The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo. 67 Xül #2
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Capítulo. 67 Xül #2

Lo que eso significaba me sacudió de pies a cabeza. Los Doce verían a Thais como la llave del poder definitivo. No como una persona, ni siquiera una rival; solo un peldaño hacia el trono que les había estado vedado durante milenios.

—La protegeremos. —Mis palabras fueron más una súplica que una afirmación—. Los reformistas…

—Estamos en minoría. —Mi padre dulcificó su expresión—. Syrena nos apoyará, pero ¿y Vorinar? Ahora es una incógnita. ¿Axora? ¿Terralith? ¿Pyralia? Todos ellos están hambrientos de poder. Harían trizas el panteón si eso les diera la oportunidad de conseguirlo.

Thais seguía entre mis brazos, en silencio, presa de nuevo de aquel terrible vacío. Miraba sin ver, con los ojos llenos de lágrimas.

—Vorinar ya no es él mismo.

—¿Qué? —se sorprendió Morthus.

—Moros lo corrompió durante el Juicio —dijo Thais con voz casi inaudible.

—Entonces, aún contamos con menos apoyo. —Morthus se volvió y se alisó el pelo.

—¿Y qué hacemos?

—Hay… otra opción —sugirió Morthus, dubitativo.

—¿Qué opción? —pregunté alzando la vista.

—Que yo me atribuya la muerte de Olinthar.

Me quedé boquiabierto al oír su propuesta. Thais no reaccionó; quizá no lo hubiera oído siquiera. Pero yo comprendí al instante adónde quería ir a parar mi padre y estallé en cólera.

—Claro, cómo no —respondí con sequedad—. El cuerpo de Olinthar sigue caliente y tú ya estás planeando cómo obtener ventaja. Para ti todo es una oportunidad, ¿no es cierto?

—¿Prefieres que deje cargar con la culpa a la auténtica asesina? —preguntó Morthus con una calma enloquecedora—. ¿Una chica afligida y que casi no puede tenerse en pie, no digamos ya defenderse de todo el panteón?

—No te hagas el altruista —bufé—. Hace siglos que codicias el trono de Olinthar. Y, ahora que da la casualidad de que está vacío, resulta que tú estás dispuesto a asumir esa responsabilidad.

—Sí —respondió sin más—. Lo quiero. Y he trabajado para conseguirlo. La diferencia es que yo estoy preparado para lo que venga a continuación, y ella no.

Quería descargar mi cólera sobre él, gritarle que era un cabrón oportunista. Pero, al mirar a Thais sumida en su dolor, ajena al huracán político que se iba a desencadenar en cualquier momento, comprendí que no se equivocaba. Y eso empeoraba la situación.

—Los otros impugnarán tu derecho al trono —respondí. Trataba de encontrar fallos en su lógica y, a la vez, me odiaba por siquiera considerar la idea—. Ya eres una amenaza para los tradicionalistas. Si además creen que has matado a Olinthar…

—Se volverán en mi contra, sí. Pero mi posición está bien consolidada. Soy poderoso. Tengo aliados, recursos, siglos de maniobras políticas que puedo aprovechar. —Señaló a Thais—. Lo único que tiene ella es un poder en bruto que no sabe controlar y una diana pintada en la espalda.

—Exacto. Tenemos aliados que…

—Que ¿qué? —La voz de mi padre adoptó un tono cortante—.

¿Que la protegerán a todas horas? ¿Que se enfrentarán a todo el panteón cuando venga a por ella?

—Se me acercó más y vi en sus ojos esas frías maquinaciones que lo habían mantenido tanto tiempo como segundo del panteón, solo por detrás de Olinthar—.

Todos confabularán contra ella, de uno en uno o a la vez. Y vencerán.

—Antes tendrían que pasar por encima de mí. Todos y cada uno de ellos.

—Eres poderoso, hijo mío, pero no tanto. Axora sola podría…

—Podría intentarlo. —Bajé la voz—. Estoy dispuesto a pintar el templo con sangre divina antes de permitir que le pongan un dedo encima.

Morthus me observó un rato con atención.

—Morirías por ella.

