The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo. 70 Thatcher
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Capítulo. 70 Thatcher

O scuridad.

No se trataba de una oscuridad como la que sigue al ocaso ni como la que acecha en los rincones. Era una nada que devoraba la luz, el sonido, la esperanza. Ya me había familiarizado con aquella oscuridad.

Porque llevaba una eternidad cayendo.

El estómago me dio un vuelco cuando la sensación de ingravidez volvió a apoderarse de mí.

El vértigo distorsionaba la realidad mientras Moros y yo nos precipitábamos, enzarzados en una lucha desesperada.

El Primigenio forcejeaba conmigo mientras nos arrastraba una fuerza invisible, ajena a su control y al mío.

—Es inevitable —siseó Moros con una voz procedente de todas partes y de ninguna—. Aunque esté enlazado a ti, mi poder tira de nosotros a través del cosmos.

No podía verlo en la noche sin fin, pero sentía retorcerse su arcana esencia, hambrienta, que trataba de consumir la mía. De poseerme como había poseído a Olinthar.

—Ella nunca te encontrará —me dijo burlón al oído—. Tu querida Thais no puede seguirnos allí adonde vamos.

Thais. Unos ojos dorados que brillaban con determinación. Un pelo negro como la medianoche que ondeaba a su espalda mientras corría hacia mí con los dedos extendidos, gritando mi nombre, en medio de una realidad que se desgarraba.

El recuerdo se me grabó a fuego en la mente, se convirtió en mi ancla en aquel caos.

Mientras ella estuviera a salvo, lejos de aquel monstruo, me daba igual lo que fuera de mí.

Entonces atravesamos algo, una barrera, como una telaraña que me atrapase el cuerpo. Aguantó un momento, en el que quedé suspendido en la penumbra, y después se rompió y caímos de nuevo.

Y entonces vi la luz. El cielo nocturno se materializó a nuestro alrededor, con estrellas encendidas como faros. Abajo, unos puntitos de luz revelaban un pueblo rodeado de montañas.

—Fascinante —susurró Moros—. Así que el panteón esprithe no pereció.

Me debatí contra su agarre, intentando aprovechar su distracción. Si conseguía zafarme, quizá pudiera…

Las luces se extinguieron y, una vez más, se hizo la oscuridad.

Nos estampamos contra algo sólido, con tanta fuerza que debería haberme desmenuzado todos los huesos. El impacto me resonó en la carne, en los órganos, en el alma; una sinfonía de dolor que me dejó sin aliento.

Crac.

El sonido que hizo mi cuerpo al romperse se extendió por la nada. El dolor estalló en mi interior, una constelación de sufrimiento más ardiente que ninguna estrella. No podía respirar. No podía moverme. No podía gritar.

Pero la muerte no quiso apiadarse de mí.

Sentí mi cuerpo destrozado reconstruirse, lenta y muy dolorosamente. Los huesos se soldaban. Los tejidos se regeneraban. Todo en un silencio absoluto y sofocante.

¿Se había ido Moros? ¿Me lo había arrancado?

—Arriba, chaval. —La voz retumbó desde todas partes y dio al traste con mi frágil esperanza—. Tenemos por delante toda una eternidad; más vale que empecemos bien.

Mi cuerpo se incorporó en respuesta, aunque los conceptos de «arriba» y «abajo» no parecían tener ningún sentido en aquel lugar.

—¿Dónde estamos? —Mi voz sonaba extraña, distante.

—En una cárcel —dijo saboreando la palabra—.

De las más antiguas. Es la forma que tiene el universo de mantener el equilibrio, o de contener cualquier maquinación delirante que se les ocurra a quienes se sienten moralmente superiores.

—Una pausa—. No me extraña que los esprithe tengan algo así, y es una ironía maravillosa que estés encerrado aquí conmigo.

En aquel lugar no podía ver nada.

—¿Sabes qué tienen de especial estas cárceles? —prosiguió Moros con una voz envolvente, ponzoñosa—. Que alteran a quienes entran en ellas; los dejan marcados para siempre. Los transforman de maneras irreversibles. —Su voz se redujo a un susurro—. Estoy deseando ver en qué te convierte.

La tensión se palpaba en el aire.

—Te preguntarás por qué aún no me he apoderado de tu cuerpo —me llegó la voz de Moros a través del vacío—. Aquí las reglas son… distintas.

Percibí las ondas de su frustración.

—Has sido muy listo —continuó— al encerrarnos en un sitio en el que no puedo hacerme contigo por completo.

Al entender lo que eso significaba, en mi pecho se encendió una llamita de triunfo.

