Capítulo 62. El forjado #2
—Bienvenidos —entonó, y su voz, sin esfuerzo aparente, resonó por toda la sala—. Hoy seremos testigos de la culminación de los Juicios de Ascensión. Estos cuatro mortales —nos recorrió con la mirada— han demostrado ser dignos de consideración para formar parte de nuestras filas divinas.
Como si nos fuera a conceder un gran honor.
—La ascensión no es solo un premio —siguió Olinthar, que acompañó sus palabras con elegantes gestos de sus manos perfectas—.
Es un deber sagrado, un propósito divino que trasciende la comprensión de los simples mortales.
Los que se unen a nosotros comparten la carga de dar forma al tejido de la existencia.
Esto no será una prueba de habilidad, de fuerza ni de ingenio.
—Su tono se había vuelto más solemne—. Es el propio Forjado divino.
Los competidores se bañarán en la luz pura de Sundralis, que consumirá su mortalidad y expondrá a la vista lo que subyace en su interior.
Un murmullo se extendió por la multitud. Miré a Thatcher de soslayo: la firmeza decidida de la mandíbula, la inquebrantable determinación de sus ojos me infundieron fuerzas. Juntos. Por fin estábamos juntos.
—Comencemos —anunció Olinthar. Se puso en pie y levantó los brazos hacia la cúpula de cristal que se cernía sobre nosotros. Varias secciones se retiraron poco a poco para revelar el cielo cegador. La muchedumbre guardó silencio. La tensión en el aire era palpable y casi impedía respirar.
Durante unos instantes no pasó nada.
Y, de pronto, un estallido de luz llenó el mundo.
El haz me golpeó sin previo aviso y me hizo caer de rodillas. No podía respirar ni pensar. La ardiente luz me iba a hacer pedazos desde dentro. La energía me invadía, me desbordaba como un maremoto que destrozase todas mis barreras e inundase cada célula de mi organismo.
Intenté gritar, pero no logré emitir ningún sonido. Clavé los dedos con desesperación en la peana de mármol, un ancla en aquella tormenta que amenazaba con desintegrarme por completo.
No estaba preparada para semejante nivel de dolor.
La luz me quemaba. Dioses, cómo quemaba. No solo la piel, sino el interior: los músculos, los huesos, todo mi ser se consumía bajo aquel ataque cegador. Cada latido del corazón me enviaba fuego líquido por las venas; cada inhalación me llenaba los pulmones de fuego.
Y, entonces, mi poder reaccionó. Se enroscó y se retorció, y se alzó desafiante. De mi piel brotaron espirales de color violeta, que se enfrentaron al oro.
Las dos fuerzas se deslizaron la una sobre la otra, se debatieron, se mordisquearon, se consumieron mutuamente.
Mi campo visual se redujo a un único punto de blanco cegador. Ya no veía la cámara ni a Thatcher. Solo la luz.
Un tajo ardiente se concentró detrás de mis ojos y me taladró el cráneo. La presión fue en aumento hasta que creí que la cabeza me iba a estallar en pedazos. Algo estaba cambiando. Mi visión se llenó de carmesí, seguido de violeta, hasta sumirme por fin en una piadosa oscuridad.
Allí sentí que me deshacía, que las fibras de mi ser se deshilachaban, que mi esencia se dispersaba por el cosmos. Estaba en todas partes a la vez y en ninguna; me extendía a través de un espacio de incomprensible infinitud.
¿Era la muerte?
No. No era la muerte.
En aquella noche interminable, me aferré a mí misma.
A mi nombre. A mis recuerdos. A mi odio.
A mi objetivo. Yo era Thais Morvaren, y no estaba dispuesta a permitirle que me arrebatara nada más.
Había luchado demasiado, y mucho tiempo, para dejar que aquella rabieta cósmica acabase con mi existencia.
La luz podía reconfigurar mi cuerpo, fundirme los putos huesos, pero no terminaría conmigo.
Y Olinthar era un idiota por haberme dejado llegar tan lejos.
Me aferré a la imagen de la cara de Thatcher.
