The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo. 69 Un atisbo
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Capítulo. 69 Un atisbo

M i chapitel se elevaba en el paisaje como un dedo que apuntase al cielo, aislado e imponente frente a la luminosidad de la periferia de Sundralis. Había escogido aquel sitio en concreto por lo lejos que estaba de la capital y de los otros aesymar.

Cuando me acercaba a los escalones de mármol vi una figura junto a la puerta.

No apreté el paso ni lo frené. Seguí caminando con el mismo ritmo mesurado. La figura dio media vuelta.

Heron.

Sus ojos, blancos y ciegos, me detectaron con una precisión perturbadora, y una sonrisa amable asomó a su rostro curtido. Estaba muy distinto de cuando lo conocí.

—Thais… —Inclinó la cabeza—. Me alegro de verte de nuevo.

—Heron… —Le devolví el saludo con el tono anodino que usaba en todo momento—. Estás muy lejos del desierto.

—Desde luego. —Se apartó a un lado para franquearme el paso a la puerta—. Aunque la distancia ya no es lo que era.

—¿Cómo me has encontrado?

—Los hilos del destino llevan a todas partes a quienes saben seguirlos —respondió con una sonrisa.

Transcurrió un segundo, y luego otro.

—¿Querías algo, Heron?

—Tenía la esperanza de que me invitaras a entrar, siempre que el momento no sea inadecuado.

Se abrió la puerta y lo hice pasar con un gesto.

—¿Quieres un té?

—Sí, gracias.

Nos acomodamos en la sala de estar. Estaba decorada y amueblada de modo idéntico al resto de aquel dominio empapado de luz solar.

—Siento lo de tu padre. —Le serví una taza de té.

Su expresión cambió de modo casi imperceptible.

—Cayó en el preciso momento en que Moros se desvaneció. Fue… como si se hubiera parado, entre un latido y el siguiente. —Cogió la taza con manos firmes—. Dadas las circunstancias, fue una muerte muy pacífica.

Asentí y bebí un trago de té.

—Tras su muerte, Morthus me visitó. —Esbozó una sonrisa irónica—. Me ofreció el puesto de mi padre, la oportunidad de ascender en condiciones. —Se señaló con las manos—. Como puedes ver, la acepté.

—Aesymar del destino. —Bebí otro trago de té—. Enhorabuena.

—Gracias. —Me estudió con aquellos ojos ciegos que veían demasiado.

Nos quedamos unos instantes en silencio.

—¿Qué tal lo sobrellevas? —preguntó al fin—. La transición a la inmortalidad puede resultar… abrumadora.

—Bien —respondí sin emoción—. Todo va bien.

—Ah… —Asintió con aire sabio—. El mismo «bien» que usó mi madre cuando prendí fuego al huerto por accidente tratando de averiguar qué plantas iban a sobrevivir al invierno. La respuesta fue «ninguna», por cierto.

—¿Puedes ver el destino y no viste venir eso?

—El destino y el sentido común son, como mucho, primos lejanos. —Bebió de su té, pensativo—. Además, tenía doce años. Y era ciego. Dadas las circunstancias, el fuego fue más impresionante que destructivo.

—¿Cómo se las arregló un niño ciego de doce años para provocar un incendio sin querer?

—Con una buena dosis de creatividad y un malentendido flagrante.

—Sonrió al recordarlo—. Pensé que, si me concentraba mucho en ver el futuro, el universo me lo mostraría por…

otras vías. Resulta que la idea de «otras vías» que tenía el universo incluía una lupa que no sabía que llevaba en la mano y una mata de romero reseca.

—Eso es…

—Mi madre me hizo volver a plantarlo todo de nuevo, a tientas. —Soltó una risita—. Eso me sirvió para aprender que el destino rara vez se muestra mediante gestos grandilocuentes. Suele ser mucho más sutil: un hilo fuera de lugar, una pauta donde no debería haberla…

Dejé la taza en la mesita.

—¿Hay algún motivo para que me hayas contado esta historia, Heron?

—Siempre hay motivos para todo. Que merezcan la pena o no… —Agitó la mano—. Pero sí. Estos últimos días he pensado mucho en fuegos inesperados. En chispas donde solo debería haber cenizas.

Su tono me llamó la atención.

—¿A qué te refieres?

—¿Sabes qué es lo más extraño de ser el aesymar del destino? —No esperó respuesta—. No es ver el futuro; lo he visto toda mi vida. Es el alcance. Antes veía los hilos de nuestro reino: los nacimientos, las muertes y todas las decisiones intermedias. Ahora veo… confines.

—¿Confines?

