Capítulo 64. El templo de la oscuridad
L os pasillos del templo me tragaron entera; la oscuridad me presionaba la piel como un ser vivo.
Avancé a gatas con precaución, pensándome cada movimiento; la piedra me raspaba las palmas hasta dejármelas en carne viva.
El aire sabía a polvo y descomposición, con un regusto metálico que me trastocaba los poderes estelares.
Entonces lo vi. Una luz más adelante, apenas visible en la opresiva oscuridad.
Me detuve en seco y me pegué a la fría pared. El corazón me latía con tanta fuerza que estaba segura de que quien fuera que estaba más adelante podía oírlo. Pero no se acercó nadie; no resonaron pisadas en los pasillos de piedra. Solo estaba aquel resplandor que me llamaba hacia sí.
Poco a poco, me arrastré hacia aquella luz, y al doblar una esquina me encontré ante una extensa caverna, en el corazón del templo.
Se me heló la sangre.
En el centro de la cámara, en una tarima elevada, estaba Thatcher, atado e inconsciente. Tenía la camisa rasgada, con el pecho expuesto al aire frío. Y al lado, de pie, una figura encapuchada con una túnica oscura trazaba dibujos en su piel con un dedo pálido.
No me paré a pensar. No podía. Allí no tenía acceso a las estrellas; estaban separadas por toneladas de piedra y tierra. Pero me daba igual; recurrí al poder que bullía en mi interior, a aquel pozo de luz que siempre había ardido en mí. Corría por mis venas con más fuerza que nunca.
Un cuchillo de pura luz estelar se materializó en la palma de mi mano. Tomé impulso con el brazo y lo lancé con todas mis fuerzas contra la figura.
Sin siquiera levantar la vista, quienquiera que fuese hizo un gesto con la mano y mi cuchillo se desintegró.
—Me preguntaba cuándo te unirías a nosotros. —Era una voz cultivada; sonaba divertida y yo no la había oído hasta entonces.
A la mierda las sutilezas. Salí disparada de entre las sombras en dirección a la tarima, a Thatcher, pero no había dado ni tres zancadas cuando una fuerza invisible me golpeó como un ariete. Me estampé contra la pared del templo.
Oí el crujido antes de notarlo, las costillas que se astillaban por la presión.
El dolor fue inmediato y absoluto. Me desplomé, sin aire en los pulmones.
Pero, mientras hacía esfuerzos por respirar, lo sentí: mis huesos se realineaban.
Los tendones se estiraban y se recomponían.
Los músculos se cosían de nuevo como guiados por manos invisibles.
Se me escapó un grito al percibir cómo se curaba mi cuerpo.
—Fascinante —murmuró la figura.
Me puse de rodillas y escupí sangre en el suelo de piedra.
—Quítale las putas manos de encima antes de que te las arranque.
En respuesta, el encapuchado apretó con más fuerza el pecho de Thatcher. Bajo su dedo brotó una gota de sangre.
—No puedo permitir interrupciones —dijo con tono de irritación—. O se me pasará la oportunidad.
Me puse en pie tambaleante y volví a hacer acopio de luz estelar.
En aquella ocasión no formé un solo cuchillo, sino una docena, y se los lancé a la figura uno detrás de otro.
Su barrera bloqueó la mayoría, y las hojas se deshicieron en la nada.
Pero una la atravesó e hizo un corte en la manga de la túnica negra.
—Ten cuidado, niña —dijo riendo—. Como dañes la vasija, tu muerte será mucho más lenta y dolorosa de lo necesario.
—¿Qué cojones le estás haciendo? —exigí saber mientras formaba otro cuchillo…
, aunque no en mi mano. Mis poderes habían evolucionado más allá de la simple manifestación, notaba que su alcance se ampliaba, que resultaban más fáciles de controlar.
La hoja se materializó en el aire, justo encima de la cabeza encapuchada—. ¿Quién eres?
Lancé el cuchillo contra él.
Se disolvió en el instante en que rozó la capucha.
La figura levantó la mano y volví a estrellarme contra la pared, pero, en aquella ocasión, unas ataduras invisibles me sujetaron a ella. Me apretaban las muñecas y los tobillos, inmovilizándome como a un insecto clavado a una tablilla.
—Estoy impresionado de que hayas conseguido encontrar este sitio —dijo con naturalidad, y por fin levantó la mirada del cuerpo inconsciente de Thatcher—. Digna hija de tu padre.
Me debatí contra las ataduras, que me abrasaban la piel.
—¿Quién cojones eres?
—Algo mucho más antiguo que nada que conozcas, niña.
—¿Por qué haces esto?
—Qué decepción. —Chasqueó la lengua—. Tu tutor no te enseñó bastante historia.
—¿Historia? —gruñí—. ¿Qué tiene que ver Xül con esto?
—Xül —dijo cargado de desdén—. El príncipe de la muerte, que juega a rebelarse.
Resulta hasta entrañable. Pero se ciernen amenazas mucho mayores que nadie parece comprender.
Dioses y mortales comparten la estrechez de miras; no ven nada más allá de sus propias ambiciones y no pueden reconocer lo que acecha en realidad en su radiante Voldaris.
—¡Déjate de acertijos y dime quién eres!
Despacio, de forma deliberada, la figura alzó la mano y se echó la capucha hacia atrás.
Mi mundo se zarandeó.
Olinthar. Mi padre. El rey de los dioses se alzaba ante mí, con los dorados ojos brillantes.
