Capítulo 63. Desaparición #3
—Aquí estás, cariño —le dijo con voz melosa, aunque a mí me clavó unos ojos helados—. Habías vuelto a apartarte. Vamos; todos nos esperan.
Se lo llevó sin volver a mirarme, guiándolo con una presión sutil. Los miré mientras se alejaban y mi pavor se multiplicó. ¿Qué cojones pasaba con ese sitio?
Empecé a seguirlos, pero tres guardias se materializaron para cerrarme el paso.
—Lady Thais —dijo uno de ellos, cortés pero firme—, el rey Olinthar ha impuesto que todos los recién ascendidos permanezcan en la fiesta. Es la tradición.
—Mi hermano ha desaparecido —espeté.
—Seguro que solo está disfrutando de la recepción en otra parte del palacio —respondió el guardia sin perder la sonrisa apacible—. ¿No deberías reunirte con los otros dioses? A fin de cuentas, este acto se celebra en vuestro honor.
El calculado desprecio de su voz hizo que me hirviera la sangre. La luz estelar me afloró a los dedos, instintiva y peligrosa. Podría incinerarlos a los tres en el sitio. Podría derribar aquel palacio piedra por piedra hasta dar con Thatcher.
Pero con eso no lo ayudaría, y menos si corría peligro.
Tenía que ser más taimada.
—Está bien —dije intentando sonar tranquila—. Ya vuelvo.
Los guardias asintieron satisfechos y se retiraron. Giré como si me dirigiese al salón principal, pero, en cuanto los perdí de vista, me metí por un pasillo lateral. Aún tenía acelerado el corazón por el miedo, pero una rabia fría y calculadora se había instalado junto a él.
Doblé una esquina y un movimiento fugaz me llamó la atención: una sombra incongruente que se arrastraba por un pasillo vacío.
La seguí por instinto, adentrándome cada vez más en el palacio, lejos de la celebración y de los guardias. A mi alrededor se iba haciendo el silencio. Reinaba la quietud.
Y entonces me llegó: un finísimo hilo de energía, muy débil. No era nuestro vínculo tal cual, pero sin duda estaba relacionado con Thatcher. Desapareció casi al instante, pero lo había notado. Un rastro. Una pista.
Corrí hacia allí, aguzando los sentidos en busca de mi hermano, de cualquier otra cosa.
Y entonces lo vi: un destello dorado en el suelo. Caí de rodillas y lo recogí con dedos temblorosos.
El broche ceremonial de Thatcher. El símbolo de Sundralis.
Acababa de estar allí mismo.
—¡Thatcher! —grité, en voz alta y por nuestro vínculo silencioso. «¡Thatcher!».
Nada. Pero aún notaba el calor del broche en la mano; le quedaban trazas de su energía. Me lo apreté contra el pecho y me concentré para detectar cualquier indicio de su paradero.
Más adelante, de la pared colgaba un tapiz.
Pero lo que me llamó la atención no fue la imagen, sino lo que había detrás: una corriente de aire incongruente, que transportaba un levísimo rastro del aroma de Thatcher.
Me lancé hacia delante y eché a un lado el tapiz de un tirón. Excavado en la pared de piedra, un estrecho pasadizo descendente se perdía en la oscuridad. Entré sin dudarlo. Invoqué la luz estelar con una mano para alumbrarme; con la otra aferraba el broche de Thatcher como si fuera un salvavidas.
A medida que el túnel serpenteaba hacia abajo, el aire se hacía más frío y denso. La mente me gritaba que no siguiera.
No le hice ni caso.
De pronto, el pasadizo desembocó en una amplia estancia y todo el esplendor dorado de Sundralis se fue al traste. Aquel lugar era oscuro y húmedo, y me erizaba el vello. En su centro se alzaba una plataforma de piedra, y, encima de ella, un vórtice negro.
Y estaba cerrándose.
Los bordes se contraían y la realidad se iba rehaciendo a su alrededor. Pero en aquel momento lo percibí: un ligero eco de Thatcher, de nuestro vínculo, procedente del otro lado del portal.
Me lancé hacia la plataforma. «¿Thatcher?».
No hubo respuesta. Pero supe, con una certeza que sentía en los huesos, que mi hermano estaba allí, más allá de aquel portal que se cerraba.
No tenía tiempo para ir a por Marx. No tenía tiempo para buscar ayuda. No tenía tiempo para pensar en lo que pudiera encontrarme al otro lado.
Salté a través de la grieta, cada vez más estrecha, y el poder se arremolinó a mi alrededor mientras la realidad protestaba. La transición fue violenta. Mi cuerpo se estiró, comprimió y retorció de modos que no deberían ser posibles.
Entonces, con una brusca sacudida que me revolvió el estómago, caí contra la fría piedra. El portal se cerró a mi espalda con un sonido sibilante.
Me incorporé hasta quedar de rodillas, esforzándome por respirar.
Delante de mí se alzaba un edificio, una cosa grotesca de piedra negra y metal retorcido con chapiteles que apuntaban a un cielo sin estrellas, sin lunas, sin sol. Solo una nada inmensa y vacía.
En la piedra estaba tallado un tosco emblema: un círculo partido por una grieta.
Un templo. Pero ¿de qué dios?
No tenía la menor idea de dónde estaba. Aquello no se parecía a ningún reino que hubiera estudiado, a ningún dominio que hubiera oído describir. No figuraba en los mapas de Voldaris.
Bajé la vista al sentir un chisporroteo en los dedos. La luz estelar silbaba y crepitaba alrededor de mis manos.
Aquello solo había pasado una vez.
En las ruinas de la guerra de los Primigenios.