Capítulo 61. Despedidas y nuevos comienzos #2
El vestido que eligieron por fin no tenía ni la oscuridad de Draknavor ni la luminosidad deslumbrante de Sundralis; captaba ese momento intermedio del anochecer, cuando aparecían las primeras estrellas, pero aún no había acabado de desvanecerse la luz del día.
—Perfecto —declaró Lyralei, y dio un paso atrás para admirar su trabajo—. Una diosa de los pies a la cabeza, incluso antes de la ceremonia.
Novalie dio palmas, emocionada.
Por último, recogieron sus cosas y se despidieron de mí. Novalie me abrazó con fuerza y me hizo prometerle que iría a verlos a Asteria. Vesper me dio dos besos.
Pronto quedó tan solo Lyralei, que me observó con esa mirada arcana y sabia que parecía verme el alma.
—Gracias por advertirme de lo de la bebida en las Cataratas de Cristal —dije en voz baja.
—Antes de ser estilista —respondió en el mismo tono— trabajaba en la destilería de llanto onírico.
—Su rostro se ensombreció—. Lo conozco muy bien y sé qué hace, pero sobre todo recuerdo el olor.
—Arrugó la nariz con expresión de asco—.
No puedo con él. Se queda pegado a todo: a la ropa, al pelo, a la piel… Lo reconozco a la legua.
—¿Llanto onírico? —pregunté; no me sonaba de nada.
—Es lo que había en la bebida —explicó sin apartar los ojos de los míos—.
Lo que os dieron a todos los competidores.
Un sedante suave con propiedades alucinógenas.
Hace que los sueños cobren vida ante tus ojos.
—Apretó los labios en una línea—. Pero la copa que te dieron tenía tanto que te habría dejado fuera de juego.
—Habría muerto quemada. —Otro intento de acabar con mi vida, más sutil, pero no menos letal.
Pensé en cuando Kavik intentó matarme en el bosque, en sus manos alrededor de mi cuello, en aquellas palabras que repetía y aún me resonaban en los oídos.
—Alguien te la tiene jurada, Thais —dijo Lyralei muy seria—. Alguien que no quiere que asciendas.
—¿Sabes quién es? —pregunté, aunque ya tenía mis sospechas.
—Tiene que ser alguien que estuviera en las Cataratas de Cristal, y no había tanta gente —Sacudió la cabeza y su pelo canoso reflejó la luz—. Pero no, no sé quién es.
Lyralei me atrajo hacia sí y me abrazó con una fuerza sorprendente para su etérea figura.
—Ten cuidado —susurró contra mi pelo—. Cuanto más te acerques a la ascensión, más peligro correrás. No todo el mundo quiere que surjan nuevos dioses.
Al separarse me puso algo frío en la palma de la mano, un frasquito lleno de un líquido plateado y traslúcido.
—Para dormir sin sueños, si te hace falta después —explicó, y me cerró los dedos alrededor del frasco—. La ascensión te cambia. A veces se tienen sueños… difíciles.
Me guardé el frasco en un bolsillo del vestido, agradecida por su previsión.
—Gracias. Por todo.
Lyralei sonrió y dio un paso atrás.
—Hasta pronto. No tardaremos en volver a vernos.
Con una última caricia en mi mejilla, salió de la habitación y me dejó a solas con mis pensamientos y mi reflejo: una desconocida vestida de diosa que se disponía a convertirse en algo diferente.
Varias horas después salí a una de las terrazas superiores del castillo, donde me esperaba Xül.
Al verlo me quedé sin aliento. Iba ataviado con lujosas telas de un carmesí intenso, con ribetes dorados y el escudo de su dominio bordado en la esquina superior izquierda de la capa.
Se había recogido las trenzas hacia atrás, lo que resaltaba los perfectos ángulos de su rostro, y una corona dorada le adornaba la cabeza.
Era la primera vez que se la veía puesta.
Marx me lanzó una mirada cómplice antes de volverse hacia Aelix y ponerse a hablar con él.
—¿Nerviosa? —preguntó Xül en voz baja.
—Aterrorizada —reconocí. Puede que con cualquier otra persona hubiera mantenido la apariencia de fortaleza que había llevado como una armadura los últimos meses. Pero no con él. Nunca con él; ya no.
—Eso es bueno —dijo para mi sorpresa—. El miedo te mantiene alerta. Te mantiene con vida.
—¿Es un consejo oficial del príncipe? —pregunté con voz algo burlona—. ¿El miedo es bueno?
—Es necesario —corrigió con la vista perdida en el horizonte—. Pero no te dejes llevar por él. Canalízalo.
—¿Hacia dónde?
Volvió a mirarme, y sus ojos ardían con una intensidad que me estremeció.
—Hacia el poder. Hacia la supervivencia. —Sus dedos rozaron los míos, y el contacto me subió por el brazo como una descarga eléctrica—. Tengo planes para ti, Thais Morvaren, que requieren que estés muy viva mucho tiempo.
—¿Planes? —repetí enarcando una ceja—. Ya sabes qué opino de que me digan lo que tengo que hacer.
La sonrisa que se extendió por su rostro era cegadora.
—Cuento con ello, estrellita. Tu indocilidad es la mitad de la diversión. —Sus ojos se oscurecieron mientras me recorrían de arriba abajo, deteniéndose en mis labios—. De la otra mitad no se puede hablar en público.
La tensión se instaló en lo más profundo de mi ser. Antes de que pudiera contestar, el aire brilló y un portal empezó a formarse.
—Salvada por la intervención divina —murmuré, y le arranqué una risita.
—Solo es un aplazamiento —corrigió con una voz que entrañaba una deliciosa amenaza—. A fin de cuentas, tenemos toda la eternidad.
—Sundralis —murmuró Aelix.
El portal se estabilizó y pude vislumbrar lo que había al otro lado: un resplandor deslumbrante, edificios gigantescos, un espacio de pura luz solar. Sundralis, el corazón del espacio divino, el dominio de Olinthar.
El lugar donde reinaba mi padre.
Xül dio un paso al frente, envarado, conteniendo la tensión a duras penas. Me tendió la mano con la palma hacia arriba. Un ofrecimiento, no una orden.
—¿Preparada? —preguntó.
Miré a mi alrededor por última vez, para contemplar el dominio que había sido mi prisión, mi campo de entrenamiento y, al final, algo parecido a un hogar. Veía las playas de arena negra a lo lejos. El cielo carmesí. El castillo pesadillesco que había presenciado gran parte de mi transformación.
Posé la mano en la de Xül y sentí la calidez de su piel.
—Juntos —dije, y aquella palabra entrañaba una promesa.
Cerró los dedos alrededor de los míos con fiera posesividad.
—Siempre.
Juntos caminamos hacia el portal, seguidos de cerca por Marx y Aelix. La luz dorada de Sundralis se extendió para rodearnos y arrastrarnos a un día cegador.
Mi último pensamiento antes de cruzar fue para Thatcher, que esperaba en algún lugar de aquel reino de luz.
«Ya voy», le transmití a través de nuestro vínculo, con la esperanza de que percibiera mi proximidad.
Y la luz dorada nos engulló a Xül y a mí, aún cogidos firmemente de la mano.