Capítulo 62. El forjado
L a luz de Sundralis me golpeó y me dejó sin aliento.
Crucé el portal a trompicones, maldiciendo en voz baja. Los meses de luz mortecina en Draknavor no me habían preparado para semejante asalto. Aquello no era la luz habitual del sol; era una puñetera arma, una agresiva demostración visible de ego divino.
—Es… —Marx entornó los ojos y arrugó la cara, incómoda.
—Muy desagradable —murmuré. Para tratarse de un dominio consagrado al sol, aquella luz no podría ser más falsa. Como si pretendiera intimidarte y que te sometieras. De inmediato eché de menos la sincera oscuridad de Draknavor, las sombras que no parecían tener miedo de ser ellas mismas.
—Olinthar siempre ha valorado más la apariencia que el contenido —susurró Xül, observando el horizonte con desprecio poco disimulado.
Le seguí la mirada. La ciudadela de Sundralis se alzaba frente a nosotros, una visión resplandeciente de oro y mármol blanco. Tanto brillo hizo que me lloraran de nuevo los ojos. Cada torre, cada arco, cada sendero presumía de su estéril perfección.
Todo el conjunto carecía de vida. De libertad.
—Por aquí. —Aelix señaló el chapitel central.
Se me revolvieron las tripas. Había llegado el momento. La culminación de todo lo que había ocurrido desde aquel día espantoso en Cresta Salada.
Recorrimos sinuosos caminos empedrados. Los seres divinos se paraban a mirarnos y sus murmullos nos perseguían. Yo iba muy erguida, con la cabeza bien alta. No iba a permitir que su presencia, ni la sensación de sus miradas en el cogote, me afectasen.
—Este Juicio no es como los otros —comentó Xül en voz baja, y me rozó el hombro con el suyo—. Aquí no hay portales de visualización. Hoy, toda la gente importante estará aquí, en Sundralis.
Exhalé con cuidado.
—Qué sorpresa.
El interior de la ciudadela era aún más agobiante: techos altísimos, paredes de un blanco tan impoluto que me cegaba. El rostro de Olinthar se asomaba desde cada pintura, cada mosaico, cada tapiz, como una máscara perfecta y benévola.
Al acercarnos, unas puertas se abrieron de par en par sin hacer el menor ruido. La Cámara de la Ascensión apareció frente a nosotros. Me detuve en el umbral, un poco abrumada.
La cámara era enorme, circular, rematada por una cúpula de cristal que desviaba y refractaba la luz, ya de por sí dolorosa. En el centro había unas peanas de mármol blanco, cuatro islas solitarias en un mar de suelo pulido.
—¿Nos tendremos que poner ahí? —murmuró Marx, que estaba a mi lado—. ¿Como estatuas vivas?
—Eso parece —respondí sin disimular mi desagrado. Las peanas parecían altares, aras de sacrificio. Y, en cierto modo, quizá lo fuesen.
Circunvalaban la mitad de la cámara doce tronos muy recargados.
Los aesymar, seres tan poderosos que a su alrededor el aire se ondulaba y resplandecía, se aprestaban a ocupar sus puestos.
El primero al que vi fue Vorinar, el dios del destino, encogido en su trono, con los ojos vidriosos y la mirada perdida.
Así que allí hacía acto de presencia, aunque no había acudido a la reunión de la noche anterior.
A su lado estaba Davina, y, junto a ella, Morthus.
Sus ojos oscuros buscaron los míos durante una fracción de segundo y asintió con un gesto sutil.
Los conté a todos; cada nuevo rostro me hacía sentir aún más incómoda, hasta que llegué al trono central, mayor que los otros, tallado en oro y cristal. Estaba vacío.
Los seres divinos abarrotaban la sala, y sus miradas se derramaban por los niveles inferiores. La intensidad de las voces subía y bajaba, olas de emoción en un agitado océano de sonido.
—Buitres —murmuró Marx.
—Vienen a ser testigos de la historia —corrigió Aelix con suavidad.
—Eso he dicho.
Recorrí con la mirada la muchedumbre de inmortales en busca del rostro que me importaba de verdad. Y allí estaba. Un destello de liso cabello azabache.
Thatcher.
Vestía los colores de Chavore; pero, cuando nuestras miradas se cruzaron, la feroz determinación que vi en sus ojos fue inconfundible. Durante un segundo me olvidé de respirar.
Empezaba a echar de menos la sonrisa despreocupada de antes.
En cualquier caso, lo habíamos conseguido. Contra todo pronóstico, los dos estábamos allí, vivos. Desde que llegamos a Voldaris habíamos cambiado, cada uno a su modo. Todavía no estaba segura de que hubiera sido para bien.
Sentí una mano que se me deslizaba por la espalda.
—Puedes ir —dijo Xül, su voz un susurro en mi oído—. Hay tiempo.
Levanté la mirada y enarqué una ceja.
—Ve —insistió, señalando a Thatcher con un gesto—. La ceremonia no empezará hasta dentro de unos minutos.
Me abrí paso entre los presentes, que se apartaron de mala gana. Al acercarme a Thatcher, vi que no estaba solo. Lo acompañaba Chavore, engalanado con insignias militares que relucían bajo la luz cegadora de Sundralis. Elysia lo tenía cogido del brazo con gesto posesivo.
—Hola —saludó Thatcher con un esbozo de sonrisa.
—Vaya, qué elegante se te ve —respondí medio en broma.
Sofocó una risita.
—Creía que a estas alturas ya te habrías acostumbrado.
