardísimo. Todavía tengo que ducharme y llegar a mi siguiente trabajo.

Arqueé una ceja.

—¿En mitad de la noche?

Se pasó una mano por la frente.

—Trabajo en el turno de noche en la ferretería.

Asentí y bajé la cabeza, intentando ocultar mi decepción, aunque pensé que quizás era mejor así. No tenía sentido involucrarse.

Mis ojos recorrieron su cuerpo musculoso, reluciente de sudor. Me moría por tocar sus hombros suaves, su pecho firme.

—Puedes... usar la ducha de aquí si quieres.

—No, no quiero ser una molestia —respondió.

—No es ninguna molestia. Todo lo que necesitas debería estar junto a la bañera. Adelante.

Me dedicó una sonrisa tímida.

—Sí. Vale.

Cuando subí a mi dormitorio, él salió del baño con una toalla envuelta en la cintura. El vapor salía por la puerta, junto con su aroma a limpio.

Nick se pasó una mano por el pelo oscuro y húmedo.

—Perdona, ¿se suponía que debía usar el de abajo?

—Está bien —dije entre dientes, arrepintiéndome de mi oferta. No estaba segura de querer a este hombre espectacular, mojado y desnudo en mi casa, tentándome y recordándome lo que no podía tener. Aquello era demasiado, me sentía incómoda, y estaba rompiendo mis propias reglas.

Pasé junto a él, pero no llegué muy lejos. Alargó la mano para tocarme y, antes de que pudiera detenerlo, me estrechó entre sus brazos.

Me puse rígida y dejé escapar un pequeño gemido de protesta, pero cuando su boca se encontró con la mía, besándome con una pasión que no había sentido... nunca... me derretí.

Restregó su rostro de barba incipiente en el hueco de mi hombro y me presionó los labios contra el cuello. Se detuvo para mirarme.

—No podía esperar ni un segundo más para hacer eso.

Lo rodeé con mis brazos, mis manos recorriéndolo por todas partes, acariciando su piel caliente y desnuda.

—Me vuelves loco, ¿lo sabes, Annabel? —gruñó, empujándome contra la pared.

Me desplomé contra él con un pequeño gemido cuando su lengua se adentró y exploró el interior de mi boca. Me lamió los labios, y sus manos fueron a por mi camiseta, quitándomela junto con los pantalones cortos.

Agarré la toalla que lo cubría y la lancé a un lado, dejando al descubierto dieciocho centímetros de virilidad erecta. Ávida de él, le agarré el miembro.

—Espera —dijo, agarrándome la muñeca mientras le acariciaba su carne dura—. Vamos a quitarte esto —dijo, bajándome las bragas hasta los tobillos—. Sal de ellas.

Se arrodilló en el suelo frente a mí, depositando besos en mi vientre suave, cada vez más abajo. Su lengua exploró el pliegue entre mis muslos.

—Espera... —grité.

—Shh... He esperado mucho tiempo para esto. Túmbate en la cama.

Temblando, estremeciéndome por lo que estaba a punto de suceder, hice lo que me pidió.

Cubrió mi cuerpo con el suyo y fue bajando hasta quedar entre mis piernas de nuevo.

Acarició la piel sensible de la cara interna de mis muslos y hundió la cabeza entre ellos.

Me miró antes de inclinarse y acariciar mi carne sedosa con la boca.

Me rendí, hundiéndome en el colchón con un gemido de placer cuando su lengua presionó en mi canal resbaladizo. Subió acariciando hasta encontrar mi clítoris, rodeándolo, provocándome con la lengua. Cuando no pude soportar más, me incorporé sobre los codos y me escabullí de debajo de él.

—Espera... Quiero hacerte correr —dijo con voz ronca.

—Tú primero —dije, sin aliento, con las mejillas sonrojadas.

Ansiosa por devolverle el favor y hacerlo sentir tan increíble como él me hacía sentir, lo empujé sobre la cama y lo tumbé boca arriba.

