Capítulo 60. Tras el colapso #4
—Recuérdame a quién perteneces. —Me soltó el pelo para agarrarme por las caderas y así poderme penetrar con intensidad renovada. El cambio de ángulo me hizo ver puntitos brillantes; cada embestida alcanzaba un punto, muy dentro de mí, que me enviaba oleadas de placer por todo el cuerpo.
—A ti —gemí aferrada a la escalera mientras el placer alcanzaba cotas casi insoportables—. Soy tuya, Xül. Solo tuya.
—Y yo soy tuyo —masculló—. Cada parte de mí te pertenece, Thais. Mi cuerpo, mi corazón, mi puta alma… Es todo tuyo.
Su sinceridad descarnada, acompañada del ritmo implacable de su cuerpo contra el mío, me empujó más allá del límite.
Grité su nombre mientras el éxtasis se derramaba sobre mí en oleadas que me atravesaban por completo; casi ni fui consciente de que él también se corría un instante después, pero noté que me clavaba los dedos con más fuerza al vaciarse dentro de mí.
Seguimos un rato así, unidos el uno al otro, tratando de recuperar el aliento. Su frente descansaba en mi hombro, y las piernas me temblaban sin control. Lo único que me sostenía era la escalera. Me rodeó la cintura con los brazos y me sujetó al ver que me fallaban las fuerzas.
Cuando se movió por fin fue para hacerme girar sin soltarme de su abrazo. Me acarició la mejilla con los dedos, en un gesto de profunda dulzura.
Observó mi rostro con atención unos instantes y luego, sin previo aviso, me cogió en brazos. A mí se me escapó una carcajada de sorpresa, y de modo instintivo le rodeé el cuello con los brazos.
—¿Qué haces? —quise saber cuando se puso en marcha.
—Te llevo a la cama —respondió, y abrió la puerta de una patada—. ¿O creías que ya habíamos terminado?
Estaba familiarizado con el camino, pese a que el pasillo estaba casi a oscuras. Pronto, su dormitorio apareció frente a nosotros; la luz de la luna se colaba por los altos ventanales.
Me depositó en la enorme cama, pero, en vez de meterse él también, se quedó de pie, mirándome con una expresión que me aceleró el pulso.
—¿Qué pasa? —pregunté; me sentía un poco cohibida ante aquel escrutinio tan intenso.
—Me estoy grabando en la memoria este momento —explicó en voz baja.
Las palabras cayeron sobre mí con un peso que me recordó todo lo que estaba en juego y la conversación que teníamos pendiente. Di una palmadita en la cama, y él se tumbó a mi lado y tiró de mí para estrecharme contra su pecho como si no pudiera soportar que nos separase la más mínima distancia.
—Mañana seré libre —susurró—. Ya basta de ocultarse, de fingir. Lo que tenga que pasar, lo que quiera hacernos… Nos enfrentaremos a ello juntos.
Había llegado el momento. Inspiré hondo e hice acopio de valor.
—Tenemos que hablar de una cosa —empecé—. De lo que pasa tras el Forjado.
Se tensó un poco.
—¿Qué sucede?
—Ya sé qué dominio voy a escoger.
—Draknavor —respondió de inmediato, como si ya estuviera decidido—. No hay vueltas que dar.
—No —me opuse con firmeza—. Voy a comprometerme con Sundralis.
Sus rasgos se ensombrecieron.
—¿Te has vuelto loca?
—Thatcher estará allí —expliqué, y le sostuve la mirada—. Y allí es donde tengo que estar yo también.
—Menuda idea, estrellita. Te estás apresurando…
—No te estoy dejando de lado —interrumpí—. Nos hemos elegido el uno al otro, y tendremos toda la eternidad para explorar lo que eso signifique. Pero no me voy a quedar en Draknavor, cruzada de brazos, al margen de todos esos planes que están en marcha a mi alrededor.
Guardó silencio, con los dientes tan apretados que podía ver los músculos de la mandíbula que se le tensaban bajo la piel.
—Xül —le dije con dulzura—, cuando Olinthar haya caído y todo termine, tú y yo podremos estar juntos; pero, hasta entonces, tengo que ir con Thatcher. Me necesita, y yo necesito estar allí, en el corazón de Sundralis, cerca de Olinthar.
—Donde yo no puedo protegerte —dijo con voz grave, casi amenazadora.
—Donde puedo protegerme yo sola —corregí—. Donde puedo ser útil.
Me dio la espalda. La tensión se le reflejaba en los hombros.
—Es demasiado peligroso.
—¿Más peligroso que enamorarme del hijo de la muerte mientras conspiro contra el rey de los dioses? —le pregunté con cierto toque de humor negro—. Todo lo que hacemos es peligroso, Xül.
Se quedó tanto rato en silencio que pensé que había dado el asunto por zanjado. Pero, por fin, se giró hacia mí con una expresión indescifrable.
—Ya lo tienes decidido. —No era una pregunta.
—Sí.
—Y nada de lo que diga te hará cambiar de idea.
Me acurruqué contra él y le puse la mano en el pecho para sentir su corazón en la palma.
—Sobre este tema no. Pero eso no cambia lo que hay entre nosotros. Cuando Morthus se haga con el trono, podré volver aquí, a Draknavor. Esto no es una despedida; solo es un movimiento estratégico.
Una sonrisa reticente le tironeó de las comisuras de los labios.
—¿Recurres a mis propias tácticas contra mí, estrellita?
—He aprendido del mejor —respondí—. Además, eres tú el que siempre me está diciendo que no me olvide de la visión de conjunto.
Me tapó una mano con la suya.
—Me estoy arrepintiendo de esa lección en concreto.
—No, no es verdad —susurré.
Rebuscó en mis ojos unos instantes y luego asintió, con una expresión que combinaba el orgullo y la resignación.
—Cuando todo esto acabe…
—Cuando todo esto acabe —repetí—, tendremos todo el tiempo del universo.