The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 64. El templo de la oscuridad #2
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Capítulo 64. El templo de la oscuridad #2

—Cuánta grandilocuencia por parte de alguien que oculta su identidad —insistí—. De lo más intimidante.

La terrible sonrisa regresó.

—Supe que ibas a dar problemas desde que te vi rogar por su vida en la Prueba. —Ladeó un poco más la cabeza, en un ángulo antinatural que me puso la piel de gallina—. Y sobre todo cuando, de alguna forma, esquivaste todos mis intentos de acabar con tu vida.

De repente entendí muchas cosas. La mirada ausente de Kavik durante el segundo Juicio. Mi bebida más drogada que las otras en el tercero. Se lo había atribuido a Olinthar, y no andaba errada del todo.

—La verdad es que tus intentos fueron penosos —dije con falsa bravuconería.

—Una complicación que podría quitarme de encima ahora mismo —musitó examinándome con aquellos ojos—. Pero ¿dónde estaría la gracia? Has conseguido llegar hasta aquí. —Mostró una sonrisa espeluznante en el rostro de Olinthar—. Así que considero que te mereces algo especial. Algo… apropiado.

—¿De qué hablas? —pregunté con los pelos de punta.

—Cuando el cuerpo de tu hermano sea mi vasija, cuando sus manos sean las mías… —Dejó flotar las palabras en el aire como una promesa—. ¿Qué puede ser más poético que hacer que sea él quien te aniquile? Lo último que verás será su rostro, y sabrás que soy yo quien lo controla.

—Estás enfermo.

—Como todos los seres más interesantes. Pero hoy no voy a fallar. —Volvió a coger el puñal—. Y, cuando haya terminado, se narrará una historia desgarradora.

—Bueno, no pares. Me tienes en vilo.

—En realidad me inspiré en vuestro plan.

—La voz de Moros despertaba ecos que parecían proceder de todas partes a la vez—.

Dos hijos de la deshonra, de madre mortal; un oprobio para el trono de Voldaris.

Cuando el poderoso Olinthar descubrió que su vergüenza vagaba por estos pasillos, quiso eliminarla.

Pero los vástagos se defendieron, con un poder que escapaba a cualquier comprensión.

Por desgracia, solo sobrevivió el joven Thatcher, y llevado por la justa furia dio muerte a su padre para vengar la de su hermana, tras lo cual reclamó el trono por derecho de nacimiento.

Dioses.

—¿Cómo te enteraste de nuestro plan?

Volví a tirar del vínculo. «¡Thatcher! ¡Despierta, despierta, despierta!».

—¿Sorprendida? —Moros parecía disfrutar con mi asombro—. Hasta ayer no estuve al tanto de vuestras intenciones, pero absorber a Vorinar fue muy esclarecedor. La capacidad de ver todos los futuros posibles resulta extremadamente útil.

El hielo me inundó las venas. Vorinar. El Juicio que había terminado de forma tan abrupta. La desestabilización de su dominio. El recuerdo de aquellos ojos vacíos, vidriosos, me revolvió el estómago.

—Lo corrompiste.

—Eso es, querida. —Su aprobación me erizó el vello—.

Era la oportunidad perfecta. Puedes figurarte cuánto me alegré de descubrir sus planes de matar a tu hermano durante el último Juicio.

No podía permitirlo, claro está. Pero lo que no me esperaba fue enterarme de la rebelión que se gestaba en mis dominios.

Lo sabía todo. Cada plan, cada alianza, cada esperanza que albergábamos. Y lo destruiría todo si no le paraba los pies allí mismo.

Tenía que ganar más tiempo.

—Pero no todos los dominios tienen intención de rebelarse. —Me aferré a cualquier cosa con tal de que siguiera hablando—. Algunos te son leales. Más de lo que conviene para mantener el equilibrio, ¿no crees?

—Eres un saco de sorpresas, Thais Morvaren. —Parecía impresionado de verdad—. Yo creía que mi fusión con Axora era más… discreta.

