The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 65. Xül
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Capítulo 65. Xül

L a celebración y todo su falso esplendor dorado me asfixiaban.

Las arañas de cristal proyectaban haces de luz sobre rostros en los que se acumulaban los siglos, a los que no asomaba ni una sola sonrisa sincera.

Otras Leyendas se movían entre el gentío como pavos reales, borrachas, montando jaleo, mientras los integrantes de los Doce las observaban con diversión indisimulada.

Yo estaba junto a un enorme ventanal, y sujetaba en la mano una copa de vino que no tenía la menor intención de beber. Al otro lado de la ventana se extendía Sundralis en toda su obscena grandeza. Era un lugar repulsivo, se mirara como se mirase.

El poder del Forjado persistía en el aire, como una corriente que atravesara la sala.

Y, en especial, a ella.

Mis ojos la localizaron en la muchedumbre sin ninguna dificultad. Siempre había sido tan hermosa que solo mirarla me destrozaba. Pero, al verla en aquel momento, me tenía que contener para no abalanzarme sobre ella. Temblaba del esfuerzo que me costaba no llevármela a Draknavor.

«¿Efectos residuales de lo que hice?». No. A juzgar por las miradas boquiabiertas, no era solo cosa mía.

La transformación la había purificado, la había convertido en algo de una letalidad que quitaba el aliento.

El cabello moreno en el que yo había entrelazado los dedos apenas unas horas antes era más largo; le caía por los hombros como una cascada de sombras que le llegaba casi a la cintura.

La suavidad mortal había desaparecido. La mandíbula cuadrada que yo había acariciado con el pulgar era como el filo de una espada, incisiva y desafiante.

El polvo de estrellas revoloteaba sobre ella, como motas de luz que se negasen a caer.

A cada paso que daba dejaba atrás un reguero luminoso que se demoraba unos instantes antes de desvanecerse; su poder era tan nuevo, tan poco controlado, que la desbordaba.

Y luego estaban los ojos. El oro había remplazado al azul. Se habían convertido en ojos felinos, predatorios, rodeados de densas pestañas.

Hasta las pecas que yo había memorizado, que había recorrido con la boca en la oscuridad, se habían transformado, convertidas en motas brillantes, desperdigadas por la piel, que la hacían relucir a cada paso que daba.

Cada marca era una constelación que yo quería recorrer de nuevo, para ver si conservaban el sabor de la mortalidad o si la divinidad se había llevado incluso eso.

Era irresistible.

—Ah, estás aquí.

La voz interrumpió la fantasía que estaba tejiendo mi mente.

Nyvora apareció a mi lado, silenciosa como un gato al acecho.

—Empezaba a pensar que te habías ido de la fiesta.

No me volví.

—Solo me estoy tomando un descanso.

—Lo comprendo. —Se detuvo a mi lado, tan cerca que nuestras mangas se rozaron. Fue un contacto deliberado, planeado, como todo lo que hacía Nyvora—. Asistir a un Forjado puede ser abrumador. Tanto poder en bruto, esas transformaciones…

Las palabras destilaban miel, pero yo oía la cicuta que ocultaban.

—La ceremonia siempre resulta digna de ver —respondí con tono neutro.

—Sin duda. —Me puso los dedos en el brazo, con engañosa suavidad—. Antes, tu padre y yo hemos tenido una conversación muy instructiva sobre la importancia de… elegir el momento adecuado.

Por fin me volví a mirarla. No se podía negar que Nyvora era muy hermosa, con los pómulos marcados y la sonrisa de un depredador, y con aquel vestido cuyo color oscilaba entre el oro y el verde oscuro, como escamas iluminadas por el sol.

Pero en sus ojos acechaba una frialdad que me era bien conocida.

—Estoy seguro de que tenía mucho que decir.

La risa de Nyvora me resultó irritante.

—Está impaciente con ciertos preparativos, y mi madre también. Los dos parecen pensar que ya lo hemos aplazado mucho. —Los dedos me apretaron un poco más—. Y yo tiendo a coincidir con ellos.

—El reino se enfrenta a muchos obstáculos en estos momentos —afirmé cauteloso—. Puede que la paciencia…

—¿Paciencia? —Se me acercó más y su voz se redujo a un murmullo íntimo que cualquier observador interpretaría como apasionado—.

Ya he sido paciente, mi príncipe. Te he visto buscar una excusa tras otra, una distracción tras otra.

Pero los dos sabemos que este baile tiene que acabar más tarde o más temprano.

Me quedé inmóvil. Porque sabía que iba a acabar. Y que iba a ser aquel día.

—A fin de cuentas —siguió Nyvora, y me apretó la manga con las uñas lo justo para que las notase—, no querríamos que hubiera ningún… malentendido a la hora de ver dónde recaen las lealtades. Y menos cuando tantas cosas dependen de la unidad entre nuestros dominios.

Una amenaza envuelta en seda y perfume. Qué típico de Nyvora, qué bien la describía.

—Desde luego que no —murmuré.

—Excelente. —Me soltó el brazo, pero solo para entrelazarlo con el suyo—. Entonces, no te importará que compartamos el próximo baile. La gente debe vernos juntos, ¿no crees? Presentar un frente unido es crucial en estos tiempos de transición que corren.

Me detuve, lo que la obligó a imitarme.

—En realidad, me importa.

