The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo. 66 El precio de la venganza
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Capítulo. 66 El precio de la venganza

S entía el frío de la piedra en la cara, la sangre que se acumulaba a mi alrededor.

La hoja me arañaba las costillas con cada respiración, haciendo un ruido repugnante, y lanzaba una nueva oleada de dolor a unos nervios que ya estaban en llamas.

Aquello con lo que la hubieran untado me corroía las venas como el ácido, batallando contra la curación divina, despedazándome de dentro afuera.

«Sigue despierta. Sigue viva. Salva a Thatcher».

Ya se habían desentendido de mí.

Craso error.

—¿Cuánto falta? —la voz de la traidora resonó en la cámara.

Elysia. Aquel día, en las Cataratas de Cristal, había sido ella. Cuando sus ojos se detuvieron en mí un poco más de la cuenta y mi bebida acabó con una dosis letal de llanto onírico.

Claro que había sido ella.

—Unos minutos. —Moros recorrió el cuerpo inconsciente de Thatcher con las manos de Olinthar, con una reverencia enfermiza—. Después de milenios de espera, tan solo unos minutos.

Me mordí el labio para ahogar el gemido que me subía por la garganta mientras tanteaba a mi espalda.

Mis dedos aferraron la empuñadura, resbaladiza por la sangre.

Tanta sangre… El metal estaba clavado a fondo.

El instinto me pedía a gritos que no lo tocara; extraerlo solo aceleraría la muerte.

Pero no era la hoja lo que me estaba matando, sino el veneno que la recubría.

Pero no podía morir allí, con Thatcher indefenso en aquel altar.

Un tirón seco. Eso era todo.

Me arranqué la espada con un movimiento rápido.

El grito que quería escapar de mi garganta habría derribado el templo.

En vez de soltarlo, me mordí hasta que el sabor metálico me inundó la boca, y el sonido se convirtió en un gorgoteo al que se impuso el eco de unas pisadas.

La sangre, caliente y espesa, brotaba más deprisa, pero el poder divino entró en acción para combatir el veneno que se negaba a permitir que se me cerraran las heridas.

No era bastante. Me devoraba más deprisa de lo que mi cuerpo me curaba. Pero no necesitaba recuperarme del todo; bastaba con que aguantara el tiempo suficiente.

—Pronto tendré un cuerpo digno de mi retorno.

—¿Y la chica? —preguntó Elysia—. Es más fuerte de lo que creía. Nunca había visto manifestarse una luz estelar tan pura.

—Debe morir hoy. —Hizo una pausa y percibí la sonrisa en su voz—. Aunque reconozco que, en otras circunstancias, podría haber sido útil.

«Te equivocas, viejo cabrón».

Invoqué la luz estelar de aquel profundo pozo de mi interior. El poder llegó a regañadientes, vacilante. No era suficiente para forjar un arma ni para atacar, pero sí para algo mucho más sencillo y devastador.

Una estrella. Comprimida en una esfera del tamaño de mi puño.

El esfuerzo estuvo a punto de costarme la vida. Veía motas negras ante los ojos mientras me volcaba en aquel puntito de luz. Quería estallar, expandirse, convertirse en lo que están destinadas a ser las estrellas.

Por fin la dejé florecer.

Por Thatcher.

La luz estalló en el templo: el nacimiento de un sol. Un intenso resplandor lo inundó todo; cubrió la cámara con una refulgencia atronadora. Las sombras, más que huir, murieron, evaporadas ante la luz absoluta.

Moros bramó. Fue un sonido que agrietó la piedra, arrancó polvo del techo e hizo estremecerse la realidad. Oí al cuerpo usurpado de Olinthar estamparse contra algo que se hizo añicos. Oí a Elysia maldecir cuando la alcanzó la luz.

«Ahora».

Me arrastré por el suelo resbaladizo de sangre. Cada movimiento era una tortura; cada avance, una victoria. Se me nubló la vista; el veneno y la pérdida de sangre actuaban en una espantosa armonía. Pero tenía a Thatcher justo delante. Aún inconsciente. Aún respirando. Aún con vida.

Tres pasos de distancia. Uno y medio. Casi había llegado.

Mis dedos ya rozaban el tobillo de Thatcher cuando Moros se arrastró de vuelta a la tarima.

Y hundió la hoja curva en el pecho de mi hermano.

Grité, un grito espantoso, desgarrador.

—Ya. —La palabra rezumaba satisfacción mientras de la herida empezaba a brotar sangre negra—. Ya queda poco.

Thatcher abrió los ojos de golpe y creí que me iba a estallar el corazón.

Entonces rompió las ataduras con la mano izquierda.

«¡Thais!».

«Thatcher… Es Moros. Ha vuelto y quiere apoderarse de tu cuerpo. —Hice acopio de luz estelar, frenética, y formé un cuchillo tras otro a pesar del dolor—. Algún ritual. ¡Tienes que salir de aquí!».

«Lo estaba oyendo todo, Thais». Su voz mental me llegó llena de ira y dolor.

Moros giró en redondo en dirección a Elysia; la furia contorsionaba los rasgos de Olinthar.

—¡No le has dado bastante! —rugió.

Elysia abrió los ojos como platos.

—¡Le he dado una dosis que derribaría a un coloso!

«El puñal…».

«¡No le dejes terminar lo que esté haciendo!».

Moros fue a descargar un puño de Olinthar contra la cara de Thatcher, pero yo ya desencadenaba mi arsenal.

Una docena de cuchillos estelares silbó en el aire; le había salido caro concentrarse en Thatcher.

