Capítulo. 68 Victoria Hueca
H abían pasado dos semanas desde que atravesé el corazón de Olinthar con una espada. Dos semanas desde que aquella grieta se tragó a Thatcher. Dos semanas de despertarme sin recordar que se había ido, para a continuación asfixiarme de nuevo.
Estaba en las inmediaciones de Cresta Salada, entre las sombras, con la capucha puesta, y contemplaba las cintas de colores que se mecían bajo la brisa.
De la plaza brotaba el sonido de la música; del violín salían las mismas canciones que Sulien solía tararear mientras remendaba las redes.
Era Henrick quien tocaba. Unos niños pasaron corriendo a mi lado, aferrando entre los dedos pegajosos los dulces de la fiesta, y sus risas cristalinas resonaron en mis oídos.
Celebraban el fin del reinado de Olinthar. El fin de los Juicios. El ascenso de su nuevo rey salvador.
La cabaña tenía el mismo aspecto que unos meses antes, cuando me marché: la desgastada pintura azul se estaba pelando en los mismos puntos; la contraventana torcida que Thatcher no había llegado a arreglar seguía colgando en un ángulo incongruente.
La única diferencia era que en el tendedero ondeaba la ropa de otros.
Los hijos de otras personas jugaban en el patio en el que nosotros entrenábamos antaño con espadas de madera.
Me acerqué a la ventana y mi aliento empañó el cristal.
Dentro, una mujer removía algo en el fogón.
Había un hombre sentado a nuestra mesa, a la mesa de Sulien, y le enseñaba a un niño los mismos nudos que nuestro padre nos había enseñado a nosotros.
El niño estaba concentrado, con la lengua asomando entre los labios mientras sus deditos manejaban la cuerda con torpeza.
La vida había fluido hasta ocupar los huecos que habíamos dejado. Como el agua que rellena un agujero en la arena.
En la plaza habían construido una nueva fuente donde antes había un pozo. El agua relucía bajo el sol de la tarde, y los niños se salpicaban entre ellos mientras sus padres chismorreaban y bebían. Por encima había una pancarta: La luz de la libertad arde para siempre .
Me dieron ganas de arrancarla.
Pero tan solo me acerqué más a la gente que bailaba.
Y entonces lo vi.
En el centro de la plaza, Marel daba vueltas con una chica pelirroja; los dos se reían de algún chiste privado.
Él la sujetaba por la cintura con naturalidad.
Cuando la chica perdió el paso, él la sostuvo con la misma fuerza y suavidad con que me había sujetado a mí en otros tiempos.
La sonrisa torcida que yo solía recorrer con los dedos le iluminó el rostro mientras susurraba a su acompañante algo que la ruborizó.
Era muy bonita. La hija de un pescador, probablemente.
Esperé a ver si sentía algo.
Me alegraba por él. Siempre supe que encontraría a alguien si yo por fin me armaba de valor y lo abandonaba o me apartaba de él, si lo liberaba de la jaula en la que, en mi egoísmo, lo tenía encerrado.
Y ahí estaba yo, viendo mi antigua vida como a través de una ventana.
La celebración siguió su curso mientras yo recorría el pueblo.
Pasé junto a la panadería en la que Thatcher solía robar bollitos, aunque dejaba unas monedas cuando creía que nadie lo veía.
Junto a la cabaña de Lira, que nos vendaba las rozaduras sin preguntar cómo nos las habíamos hecho.
Junto a todos aquellos trocitos de una vida que ya no existía.
Mientras todos se volcaban en la boda de Xül, me había escapado del reino divino y había acudido a Cresta Salada. Aquel día no soportaba la idea de quedarme en Voldaris.
Las dos últimas semanas se fundían en mi mente como un borrón indiferenciado. Morthus frente a los Doce, con aquella voz impregnada de una solemnidad que hacía que los dioses lo escucharan.
—Moros vive. Durante años se sentó a esta mesa, oculto tras el rostro de Olinthar mientras buscábamos su consejo, confiábamos en su juicio. Todos los secretos y debilidades que le confiamos alimentaban a un enemigo al que creíamos muerto muchísimo tiempo atrás.
Morthus, hábil con las pausas, les dejó tiempo para asimilar sus palabras.
Los miembros del panteón lo habían escuchado en silencio mientras él pintaba la escena ante ellos. Un Primigenio que estaba al tanto de todas sus desavenencias. Que había arrastrado a mi hermano al espacio que separaba los reinos. Que regresaría, porque eso era lo que hacían los males arcanos.
La transición de poder se produjo mediante gestos, no palabras. El sutil asentimiento de Davina. La mano de Syrena en el hombro de Morthus. Hasta Sylphia se acercó más para mostrar su apoyo. Cuando Thalor se unió a ellos, la suerte estaba echada. Contaba con el respaldo de cuatro de los Doce.
Suficientes para desanimar a cualquiera que quisiera impugnarlo. Para coronar a un nuevo rey sin que estallase la guerra.
