The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 60. Tras el colapso #3
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Capítulo 60. Tras el colapso #3

—Qué impaciente. —Pero sus manos acudieron en ayuda de las mías; tiraron de los cierres hasta que pudo quitarse la prenda con una sacudida de hombros.

Al verle el pecho desnudo se me hizo la boca agua.

La piel bronceada cubría unos músculos pronunciados, y los anchos hombros descendían hasta la cintura para formar una V perfecta.

El abdomen era un paisaje de cimas y valles que se tensaban con cada inspiración, y un provocativo rastro de vello oscuro desaparecía bajo el cinturón y me invitaba a seguirlo con la mirada.

Una travesura me cruzó la mente. Me apoyé en su pecho para impulsarme y me bajé del escritorio, para caer de rodillas antes de que pudiera detenerme.

Inhaló con tanta brusquedad que me produjo una intensa satisfacción.

—Thais…

—Calla —interrumpí levantando los ojos hacia él—. Quiero saborearte.

Recorrí con los labios la erección que tensaba el tejido de los pantalones y le vi apretar los dientes.

—Estás jugando con fuego, estrellita.

—Mejor —respondí, y liberé el miembro de su prisión. Al verlo me quedé asombrada—. Quiero quemarme.

Cerré la mano en torno a él, pero no llegaba a rodearlo del todo.

—Dime cómo te gusta —exigí con una sacudida provocadora. —¿Lento y suave? —Demostré a qué me refería con un contacto leve que le arrancó un silbido entrecortado.

—Más fuerte —dijo entre dientes.

Aumenté la presión, pero mantuve el ritmo lento.

—¿Así?

Un gruñido profundo le retumbó en el pecho.

—Sabes muy bien que no es eso lo que quiero.

—Entonces, dímelo —lo provoqué a propósito—. Quiero oírtelo.

Cuando me miró a los ojos, los suyos eran pozos de fuego.

—Es muy sencillo, estrellita. Quiero que te tragues todo lo que te quepa.

Sentí una oleada de deseo.

—Ah, ¿eso?

Sin apartar la mirada, me incliné y lo lamí desde la base al glande, para saborearlo. Se estremeció de los pies a la cabeza y se le escapó una maldición ahogada.

Lo atrapé entre los labios y chupé con fuerza.

—Dioses, qué boca —gimió. Me cogió del pelo, no para guiarme, sino para sujetarse, como si necesitara un ancla.

Me tomé mi tiempo, alternando entre momentos de suave tortura e intensa succión, mientras veía cómo iba perdiendo el control poco a poco. Llegó un momento en que no podía respirar sin jadear y me tiraba del pelo hasta casi hacerme daño. Entonces lo miré a los ojos, desafiante.

Su mirada me dijo que lo había entendido. Me sujetó el pelo con más fuerza y empezó a moverse, al principio despacio, poco a poco, tentativo.

—¿Es lo que quieres? —me preguntó con voz ronca.

Le respondí con un murmullo sin apartar la boca, y esa pequeña vibración hizo saltar sus últimos resquicios de autodominio. Me sujetó con firmeza, con exigencia, y empezó a controlar el ritmo, adentrándose cada vez más con empujones cuidadosos.

—Trágatela —insistió. Me miraba con una intensidad abrasadora. Yo relajé la garganta y le permití llegar más adentro, y obtuve como premio un gemido gutural.

De pronto me soltó el pelo.

—Para —ordenó con voz ronca—. No quiero correrme así. No esta noche.

Al apartarme me lamí los labios con deliberación, con la vista clavada en él.

—¿Ha sido demasiado para ti, príncipe?

Me miró con ojos salvajes e indómitos. Anunciaban una batalla que me hizo hervir la sangre.

—Levántate ahora mismo.

Casi me arrastró por el estudio en dirección a la alta escalera de la biblioteca. Comprobó el mecanismo con movimientos rápidos y eficaces, y luego lo encajó con un clic decidido.

Se me acercó más, hasta que su pecho quedó adherido a mi espalda, y me subió las manos por los costados recorriendo cada curva. Las palmas cálidas me quemaban la piel en su trayecto ascendente, hasta que llegaron a los hombros y bajaron por los brazos.