Tres lo alcanzaron y le hicieron cortes profundos; su sangre, de un color putrefacto, salpicó un arco.

Fue entonces cuando lo noté. La luz me corría por las venas, me devoraba entera, hasta que me atravesó la piel y quedó flotando sobre mi cabeza.

Mi corona de estrellas.

—Imposible. —Moros giró hacia mí—. Ni siquiera deberías tenerte en pie.

Convoqué tres puntos de luz y los transformé en cuchillos que lo alcanzaron en el pecho y lo hicieron retroceder.

Aquella distracción era todo lo que necesitaba Thatcher. Se arrancó el puñal del pecho y, mientras la herida empezaba a cerrarse, bajó de un salto de la tarima y aterrizó de cuclillas. La piedra crujió bajo sus pies.

Me impulsé hacia arriba, haciendo acopio de fuerzas para desencadenar otro ataque…

El dolor estalló en mi cráneo. Unos dedos me retorcían el pelo y tiraban hacia atrás. Caí al suelo con un fuerte golpe y vi puntitos brillantes. Las facciones impecables de Elysia llenaban mi campo visual.

—¿Ya te has deshecho del cuchillo? —Sacó uno de la nada—. Toma, aquí tienes otro.

«Yo me encargo de Moros —me transmitió Thatcher mientras rodaba para esquivar al Primigenio que se lanzaba hacia él—. Tú solo sigue viva».

«Sigue viva».

Agarré a Elysia por la muñeca cuando bajó la hoja; la rabia ardía por debajo de mi piel pese al veneno que intentaba apagarla.

Era más fuerte de lo que parecía; por sus venas corría sangre aesymar sin diluir, y detrás de cada uno de sus movimientos había años de práctica.

Pero yo contaba con una ventaja sobre ella.

Yo no tenía nada que perder.

Me recorrió una ráfaga de energía, quizá el último regalo de la muerte. Me curaba a una velocidad vertiginosa. Ya se me estaba cerrando la herida, como si mi cuerpo combatiera el veneno con ahínco renovado.

—Buen intento. —Aproveché su impulso para rodar por el suelo, y la piedra crujió debajo de nosotras—. Pero esta vez no vas a pillarme de espaldas.

Nos estrellamos contra una columna y se extendieron grietas por su superficie, pero no cedió. El cuchillo de Elysia resbaló hasta perderse en la oscuridad.

—Mejor. —Intentaba sujetarme los brazos—. Así podré verte los ojos cuando acabe contigo.

—¿Tú crees? —Le golpeé la nariz con la frente y oí crujir el cartílago. Su sangre brotó entre nosotras—. ¿Ves algo con todo ese pringue?

Soltó un gemido, y después estiró el cuello y sonrió, su dentadura perfecta cubierta de carmesí.

—Da igual; vas a morir de todas formas. Que me encargue yo solo será otra demostración de mi lealtad hacia él.

—¿Por qué haces esto? —pregunté, y apreté los dientes cuando me descargó un rodillazo en el muslo.

Se echó hacia atrás y enredó los dedos en mi vestido para tirar de él.

—No podrías entenderlo. Tú naciste con poderes; estabas destinada a ser algo importante.

Rodamos por el suelo del templo, intercambiando golpes. Mi cuerpo gritaba en protesta, pero me negaba a ceder al dolor. Se estaba haciendo más soportable, como si por mis venas corriera algo más, aparte de los poderes curativos divinos.

—Yo no era nada —gruñó, y consiguió inmovilizarme las muñecas un instante—. Era guapa, sí, pero con eso no se llega tan lejos. Mis padres son aesymar de segunda y están satisfechos con su mediocridad. Esperaban que yo llevase una vida anónima como la suya.

Me zafé de su agarre y le clavé un codo en las costillas.

—¿Y, en vez de eso, decidiste colaborar en la destrucción del mundo?

—¡Decidí ser importante! —Rodó para alejarse y sacó otro cuchillo—. ¿Sabes cómo es que no te hayan hecho caso en tu vida? ¿Que todos se queden en la cara y nunca vean tu potencial?

—Hay muchos que se sienten invisibles y no por ello se convierten en traidores —espeté mientras esquivaba un puñetazo.

—Les falta ambición. Cuando Moros me abordó, cuando vio en mí lo que nadie más advertía, a alguien dispuesto a hacer lo que fuese, a sacrificar a quien fuese, con tal de prosperar, supe que había llegado mi momento.

—¿Tu momento de ser su títere?

—¡Su reina! —Escupió la palabra con orgullo desesperado—.

Cuando él gobierne los cuatro reinos, estaré junto a él.

No como decoración, sino como el poder encarnado.

Mis padres, las Leyendas que me despreciaban, todos aquellos que creían que Elysia nunca llegaría a nada… hincarán la rodilla o arderán.

La realidad gimió a nuestras espaldas como un ser vivo que sufriera. Decidí arriesgarme y echar un vistazo, y casi se me detuvo el corazón.

El cuerpo de Olinthar se había traicionado. Tenía los brazos doblados en un ángulo incongruente, y su piel se ondulaba y burbujeaba como si hirviera. Sus huesos crujieron y se reconfiguraron. Parecía un títere cuyos hilos se hubiesen enredado.

Pero Moros no era un simple espíritu que lo poseía; era un Primigenio, más antiguo que los propios dioses.

—¿Crees que puedes destruirme? —La voz de Moros resonó por todo el templo, y de la piel de Olinthar surgió una luz cegadora.