—Sin dudarlo ni un instante. —Acaricié el cabello de Thais, que temblaba estrechada contra mi cuerpo; era un gesto dulce, pero mis palabras fueron violentas—. Pero me aseguraría de llevarme por delante a tantos como me fuera posible, empezando por el primero que se le acercase.

—Un gesto muy romántico. Y del todo inútil. —Sus rasgos se ensombrecieron todavía más—. No pienso permitir que otro dios aproveche la oportunidad.

Lo dijo de un modo que me heló la sangre. Sin pensarlo, estreché a Thais con más fuerza.

—¿Qué insinúas?

—Digo que, si me atribuyo esta muerte, tengo que ser lo bastante fuerte para conservar el trono. Lo bastante para que nadie ose enfrentarse a mí. —Me taladró con la mirada—. Tu matrimonio con Nyvora dividiría a los tradicionalistas. Me daría la alianza que necesito.

—Que te den. —Sonó como un gruñido—. No voy a cambiar la vida de Thais por unas cadenas.

El silencio se alargó, preñado de amenazas implícitas. Cuando Morthus habló por fin, fue con voz suave y amenazadora.

—Entonces, tendré que considerar todas las posibilidades que me permitan mantener la estabilidad del panteón. Todas ellas, incluso las que preferiría evitar.

Un gruñido grave se me escapó de los labios.

—No te atreverás.

—Si he gobernado Draknavor tanto tiempo es porque he hecho lo que se tenía que hacer —respondió con naturalidad—. No me obligues a demostrártelo.

Me puse en pie y levanté conmigo a Thais, aún entre mis brazos.

—¿Podrías asesinar a una mujer inocente? A la que tu propio hijo… —Fui incapaz de terminar la frase, de poner en palabras lo que ella significaba para mí.

—¿Para impedir que estalle la guerra y destruya todo lo que hemos creado? ¿Para evitar que los tradicionalistas hagan del reino un sitio aún más oscuro? —La convicción ardía en sus ojos como una llama—. Podría, sí. Y lo sabes.

Thais se agitó entre mis brazos, perdida en su dolor, ajena al hecho de que su vida pendía de una negociación. Aunque, en realidad, no había muchas opciones donde escoger.

—Maldito cabrón —susurré.

—Sí —convino impasible—. Pero soy un cabrón que mantiene su palabra. Acepta el matrimonio y ella vivirá bajo mi protección. Si lo rechazas… —No le hizo falta concluir la frase.

De pronto le cambió la cara, y sus facciones mostraron algo que iba más allá de las simples maquinaciones políticas, algo más profundo.

—No pienso renunciar a mis objetivos, Xül —siguió—.

Ni por ella ni por ti ni por nadie. Llevamos demasiado tiempo trabajando, hemos sacrificado demasiado, para permitir ahora que el caos lo destruya todo.

El panteón debe cambiar. Las costumbres de la vieja escuela, la crueldad, los juegos de poder inacabables…

mueren con Olinthar. Pero un cambio así requiere, en primer lugar, estabilidad.

—¿Así que el fin justifica los medios? —Cada sílaba fue como una puñalada asestada al silencio.

—¿Si a cambio se consigue un reino que no recolecta a los jóvenes con dones para la diversión de las divinidades?

¿Donde los mortales no son las fichas del juego de los inmortales?

Sí. He hecho cosas terribles para que lleguemos a este punto.

Si es necesario, las haré mucho peores. Porque la alternativa es inaceptable.

—Miró a Thais y, por un momento, vi en su rostro auténtico pesar—.

Ella no se merece verse atrapada en esta situación.

Pero ninguno de nosotros recibe lo que merece, solo lo que puede rescatar de entre los escombros.

Bajé la vista para contemplarla, mi fiera estrellita que se había abierto paso hasta mi corazón, y luego la alcé de nuevo para mirar a mi padre.

Vi en sus ojos que era sincero. Lo haría.

Para alcanzar su visión de un panteón mejor, para impedir que algo peor lo sustituyera, por el bien común que había perseguido durante toda su existencia, sería capaz de añadir la muerte de Thais a su lista de pecados inevitables.