Me hizo extender las manos y me las colocó con firmeza en un travesaño de madera, a la altura de mis hombros. Luego me las atrapó con sus propias manos.

—No te sueltes. —Se inclinó y su aliento caliente me rozó la oreja. Me flaquearon las piernas.

Me soltó y bajó las manos de nuevo por mis costados hasta posármelas en las caderas. Me separó los muslos con la rodilla y me colocó en la posición exacta que buscaba.

Se pegó a mí por detrás, y sentí en la espalda la presión de su dureza.

—Te encanta provocarme, ¿verdad? —murmuró. Sus labios me rozaban un punto sensible, debajo de la oreja.

—Sí —reconocí con todo descaro—. La desesperación te sienta muy bien.

Me introdujo la mano entre las piernas.

—Fíjate —ronroneó—. Pero si ya estás chorreando, estrellita.

Gemí al notar que me exploraba con los dedos, con un toque juguetón que no llegaba a ejercer presión donde yo la necesitaba.

—Xül, por favor…

—Por favor, ¿qué? —se burló en respuesta a mi provocación anterior—. Dime qué necesitas.

—Te necesito dentro de mí —jadeé. El deseo apremiante me hizo abandonar cualquier semblanza de orgullo—. Necesito que me folles muy duro.

Una mano me sujetó la cadera con firmeza, y la otra trazó líneas ardientes en mi estómago y empezó a bajar poco a poco. Yo temblaba de excitación, y me agarraba con tanta fuerza al travesaño de la escalera que se me emblanquecieron los nudillos.

—He soñado con follarte así —murmuró contra mi hombro.

Noté que se colocaba detrás de mí, y sentirlo hizo que todo mi cuerpo se estremeciese de expectación. Cuando por fin empezó a empujar con la polla, era tan grande que me arrancó un gemido.

Arqueé la espalda para apretarme contra él, en un intento silencioso de animarlo a moverse más deprisa y llegar más adentro. Su respuesta fue un bocadito entre el cuello y el hombro.

—Paciencia —recomendó, aunque se le notaba la tensión en la voz—. Quiero sentir todo el recorrido.

Cuando por fin me penetró a fondo, se detuvo con el pecho apretado contra mi espalda y la respiración entrecortada resonándome en los oídos. Durante un momento nos mantuvimos así, inmóviles y unidos por completo; la sensación fue casi abrumadora.

Se apartó un poco y dio un empellón para establecer un ritmo que empezó con una desesperante lentitud, pero que poco a poco fue aumentando de intensidad. Cada acometida me empujaba contra la escalera, y la madera del travesaño se me clavaba en las palmas.

—Joder —gruñó. Con una mano me cogió un pecho y con la otra me sujetó la cadera hasta clavarme los dedos.

Aumentó el ritmo; cada movimiento era más enérgico que el anterior. El sonido de nuestros cuerpos al chocar, puntuado por mis jadeos y sus esporádicos gemidos de placer, resonaba por toda la estancia.

—Más —supliqué. Lo empujé con el culo—. Más fuerte.

Mi exigencia hizo estallar algo en su interior. Me soltó el pecho y, tras agarrarme del pelo, me tiró de la cabeza hacia atrás hasta poder hablarme al oído.

—¿Más fuerte, estrellita? Como si no hubiera planeado ya marcarte tan a fondo que hasta el último dios del reino sabrá que me perteneces.

—Frenó un momento, dubitativo, y luego se empotró de nuevo contra mí—.

Te voy a dejar marcas de dedos en los muslos, para asegurarme de que lleves encima la prueba de que soy dueño de tu cuerpo.

Me estremecí al oír esas palabras. Y él se dio cuenta, claro; sus ojos nunca perdían detalle.

—Te encanta la idea, ¿verdad? —Su voz se volvió burlona, cruel—. Que te marque, que te use, que sea tu dueño.

—Sí —jadeé. El placer iba en aumento y casi no era capaz ni de pronunciar una palabra coherente—. Dioses, sí.