Capítulo. 66 El precio de la venganza #3
—Este es el espacio que separa los reinos.
Era la oscuridad infinita, una extensión en la que quizá se encontrasen los otros tres panteones, perdidos en el cosmos. Aquella era la voraz ausencia hambrienta que se había tragado tres cuartas partes de la divinidad durante la Ruptura.
Y quería alcanzarnos.
La grieta se ensanchó; sus bordes formaban fractales que se extendían. Sentía su tirón. Aquella cosa quería deshacerlo todo, destruir el mundo y sus pedazos.
—¿Qué has hecho? —grité a la forma de Moros, que se dispersaba.
Resonó aquella risa terrible procedente de todas partes y de ninguna.
—Abrir una puerta. Y tu hermano me ha ayudado.
El tirón se intensificó. El templo se disolvía y sus fragmentos caían hacia arriba, hacia la nada. Pero no era aleatorio; la herida había elegido su alimento.
Quería a Thatcher.
Resbaló en la piedra mientras la fuerza se centraba en él. Intentó agarrarse a algo, usar su poder, pero no había una materia viva que manipular. Sus habilidades, tan poderosas contra la carne y la sangre, no encontraban agarre en aquella laceración de la existencia.
Me lancé hacia él y le agarré la mano en el preciso momento en que sus pies se levantaban del suelo. La voracidad lo atraía con una fuerza inexorable.
«¡Aguanta! —El fuego estelar ardía a nuestro alrededor mientras yo intentaba anclarnos a la realidad. Mi poder se enfrentaba a la nada; insistía en que existíamos, que éramos importantes, que no nos adentraríamos en la noche absoluta con docilidad—. ¡Te tengo!».
Pero no era solo que aquella inmensidad quisiera a Thatcher; lo necesitaba. Noté que se me resbalaba su mano, que esa espantosa nada lo arrastraba.
«Suéltame —me transmitió, y su voz mental sonó calmada pese a todo—, o te arrastrará a ti también. Sálvate».
«¡Ni hablar! —Forcé al máximo todos mis recursos: la luz estelar, la fuerza divina, la terquedad mortal y veintiséis años de amor fraterno—. ¡Estamos juntos! ¡Siempre! ¡Eso fue lo que prometimos!».
«Algunas promesas no se pueden cumplir, Thais».
«¡Esta sí! ¡Esta pienso cumplirla!».
Resonó una risa sin origen identificable: la voz de Moros, incorpóreo pero aún presente, disperso pero no aniquilado.
—Si aquí no puedo hacerme con él, será en otro sitio.
—¡No! —Clavé los pies en la roca agrietada y sentí que se disolvía. Se me estaban entumeciendo los dedos, y la luz estelar parpadeaba mientras el abismo insaciable empezaba a devorarme a mí también.
—Como me habéis chafado el plan inicial, he tenido que idear otro.
La mano de Thatcher resbaló un poco más. Y más. Sus ojos encontraron los míos, desorbitados, conscientes de lo que se avecinaba. No transmitían miedo; eso era inconcebible en Thatcher. En ellos solo había tristeza, un profundo dolor que se extendía por sus iris dorados.
«Cuéntales lo que ha pasado aquí —me transmitió—. Háblales de Moros. De los otros reinos. De la brecha entre los mundos. Diles que tienen que prepararse».
«¡Díselo tú mismo! —Las lágrimas me corrían por el rostro—. ¡Vamos a salir de esta, como siempre!».
«Esta vez no. Te quiero, Thais. No me rendiré sin luchar. Estaré esperándote».
«¡No te atrevas a despedirte de mí!».
Su mano se soltó.
—¡Thatcher!
Me lancé hacia delante y le rocé los dedos mientras él caía hacia atrás. Nuestras miradas se cruzaron a través del umbral. Vi que articulaba dos palabras, y, de pronto, la grieta se cerró como las fauces de un depredador.
—No, no, no. —El fuego estelar chisporroteaba en vano desde mis dedos, intentando reabrir una herida que ya había cicatrizado—. Vuelve. Vuelve, por favor. No puedes… Teníamos un plan. Se suponía que íbamos a hacer esto juntos; se suponía que…
Se hizo un silencio absoluto. Me desplomé en el lugar donde poco antes se encontraba la grieta en la realidad y arañé la piedra sólida, que no mostraba la menor traza del horror que acababa de devorar a mi otra mitad.
Y entonces se oyó una tos húmeda.
Giré lentamente, con las lágrimas corriéndome por las mejillas, y vi a Olinthar en el suelo del templo, esforzándose por respirar.
Sus ojos ya dorados, libres de la corrupción plateada, se encontraron con los míos, y percibí un destello de reconocimiento.
Y algo más, que me revolvió el estómago: satisfacción.
Incluso agonizante, después de todo lo que había pasado, me miraba como si fuese su posesión, su creación.
—Thais… —dijo con un borboteo de sangre—. Hija.
Aquella palabra me dio náuseas. Me puse en pie y, con movimientos mecánicos, automáticos, formé una espada estelar sin proponérmelo siquiera.
—Siempre tan fogosa. —Se echó a reír y todo, salpicando el suelo de sangre.
Alcé la espada, y su luz se reflejó en aquellos ojos dorados. Unos ojos que no mostraban remordimientos, pesadumbre ni ningún otro sentimiento.
—No eres nada —dije entre dientes.
—¿Tú crees? —Sus labios se arquearon en una sonrisa que me dio ganas de frotarme la piel hasta desollarme—. Sigo viviendo en ti. En cada estrella que invocas. En cada una de tus respiraciones. Jamás te librarás de mí.
Bajé la espada.