Capítulo 61. Despedidas y nuevos comienzos
«S el dravira en ti. Niv valen, niv asra, niv loyeth. El atanen en ti. Vah serané».
Aquellas palabras resonaban en mi mente, fragmentos de la letanía de Xül que se demoraban en el espacio entre el sueño y la vigilia.
Había pronunciado tres veces esas frases mientras sus manos, reverentes y determinadas, trazaban dibujos en mi espalda.
No entendía las palabras, pero parecían haberse grabado a fuego tanto en mi piel como en mi memoria.
Sonaban como una plegaria. Y no cabía duda de que esa boca me había estado adorando unas horas antes.
Me estiré entre las sábanas de seda, frescas contra la piel, inundada por los recuerdos de la noche anterior, por la desesperación con que nos habíamos aferrado el uno al otro después de decidir que aquello era lo que queríamos.
Las confesiones susurradas a oscuras. La forma en que me sostenía la mirada al pronunciar las dos palabras que lo habían cambiado todo.
«Te quiero».
Un golpe sordo me arrancó del duermevela. Parpadeé para despejarme y vi a Xül de espaldas, rígido, concentrado en algo que había en el suelo.
Cuando me incorporé, me quedé paralizada al ver un charquito de sangre cerca de sus pies.
—¿Xül?
Se giró al oír mi voz y suavizó la expresión. Me di cuenta de que se había vendado la mano a toda prisa con lo que parecía un jirón de tela.
—Buenos días, estrellita —dijo acercándoseme—. No pretendía despertarte.
Salí de la cama y le cogí la mano, que me entregó sin vacilar.
—Hay mucha sangre —murmuré examinando el vendaje.
—He sido descuidado; solo es un rasguño —dijo con indiferencia.
El tejido ya estaba empapado de rojo; demasiada sangre para un simple accidente.
—¿Desde cuándo es descuidado el príncipe de la muerte? —pregunté desafiante, con una ceja enarcada.
Un atisbo de su irritante arrogancia le cruzó el rostro.
—A lo mejor estaba distraído pensando en lo de anoche —replicó en voz baja, con un peligroso tono aterciopelado que me hacía hormiguear la piel—. Tienes ese efecto en mí, Morvaren.
—¿Cómo te has hecho eso? —insistí, negándome a dejarme distraer por sus encantos.
Apartó los ojos un momento antes de volver a clavarlos en los míos, y adoptó aquella expresión imperiosa que yo conocía tan bien.
—Hoy tenemos que ocuparnos de cosas más importantes que un corte de nada, estrellita. Nos espera el Forjado. Tu ascensión. —Se inclinó hacia mí y sentí su aliento cálido en la oreja—. Y espero tener el placer de llamarte diosa.
Saltaba a la vista que era una evasiva, pero la intensidad de su mirada me dejó claro que el tema estaba zanjado… de momento.
—Lyralei y su equipo vendrán pronto —dijo con suavidad— a prepararte para la ceremonia.
Me puse una bata y me anudé el cinturón sin apretar. Xül acompañó mi movimiento con la vista.
—Como sigas mirándome así, acabaremos haciendo esperar un montón a los tejedores de sueños —le advertí, aunque no pude evitar que se me notara la sonrisa en la voz.
—Pues que esperen —dijo con un gruñido, y dio un paso hacia mí—. Por algo soy el príncipe de este dominio.
Le puse una mano en el pecho para pararlo antes de que llegara.
—¿Y tu amante? ¿También se somete a tu voluntad?
Una sonrisa peligrosa se dibujó en su rostro.
—No te has sometido a la voluntad de nadie en toda tu vida, Thais Morvaren, y no creo que vayas a empezar ahora. Puede que sea una de tus mejores cualidades.
—Ah, ¿sí? —dije en tono provocador, aunque se me desbocó el corazón ante unas palabras que aún eran tan nuevas entre nosotros.
—Podría hacer una lista de las otras —murmuró, inclinándose hasta que sus labios casi rozaron los míos—. Pero ni siquiera la inmortalidad me daría tiempo para enumerarlas todas. —Se me quedó mirando un momento y luego relajó la postura.
—¿Sabes? —dije al recordar una cosa—. Lyralei me comentó una vez que en el reino hay gente que no está de acuerdo con todas las tradiciones. —Lo observé—. Y los tejedores de sueños siguen a Syrena…
—Thais —interrumpió—, no puedes decirle a nadie lo que sabes. —Su voz se redujo a un susurro y sentí su aliento cálido en la oreja—. Eso solo se menciona en determinados lugares, con determinadas compañías. Ni siquiera deberíamos hablar ahora de ello.
Me sujetó el brazo con la fuerza justa para subrayar sus palabras.
—Si se ha guardado el secreto durante tanto tiempo es por algo.
Somos cautelosos. —Sus ojos se clavaron en los míos, intensos y sin flaquear—.
Además, aunque acertases al pensar en quiénes nos guardan lealtad, nadie tiene la menor idea de que estés siquiera al tanto de que existe la resistencia. Conviene seguir así, por ahora.
Asentí, consciente del peso de su advertencia. Era el secreto más peligroso del reino divino, y podría acabar con los dos si llegara a los oídos incorrectos, aunque se tratara tan solo de un rumor.
—Solo quiero estar preparada para lo que pueda venir después —dije en voz baja.
—Después —repitió—. No será fácil, pero lo superaremos.
