The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 63. Desaparición
89%

Capítulo 63. Desaparición

–L evantad, ascendidos —ordenó Olinthar.

Mis piernas obedecieron antes de que yo lo procesara. Era extraña la forma en que el cuerpo recordaba el protocolo, incluso cuando lo único que deseaba el alma era rebelarse.

La sala vibraba de expectación, con mil ojos inmortales clavados en nosotros, los tres supervivientes. Mis piernas amenazaban con ceder; el nuevo cuerpo divino todavía me resultaba ajeno.

Era demasiado. Todo aquello me sobrepasaba.

—Adelantaos —ordenó Olinthar.

Como uno solo, nos apartamos de nuestras peanas para acercarnos al semicírculo de tronos.

A cada paso que daba era más consciente del cambio que había experimentado: me movía con demasiada fluidez; tenía un equilibrio demasiado perfecto, unos sentidos demasiado agudizados.

Aquel cuerpo había dejado de ser el mío.

Marx caminaba junto a mí, impasible, aunque de sus hombros aún surgían diminutas volutas de humo y en su piel se apreciaban las marcas del fuego divino que había estado a punto de consumirla. Había sobrevivido, aunque por los pelos.

—La elección del dominio es el último paso de la ascensión —explicó Olinthar, con una voz que resonaba de forma natural por la amplia estancia—. Los nuevos dioses deben declarar bajo los auspicios de qué dominio vivirán.

Se me aceleró el corazón. Para aquel momento era para lo que habíamos trazado nuestros planes, el verdadero objetivo de todo lo que habíamos tenido que soportar. Acercarse a Olinthar. Ganarse su confianza y darle el golpe de gracia cuando menos se lo esperase.

—Marx —dijo Olinthar moviendo la cabeza hacia ella—, tú serás la primera.

Marx dio un paso al frente, de pronto majestuosa pese al obvio dolor persistente de la transformación.

—Elijo Draknavor —anunció con voz clara y firme—. Serviré junto a Morthus en el dominio de la muerte.

No se desataron murmullos; aquello era lo que esperaba todo el mundo.

Olinthar asintió.

—Que así sea. Morthus, ¿aceptas esta ofrenda para tu dominio?

Morthus inclinó la cabeza sin delatar la menor emoción.

—Acepto.

—Entonces, acércate al trono de la muerte y recibe tu bienvenida formal.

Marx, con garbo renovado, se situó ante Morthus.

El dios de la muerte le puso una mano en la cabeza y dijo algo en voz tan baja que ni mi oído agudizado lo pudo captar.

Una corriente de energía oscura fluyó entre ellos, y, cuando Marx se volvió hacia los congregados, sus ojos dorados mostraban motas de un negro profundo.

—Thatcher Morvaren —prosiguió Olinthar, y volvió su atención hacia mi hermano—, haz tu declaración.

Thatcher dio un paso al frente, con una expresión perfecta de respeto y humildad que yo sabía que eran falsos.

—Elijo Sundralis —dijo con voz clara y firme—. Serviré en el dominio de la luz y el orden.

Los murmullos arreciaron un poco; a fin de cuentas, era el pupilo de Chavore. Pero pocos estaban al tanto de lo que quería Olinthar en realidad, de los planes que tenía para Thatcher. Y sospechaban menos aún que aquella elección conllevaría el derrocamiento de su rey.

Pero Olinthar sonrió, un lento y satisfecho enarcar de labios que me puso la piel de gallina por preparada que estuviese para ello.

—Sabia elección —dijo—. Acepto tu servicio con agrado.

Thatcher hizo una profunda reverencia, la viva imagen de la gratitud deferente. Solo yo podía percibir la mirada calculadora de sus ojos dorados, la fría determinación que era un reflejo de la mía.

—Y por último… —Olinthar me dirigió la mirada. Puede que fuese la primera vez que veía aquellos ojos clavados en mí y solo en mí. Estaba inexpresivo; su rostro era inescrutable. Cómo lo odiaba, por los dioses. Quería arrancarle esos ojos con mis propias manos—. Thais Morvaren.

La sala quedó en silencio. Había llegado la hora de la verdad.

No pude evitar mirar a Xül de reojo. Tenía una expresión cautelosa pero neutra, aunque noté la tensión en su mandíbula, la forma en que apretaba un puño a un lado del cuerpo.

Él ya sabía cuál sería mi elección, pero eso no impedía que el dolor aflorase a sus ojos.

—Elijo Sundralis —declaré, con voz firme pese a la inesperada punzada en el pecho—. Serviré en el dominio de la luz y el orden.

Los murmullos dieron paso a una oleada de cuchicheos sorprendidos.

La sonrisa de Olinthar se amplió, y la satisfacción de su mirada hizo que la bilis me subiera a la garganta.

—Qué… interesante —dijo—. Los mellizos, reunidos en Sundralis. Qué gran honor para nuestro dominio. Acepto tu servicio, Thais Morvaren.

Bajé la cabeza, no por respeto, sino para ocultar el odio que estaba segura de que me afloraba a los ojos. Cuando volví a levantarla, me esforcé por no mirar a Xül. No habría soportado la visión de lo que reflejara su rostro en ese momento.

Olinthar, con una mano perfecta, me hizo señas para que me acercase.

Caminé hasta su trono, cada paso más pesado que el anterior.

