The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo. 66 El precio de la venganza #2
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Capítulo. 66 El precio de la venganza #2

Alzó las manos y todo se inundó de una refulgencia ardiente. La luz se solidificó, formando cadenas que se enroscaron al cuello de Thatcher. Este intentaba inhalar y se tambaleaba hacia atrás, estrangulado. Entonces se oyó un crujido y Moros se dobló.

Elysia aprovechó mi distracción para liberarse. Se apartó rodando y se incorporó con otro cuchillo en la mano. ¿De dónde coño los sacaba? Levanté un brazo en el último momento y la hoja se me hundió en el antebrazo en vez de en la garganta. Más veneno. Más fuego en las venas.

Caminó a mi alrededor como un depredador que acechara a su presa. Ya se había curado la nariz, pero la sangre aún le teñía de rojo la barbilla.

—Formaremos una pareja maravillosa, ¿no te parece?

—Qué pena que no vayas a vivir para verlo —respondí mientras la luz se me acumulaba en las manos. Le di un puñetazo a esa zorra.

Se echó hacia atrás, pero a continuación se lanzó de nuevo hacia mí. El cuchillo silbaba en el aire.

Le agarré la muñeca, le retorcí el brazo y le atravesé las costillas con una hoja de pura luz estelar.

El mundo se paró en seco.

Elysia abrió unos ojos como platos, más por la sorpresa que por el dolor. Bajó la mirada al fuego estelar que sobresalía de su pecho y después volvió a dirigírmela a mí. Intentaba hablar, pero solo salía sangre de entre sus labios.

—Se suponía… que yo era importante —susurró, con verdadera estupefacción en los ojos. Como si no entendiese por qué sus ambiciones la habían llevado a aquel momento en que moría en el suelo de un templo.

—Todo el mundo es importante —dije en voz baja—. Pero tú decidiste serlo de la peor forma posible.

Cayó al suelo con un ruido sordo y la roja sangre se acumuló bajo su cuerpo.

Di media vuelta.

—Solo estás prolongando lo inevitable —murmuró Moros a través de la boca de Olinthar, y alzó las manos. Una fuerza invisible embistió a Thatcher como un ariete y lo lanzó al otro lado del templo. Chocó contra la pared del fondo con un estruendo, se deslizó hacia abajo y se agarró el hombro.

Me lancé hacia delante, con cuchillos estelares silbando en el aire. Moros giró en redondo y una luz dorada brotó de las manos de Olinthar para bloquear mi ataque. Los cuchillos se hicieron añicos, pero yo ya estaba forjando más.

—¿Has decidido apuntarte? —Moros rio, con una fuerza aplastante que me alcanzó en pleno salto. Me estrellé contra una columna y me crujieron las costillas—. Qué conmovedor. Los hermanos unidos en la muerte.

Thatcher se puso en pie mientras se limpiaba la sangre de la barbilla. Nuestras miradas se cruzaron a través de aquel templo en el que reinaba el caos.

«¿Te acuerdas de eso que decía Sulien?». La voz mental de Thatcher transportaba un esbozo de sonrisa.

«“La tormenta solo es fuerte mientras está sola”», cité mientras surgía otro filo de mi mano.

«“Pero dos vientos combinados pueden desgarrar el cielo”».

Nuestra coordinación era perfecta: cuando Thatcher giraba a la izquierda, yo atacaba por la derecha.

Cuando su poder deformaba la carne, mi fuego atravesaba las defensas.

Nos habíamos pasado toda la vida siendo las dos mitades de un todo, y en aquel momento, enfrentados a la Corrupción Encarnada, luchábamos como tales.

«Soporta todo lo que le lanzamos», gimió Thatcher a través del vínculo.

«Igual deberíamos probar con otra cosa».

—¿Creéis que me importa vuestro vínculo? —dijo Moros con sorna mientras intentaba seguir los movimientos de uno y otro—. Yo soy eterno.

—Como todos los demás Primigenios —dijo Thatcher con calma, y usó sus poderes para que la rodilla de Olinthar cediera en pleno ataque.

—Hasta que dejaron de serlo —concluí, y lancé tres cuchillos estelares hacia el costado expuesto de Moros.

El grito de rabia del Primigenio hizo caer polvo del techo.

—Sois insectos. ¡He devorado civilizaciones! ¡He…!

—Hablas demasiado —dijimos al unísono, y nos abalanzamos contra él.

El brillo de los ojos de Thatcher se hizo más intenso, y, de repente, el brazo de Olinthar se torció hacia atrás con un crujido húmedo.

«Moros es la Corrupción Encarnada. Es como un parásito», transmití a través del vínculo.

«Entonces, puede que tengamos que extirpar la toxina».

«Solo tenemos que agotarlo y esperar el momento adecuado».

—Basta de jueguecitos. —La furia de Moros sacudió el templo. Alzó las manos y caí de rodillas; mi luz titilaba mientras combatía la presión. A mi lado, Thatcher se esforzaba por tenerse en pie; su poder luchaba contra la fuerza que intentaba aplastarnos.

Pero habíamos conseguido la distracción que nos hacía falta.