Pero la sensación de victoria duró poco: Moros no parecía preocupado por esa limitación.

—Desde luego, los regalos del destino cambian las perspectivas —reflexionó—. Hay muchas líneas, pero ¿cuál debería seguir? ¿En cuál debería fijarme?

Me invadió una fría comprensión. Estaba utilizando el poder que le había robado a Vorinar, la capacidad de ver los futuros posibles, para tramar su fuga, para encontrar la forma de salir de aquella cárcel.

—La pena es que empieza a desvanecerse —añadió Moros—.

Esa es la naturaleza del poder usurpado.

Si no poseo el cuerpo, solo puedo usar las habilidades durante un tiempo.

Cada vez que los miro, los hilos del destino se han hecho más sutiles.

—Una risita amenazadora—. Más motivo para darse prisa, ¿no te parece?

«Por encima de mi puto cadáver —pensé furioso—. Estoy dispuesto a pasar la eternidad en este vacío si con ello lo mantengo encarcelado».

Sentí un aliento en el cuello. Me aparté sobresaltado, y Moros se echó a reír con un sonido que se arrastró por la oscuridad.

—Encontrarás la forma de salir de aquí, chaval —dijo, y de pronto su voz sonaba tensa de emoción—. Y entonces la encontrarás. A la chica de ojos iridiscentes y cabellos de luz de luna. Me la traerás. Y, a través de ti, volveré a tocar el mundo.

—Ni hablar. —El odio se imponía sobre el miedo.

Su murmullo de reflexión me recorrió la piel.

—Lo harás, joven Vivros. Y, como tu medio hermano, ni siquiera recordarás por qué.

—Estuviste alimentándote de él —susurré; la repugnancia y la comprensión se me entremezclaban en las entrañas—. De Chavore.

—Muy bien. Los recuerdos son deliciosos. Fragmentos de las experiencias, de la identidad… ¿Sabías que, cuando se le arrebatan los bastantes a una persona, esta se hace… maleable como la arcilla?

—Monstruo —siseé.

—De una manera o de otra, todo el mundo es una herramienta —susurró con desdén—.

Él era una buena vasija para observarte a una distancia prudencial.

—Su sonrisa se amplió—. Aunque debo reconocer que el que te cogiera cariño fue una dificultad inesperada.

Luchaba con uñas y dientes, a pesar de que yo iba despojándolo cada vez más de su esencia.

Pensé en todas las veces que había visto a Chavore preocupado de verdad por mí, en lo auténtico que parecía durante nuestras lecciones. ¿Se estaría enfrentando al control de Moros en aquellas ocasiones? Me dolió el corazón al darme cuenta.

—Sigue siendo él —dije, más para mí que para Moros.

—Puede que quede algo —concedió Moros sin darle importancia—, pero no lo bastante para plantar cara. Como tampoco te quedará a ti cuando yo termine.

Sentí que Moros se me acercaba, irradiando una voracidad arcana.

Eché a correr.

Solo podía oír mis pisadas mientras huía a ciegas por el vacío. La dirección era irrelevante; la distancia, ilusoria. Aun así, no paré. El corazón me martilleaba las costillas y me ardían los pulmones de agotamiento.

Pero no podía escapar de él.

—¿Adónde vas, diosecito? —Su voz lo inundaba todo—. No hay ningún lugar en el que puedas esconderte de mí, y nunca lo habrá.

Sentí que unas garras me arañaban la mente, que escarbaban en ella.

«Thais. Piensa en Thais».

Me aferré a su recuerdo. Mi melliza. Mi otra mitad.

Thais. Unos ojos añil que se habían vuelto dorados. Un pelo del color de la medianoche. El desafío personificado.

Me acordé de nuestra infancia, de cuando ocultábamos sus poderes a los aldeanos, de cuando nos bañábamos en la cala al amanecer o cuchicheábamos secretos en nuestro cuartito mientras Sulien roncaba en el contiguo.

Su costumbre de apretarme la mano cuando tenía miedo, aunque nunca lo reconociese.

Su voz enronquecida de gritar para hacerse oír por encima de las olas.

El sonido de su respiración mientras dormíamos espalda con espalda y nuestros corazones latían al unísono.

Y aquel último momento en que ella corría hacia mí con la desesperación marcada en cada línea de su rostro, con los recientes ojos dorados desorbitados por el terror, extendiendo los dedos hacia mí y gritando mi nombre mientras el mundo se separaba entre nosotros.