Noté la frialdad de sus dedos en la frente mientras pronunciaba las palabras que me consagrarían a su dominio, y me inundó la magia divina de Sundralis. Me sentí enferma y fuera de sitio.

Después di un paso atrás. De algún modo percibía que estaba atada a aquel lugar, al mismísimo ser al que había jurado destruir.

—Que empiece la celebración —proclamó Olinthar, y se levantó de su trono—. ¡Esta noche damos la bienvenida a tres nuevos aesymar al panteón de Voldaris!

La multitud estalló en vítores y aplausos. Empezó a sonar una música sin origen discernible y aparecieron sirvientes cargados con bandejas repletas de comida y bebida que resplandecían de energía divina.

Había divinidades por todas partes; sus rostros se fundían en un océano de rasgos perfectos y miradas calculadoras.

Todos querían algo: pasar un momento con los nuevos dioses, tener la oportunidad de establecer relaciones que les granjearan favores en el futuro.

El peso de su atención en mis sentidos divinos recién adquiridos resultaba abrumador.

«Son muchísimos —le transmití a Thatcher a través de nuestro vínculo, que, tras la transformación, vibraba con fuerza renovada—. ¿Cómo esperan que recordemos todos estos nombres?».

«Tú sonríe y sé guapa —respondió, y el familiar tono burlón de su voz mental me tranquilizó—. Es lo que se nos da mejor».

Contuve una risita, lo que me granjeó miradas curiosas de las deidades menores que me rodeaban.

Una diosa de rizos plateados me comentaba que ella también servía en Sundralis, pero sus palabras me resbalaban como el agua.

Solo podía fijarme en el resplandor dorado que emanaba mi hermano.

Estaba a unos diez pasos, ya rodeado de sus propios admiradores, pero nuestra conexión permanecía intacta.

La gente se movió y, de pronto, perdí de vista a Thatcher.

La presión de los cuerpos aumentaba a medida que se acercaban más inmortales para felicitarme.

Me tocaban los hombros, las manos, y alababan mi fuerza, mi resistencia, mi belleza…

, como si supieran de mí más de lo que habían visto durante los Juicios.

Sonreía y asentía, poniendo en práctica los modales que Xül se había empeñado en inculcarme los últimos meses. Sí, era todo un honor. No, la transformación no había dolido demasiado. Sí, estaba deseando servir en Sundralis. Las mentiras brotaban con fluidez.

Una presencia se materializó detrás de mí, y unos dedos familiares me acariciaron la parte inferior de la espalda. No me hizo falta darme la vuelta para saber quién era. Mi cuerpo lo había reconocido al instante, y respondió con una calidez que me subió por la columna.

—Te sientan bien los ojos dorados, estrellita —murmuró Xül, tan cerca que su aliento me rozó la oreja.

Me estremecí. Cuando me giré para mirarlo, su expresión era cautelosa, pero sus ojos ardían con una intensidad que me dejó sin aliento.

—Me marcho. Voy a tener una conversación bastante complicada —dijo mientras dejaba vagar la mirada por la multitud.

Me sentí pletórica. Estaba dispuesto a hacerlo de verdad. Le apreté la mano, con cuidado de que no nos viese la gente que nos rodeaba.

—Suerte.

Me miró un momento a los ojos y después echó un vistazo rápido a mis labios. Una promesa para luego. A continuación, se alejó y se abrió paso entre los congregados con la elegancia de un depredador.

Recorrí la sala con la vista en busca de Thatcher, pero no se le veía por ninguna parte.

«Avísame si necesitas que te rescate», le transmití a través del vínculo.

«Muy bien. Lo mismo digo».

Otra cara me llamó la atención: Marx, con aspecto incómodo y algo apartada de la celebración mientras varios portadores de luz intentaban entablar conversación con ella.

Murmuré unas cuantas excusas corteses para zafarme de mis admiradores y caminé en su dirección. El rostro de Marx se iluminó de alivio al verme llegar.

—Gracias a los dioses —murmuró cuando estuve a su lado—. Si hubiera tenido que escuchar otra felicitación vacía, me habría puesto a maldecir a la gente.

—¿No hace ni una hora que eres una divinidad y ya abusas de tu poder? —dije con una sonrisa.

—Solo hago planes. —Cogió dos copas resplandecientes de la bandeja de un sirviente cercano y me tendió una—. ¿Por qué no?

Bebí un trago con cautela y el líquido me calentó desde dentro.

—¿Mejor? —preguntó Marx.

Solté un resoplido.

—¿Salimos a tomar el aire? —propuse haciendo un gesto hacia unas puertas de cristal que daban a una terraza.

Nos escabullimos para dejar atrás la algarabía de la celebración.

En cuanto nos quedamos a solas me di cuenta de lo descuidadas que habíamos sido hasta entonces.

Con mis nuevos sentidos podía oír lo que se decía tres habitaciones más allá, los susurros de la tela, las respiraciones, los latidos de varios corazones, cada uno con su ritmo.

Si captaba todo aquello, ¿qué habrían escuchado los aesymar cuando éramos mortales?

Aquella idea me heló la sangre. ¿Cuántos secretos habíamos revelado creyéndonos a salvo en estancias vacías?

—Bueno —dijo Marx, apoyándose en la barandilla del balcón—. Veo que has tenido alguna epifanía desde la última vez que hablamos.