—Lugares en los que nuestra realidad entra en contacto con lo que hay más allá.

Los extremos deshilachados donde los hilos…

se truncan. —Dejó la taza y adoptó una expresión más seria—.

Casi todos terminan sin más: la muerte, la transformación, la ascensión…

Son finales claros y nítidos. Pero otros están desgarrados, rotos a medio hilar.

Se me encogió el corazón.

—¿Y?

—Y ayer, mientras catalogaba esos confines desgarrados, vi una cosa que hizo que se me cayera el té. Y era un té estupendo. Menudo desperdicio.

—Heron…

—Paciencia. Soy, oficialmente, viejo; tengo derecho a divagar. —Pero había clavado los ojos ciegos en mí—. El caso es que un hilo que se había oscurecido… parpadeó de pronto. Como una vela en una ventana lejana. Solo un instante, pero fue inconfundible.

Sus palabras me corrieron por la piel.

—Es imposible.

—¡Eso mismo dije yo! Y en voz bastante alta, la verdad. Casi mato de un susto a mi nuevo ayudante; el pobre muchacho creyó que había tenido una visión terrible de su destino. —Se inclinó hacia delante—. Pero no es imposible.

—¿Qué hilo? —pregunté con voz ahogada.

Su expresión se dulcificó.

—Creo que ya lo sabes. A fin de cuentas, si te he visitado es por algo.

Dejé las manos inmóviles sobre la mesa.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que, dentro de treinta y seis años, durante siete segundos exactos, veré chisporrotear un hilo que ya no debería existir.

La taza se me escurrió de entre los dedos y se hizo pedazos contra el suelo de piedra. El té formó una mancha oscura. Pero yo no podía apartar los ojos de Heron.

—¿Thatcher? —Se me hizo un nudo en la garganta—. ¿Has visto a Thatcher?

—Durante siete segundos, su destino volverá a ser legible. Existirá de algún modo que lo pondrá en contacto con este reino.

Casi se me paró el corazón. Fue la primera sensación auténtica en varias semanas, un dolor como si algo me clavara las garras en el pecho con violencia.

—¿Qué significa eso? ¿Está…? ¿Estará…?

—No lo sé —dijo Heron con gesto serio—. No alcanzo a vislumbrar en qué estado se encontrará. Solo sé que, durante siete segundos, su hilo existirá en algún sitio en el que podré verlo.

—Pero sigue vivo. —Me aferré a la mesa con tanta fuerza que agrieté el mármol—. Dentro de treinta y seis años estará vivo.

—Sí, querida. Eso es lo que intento decir.

Ya no me sentía abotargada; la niebla había desaparecido y mi mente corría desbocada.

—¿Cómo?

—Si tuviera que hacer una conjetura —dijo Heron pensativo—, supondría que va a ocurrir algo que haga oscilar el velo que separa los reinos. Una grieta, quizá. O algo que debilite provisionalmente las barreras que separan nuestra realidad del Abismo que hay más allá.

—Siete segundos. —Me levanté de un salto y me dirigí a la ventana. En el exterior, la luz cegadora de Sundralis se extendía hasta el infinito—. Eso no es nada. Es solo…

—Es más de lo que tienes ahora.

Posé las palmas en el vidrio fresco y sentí algo que creía haber perdido para siempre. Una chispa. Era frágil y diminuta, pero inconfundible.

—¿Dónde? —Me volví hacia él—. ¿Y cuándo? Quiero saber el momento exacto. Cuéntamelo todo.

—Me temo que fue una visión muy breve, más una impresión que algo detallado. Dentro de treinta y seis años. Siete segundos. Es todo lo que sé con seguridad.

—Es bastante. —La chispa que ardía en mi pecho cobraba fuerza y proyectaba su calor por mis venas, que hasta ese momento parecían de hielo—. Tiene que serlo.

Heron se puso en pie y caminó hacia la puerta.

—Le he dado muchas vueltas a si debía contártelo o no. La esperanza, cuando se asienta sobre unos cimientos tan inestables, puede ser brutal.

Lo seguí. Tenía la cabeza hecha un lío.

—No es esperanza. Es una cuenta atrás.

Heron asintió despacio.

—Ojalá el destino te trate mejor que hasta ahora, Thais Morvaren. Y ojalá los que se han ido puedan regresar.

Cuando se marchó y yo me quedé sola en el chapitel, por primera vez desde la marcha de Thatcher sentí una tensión en las comisuras de los labios, como si quisieran doblarse en una sonrisa.

El Abismo se había llevado la mitad de mi alma.

Dentro de treinta y seis años, durante siete segundos, tendría la oportunidad de recuperarla.

Y estaría preparada.