Moros giraba a mi alrededor, con la paciencia de la mismísima muerte. Me raspaba la conciencia y arrancaba diminutas esquirlas de los límites de mis recuerdos.

—No podrás aferrarte a ella para siempre —susurró con una voz que se me introducía por debajo de la piel.

Eché a correr de nuevo. La oscuridad parecía haberse densificado; la notaba en la piel, espesa como el alquitrán. El tiempo se estiraba, se retorcía. ¿Llevaba horas corriendo? ¿Días?

Cuando por fin me derrumbé, intentando inspirar en un lugar desprovisto de aire, Moros me aguardaba.

—Vamos a volver a intentarlo, ¿vale? —Su hambre era palpable; ondulaba en las sombras que me rodeaban.

«Thais. Acuérdate de Thais».

Su voz… ¿cómo sonaba?

Ojos dorados. Pelo negro. Mi melliza. La chica que había cruzado la grieta en la realidad para ir en mi busca.

—¿Cómo se llamaba? —se mofó Moros con una voz cargada de falsa inocencia.

—Thais —dije entre dientes—. Se llama Thais Morvaren.

—Por ahora.

Eché a correr una vez más, por mucho que supiera que no había escapatoria. El tiempo se había convertido en un concepto abstracto, sin ningún significado en el vacío infinito.

Moros volvió a encontrarme. O puede que me hubiera acompañado todo el rato.

«Recuérdala. Recuerda».

Ojos dorados. Pelo negro. Una chica. Importante para mí.

Nos habíamos criado juntos en… ¿dónde? En una aldea costera. Casi podía oler el aire salado, notar la arena entre los dedos de los pies.

¿Cuál era su relación conmigo? Una hermana. No; una melliza. Mi hermana melliza.

Y se llamaba…

«Thais».

Sí, eso era. Thais.

—Tu resistencia es admirable —dijo Moros casi con suavidad—. Pero fútil en última instancia.

Volvió a devorarme la mente, y yo grité al vacío mientras perdía la identidad pedazo a pedazo.

El vacío se convirtió en toda mi existencia. ¿Alguna vez había existido otra cosa?

A veces recordaba estar huyendo, aunque no sabía de qué. Ni hacia dónde.

«Acuérdate de ella».

¿De quién?

Una chica de ojos dorados y pelo negro, que intentaba alcanzarme mientras yo me veía arrastrado.

Ya no recordaba su nombre. Solo sus ojos fieros, determinados, cargados de dolor.

¿Por qué sentía una opresión en el pecho al pensar en ella?

—Ya casi estamos —susurró una voz. ¿Siempre había estado ahí?

«Ojos dorados. Con los dedos extendidos en mi dirección».

¿Quién tenía los ojos dorados? ¿Por qué era importante?

El recuerdo se me escurrió como agua entre las manos.

«¿Quién soy?».

La pregunta se perdió en el vacío en el que había estado mi identidad. Busqué con desesperación algo a lo que anclarme. Nada. No había nada.

«¿Quién soy?», le pregunté al vacío, pero no hubo respuesta.

«¿Quién…?».

Ojos dorados. Pelo negro. Mano extendida.

La oscuridad lo engulló todo.

—Ven, niño. —Una voz atravesó las tinieblas—. ¿Qué haces aquí?

Sentí una presencia que se movía, una figura que surgía de las sombras. Aunque no podía verla, la percibía.

—Soy la reina Andrid Valtýr —dijo acercándose.

Me preparé para cualquier tormento nuevo que aquella entidad pretendiese infligirme.

—La oscuridad no siempre es equivalente al mal —dijo como si me hubiera leído el pensamiento—. Igual que la luz no siempre representa el bien. Prefiero existir en el espacio intermedio.

Su presencia me transmitía una extraña calma.

—No sé qué buscas —añadió con suavidad—, pero puedo darte un propósito. Un lugar en mi reino. Un servicio que dé sentido a tu existencia.

Sentí que me hundía más.

—Tú decides. —Alargó una mano hacia mí—. Aunque creo que no te falta mucho para sufrir las maldiciones de los horrores del Vacío.

Extendí la mano a ciegas, en busca de la suya.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó cuando nuestros dedos se rozaron.

Fui a responder, pero no encontré nada.

La figura de la reina se hacía algo más visible: piel pálida, ojos como pozos insondables. Su pelo parecía disolverse en las sombras.

—¿Serás un regalo del Vacío? ¿Habrás surgido del mismísimo éter? —Me escrutaba con una mirada de interés, curiosa y decidida.

Me dejé guiar por ella.

—Aether —dijo por fin—. Te llamaré Aether.