—¿Cuándo me han gustado las cosas fáciles? —pregunté desafiante.
La aprobación brilló en sus ojos.
—En eso tienes razón. A fin de cuentas, tomaste la decisión, imprudente y descabellada, de intentar derrocar al rey de los dioses. Pero tu toma de decisiones, desde luego, es algo en lo que habría que trabajar.
—No te olvides de la de enamorarme del inmortal más insufrible de todos los reinos —añadí con sequedad.
—¿«Insufrible»? —Enarcó una ceja y esbozó una sonrisa—. Creo que la palabra que buscas es «irresistible».
—«Arrogante» —corregí.
—«Seguro de sí mismo» —replicó mientras me pasaba una mano alrededor de la cintura.
—«Dominante».
—«Estratega».
Me reí a mi pesar.
—¿Sabes que es por eso por lo que nadie te soporta?
—Y, sin embargo, aquí estás —murmuró muy satisfecho—. Y me soportas bastante bien, por lo que recuerdo de anoche.
La certeza de su voz debería haberme resultado reconfortante, pero un nudo de miedo se me formó en el estómago.
—Habrá que ver si sobrevivo al Forjado.
Apretó más los brazos en torno a mí.
—Ya verás como sí.
—No puedes saberlo. Otros competidores han muerto. ¿Y si hemos hecho todos estos planes y ni siquiera consigo llegar a mañana?
—No vas a morir hoy —dijo con una convicción inquietante. Me puso la mano en la espalda y trazó el mismo dibujo que antes, justo donde había recitado aquellas extrañas palabras.
—¿Cómo estás tan seguro? —pregunté inspeccionando su rostro.
La curiosidad brilló en sus ojos un breve instante, aunque se apresuró a disimularla.
—Porque te conozco, Thais Morvaren. Y eres demasiado cabezota para morir ahora que por fin has conseguido todo lo que querías.
Entonces me besó, intenso y posesivo, como si intentara dejarme su marca antes de que nos separásemos. Cuando por fin se apartó, los dos estábamos sin aliento.
—Debería irme —dije a regañadientes.
—Nos veremos antes de la ceremonia —me prometió, y me robó un último beso antes de dar un paso atrás—. Seré el que tenga aspecto de estar a punto de cometer varios actos de traición por una mujer.
Me eché a reír a pesar de la tensión.
—Una descripción de lo más concreta.
A continuación, me condujo a la puerta. Me sujetó la mano un poco más, y luego me soltó.
Al entrar en mis aposentos me vi envuelta en un frenesí de actividad.
Lyralei y los suyos se habían apoderado de todo el espacio; la austera oscuridad de Draknavor se había transformado en un mundo de luz y color.
Tejidos de todos los tonos imaginables cubrían los muebles, y las mesas portátiles sostenían un sinfín de frascos y botellas.
Solo podía ponerme un vestido, pero se habían presentado con más de veinte, cada uno más impresionante que el anterior.
—¡Aquí llega! —exclamó Novalie, y corrió hacia mí con un cepillo en la mano—. Empezábamos a pensar que te habías olvidado de tu propia ascensión.
—Como si alguien pudiera olvidarse de que se va a convertir en dios —dijo Vesper burlón mientras examinaba con ojo crítico un bulto de tela—.
Aunque cosas más raras han pasado, supongo.
Una vez, un competidor estuvo a punto de perderse la ceremonia; se pilló tal cogorza que se quedó traspuesto en Chronos. No sobrevivió al Forjado.
Lyralei le lanzó una mirada de advertencia.
—No es el tema más adecuado para hoy.
—¿Por qué? Es la verdad. —Vesper me colocó la tela contra el cuerpo y ladeó la cabeza, pensativo—. Además, nuestra Thais valora la sinceridad. ¿A que sí, querida?
—Más de lo que te imaginas —respondí, y me dejé llevar a un sillón. Novalie empezó a peinarme de inmediato.
Durante la hora siguiente me puse en sus manos para que obraran la transformación. El ritual, ya familiar, resultaba casi reconfortante, un último retazo de normalidad antes de que todo cambiara para siempre.
—Hoy estás distinta —comentó Lyralei mientras me rodeaba el cuello con una delicada cadena de plata—. No sé, como más ligera.
—¿De verdad? —pregunté con tanta naturalidad como pude.
Se me quedó mirando.
—Sí. ¿Qué has hecho?
No contesté, pero noté que el color me subía por las mejillas.
—¿Te has puesto roja? —preguntó muy ufana—. Nuestra pequeña competidora tiene secretos.
—Como todo el mundo —dijo Vesper con una sonrisa burlona—. Pero algunos son más deliciosos que otros.
Obligué a mi rostro a mostrar una expresión neutra. Mi relación con Xül debía permanecer en secreto de momento, y no podía permitir que la cara me delatase.
—No pretendíamos ofenderte, querida —me aseguró Novalie con una palmadita en el hombro—. Estás en la recta final. Resérvate el mal humor para el primer siglo.
—Tiene razón —convino Vesper, que al fin se había decidido por una tela—. Todo el mundo necesita unos cuantos decenios de malas decisiones y remordimientos antes de encontrar su camino. Podría decirse que es una tradición entre los dioses.
Sus palabras me hicieron sonreír pensando en el futuro que podría esperarme; esperarnos. Un siglo con Xül. Un milenio. La eternidad. Un mundo en el que yo viviese y Olinthar muriese.