Capítulo 63. Desaparición #2
No había acusación en su voz, pero aun así me puse a la defensiva. Le llevé la mano a la muñeca, una advertencia silenciosa, y después me incliné tanto que casi le rocé la oreja con los labios.
—Tenemos que ser cuidadosas —dije, apenas un suspiro. Hasta Marx, tan cerca, tuvo que hacer un esfuerzo para oírme—. Puedo oír muchas cosas. Y eso significa que siempre han podido escucharnos.
Vi la comprensión en sus ojos.
—Mierda —me dijo al oído, también en voz bajísima.
—Sí. —Mantuve aquel volumen casi inaudible—. Tuvimos suerte. O puede que no les importáramos lo bastante para escucharnos.
La expresión de Marx se ensombreció ante las implicaciones. Nos quedamos en silencio un momento. Luego se acercó más para seguir hablando en ese susurro casi imperceptible.
—Pues ahora sí que te van a escuchar, sobre todo después de lo que acabas de hacer. —Bebió otro trago de su copa para disimular el movimiento de los labios—. ¿Sundralis, Thais? ¿En serio?
—Sí —murmuré—. Thatcher…
—Lo entiendo —zanjó antes de que terminase de defenderme—. La familia es lo primero. Siempre lo ha sido para ti.
—No es solo eso. —Busqué las palabras para expresar el impulso al que se debía mi decisión—.
Es… No lo sé. Algo marcha mal por aquí. Thatcher me dijo una vez que había luz por todas partes, pero que era como si algo estuviese fuera de lugar.
Ahora que he venido, entiendo a qué se refería. Es algo opresivo, como si tuviera peso.
—Yo suponía que estaba hecho a propósito.
—Puede ser. —Contemplé los jardines perfectos—. Pero pienso averiguarlo.
Marx asintió en muestra de aceptación. Era una de las cosas que valoraba de ella: no hacía falta explicarle hasta el último detalle, no me pedía que justificara mis decisiones. Se limitaba a confiar en que tenía mis motivos.
—Te echaré de menos —dijo de repente, deprisa y corriendo.
Me volví hacia ella con los ojos entornados.
—No te sorprendas tanto —murmuró—. Ya sabes que estoy en mi derecho de tener sentimientos. De tanto en tanto. Cuando nadie me ve.
—Yo también te echaré de menos —reconocí; Marx era la persona a la que más fácil me resultaba decir la verdad—. Ahora, ¿quién me pondrá en mi sitio cuando diga tonterías?
—¿Thatcher?
—Es demasiado amable.
—Pues Xül.
No pude evitar que me ardiese la cara.
Marx arqueó las cejas.
—¿Hay novedades?
—No. Sí. —Suspiré, con la vista fija en mi copa—. Creo que va a anular el compromiso.
Marx se atragantó con la bebida.
—¿Cóóómo?
—Sí. —Incluso al decirlo me sonó irreal.
Marx me miró con intensidad renovada.
—Eso es… gordísimo. Tanto como para poner el mundo patas arriba.
—Lo sé.
—Joder. —Apuró la copa de un trago—. A ver cómo afecta eso a… las cosas.
Una respuesta prudente.
—Ya lo averiguaremos.
—Supongo que a lo bestia —dijo—. Pero no te olvides de mí cuando estés muy atareada siendo controvertida y revolucionaria, ¿vale?
—Como si me lo fueras a permitir.
—Ni lo sueñes. —Me dio un golpecito en el hombro—. Vendré a verte todo el rato. Aunque para eso tenga que aguantar esta luz cegadora y esta perfección agobiante.
—Me gustaría mucho. —Aquellas palabras se quedaban cortas para expresar lo que pensaba, lo importante que su amistad había llegado a ser para mí.
—¿Alguna vez te preguntas…? —Vaciló antes de seguir—. ¿Alguna vez te preguntas si se nos olvidará cómo era ser mortales? Tener miedo, preocuparse por nimiedades…
—No se nos olvidará —dije a modo de promesa—. Ni a ti ni a mí.
—Cuánta seguridad para alguien que no hace ni una hora que es una divinidad. —Suavizó el tono con una sonrisa.
—Acuérdate de que somos excepcionales. Tú misma lo dijiste.
—¿Verdad? —Sonrió—. Muy bien, Morvaren, te tomo la palabra. Quedamos dentro de mil años para contrastar opiniones. A ver si aún recordamos lo importante.