—¡Ahora! —rugió Thatcher, e invocó su poder. Mientras Moros se concentraba en apisonarnos, la voluntad de Thatcher invadió el cuerpo de Olinthar sin encontrar resistencia.

A Olinthar se le empezó a abrir la carne. Los músculos se retorcían y contraían hasta quedar desgarrados. Pero Moros reaccionó de inmediato: una luz dorada brotó de cada herida, en un intento de reparar los desperfectos provocados por Thatcher.

—Sal de ahí —rugió Thatcher.

Era un sonido espeluznante, húmedo, de desgarrones y crujidos. Las costillas se salieron con horribles chasquidos del tórax del aesymar, que Thatcher hacía abrirse como una flor pesadillesca.

—No será tan fácil expulsarme, niños. —El bramido de Moros hizo estremecerse el templo.

La fuerza que nos aplastaba se debilitó cuando Moros perdió la concentración. Rodé para levantarme, con el fuego estelar ardiendo. «Yo lo mantengo ocupado», le grité a Thatcher por nuestro vínculo, y me abalancé contra la espalda de Moros.

Mi cuchillo dio en el blanco, entre los omoplatos. Sin emitir ningún sonido, el Primigenio giró hacia mí, lo que brindó a Thatcher la oportunidad que necesitaba. La carne de Olinthar volvió a partirse y desprenderse, revelando las sombrías profundidades de su interior.

—Niña tonta… —Moros alargó una mano y, de nuevo, una fuerza invisible me atenazó la garganta. Pero esta vez estaba preparada. La luz brotó de toda mi piel y consumió su agarre mágico—. No tienes ni idea de lo que haces. —Me clavó aquellos ojos plateados y respondí con una sonrisa.

Y, entonces, su cavidad torácica terminó de abrirse.

Todos los órganos estaban rodeados de una sustancia negra que se adhería y goteaba como el alquitrán por algunas partes, hasta desvanecerse en el éter como una sombra.

Me entraron ganas de vomitar. Era absolutamente repugnante.

Una energía dorada curativa se deslizaba por la herida.

—¿Quieres vestir carne? —Los ojos de Thatcher se iluminaron, y entonces lo vi. Solo duró una fracción de segundo, pero habían adquirido el plateado de los Primigenios—. Pues sufre dentro de ella.

Volví a lanzarme desde un lado, para seccionar con los cuchillos estelares los zarcillos de luz dorada que intentaban proteger la verdadera forma de Moros. Con cada corte, las sombras se retorcían y retrocedían, debilitando su dominio del cuerpo de Olinthar.

—No eres más que un parásito —dije con desdén, y hundí otro cuchillo en la masa de sombras que había quedado a la vista—. ¿Qué harás cuando no tengas una figura a la que aferrarte?

La ira de Moros era volcánica. Del pecho abierto brotó una fuerza invisible que nos lanzó a Thatcher y a mí hacia atrás. Nos estrellamos contra paredes opuestas, pero ya estábamos preparados para cualquier cosa, y avanzamos de nuevo.

—Vorinar me dio algo muy especial… —Era como una voz que ronroneara a nuestro alrededor, sin que saliera el menor sonido de los labios de Olinthar. Aquella esencia negra, parecida al alquitrán, seguía brotando de la herida del tórax, y el control de Moros se debilitaba. —Una nueva inspiración.

Y, entonces, Olinthar quedó inmóvil.

La verdadera forma de Moros brotó de la cavidad torácica, un géiser de sombra líquida y oscuridad enroscada que se evaporó en niebla.

El cuerpo de Olinthar se derrumbó, con el pecho convertido en un amasijo de carne desgarrada y huesos al aire.

El hueco que había creado Thatcher se abrió de par en par; pude ver la columna vertebral a través de la zona que deberían ocupar las costillas.

Su corazón aún latía débilmente, visible entre los jirones de carne, y con cada contracción surgía más de aquella sustancia oscura, que se acumulaba sobre la piedra.

Debería estar muerto.

Pero ya había entrado en funcionamiento la curación divina. Un resplandor dorado destellaba por los bordes de la herida. Las costillas se retorcían, tratando de recordar su forma. La carne se movía despacio para cerrar la brecha. El pecho subía y bajaba con respiraciones húmedas y burbujeantes.

«Lo hemos conseguido —transmití por nuestro vínculo, y avancé cojeando hacia mi hermano. Me corría sangre por la espalda—. Hemos conseguido derrotarlo. Hemos…».

—Habéis luchado con valentía, no cabe duda, pero no sabéis a qué fuerzas os enfrentáis —la voz resonaba en la estancia—. Yo ya existía antes de que vuestro panteón inhalara su primer aliento, y seguiré existiendo cuando haya muerto la última estrella.

—Puede ser —dijo Thatcher con calma. Tenía sangre coagulada en los brazos, donde lo había abrasado la luz de Olinthar—. Pero no aquí. No en este mundo.

—Entonces, será en el siguiente.

La realidad se desgarró.

Comenzó como un único punto de nada absoluta, del negro más puro e implacable. A continuación, se fue extendiendo como un desgarrón irregular. Trastabillé y busqué a Thatcher con la vista. Había retrocedido para apartarse del vacío.