Fui bajando por sus músculos abdominales tensos y sentí cómo contenía la respiración.

Le lamí el miembro durante un rato, escuchándolo gemir, antes de metérmelo en la boca todo lo que pude.

Lo acaricié con la humedad de mi boca caliente, chupando mientras subía y bajaba, con una mano rodeándole el tronco.

Levanté la vista para ver la expresión de éxtasis en su rostro mientras chupaba.

—Espera —gimió—. No quiero correrme todavía...

Se incorporó, pero finalmente se rindió y cayó de espaldas contra la almohada mientras yo continuaba dándole placer.

—Condón. En el bolsillo —dijo con voz ronca. Me agaché y lo saqué del bolsillo de sus vaqueros tan rápido como pude, con las manos temblorosas. Se lo deslicé, me monté sobre su regazo y presioné su miembro duro contra mi entrada húmeda y resbaladiza.

Jadeé de placer mientras lo metía dentro de mí centímetro a centímetro. Apreté los músculos a su alrededor.

Se incorporó, acariciándome un pecho a través del sujetador. Luego me lo desabrochó y lo tiró fuera de la cama. Dejó escapar un gemido grave cuando se metió un pecho en la boca, su lengua rodeando mi pezón, luego rozándolo. Me chupó el pezón y gemí de placer.

Sus caderas se sacudieron debajo de mí, pero yo estaba decidida a tomármelo con calma y hacer que aquello durara.

Con un calor abrasador recorriéndome, me moví lentamente arriba y abajo sobre su miembro.

Sus manos me rodearon la espalda y bajaron hasta mis caderas, instándome a moverme más rápido.

Lo hice, metiéndolo más profundo cada vez, hasta que mi necesidad de correrme era casi dolorosa.

Justo cuando no creí que pudiera soportarlo más, eché la cabeza hacia atrás mientras mis músculos internos se convulsionaban a su alrededor.

Después de correrme, me di cuenta de que aún no había terminado conmigo. Me levantó las caderas hasta que se deslizó fuera de mí. Luego me hizo rodar hasta que quedé tumbada boca arriba.

—Pon las piernas sobre mis hombros —dijo.

Con un gemido, hice lo que me pidió. Entró en mí de nuevo, su ángulo de penetración volviéndome loca.

—¿Ahí? —preguntó, con una embestida lenta.

Abrí la boca para decir algo, pero se movió de nuevo a un lugar aún más placentero.

—¿Aquí? —preguntó de nuevo.

Grité que sí porque había encontrado mi punto G. Embistió de nuevo, una y otra vez, más y más rápido, la fricción amenazando con llevarme al límite.

Cuando me corrí de nuevo, pensando que podría morir de lo increíblemente bien que se sentía, lo sentí ponerse rígido y gemir con su propio orgasmo, embistiendo con fuerza dentro de mí.

Se desplomó contra mí, los dos cubiertos de sudor.

Más tarde, los dos yacíamos en silencio, escuchando los grillos fuera de la ventana del dormitorio y nuestra propia respiración agitada.

—No esperaba que esto sucediera. Quiero decir, yo... no estaba planeando esto —dije suavemente, con la cabeza contra su pecho—. ¿Y tú?

Se rio por lo bajo. —No te voy a mentir, llevo pensando en esto todos los días desde que empecé a trabajar en tu casa.

Me reí. Quizás no había sido tan mala idea liarme con él, después de todo.

—¿No tienes que ir a trabajar? —pregunté.

Me dedicó esa sonrisa arrebatadora de nuevo y acercó el rostro al mío.

Me rozó los labios con los suyos y me estrechó entre sus brazos otra vez.

Tumbada debajo de él, noté cómo se ponía duro de nuevo, presionando contra mi muslo.

Yo no podía esperar más, y por lo que sentí al rodear su palpitante dureza con la mano, él tampoco.

Sonrió justo antes de volver a besarme. —Esta noche voy a llamar diciendo que estoy malo.