The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo. 67 Xül #3
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Capítulo. 67 Xül #3

El futuro que me había imaginado se hizo pedazos.

Todos aquellos momentos robados, el eco de sus risas en la Aguja de Hueso.

El modo en que ella me había plantado cara, me había desafiado, me había hecho sentir vivo por una vez en mi vida.

Los planes que casi no había reconocido ni ante mí mismo: mostrarle los rincones ocultos del reino, ver cómo crecía su poder a medida que lo dominaba, quizá oírle decir algún día que ella también me quería.

Todo eso se redujo a cenizas.

Porque la quería más que a mi propia libertad. Más que a ningún futuro. Más que a nada.

—De acuerdo —acepté en voz baja. Besé la frente de Thais, inhalé el aroma de la luz estelar y la tormenta, y me lo grabé en la mente.

Vi un destello de orgullo en los ojos de Morthus y me dieron ganas de abalanzarme sobre él.

—Tienes mi palabra. Estará bajo mi protección.

—Ella vale más que todo eso —dije con suavidad. Thais se apretó más contra mi pecho; incluso en aquel estado, derrumbada, buscaba consuelo en mí. La sujeté mejor—. Vale más que todas tus ambiciones, tu bien común, tu panteón perfecto.

—El amor nos convierte a todos en tontos, hijo mío; tanto a los dioses como a los mortales.

—En ese caso, de buena gana escojo ser tonto.

—Observé la mirada perdida de Thais, la mujer que nunca sabría del vínculo que me había tallado en la piel para asegurarme de que siempre estuviera a salvo, para poder encontrarla en cualquier circunstancia.

Nunca sabría que mi alma estaba atada a la suya, que mi corazón solo latía por ella, más y más a cada día que pasaba.

Aquel era el precio de su supervivencia. Y lo pagaría mil veces si hiciera falta, aunque para ello tuviera que pasarme toda la eternidad mirándola a distancia, entregado a otra, siempre que ella pudiera vivir y respirar y, tal vez, algún día, sonreír de nuevo.

Morthus se acercó al cadáver de Olinthar y el poder oscuro se aglutinó alrededor de sus manos.

—Esto tiene que parecer convincente, de forma que nadie se cuestione mi participación.

La magia de la muerte le brotó de las manos y se filtró en el cadáver de Olinthar.

La sangre se volvió alquitrán; la expresión apacible se retorció en un rictus de agonía.

Las sombras se filtraron bajo su piel y dejaron huellas de deterioro que apuntaban a un asesinato lento y deliberado.

Cuando mi padre terminó, Olinthar tenía el aspecto de haber sido torturado por la propia muerte antes de que le asestara el golpe final.

—Su esencia se está transfiriendo a ella —señalé con la voz cargada de tensión—. ¿Cómo piensas explicárselo a los demás cuando lleguen? Lo notarán al instante.

—Notarán algo —convino mi padre con un breve asentimiento—. Pero nunca había ocurrido nada así, y menos tratándose de uno de los Doce.

—¿Y cuando afirmes que lo has matado tú?

—Se lo creerán porque es lo que esperan —respondió Morthus con un brillo calculador en los ojos—.

En cuanto al poder… —Señaló a Thais—. Es solo una hipótesis, claro, pero creo que no se me habría transferido a mí ni siquiera si lo hubiera matado yo.

La muerte y la luz se oponen diametralmente. No soy compatible.

—Pero ella sí —dije mirando su figura ausente—. La luz atrae a la luz.

—Exacto. Son del mismo dominio. El poder de él la busca a ella de forma natural. —Se le ensombreció el rostro—. Lo que significa que muy pronto va a tener que aprender a disimularlo, a ocultar aquello en lo que se ha convertido.

Apreté los dientes.

—¿En su estado actual? Si casi no está consciente.

—Sacaremos partido de lo que ignoran y del caos que rodea toda esta situación.

Ahora… —Morthus se limpió las manos—, vamos a llamar a los demás.

Déjame hablar a mí. No te apartes de ella, pero intenta no parecer demasiado protector.

Necesitamos que se concentren en mí, sin preguntarse si vosotros habéis participado de algún modo.

Asentí y sujeté mejor a Thais, que yacía flácida en mis brazos.

Tenía los ojos abiertos, pero no miraba.

La conmoción, el dolor y el incipiente poder divino formaban una combinación peligrosa.

Podía sentir como la esencia de Olinthar se asentaba en sus huesos y trataba de reconvertirla en algo que ella nunca quiso ser.

—Todo irá bien —le susurré mientras la mecía con suavidad.

—Thatcher —dijo con un murmullo casi inaudible—. Tengo que encontrar a Thatcher.

—Lo sé, estrellita, lo sé.

Después de aquello ya no dijo nada más; solo se quedó en mis brazos, mirando al vacío. Su cuerpo estaba presente, pero la mente había buscado refugio en algún lugar seguro. Había visto algo similar en víctimas de tortura: cuando el dolor se volvía excesivo, la mente simplemente… se apagaba.

Iba a comenzar la partida. Y lo único que yo podía hacer era sostenerla y suplicar a unos poderes más antiguos que el propio concepto de oración que, en algún rincón remoto de esa mente destrozada, ella siguiera luchando por regresar.

Pero, teniéndola allí, entre mis brazos, ausente e inmóvil, comprendí la verdad.

La había perdido también a ella.

Solo que de un modo diferente.