—Trato hecho. —Levanté mi copa en dirección a la suya—. Aunque, a ser posible, en algún sitio que sea menos… Sundralis.
—¿A medianoche en la playa de Draknavor?
—Perfecto.
Sellamos el pacto con un brindis. Al bajar la copa me invadió una sensación extraña, como un vacío repentino. El aire me abandonó los pulmones.
Me quedé paralizada y apreté tanto la copa que se le formaron grietas en forma de telaraña.
Algo marchaba mal. Algo marchaba espantosa y catastróficamente mal.
De forma instintiva, busqué mi vínculo con Thatcher, aquella conexión que había vibrado en el fondo de mi conciencia desde que nací, con más fuerza que nunca después de nuestra transformación.
Nada.
Solo… vacío. Un cráter donde debería estar mi mellizo.
—¿Thatcher? —susurré, y a continuación presioné más a fondo, lanzando mi conciencia a lo largo de nuestro vínculo con desesperación. «¡Thatcher!».
Silencio. Ni tan solo un eco.
La copa se hizo añicos en mi mano, y el líquido y los cristales cayeron al suelo como una lluvia. Un terror gélido se apoderó de mi pecho y me apretó los pulmones hasta que fui incapaz de respirar.
—¿Thais? —La voz de Marx se impuso a duras penas sobre el estruendo de mis oídos—. ¿Qué pasa?
—No está —jadeé con la voz quebrada—. Thatcher… No lo percibo. No lo percibo por ningún lado.
—¿Qué quieres decir? —preguntó agarrándome del brazo.
—Nuestro vínculo de mellizos —dije apresuradamente, presa del pánico—. No está. Como si se hubiera… borrado sin más.
En un abrir y cerrar de ojos, la amiga desenfadada se desvaneció para dar paso a la guerrera junto con la que había luchado en los Juicios.
—¿Cuándo ha sido?
—Ahora mismo. —Me aparté a zancadas en dirección a las puertas—. Tenemos que encontrarlo cuanto antes.
Irrumpimos de nuevo en la celebración; las risas y la música se habían convertido en el espeluznante telón de fondo de mi terror. Inspeccioné la multitud, frenética, empujando a las divinidades sin preocuparme por el protocolo ni por la política.
—¡Thatcher! —grité—. ¡Thatcher!
Nada. Solo miradas de curiosidad, cejas enarcadas, ceños fruncidos de desaprobación.
—Tenemos que separarnos —decidió Marx.
Asentí, ya en marcha.
—Antes lo he visto hablando con un grupo, cerca de la puerta sur. Voy a empezar por ahí.
—Thais —me agarró del brazo—, ¿es posible que lo hayan… desactivado de algún modo?
—Si alguien ha hecho eso, está muerto —susurré mientras la luz estelar destellaba en mis dedos.
Nos sumergimos entre la multitud en direcciones diferentes. Me abría paso por la masa de inmortales, con mis nuevos sentidos alerta al menor rastro de mi hermano. El olfato, la vista, la sensación del aire en la piel… Todo se había intensificado.
—¿Has visto a Thatcher Morvaren? —preguntaba a quien quisiera escucharme, más desesperada con cada repetición.
Miradas de desconcierto. Encogimientos de hombros. Negaciones con la cabeza.
El corazón me martilleaba las costillas; los latidos llevaban la cuenta del tiempo que pasaba sin Thatcher. Cinco minutos. Diez. Quince. La celebración continuaba en torno a mí, ajena a mi terror creciente.
Divisé a Chavore al otro lado de la sala y caminé directa hacia él.
—Chavore —dije tratando de hablar con firmeza a pesar del pánico—, ¿has visto a Thatcher?
Se volvió hacia mí, con la mirada perdida y velada.
—Thais —dijo con un claro esfuerzo por recordar mi nombre—. Eres… la hermana de Thatcher.
—Sí. ¿Sabes dónde está? No lo veo por ningún sitio.
Chavore frunció el ceño, con una cara de confusión casi infantil.
—¿Thatcher? Estaba… aquí. Antes. —Señaló la sala con un gesto vago—. Después de la ceremonia.
—¿Y ahora? —insistí. Me costaba disimular la desesperación.
Apartó la mirada.
—No… me acuerdo. —Reconocerlo pareció dolerle, y un destello de comprensión le cruzó la cara.
Cuando me disponía a seguir buscando apareció Elysia, que entrelazó un brazo con el de Chavore.