—¿Qué falta te hace una alianza con la guerra? —insistí—. ¿No decías que, después de esto, tendrás la fuerza suficiente para imponer tu voluntad en todo el reino?

—Piensas a pequeña escala.

—Bueno, tengo una mente de mortal, ya sabes —dije con tono burlón—. Como tú mismo has dado a entender varias veces. Ya que vas a matarme de todas formas, ayúdame a entenderlo.

—¿Por qué iba a conformarme con este reino cuando podría tener el siguiente? ¿Y, después, el siguiente? —Le relampaguearon los ojos—. Para eso necesito un ejército que, más adelante, se una a las fuerzas que dejé atrás.

Se me heló la sangre. Quería hacerse con todos los reinos. Con los cuatro panteones.

Y, de pronto, la muerte de Darian en el banquete cobró un terrible sentido. Sacerdotes estacionados en los campamentos militares, en busca de bendecidos entre soldados con formación. Su objetivo eran aquellos que ya sabían combatir, seguir órdenes y guerrear.

Entonces me acordé de una cosa que me había dicho Xül: «Muchos aesymar carecen de auténticos dones; inmortales, pero indefensos».

—Los ascendidos —dije muy despacio—. Buscas en ellos el poder que no tienen los aesymar. Pero la mayoría de los participantes muere en los Juicios. ¿Cómo puedes formar un ejército con tan pocos supervivientes?

La expresión de Olinthar seguía inalterable.

—Los Juicios tienen su finalidad. Los que mueren nunca tuvieron la fuerza suficiente para ser relevantes.

En cambio, los que sobreviven —hizo una pausa— han aprendido la única lección que importa: que la voluntad divina es absoluta.

Los esbirros perfectos no solo son poderosos; también tienen la lealtad grabada a fuego.

«¡Thatcher! ¡Este sería un momento cojonudo para que te despertaras!».

— Hablas de otros mundos, pero ni siquiera se sabe si los otros reinos sobrevivieron a la Ruptura —alegué.

—Y pretendo averiguarlo. —Su expresión se hizo distante, evocadora—. A veces siento en sueños a mis bestias arañándome la piel.

La profecía. Las hordas de monstruos de Vaerhuun. El ejército que aguardaba el retorno de su amo.

Pero ¿cómo encajaba la mujer de pelo ceniciento en aquella pesadilla?

—Basta de cháchara —dijo Moros de repente—. Se aproxima la convergencia.

Intenté zafarme de las ataduras con desesperación renovada mientras él volvía hacia el cuerpo inconsciente de mi hermano.

—¡Thatcher! —grité—. ¡Despierta! ¡Por favor!

Nada. Ni siquiera un temblorcillo.

Moros sonrió.

—Su sueño es muy profundo, querida. Una precaución necesaria.

Pero, cuando cogió el cuchillo y se centró de nuevo en mi hermano, noté que las ataduras se debilitaban un poco. Lo justo.

Hice acopio de todo el poder que poseía, lo concentré en un único punto de luz ardiente y me liberé.

Las ataduras se desmoronaron. Me di de bruces con el suelo, pero me apresuré a ponerme en pie.

Moros levantó la vista y, por primera vez, mostró interés con el rostro de Olinthar. A continuación, sonrió.

—Ya era hora —dijo.

Una oleada de dolor me recorrió el abdomen.

Miré hacia abajo, desconcertada, y vi que un filo me sobresalía del estómago. Me habían asestado una estocada por la espalda. Pero no con una espada normal; el veneno me abrasaba la carne y se extendía como la pólvora.

Me flaquearon las piernas y me desplomé contra el suelo de piedra.

Unos pasos tranquilos y seguros rodearon mi cuerpo caído.

—Un sentido de la oportunidad impecable, como de costumbre —dijo Moros con tono de diversión sombría.

Respondió una voz sedosa, dulce como la miel y mucho más letal.

—Siento el retraso, amo. El hijo ha requerido… más atención de la prevista.

Una figura entró en mi campo visual y se arrodilló grácil ante mí con una sonrisa de perfecta malicia.

Elysia.