El miedo, después de todo, era el motor de la concordia. Pese a mi aturdimiento, pude ver a antiguos rivales encontrar de pronto intereses comunes. Siglos de división se desvanecían, porque se enfrentaban a algo peor que los conflictos que los separaban.
Lo creyeron porque los líderes como Morthus no solo decían la verdad, la hacían sentir hasta en los huesos.
Cuando propuso sus reformas, respaldado por cuatro dominios, agradecieron que estuviera allí para dirigirlos. Que alguien les dijera cómo sentirse a salvo de nuevo.
El bien común, labrado con pecados necesarios. Un nuevo rey se alzaba sobre las cenizas del anterior. Y yo, sentada allí, me pregunté si no habíamos cambiado a un tirano por otro más inteligente; si Morthus me había salvado o me había encerrado en una jaula más bonita.
Pero, durante todo aquel proceso, guardé silencio. El poder de Olinthar se me había asentado en los huesos como plomo fundido. Me había convertido en uno de los seres más poderosos del reino divino.
Y también en el más vacío por dentro.
Antes odiaba llevar su esencia en la sangre, pero acarreaba conmigo todo su fuego. Al universo, al parecer, le encantaban las simetrías despiadadas.
Arriba, en el reino divino, Xül debía de estar consagrándose a una mujer a la que no amaba. Uniéndose a ella en nombre de la estabilidad. Otro sacrificio en aras de lo necesario.
Yo creía que iba a pasar la eternidad con él.
En la promesa de sus ojos cuando me llamaba «estrellita».
En la seguridad que sentía en la Aguja de Hueso.
Pero la eternidad era un concepto que ya no comprendía.
¿Cómo iba a pensar en la eternidad cuando a duras penas podía sentir nada más allá del próximo instante?
El hueco que debería ocupar Thatcher era como un dolor físico, un miembro fantasma que me hacía despertarme gritando.
Nuestro vínculo privado, por el que antes fluían emociones y pensamientos compartidos, se había transformado en una hebra deshilachada que no llegaba a parte alguna.
Solo tenía la consciencia, increíblemente tenue y lejana, de que seguía vivo. Era como el eco de un eco.
Sabía que debería estar furiosa. Que debería hacer pedazos el reino divino, piedra por piedra.
Que debería ser algo distinto del cadáver ambulante en que me había convertido y que se movía de forma automática.
A veces, a última hora de la noche, me clavaba las uñas en las palmas hasta sangrar para tratar de sentir algo, lo que fuera, con la misma claridad con la que antes lo sentía todo.
La mitad de mi alma ya no estaba, y ni todo el poder divino podría llenar ese vacío.
Pero, por los dioses, lo deseaba. Deseaba sentir una cólera que me hiciera arder.
Quería que la boda de Xül me afectase, con aquella fiera posesividad que en otros tiempos me habría empujado a la violencia.
Quería sentir el dolor que se supone que se siente al perder todo lo que se ama.
Y, sin embargo, de mí no quedaba más que… aquello.
Recorrí el camino que conducía a los acantilados, al lugar en el que perdí el control por primera vez y arranqué las estrellas del cielo para Marel. Donde todo se torció.
El sendero era tal como lo recordaba, desgastado por las botas de generaciones de pescadores, traicionero a la luz del anochecer para quien no supiera dónde pisar. Pero mis pies encontraron el camino de modo inconsciente. El cuerpo recordaba ciertas cosas para siempre.
El océano se extendía frente a mí, grandioso e indiferente.
Las olas chocaban contra aquellas rocas que estaban allí desde ante de que los dioses inspirasen su primer aliento y seguirían allí mucho después de que todos nos convirtiésemos en polvo.
Había algo sincero en esa constancia, en saber que algunas cosas, sencillamente, permanecían.
—He pensado que te encontraría aquí. —La voz de terciopelo me acarició la piel.
—¿No deberías estar en tu boda?
—La ceremonia ha terminado hace una hora. —Se me acercó, y sus pasos, cuidadosos como si caminase sobre un cristal, hicieron crujir la grava.
—Y ahora estás aquí.
Guardó silencio largo rato. Cuando habló de nuevo, tenía la voz ronca.
—No podía quedarme allí y fingir mientras sentía que… —Se interrumpió.
—Deberías volver. Tu esposa estará buscándote.
—Que busque. —Había amargura en su voz, pero también algo más. Algo que sonaba a pesadumbre—. Ya tiene lo que quería. Todos ellos.
En silencio, contemplamos las olas que cubrían las rocas de espuma. El espacio que nos separaba estaba repleto de palabras sin pronunciar, de distancias insalvables.
—Quería pedirte perdón —dijo con voz entrecortada—. Por todo. Por la boda. Por no ser capaz de… —Se le quebró la voz—. Dioses, Thais. Lo siento muchísimo.
—No hace falta. —Mis palabras carecían de emoción—. Has hecho lo que debías. Como todos.
—Thais…
—No puedo ser lo que necesitas. —Mantuve la vista fija en el horizonte—. No puedo ser lo que no necesita nadie. Ya no.