De los acantilados de Cresta Salada. De la sonrisa de nuestra madre, guardada en la memoria.
De los ojos de Xül, iluminados por las llamas.
De Sulien, que me enseñaba a hacerme trenzas con dedos torpes.
De los pequeños momentos de paz en los que había consistido mi vida hasta que llegué allí.
De los fragmentos de mí que no soportaría perder.
No sé si pasé siglos o segundos en aquella peana. La luz quemaba, construía y destrozaba, pero no a mí. No lo iba a permitir.
Y, de pronto, cesó.
La oscuridad se abatió sobre mí. La repentina ausencia de dolor fue, en sí misma, una conmoción. Jadeé; me costaba respirar.
El silencio me llenaba los oídos. La cámara aguardaba, expectante.
Estaba viva.
Y, poco a poco, la luz empezó a parpadear en mi campo visual.
Al principio era una sensación cálida en lo más hondo del pecho. No era mi poder ni las estrellas que arrancaba del cielo. Era algo nuevo, algo que estaba en mi interior.
La calidez se extendió, muy despacio al principio, y luego se desbordó a través de mí como un incendio. Quería gritar, pero no me salía la voz.
Levanté las manos frente a la cara, desesperada por encontrar algo a lo que anclarme. La piel me relucía desde dentro. Quise ponerme en contacto con Thatcher a través de nuestro vínculo, pero el rugido de mi mente ahogaba todo lo demás.
Desde las yemas se me extendía un hormigueo.
Incapaz de apartar la mirada, vi que en la piel me aparecían trazos de luz estelar; delicadas líneas empezaban en las uñas, como ríos cósmicos que fluyesen cauce arriba.
Se enroscaban en las muñecas formando complejos dibujos y luego por los brazos; se abrían y se extendían antes de difuminarse al llegar a los codos.
Algo me rozó el hombro. Al mirar vi que el pelo ya me llegaba por debajo del pecho, más largo de lo que lo había llevado jamás, y siguió creciendo ante mis ojos hasta llegar a la cintura. Los mechones negros parecían absorber la luz, más negros que la propia noche.
Las pecas que me salpicaban los brazos desde niña también cambiaron. Cada puntito marrón empezó a brillar y a continuación se transformó en una mota dorada.
Veía, una por una, las partículas de polvo que flotaban en el aire; sentía el peso de los siglos que se abatía sobre el reino. El mundo se convirtió en una explosión de colores que no sabía que existieran, sonidos que jamás había oído, sensaciones que no sabía describir con palabras.
Las paredes de mármol del palacio… Veía las vetas de minerales que atravesaban la piedra, los cristales que reflejaban la luz, cada uno en un ángulo distinto, incluso sutiles variaciones de textura invisibles para los ojos mortales.
Oía latir todos los corazones de la sala; era capaz de distinguirlos.
Incluso percibía la diferencia de ritmo y poder entre los dioses antiguos y los nuevos aesymar.
El roce del tejido de alguien que había cambiado de postura tres filas más atrás.
Cada sonido era nítido, distinguible; ya no se fundían entre ellos en un zumbido de fondo.
Mi nueva consciencia se extendía en todas las direcciones a la vez.
Sentía fluir las corrientes de poder de la sala como si fuesen ríos invisibles; percibía la antigüedad de la piedra que pisaba.
Hasta podía saborear los restos de magia que se mecían en el aire, oler los diversos aromas de los presentes, la fragancia de sus dominios y de su magia.
Entonces giré la cabeza.
Primero enfoqué la peana situada justo enfrente de mí. Estaba vacía.
Vacía.
Pero en la base… Dioses. Me invadieron las náuseas. Un esqueleto calcinado, todavía humeante, tirado en el mármol. Era todo lo que quedaba de Vance.
El terror se apoderó de mí.
Frenética, busqué a Marx con la mirada. Estaba agachada y su cuerpo desprendía vapor; de los hombros se elevaban volutas de humo. Pero vivía.
Thatcher…
Me volví, y lo vi.
Nuestros ojos se encontraron.
No había añil.
Dos pozos ardientes de puro oro fundido me devolvieron la mirada.