The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo. 67 Xül
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Capítulo. 67 Xül

C on un gran estruendo, las puertas del templo se abrieron hacia dentro. Mi padre y yo entramos en tromba, con la magia de la muerte enroscada en las manos…

Y nos quedamos paralizados.

—¡Detente! —la voz de mi padre restalló con la solidez de una montaña, pero ya era tarde.

Thais estaba al lado de la figura caída de Olinthar, cuyo pecho atravesaba una espada de pura luz estelar. La sangre salía a borbotones; formaba un charco bajo el rey de los dioses y se derramaba por el oscuro y agrietado suelo de piedra. En el aire aún se notaba la vibración residual del poder.

La mirada de Thais buscó la mía a través de la distancia empapada de sangre.

Una mirada hueca. No era fría ni desafiante; solo hueca, como si se hubiera vaciado de todo lo que había en su interior.

La espada estelar parpadeó y se desvaneció, dejando atrás tan solo la herida que había abierto en la mismísima divinidad.

Se tambaleó. Me moví de modo instintivo; las sombras me transportaron en un instante al otro lado del templo. Le fallaron las rodillas, pero la atrapé a tiempo y la estreché contra mi pecho, acunándole la nuca con una mano.

—Te tengo —murmuré con la boca hundida en su pelo—. Estoy aquí, estrellita. Te tengo.

—Thatcher. —Hablaba con tono monótono, inexpresivo—. Se ha llevado a Thatcher.

—¿Quién? —pregunté.

Me agarró la camisa con las manos; fue un gesto mecánico, como si no recordase muy bien qué sentido tenía. La sangre de Olinthar, que le manchaba las manos, empezaba ya a adquirir el color del óxido.

Le besé la sien y noté un sabor a sal y cenizas.

—Dime qué ha pasado. Cuéntamelo todo.

No respondió.

Mi padre se acercó al cuerpo caído de Olinthar, se arrodilló y le tomó el pulso en el cuello.

Fue un gesto más ritual que necesario; todos éramos conscientes de que la presencia divina de Olinthar, que debería ser perceptible, brillaba por su ausencia.

El sabor característico de su poder, que había dominado el panteón durante eones, se había extinguido como una llamita.

—Está muerto —confirmó Morthus muy serio—. Del todo, sin la menor duda. —Observó la escena con atención: el cadáver de Elysia en un charco de sangre, las columnas del templo destruidas…—. ¿Qué ha pasado aquí?

Al principio, Thais no reaccionó. Se miraba la sangre de las manos como si no la reconociera. Cuando habló por fin, la palabra sonó irreal.

—Moros.

El nombre restalló en el aire como un trueno. Mi padre se quedó pálido, inmóvil. Yo sentí que se me helaba la sangre.

—Es imposible —señaló mi padre—. Moros murió en la Ruptura. Todos percibimos su muerte.

Silencio. Luego, con un hilo de voz:

—Estaba dentro de Olinthar.

—No —atajó mi padre—. Lo habríamos notado.

—¿Cuánto hace? —quise saber. Mi mente repasó a toda velocidad todas las interacciones recientes con Olinthar y las analizó bajo aquella luz nueva y horrible.

Thais parpadeó despacio, como si hasta ese ligero movimiento le costara un enorme esfuerzo.

—Siglos.

Mi padre cayó de rodillas junto al cadáver de Olinthar.

—Dices que lo había poseído un Primigenio. No puede ser. Fue destruido. —Estudió el cuerpo bajo esa nueva perspectiva. Le temblaban las manos.

—Cuéntanoslo todo —dije apremiante, aunque sin alzar la voz—. Thais, por favor. Tenemos que saberlo.

Se quedó tanto rato con la mirada perdida que no supe si iba a responder. Cuando habló por fin, pronunció cada palabra con cuidado, como si temiera que pudiera hacerse pedazos.

—Thatcher desapareció. Los seguí a Olinthar y a él hasta aquí. Intentaba abrirle el pecho a Thatcher… Entonces apareció Elysia y me clavó una espada.

Miré de reojo a la diosa muerta.

—¿Dónde está Thatcher? —pregunté—. ¿Y Moros?

—Ya no están —fue lo único que respondió.

—El poder de Vivros —murmuró mi padre; en su voz se mezclaban la comprensión y el horror—. Si lo que dice Thais es cierto, Moros querría absorberlo. La habilidad de desintegrar la materia… Si la poseyera, sería imparable.

Thais no cambió de expresión.

—Estábamos peleándonos con él, y Thatcher se las arreglaba para quitárselo de encima. —Su voz se tornó aún más inexpresiva—. Pero, entonces, Moros abrió un agujero a la nada. Y se tragó a Thatcher.

Mi padre levantó la cabeza, sorprendido.

—¿Abrió un paso al Abismo?

Thais se volvió a mirarlo; el vacío de sus ojos era aterrador.

—Lo tenía cogido de la mano. Lo estaba sujetando. Pero se me escurrió. —La mirada se perdió de nuevo en la nada—. Se me escurrió y… desapareció.

Se hizo un silencio, roto solo por su respiración, demasiado estable y controlada; parecía que se acordase de cómo funcionaba y lo hiciera a propósito.

—Dijo que allí podría encontrar a Thatcher —concluyó.

Las consecuencias de aquellas palabras nos dejaron helados.

Moros seguía vivo. Había estado al frente del panteón durante años.

Conocía todos nuestros secretos, nuestras debilidades, nuestros planes.

