Capítulo 65. Xül #2
Recorrimos el palacio en silencio. Los sirvientes nos saludaban con reverencias al vernos pasar. La tensión entre nosotros crecía a cada paso, alimentada por las acusaciones sobrentendidas y los desengaños.
Por fin llegamos a una sala. Era el lugar donde me había explicado por primera vez mis deberes como heredero suyo, y donde mi madre me cantaba nanas en la lengua antigua durante las tormentas que hacían estremecerse el dominio.
Morthus caminó con paso acompasado hasta un aparador.
Sí, estaba claro, seguía enfadado conmigo.
Llenó dos vasos de un líquido ambarino, ambrosía envejecida durante milenios en barriles de palo hueso, con un tintineo de cristal.
Me tendió uno y luego se acomodó en un sillón; el cuero crujió al recibir su peso.
—¿De qué quieres hablar? —Las palabras eran como esquirlas de hielo.
Me quedé de pie, sin beber del vaso.
—No voy a casarme con Nyvora.
Siguió un silencio ensordecedor. Morthus no se movió, ni siquiera parpadeó, pero la temperatura de la habitación descendió varios grados. Las sombras se acumularon en los rincones.
—Ya lo hemos hablado —respondió tras unos segundos, en voz baja y amenazadora.
—No. —Dejé el vaso—. Tú lo has ordenado. Y yo me he aguantado. No es lo mismo.
—Ah, ¿no? —Dio un traguito de su bebida—. En cualquiera de los dos casos, el resultado es que tienes que hacer lo necesario.
—Ni hablar.
—Me estoy empezando a hartar de tu insolencia —murmuró—. Ya sabes que los contratos están redactados.
—Estoy enamorado de otra persona.
Aquellas palabras, sorprendentes por su sencillez, se quedaron como colgadas en el aire. Nunca le había dicho nada semejante; jamás había expresado en voz alta el incendio que se había desatado en mi pecho.
—«Enamorado» —repitió como si fuera una fantasía infantil, algo que superaría en cuanto adquiriese algo de edad y sabiduría—.
¿Crees que el amor tiene alguna importancia cuando cargamos con el destino del reino?
¿Cuando todo aquello por lo que hemos trabajado, todo lo que hemos sacrificado, depende de las alianzas que podamos forjar?
—Sé lo que necesitamos —hablé con dureza—.
Mejor que nadie. He jugado a tus juegos; he asistido a tus reuniones; he sonreído a tus aliados, aunque supiera que nos clavarían un cuchillo en la espalda a la menor oportunidad.
Pero la persona a la que amo merece algo más que quedar relegada a las sombras mientras yo dedico mi vida a los tejemanejes políticos.
—Tu vida no te pertenece solo a ti. —Dejó el vaso con tanta fuerza que resquebrajó la mesa—. Eres mi heredero. Las consecuencias de tus decisiones se propagan como ondas por todo el reino.
—¿Habrías tomado a mi madre como amante? —La cuestión restalló entre nosotros como un latigazo—. Si el deber te hubiera atado a otra persona, ¿qué habrías hecho? ¿Si tus preciosas alianzas exigieran que tomases a otra como esposa?
Sus ojos emitieron un destello amenazador y el poder le chisporroteó bajo la piel.
—Cuando conocí a tu madre corrían otros tiempos. El reino era estable. Nos pudimos permitir el lujo de elegir.
—¿Te lo pudiste permitir? ¿O solo hiciste lo que querías, y a la mierda las consecuencias?
En un instante, Morthus estaba de pie y las sombras serpenteaban a su alrededor.
—Mide tus palabras, hijo.
—Te he mostrado siempre el más profundo respeto. —Me enfrenté a su furia sin dejarme amilanar—. No pienso sacrificar su felicidad ni la mía.
—El contrato nupcial solo cubre mil años. Una vez transcurridos, podrás negociar su renovación o darlo por rescindido. No has vivido lo suficiente para hacerte a la idea de lo deprisa que pasará ese tiempo.
—Mil años…
Sentí un dolor intenso en el costado, el crujido de los huesos al romperse, el chasquido húmedo de las costillas que cedían. Me llevé la mano al pecho y busqué con los dedos el hueco lleno de huesos aplastados que debería haber allí.
Nada. Todo era sólido. Estaba ileso.
Me doblé por la mitad; las costillas, aunque seguían intactas, se hicieron eco de otro dolor que se me dibujó en los nervios: cada ruptura, cada astilla, cada ángulo imposible que un hueso no debería adoptar jamás.
—¿Xül? —La cólera había desaparecido de la voz de mi padre, remplazada por la preocupación. En un instante estaba a mi lado y me ayudaba a tenerme en pie, ya que las rodillas se veían incapaces de sujetarme—. ¿Qué sucede?
No pude responder. El dolor se hizo más intenso. Pero, por debajo, sentí algo que se entrelazaba con el sufrimiento como un hilo de oro. La sentí a ella. Thais. Su terror, su desesperación, su…
—Necesita ayuda. —Las palabras me arañaron la garganta al salir. Yo ya me había erguido y me dirigía a la puerta—. Ahora mismo.
—¿Quién?
—Thais. —Crucé el umbral a trompicones.
—¿Cómo puedes saberlo? —Me siguió mientras yo echaba a correr, abandonada cualquier pretensión de dignidad—. Contesta, Xül.
Las antiguas palabras me latían en la mente al ritmo del corazón.
«Sel dravira en ti. Niv valen, niv asra, niv loyeth. El atanen en ti. Vah serané».
Thais ya no estaba en el palacio principal de Sundralis, donde me había separado de ella. No. Estaba en algún otro lugar, algún sitio que sabía a podredumbre y corrupción.
Llegamos a la cámara del portal y rasgué la realidad, derramé mi poder por el espacio entre mundos con la fuerza que me confería la desesperación.
El portal me mostró destellos de piedras antiguas, oscuridad, el sabor de la corrupción, pero no se estabilizó. No se abría donde ella estuviera. Hice unos ajustes para intentarlo de nuevo, pero la imagen cambiaba sin cesar; resbalaba como el aceite en el agua.
—¿Por qué no puedo encontrarla? —gruñí mientras dedicaba aún más poder al intento de llegar hasta ella.
—Xül. —La voz de mi padre, callada y letal, se abrió paso por mi mente y me arrancó de la concentración—. ¿Qué has hecho?
Detuve mis esfuerzos y giré para observarlo, allí, en aquella sala vacía. Sus rasgos me hicieron ver que ya no estaba preocupado, sino que empezaba a ser consciente de lo ocurrido; la furia que se acumulaba detrás de sus ojos hizo que la anterior fuera como una brisa frente a un huracán.
«Me uno a ti. Mi vida. Mi alma. Mi lealtad. Para siempre jamás. Soy tuyo».
—El Sev’anarath —gruñí.
La temperatura cayó en picado y el aire se llenó de niebla.
—¿Has unido tu alma a la suya? —Escupió las palabras una a una.
—Sí.
—¿Y ella ha hecho lo mismo contigo?
—No.