Chavore posó la mirada en mí y frunció el ceño.
—Eres… —Se interrumpió y parpadeó muy deprisa, como si quisiera despejar la visión—. La hermana de Thatcher, ¿no?
Un escalofrío me corrió por la espalda.
Elysia sonrió.
—Se llama Thais, querido —indicó. Los dedos se cerraron con más fuerza alrededor del brazo de Chavore.
—Claro —asintió Chavore, pero su mirada seguía perdida, vacía—. Thais. Te pido disculpas.
—Estábamos hablando de la celebración que habrá tras la ceremonia —dijo Elysia con voz almibarada—. Tienes que unirte a nosotros, Thais. Siempre y cuando sobrevivas al Forjado, claro.
Lo dijo con un tono tan despreocupado que me produjo un cosquilleo en los dedos, pero mantuve el rostro impasible y la voz calmada. Tuve que hacer acopio de toda la formalidad ridícula que me había enseñado Xül en los últimos meses.
—Gracias por la invitación. Desde luego, lo tendré en cuenta.
—Sería un honor para nosotros —contestó Chavore.
—Bueno, ya veremos cómo sale todo —concluyó Elysia con una sonrisa forzada mientras tiraba del brazo de Chavore—. Vamos, querido, tenemos que hablar con tu padre ante de que empiece la ceremonia.
Chavore la siguió sin protestar, dejándose arrastrar como un perrito faldero. Los vi alejarse y sentí una inquietud que casi me revolvió el estómago.
—¿Qué le pasa a Chavore? —pregunté en voz baja en cuanto se alejaron lo bastante para no oírnos.
La expresión de Thatcher se volvió sombría.
—Ya te lo he dicho. Se comporta así desde el principio.
Chavore y Elysia desaparecieron entre la multitud.
Atisbé a Xül al otro lado de la sala. Nuestras miradas se cruzaron y sentí una opresión en el pecho, algo más cálido y complicado que el pánico. Los recuerdos de la noche anterior se desplegaron en mi mente.
Y entonces sentí que Thatcher me taladraba con la mirada.
«Nunca te había visto mirar así a nadie».
«No sé a qué te refieres». Aparté los ojos al instante para intentar cambiar de tema.
«No puedes mentirme, Thais. Y no eres solo tú. Él te mira del mismo modo».
«Es complicado. —Entrechoqué nuestros hombros—. Y no me mires así, con esos ojos abiertos y tristones».
«Tienes derecho a tus sentimientos, Thais —musitó—. En Cresta Salada no te lo permitías. Pero ahora las cosas son diferentes».
Dudé un momento y luego dejé que una pequeña verdad se deslizase por nuestro vínculo.
«Las cosas han cambiado».
«¿Con Xül?». La curiosidad de Thatcher fue como un latido en nuestra conexión.
«Sí». No estaba preparada para entrar en más detalles, ni siquiera con Thatcher. Lo que había entre Xül y yo era demasiado frágil, demasiado nuevo. Demasiado fácil de romper.
Thatcher me observó con atención y sentí su comprensión a través del vínculo. No insistió.
«Pase lo que pase, te apoyaré».
Su consuelo fluyó hasta mí y me tranquilizó, como muchísimas otras veces a lo largo de nuestra vida.
«Me resulta difícil hacerme a la idea —reconocí—. Tener un “después”. No me parece real».
«No hables antes de tiempo. Todavía tenemos que sobrevivir a lo de hoy».
«El universo no va a poder librarse de los mellizos Morvaren con tanta facilidad».
Me envolvió en un fuerte abrazo.
La nota de una campana de ceremonias reverberó por la cámara e hizo callar a la multitud.
Aparecieron los escribas de Olinthar, vestidos de oro y blanco, con rostros serenos como máscaras, para guiarnos a nuestros puestos.
Se parecían tanto a los sacerdotes de Cresta Salada que me costó no estremecerme.
«Deberíamos unirnos a los demás —dije a modo de despedida—. Nos llaman para que ocupemos nuestros lugares».
Thatcher asintió y me estrechó la mano un instante.
—Cuando esto acabe, hablaremos en condiciones. De todo.
—Está bien —convine.
A cada paso que me acercaba a las peanas, las piernas me pesaban más y más. Había llegado el momento que lo cambiaría todo. El momento del éxito o el fracaso. De la vida o la muerte. De convertirnos en divinos o que la divinidad nos consumiera.
Me dirigí a mi puesto en el mármol frío, consciente de pronto de los miles de ojos inmortales clavados en nosotros.
Marx ocupaba la peana contigua a la mía; su expresión era de serenidad, pero se golpeteaba el muslo con los dedos, nerviosa.
Thatcher estaba frente a nosotros, junto a Vance. Si tenía miedo, no lo demostraba.
Las puertas de la cámara se abrieron de nuevo y un silencio se abatió sobre la sala. Entró Olinthar, y hasta el mismísimo aire pareció apartarse.
La luz se derramaba de él.
Mi padre. El puto culpable de todas mis pérdidas, que pronto pagaría por ello. Pero, en realidad, ¿cómo de pronto era «pronto»? Dado que disponíamos de toda la eternidad, ¿cuánto tendríamos que esperar antes de acabar con él? Me arrepentí de no haberlo preguntado.
Me obligué a mirarlo mientras ocupaba su trono. Me negaba a dejarme acobardar, pero el odio que ardía en mi pecho era tan intenso que temí que se me reflejara en la piel. Sus rasgos perfectos habían adoptado tal expresión de benévola autoridad que tuve ganas de gritar.