Y Thatcher, con un poder capaz de rivalizar al de un Primigenio, estaba perdido en el éter, donde Moros podría llegar hasta él.

—Joder —exclamé.

—Una observación acertada —convino mi padre, conmocionado—. Tenemos que… —Se interrumpió y trató de recuperar la compostura con un esfuerzo perceptible—. A ver, por orden. Olinthar. El traspaso de poder. Ya nos encargaremos del resto más adelante.

—¿Podemos traerlo de vuelta? —La voz de Thais carecía de emoción, como si supiera de antemano la respuesta, pero tuviera que preguntarlo de todos modos.

El silencio de mi padre se alargó un buen rato. Cuando por fin habló, su tono era neutro y controlado.

—Para abrir un paso al Abismo tienen que darse unas condiciones muy concretas. Y muy extremas.

—Explícate.

—Si la grieta que ha abierto Moros ha sido posible es porque había dos fuerzas primigenias que tiraban del tejido de la realidad.

El poder de Vivros y la esencia de Moros, dos antiguos enemigos enzarzados en combate.

—Sacudió la cabeza muy despacio—. Aunque aunáramos a los doce aesymar, no generaríamos una paradoja de tal calibre.

Hacen falta poderes anteriores incluso al panteón, opuestos con violencia, y que creen tal anomalía que la propia existencia ceda ante ellos.

Thais absorbió esa información con rostro inexpresivo.

—Encontraremos otra forma —prometí enaltecido, aunque no tenía ni idea de cómo—. Tiene que haber…

—No la hay —me interrumpió Morthus—. Lo que se extiende entre los reinos no es una puerta que se pueda desbloquear. Es la ausencia de cualquier cosa. Solo una ruptura fundamental de la realidad puede salvar esa distancia.

Thais me miró, y el vacío de sus ojos fue peor que si estuvieran llenos de lágrimas.

—Ya no está.

—Thais…

—¿Y Olinthar? —preguntó Morthus con cautela—. ¿Qué ha hecho después?

Thais parpadeó.

—Está muerto.

No había en sus palabras el menor atisbo de placer por la venganza que había anhelado durante tanto tiempo. Sin Thatcher, matarlo no significaba nada para ella.

—¿Y Elysia? —me interesé—. ¿Qué pinta en todo esto?

La mirada de Thais se posó en el cuerpo tirado sobre un charco de sangre.

—Colaboraba con él. —Una pausa—. Con Moros.

—Creo que hay un detalle que no entendéis ninguno de los dos. —Mi padre se levantó despacio, con la expresión más sombría que le había visto en la vida—. Tú has asestado el golpe mortal, Thais. El dominio de Olinthar, sus responsabilidades, su misma esencia… fluirán hacia ti.

Bajó la vista para mirar el poder divino que empezaba a empaparla.

—No.

—Tus deseos son irrelevantes —respondió Morthus en voz baja—. Ya ha comenzado. ¿No lo notas?

Yo sí lo notaba. Se lo vi en la forma de moverse, en cómo le cambió la respiración. El poder divino había empezado a fluir de modo inexorable, desde el cadáver que se enfriaba hacia la persona que había causado su muerte.

—Tengo que encontrar a Thatcher —insistió como si no hubiese oído a mi padre, como si no existiera nada más—. Tengo que traerlo de vuelta.

—Thais, escúchame…

—Ya no está —repitió; me miró sin verme—. Lo he soltado y ha caído.

—No lo has soltado —contradije con fiereza, y le sujeté el rostro con las manos—. Te has enfrentado a un Primigenio y has sobrevivido. Has…

—Lo he soltado. —Se le quebró la voz; era la primera emoción auténtica que demostraba desde que pronunció el nombre de Thatcher. Luego, el aturdimiento la cubrió de nuevo como un manto—. Tengo que encontrarlo.

Lo repetía una y otra vez, como un mantra, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. No parecía darse cuenta; no sollozaba ni se estremecía. Solo estaba allí, rezumando dolor, concentrada en un objetivo único e imposible.

Nunca la había visto así. Jamás imaginé que pudiera tener ese aspecto.

Mi Thais, que ardía de furia y de luz estelar, que se enfrentaba a dioses con la cabeza bien alta, reducida a aquel caparazón vacío.

La mujer que había atravesado el corazón de Olinthar con una espada unos minutos antes y la desconocida de ojos vacuos que sostenía entre los brazos no parecían la misma persona.

Ella era fuerte, inquebrantable. Incluso en sus momentos más amargos, siempre conservaba un núcleo de fuego, un obstinado rechazo a rendirse. Pero la pérdida de Thatcher había conseguido lo que ningún dios: había extinguido su luz. Y yo no tenía ni idea de cómo volver a encenderla.

—No podemos perder el tiempo —dijo mi padre, pero la mirada perdida de Thais hizo que asomara a su voz cierta nota de incertidumbre—. Los demás habrán percibido la muerte de Olinthar y vendrán a investigar.

—Pues que vengan —gruñí. La magia de la muerte chisporroteaba en mi mano libre—. Cualquiera que ponga un pie aquí…

—… verá la oportunidad que representa. —Morthus me interrumpió con una mirada asesina—. Piensa, Xül. Thais acaba de ascender, carece de experiencia y la devora la culpa. Para los Doce, no es la ejecutora de Olinthar; es la corona de Olinthar, a la espera de que alguien se haga con ella.