—Eso no es cierto.
—Claro que sí. —Me volví a mirarlo para que viera el cascarón vacío en que me había convertido.
Rebuscó en mis ojos y algo se rompió en los suyos. Alzó una mano hacia mi cara y luego la dejo caer, como temeroso de tocarme.
—Sigues ahí dentro. Atenuada, quizá. Dolida. Pero no has desaparecido.
—La mitad de mí ya no está. —La brisa se llevó mi voz—. La parte que sabía cómo sentir. La que albergaba esperanzas. Esa parte se ha ido con él, esté donde esté.
Quería tocarlo y sentir que se me aceleraba el corazón.
Quería besarlo y saborear sus labios. Quería enfadarme con él por casarse con otra, gritar hasta que me sangrara la garganta, sentir la puñalada de la traición.
Pero la idea de hacer cualquiera de esas cosas, de que todo me cayera encima de golpe, me aterraba. No podía.
Y ese vestigio de deseo no era sino otro recordatorio de todo lo que había perdido.
Extendió la mano hacia mí, lento, cuidadoso, como quien se acerca a un animal herido. Al ver que no me apartaba, me abrazó y me estrechó contra su pecho. No le devolví el abrazo, pero tampoco me aparté. Solo me quedé inmóvil mientras él hundía el rostro en mi pelo.
—Encontraré alguna forma de arreglar todo esto —me susurró en voz baja y fiera.
—No tiene arreglo.
Me estrechó con más fuerza y pude sentir que controlaba con cuidado su respiración. Con mucho cuidado, como si estuviese conteniendo un océano.
—Mi corazón late y siempre latirá por ti. —Las palabras sonaron ásperas, con un deje de oscuridad—. Te pertenezco por completo. Y siempre te perteneceré.
Deseaba que aquella confesión me hiciera sentir algo.
Deseaba decirle que se merecía algo mejor que el vacío en que me había convertido.
Deseaba que me afectase que se hubiera casado con otra mujer una hora antes y sin embargo estuviera allí estrechándome entre sus brazos como si yo fuese todo su mundo.
Tenía ganas de llorar, de venirme abajo.
De que sus palabras me rompieran por dentro para poder sentir por fin el dolor que se asentaba en mi pecho como una piedra.
Sabía que estaba ahí, notaba su peso, su forma, cómo me oprimía las costillas cada vez que respiraba.
La pérdida. De Xül. De Thatcher. Del futuro en el que todos sobrevivíamos intactos.
Todo aquello estaba enterrado en mi pecho, bajo aquel terrible letargo.
—Lo sé —respondí sin apartarme.
Se quedó inmóvil, con todos los músculos en tensión.
—Thais, por favor… Grítame. Golpéame. Ódiame. Lo que sea menos esto.
—No puedo.
Nos quedamos allí, como estábamos, mientras el sol se hundía bajo el mar. Dos seres destrozados que se sostenían el uno al otro.
Me abrazaba, y las olas rompían contra las rocas.
Cuando habló de nuevo, su voz se había vuelto fría.
—Dices que no sientes nada. Pero yo lo percibo, Thais. Todo ese dolor que llevas a cuestas. Es… —Se interrumpió y se puso a mover la mandíbula, pensativo.
Me aparté un poco y lo miré. Sus ojos eran pura oscuridad.
—¿Qué quieres decir?
Me rozó la mejilla con los dedos, un contacto tan dulce que casi me dolió.
—Nada. Es solo que… Te conozco, Thais Morvaren.
Me quedé mirando el mar, cada vez más oscuro. Thatcher estaba en algún lugar. Quizá no en aquel reino, ni en ningún otro que aún existiese. Pero seguía vivo. Estaba tan segura como de mi propio nombre.
—Siento que lo pierdo —susurré—. Cada día está un poco más lejos. Como si hasta la gravedad lo alejase de mí.
—Sigue ahí fuera, Thais. Y es muy fuerte. Le corre sangre de los Primigenios por las venas —señaló Xül—. Esté donde esté, es un rival temible para cualquiera que se interponga en su camino.
Le di un apretón en la mano; fue todo el afecto que pude demostrar. Nos quedamos allí juntos mientras la oscuridad se adueñaba del cielo. En algún sitio, más allá del horizonte, más allá de la realidad, estaba Thatcher.
«Estaré esperándote».
Fue una de las últimas cosas que me dijo. Me aparté.
—Quédate conmigo —me pidió Xül de pronto—. No te vayas aún. Podemos seguir aquí tanto tiempo como quieras.
—Eso solo complicaría más las cosas —le recordé—. No puedo darte lo que necesitas.
—No necesito nada de ti —habló con fiereza—. Me basta con que existas, que sigas ahí, que me dejes ayudarte a llevar esa carga hasta que la puedas volver a llevar tú misma.
—¿Y si eso no pasa?
—Entonces, yo la llevaré para siempre. —Sonó como si fuese algo tan innegable como la salida del sol—. En eso consiste querer a alguien.
El amor.
Un sentimiento maldito e inclemente.