Enarcó aquellas cejas perfectas, pero la sonrisa se mantuvo impertérrita.

—Ah, ¿sí?

—Tengo que tratar unos asuntos importantes con mi padre. —Liberé el brazo con sumo cuidado—. No me cabe la menor duda de que encontrarás otro compañero de baile.

—¿Asuntos importantes? —Bajó la voz, dulce como miel envenenada—. ¿Más que tu futura esposa?

—No eres mi esposa, Nyvora. —Retrocedí para dejar hueco entre nosotros—. Y sí, más importantes.

El pánico se adueñó de sus facciones, pero enseguida lo ocultó.

—Xül, espera. —Alargó la mano hacia mí—. Lo necesito. No lo comprendes… Necesito alejarme de ella.

Estudié su rostro sin decir nada.

—Mi madre lo controla todo —siguió; las palabras se le escapaban a borbotones—.

Cada gesto que hago, cada movimiento, cada suspiro, cada pensamiento que me cruza la cabeza.

Este matrimonio es mi única esperanza de liberarme, de tener algo que sea solo mío.

—Cerró los dedos alrededor de la tela del vestido—.

Te necesito, Xül. No solo por la alianza ni el poder.

—Nyvora…

—Sé que no me quieres —confesó—. Y tampoco lo espero. Pero podríamos llegar a un acuerdo. Una colaboración. Seré una buena esposa, lo juro.

Por un instante, casi sentí compasión por ella. Casi. Pero luego pensé en Thais, en la oportunidad de tener algo real, en el futuro que ya había escogido.

—Lo siento —dije—, pero no voy a ser tu vía de escape.

La vulnerabilidad que había mostrado se desvaneció como si nunca hubiera existido.

—Lo lamentarás —respondió con una voz que había recuperado su dulzura habitual.

—Asumiré las consecuencias. —Incliné la cabeza en un gesto mínimo de despedida y giré para marcharme—. Búscate otro modo de huir, Nyvora, porque así no lo vas a lograr.

Mientras me iba pude sentir su mirada que me taladraba la espalda, y noté los cuchicheos que había provocado al rechazar su demostración pública de afecto.

Que cuchicheasen. Yo tenía otras preocupaciones más importantes.

Localicé a Thais entre la muchedumbre antes de que ella notase que me acercaba. Mi estrellita. No parecía ser consciente de las miradas divinas que seguían hasta el último de sus movimientos.

Me desplacé en silencio por el gentío. Cuando llegué hasta ella, no pude resistirme a tocarla; mis dedos se posaron en aquel punto, al final de la espalda, que sabía que le cortaba el aliento.

El contacto le hizo estremecerse, y eso me llenó de satisfacción. Aun rodeada de una turba de admiradores, su cuerpo reconocía el mío.

—Te sientan bien los ojos dorados, estrellita —le susurré al oído, dejando que mi aliento le acariciara la piel.

Se le erizó el vello de la nuca, y tuve que hacer un esfuerzo para no posarle los labios allí y dejar mi marca delante de todos los buitres que revoloteaban a su alrededor—.

Me marcho. Voy a tener una conversación bastante complicada. —Premio al mejor eufemismo del siglo.

Por cómo le cambió la cara supe que lo había entendido, y me sentí mal. Thais comprendía lo que aquello comportaba, a lo que me arriesgaba. Buscó mi mano entre la masa de cuerpos, oculta a la vista, y me la estrechó.

—Suerte —me susurró.

Me concedí un instante más para recordarla tal como estaba en aquel momento: fiera, hermosa, mía. Luego retrocedí y dejé que la gente llenara el espacio que nos separaba.

Encontré a Aelix cerca de la mesa de vinos; me miraba acercarme con un obvio brillo de diversión en los ojos dorados.

—Menuda escenita —señaló. Me entregó una copa que yo en realidad no quería—. Nyvora tenía pinta de querer despellejar a alguien.

—Se recuperará. —Dejé la copa sin probarla—. ¿Dónde está mi padre?

—¿Tantas ganas tienes de escabullirte por lo que pueda pasar? —Su sonrisa se hizo más amplia—. La última vez que lo he visto estaba cerca del balcón del lado oeste.

Le di las gracias con un gesto y me abrí paso entre la muchedumbre. La celebración seguía a buen ritmo: las risas y la música, el tintineo de las copas, el frufrú de los vestidos de noche… Todo ello me llegaba como de lejos, desprovisto de significado. Mis pensamientos se iban una y otra vez a…

No. No me podía permitir pensar en eso en aquel momento. Y menos rodeado de ojos que veían demasiado y lenguas que parloteaban sin control.

Morthus se volvió al verme llegar y pude atisbar en sus rasgos un asomo de irritación. Todavía estaba furioso conmigo, al parecer.

—Padre —dije con la voz más neutra que pude—, ¿tienes un momento?

—¿Qué pasa? —preguntó con frialdad.

—Aquí no. —Lancé una mirada elocuente a la terraza abarrotada—. En la Ciudad Eterna.

Enarcó una ceja morena, pero al cabo de unos instantes suspiró. Me indicó con un gesto que lo siguiera a un rincón sumido en la penumbra. El portal se abrió con un mínimo de poder, y la oscuridad se filtró en el tejido de la realidad como tinta derramada.

Sin decir nada, me indicó que lo atravesara, y yo pasé del opresivo resplandor de Sundralis a las familiares sombras de mi hogar.