Capítulo 65. Xül #3
—¿Cómo se te ha ocurrido? —Hablaba en voz baja, lo que fue mucho más aterrador que si hubiera gritado—. ¿Qué clase de lógica te ha podido llevar a la conclusión de que algo así era aceptable?
—Ya te he explicado lo que pienso.
—No te has parado a pensar. —No perdió el control, pero pude ver que le costaba un gran esfuerzo.
Bajo la piel le latían venas de sombra—.
Has rechazado a Nyvora, has dado al traste con todas las expectativas puestas en ti, has hecho trizas cualquier posible alianza…
Pero ¿esto? Lo que has hecho no se puede deshacer ni repetir.
Es una unión más profunda que el matrimonio, más vinculante que ningún contrato.
—Sé lo que he hecho.
Se me acercó y sentí la presión que ejercía su poder sobre mí.
—¿Te haces una idea de lo que podría costarnos? ¿Sabes con cuánto esmero he cultivado una alianza con el dominio de Davina? Tu matrimonio con Nyvora es la piedra angular de toda nuestra estrategia política. Sin ese enlace…
—Mi alma nunca formó parte del trato —gruñí, e hice acopio de todas las fuerzas que me quedaban—. Se la doy a quien quiero, y he decidido dársela a Thais.
—Una mujer a la que casi no conoces.
—Se ha consagrado a Sundralis. Por ti, para ayudar a su hermano a hacer realidad tus inacabables ambiciones —escupí.
Por el vínculo me llegó otra oleada de pánico—.
Si se te ha pasado por la cabeza un solo segundo que no iba a buscar un modo de protegerla allí, eres un iluso.
Sobre todo cuando la única razón de que se haya acercado a ese monstruo es ayudar a tu causa.
—A nuestra causa —corrigió; me miraba como quien ve a un desconocido—. El amor te ha hecho perder la cabeza.
—Puede ser. —Me esforcé por superar el dolor agudo del costado—. Pero al perderla he escogido mi propio destino, en vez de permitir que lo escojan en mi nombre.
—¿Y qué hay de las consecuencias? Ahora sientes todo lo que siente ella: su dolor, su alegría, su miedo. Si muere…
—Mi alma la seguirá. —Lo dije con firmeza, seguro de mí mismo—. En eso consiste la unión, padre. Conozco el precio.
—Serás un cascarón vacío.
—Así te resultará mucho más fácil hacer que me pliegue a tu voluntad, supongo.
Me sujetó del brazo y me clavó los dedos con suficiente fuerza para dejármelo morado.
—¿Thais lo sabe?
—No.
—No se lo digas nunca a nadie. Ni a Nyvora ni a Davina ni a nadie. ¿Entendido?
—No pensaba revelarlo.
—Mejor. Sigue así. —Apretó con más fuerza, hasta hacerme daño—. Si se enteran nuestros enemigos…, si se dan cuenta de que pueden destruirte a ti solo con destruirla a ella…
—Eso no pasará. —Me zafé de un tirón y me volví para seguir con el portal—. Porque no pienso permitir que le ocurra nada.
—Niñato arrogante. —Las palabras restallaron sobre mí mientras yo volvía a intentar abrir una grieta en la realidad—. ¿Crees que posees el poder necesario para protegerla de las fuerzas a las que nos enfrentamos?
—Haré lo que deba. —El portal se estabilizó por fin y mostró retazos de piedra antigua y oscuridad. Por el vínculo sentí que el miedo de Thais se convertía en terror—. Pero ahora está en peligro, y puedo sentir…
Otra oleada de pánico, aún más intensa. Pero, por debajo, mezclada con el miedo, había una inquietud desesperada. No por sí misma.
—Se preocupa por Thatcher.
La mención del otro mellizo Morvaren hizo asomar el interés a las facciones de mi padre. Cómo no… Su más reciente recluta, juramentado con sangre. La encarnación de Vivros.
Sentí un chispazo de irritación, mezquina pero innegable. Incluso en un momento como aquel, mi padre buscaba el modo de obtener un rédito político.
—¿Dónde?
—Es algún tipo de construcción… —Estudié las imágenes que mostraba el portal—. Más allá de las ruinas de los Primigenios.
—Ella no ha aprendido aún a crear portales.
—Eso significa que la acompaña alguien que sabe.
Estaba en un lugar frío y muerto, donde pocos se aventurarían.
Entonces me golpeó una tortura cegadora, ardiente, que no era mía.
Caí estremecido y un grito ahogado me escapó por la garganta. El dolor me atravesó el abdomen, como si me hubieran clavado una espada. Pero no era mi cuerpo el que perforaban.
«Thais».
El vínculo se encendió con su dolor, su conmoción, su sangre derramada.
—No. —Apenas logré susurrar la palabra.
Sin pararme a pensarlo, sin la menor vacilación, mi consciencia se zambulló en el delicado hilo que nos conectaba. Hice acopio de toda mi esencia y se la transmití.
Mi vida. Mi muerte. Mi inmortalidad.
Fluyó de mí como un fuego oscuro y recorrió a toda velocidad la conexión que nos unía. No sabía si serviría de algo, si lograría alcanzarla, si sería suficiente.
—¿Qué haces? —Una voz lejana, irrelevante.
Sin hacerle ni caso, me concentré en mantener el flujo. En llegar hasta ella.
«Aguanta, estrellita. Aguanta».
La hebra que nos unía vibró, se oscureció, se fortaleció. Sentí que mi esencia se enroscaba alrededor de su luz agonizante y que la protegía de la oscuridad que la amenazaba.
Estaba viva. De momento. Herida. Asustada. Luchando por su vida.
Pero viva.