—Te pareces muchísimo a tu madre —dijo mirándome con la cabeza ladeada—. Y tu hermano también.
—Ni se te ocurra mencionarla. —La furia ardía en mí con más intensidad que ninguna estrella—. Como le hagas daño a Thatcher, te juro por todo lo divino que te despedazaré.
—Ella también era muy cabezota. Toda una luchadora. —Olinthar se apartó de Thatcher y se me acercó, grácil como un depredador—. Suelen acabar por disfrutarlo. Pero ella no. Se resistió en todo momento.
Un dolor punzante me atravesó el pecho mientras forcejeaba con más encono contra las ataduras. Sentí el poder que se acumulaba en mi interior, más intenso con cada paso de Olinthar. Pero no lo liberé; esperé a que se siguiera acumulando.
Un paso más.
—Él siempre tuvo predilección por las mortales —reflexionó Olinthar—. Ni que decir tiene que yo estoy por encima de esos deseos tan básicos. Pero siempre me resultaba más fácil de controlar cuando le consentía sus vicios.
Se me desplomó el corazón.
—¿De qué hablas?
—Al principio era tedioso permitirle esas libertades —prosiguió como si yo no hubiese dicho nada—. Pero entonces tuve una idea, y decidí que de esos escarceos podría salir algo valioso.
Lo tenía justo delante de mí, tan cerca que podía apreciar la quietud antinatural de sus ojos. Seguí forcejeando mientras mi poder se acumulaba hasta que sentí que la presión me iba a abrir la piel.
—A casi todas las maté antes de que dieran a luz —dijo con tono coloquial—. No podía permitir que el reino de los mortales se llenara de mestizos. Pero en ella sentí algo distinto, como si una parte de mí se hubiera colado en la unión.
—¿Adónde quieres llegar? —Mi voz se quebró—. ¿Solo sabes hablar con putas adivinanzas?
—Una semilla de Primigenio llegó a su vientre —explicó con paciencia, como si estuviera dando clase a un niño no muy despierto.
Se inclinó y me pasó un dedo por la mejilla. Su contacto me quemó como el ácido.
—Tu hermano comparte el poder del mío —susurró.
Intenté apartarme de su contacto, pero las ataduras no cedían. Me sujetó la barbilla para obligarme a mirarlo a los ojos dorados.
Y entonces los vi cambiar.
El oro se desvaneció como si fuera pintura en un lienzo y reveló un plateado tan luminoso que dolía mirarlo.
Se me cortó la respiración. Sentí que el corazón se me había parado.
—No eres Olinthar.
Aquel rostro insufriblemente bello sonrió.
—Este cuerpo es el suyo, sí. Pero rara vez le permito salir a jugar. —Se dio unos golpecitos en la sien.
—Eres…
—Moros, niña. —El nombre salió de unos labios que en realidad no eran suyos—. El Primigenio de los finales. Vivros creyó que me había destruido, pero se limitó a arrancar mi forma de la existencia.
—Cuando llegaron los sacerdotes a Cresta Salada —dije para ganar tiempo mientras hacía acopio de fuerzas con el fin de volver a intentarlo—, iban en nuestra busca.
—En su busca —corrigió Moros, y señaló a Thatcher con un gesto—. Tú solo fuiste una desafortunada complicación.
Cuando el rostro de Olinthar se torció en una sonrisa, vi mi oportunidad. Liberé una fracción del poder que había acumulado y le lancé una esfera de pura luz contra el pecho.
Trastabilló hacia un lado, más por sorpresa que por otra cosa. Pero las ataduras que me retenían se aflojaron.
—Impresionante —dijo y se sacudió la túnica como si solo le hubiera echado vino por encima—. Pero fútil en última instancia.
Volvió junto a Thatcher y una hoja curva apareció en su mano. El metal tenía un brillo aceitoso que me revolvió el estómago.
—Tu hermano no va a morir —murmuró Moros—. Al menos, no de forma permanente.
«¡Thatcher!», grité a través de nuestro vínculo.
Tenía que distraerlo. Había dicho que temía que se le pasara una oportunidad; fuera lo que fuese, parecía importante. Si conseguía hacerlo hablar el tiempo suficiente…
—¿Qué pretendes hacer con él?
Moros giró la cabeza; estiró los músculos de los hombros y después los de los brazos.
—Hacer de su cuerpo mi nueva vasija. Pero antes tengo que absorber el poder de mi hermano, claro está.
—Moros sonrió, una expresión grotesca en la cara de Olinthar—.
El cascarón que porto ya ha cumplido su finalidad, pero tu hermano tiene algo que llevo mucho tiempo deseando. Que llevo mucho tiempo esperando.
—No conseguiste corromper a Vivros. —Las piezas de las clases de historia de Xül empezaban a encajar—. ¿Y esta es tu segunda oportunidad? ¿Y para eso tienes que atarlo y dejarlo inconsciente, porque, si no, eres demasiado débil? ¿Como lo eras hace milenios?
Olinthar apretó la mandíbula, y le tembló un poco la mano al dejar el puñal en la tarima.
Bien. Había metido el dedo en la llaga.
Ladeó la cabeza para estudiarme con aquellos extraños ojos plateados.
—Crees que lo sabes todo; siempre os pasa a los jóvenes. Por mucho que me despojasen de la mayor parte de mi poder, aún podría aniquilar civilizaciones enteras. Y sobre todo cuando me reúna con el reino que espera el regreso de su amo.